jueves, 8 de octubre de 2026

514/ Literatura amable (y honda)

Siempre he sido reacio a la literatura comercial. No me mueve, no me zamarrea, no me empuja. Literatura comercial: aquella que no se lee; se <<consume>>. El consumo es refractario a la profundidad, a la complejidad, al desasosiego (tres atributos de la condición humana y de la alta literatura). Yo diría, en referencia al tercer atributo mentado, una paradoja feliz: <<… al bello desasosiego>>. Esto genera la alta literatura: un bello desasosiego. Una inquietud interior que empuja, que zamarrea, que mueve al lector (y al autor; nadie lo olvide) a incrementar su capacidad de comprensión del mundo (y de los demás); de sí mismo.

     La literatura comercial puede aproximarse a esto que digo; no va a palparlo (ni a olerlo. Ya le gustaría. ¡Ya nos gustaría!) jamás. Su cometido no es ese. Ella no nace de la inquietud. Su cometido es: entretener, encajar las piezas del puzzle de la condición humana (que, per se, no encajan. Utopía barata), generar réditos… Como diría Agostina: <<¡No busquen el pelo al huevo!>>. Pero todavía puede que el huevo tenga un pelo…

     Agostina (lectora voraz, inteligente, sensible), en una de nuestras charlas literarias, lanzó al éter un título que yo agarré al vuelo: La biblioteca de los nuevos comienzos. Autora: Michiko Aoyama. Literatura amable (en inglés: feel good). Literatura huidora del drama, del morbo, del marketing de la melancolía. Pero, a la vez, literatura acaparadora de lo que sólo es patrimonio de la mejor que, hasta hoy, se ha inventado: la <<Literatura infantil>>. Ese patrimonio de que hablo es inefable (yo añadiría: infalible) y tremendamente sugestivo. Esta novela de Michiko Aoyama posee eso infalible e inefable, sugestivo, que la literatura para adultos (de ordinario) no posee. ¿Es comercial? Sí; pero no. ¿Es descriptora de la condición humana, sin obviar su complejidad, y sin menospreciar el rédito económico que <<lo comercial>> puede llegar a producir en el sector de la edición literaria? Sí, rotundamente. ¿Entonces? ¡Con el cisne negro hemos topado! Hay obras (La biblioteca de los nuevos comienzos es una de ellas) en que se produce un equilibrio difícil que nos deja ver el cisne negro de la literatura: se vende, se lee; transforma, ¡oh, Fabio!, al lector por dentro.

     Botón de muestra (habla un personaje):

     <<El sentimiento de pertenencia es ambiguo. A veces estamos en un mismo lugar y el simple hecho de que en medio haya un cristal transparente como este [refiere el que hay en algunas porterías de bloques de pisos; separa el espacio de trabajo del portero del de los vecinos] puede darnos la impresión de que no tenemos nada que ver con lo que hay al otro lado. Pero apartas esa barrera e inmediatamente formas parte de ello. Al final, observar y ser observado es lo mismo>> (op.cit. Pág., 283).    

     Esta novela ha cosechado <<más de 2.000.000 de lectores>> (Planeta dixit). Dato, para mí, disuasorio de la lectura. Hoy, después de descifrar la obra mentada, no lo es (o no tanto). Si tú, lector paciente, supieras lo que esto significa…

     Michiko: ¡Mi absoluta gratitud!

domingo, 20 de septiembre de 2026

513/ Ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario

Yo no soy lector asiduo de ensayos. Empiezo a dar tímidos pasos en ese terreno pantanoso del querer y no poder literario (o sea: de la búsqueda de belleza y descripción, a la vez y por escrito, de la triste condición humana; también, oralmente… ¡Más por escrito! Así entiendo yo la literatura de alto vuelo) o de un sí pero no constante y quejumbroso: el de la consecución de un estilo y, por extensión, de un arte (la <<escritura absoluta>>). Juzgo crucial el tema del ensayo; más, el estilo del autor. No puedo (ni quiero) quitarme de encima el sambenito, mega-utilizado por todos, de: <<Letraherido>>. Diré: ¡A mucha honra!  

     Los ensayos carentes de una propuesta estética determinada me interesan poco. ¡Muy poco! Los libros de conocimiento (ayer, sapienciales) exigen, al lector, una predisposición escasamente estética. Yo esto no lo concibo. Leer, para moi, es disfrutar (perdón por la rima). Extasiarse. Deleitarse con palabras bien hiladas. Todo eso es (¿idealmente?: <<Tiré al ideal y no le di...>>) leer. También hay quien lee de oídas… El caso es que yo requiero placer estético cuando leo (o releo) literatura. No todos los ensayos cumplen con tan personal e intransferible requerimiento.

     Ignoro si Letras torcidas (Debate. Barcelona, 2026), de Juan Cristóbal Peña, cumple o no con el requerimiento personal e intransferible más arriba mentado. Apenas llevaba leídas sesenta páginas y, todavía, no alcanzaba a discernir lo uno (el conocimiento) de lo otro (el arte). Acaso porque lo evidente es el conocimiento y lo invidente (¡por ninguna parte <<evidente>>!) el arte. Una cosa es escribir bien; otra muy diferente, hacer literatura. Yo no sé si Juan Cristóbal Peña hace o no hace literatura. Letras torcidas atufa, en todo caso, a literatura comercial (o tanto monta: superficial. De pasatiempo). Un fiasco.

     Léase a modo de patrón: <<Un día después, cuando ya estaban de regreso en Santiago, felicitándose por el éxito de la operación, la prensa informó que un pintor de brocha gorda había sido encontrado muerto por asfixia en Concepción, amarrado de pies y manos, en el contexto de lo que parecía ser el robo de equipos electrónicos fiscales. Los tres fueron llamados de urgencia a dar explicaciones por un enviado de la directiva del movimiento>> (op.cit. Pág., 83).    

     Algo del libro me ha llamado vigorosamente la atención. Y es: la inclusión en su cuerpo (tatuaje forzado) de la descripción del fondo (no de la forma) de unos cuentos escritos por Mariana Callejas (protagonista del ensayo) que desconozco si el lector agradece o rechaza de plano. Yo, lo segundo. De qué me sirve a mí (lector cauto) conocer el argumento de un cuento incrustado en el discurso de un ensayo cuyo subtítulo reza: La doble vida de Mariana Callejas: escritora y agente de Pinochet. Uno pudiera pensar: aireando el autor del ensayo los argumentos de esos cuentos, el lector podrá hacerse una idea fidedigna del carácter de la protagonista del mismo. Sin rebozo: esto es y no es así. ¿Qué está, pues, pasando en este vallado? 

     Pasa que Juan Cristóbal Peña muestra, a ojos del lector, un atisbo de la supuesta sensibilidad de quien aparte de escribir se dedicó al crimen organizado. ¿Una paradoja (nunca mejor dicho) de libro? ¡No hay tal paradoja! A cuento de este cuento se me vienen a la cabeza varios nombres ilustres aquejados de un gran lastre ético: Camilo José Cela (¿pederasta apologeta y empedernido?); Charles Bukowski (¿maltratador machista?); Juanito Manuel de Prada (¿burlador mayor de la República de las Letras españolas, cuando no universales? Permítaseme que me ría…); Anne Perry y Pauline Parker (ya sin interrogantes que valgan: asesinas, ambas).

     Esto abre un jugoso melón y lo pone encima de la mesa de debate literario. ¿Las narraciones de ficción son reflejo del carácter del autor? La respuesta se me antoja difícil. Yo diría: Depende. ¿De qué? De si se trata de un autor consciente o inconsciente de su obra. ¿De perogrullo? No. Sí, ¡la eterna encrucijada! Lo último: el ensayo se lee como una novela mala de espías, de pistoleros, de terroristas y demás gente selecta. Ni lo uno (ensayo) ni lo otro (novela) es; ¡ojo!, no en su poso (el que escasamente deja, dejará, en el lector sibarita) ni en su arte.

     ¡Un <<Muy deficiente>> para Letras Torcidas! Sin más.                                  

lunes, 24 de agosto de 2026

512/ La mudanza

Es llamativo cómo un libro cambia con el paso de las hojas del calendario. No todos los libros cambian; algunos. No todos los lectores cambian; algunos. Lo que cambia no es el lector, ni el libro, sino la impresión de lectura del libro que el lector leyó (que el lector lee o relee) y que, ahora, parece otro libro. Un sentimiento arduo aflora ahí. Un sentimiento de difícil digestión: el libro fue juzgado obra de arte y, ahora, borrador defectuoso de un incipiente escritor. No es el caso que nos ocupa, ¡lo juro! Pero es el caso que nos ocupa: ese libro (Juan Ramón Jiménez. Pasión perfecta) fue leído por un servidor de (casi) nadie con el gozo de quien lee una obra sobresaliente, sin serlo. Hoy, no me lo parece (sobresaliente); ayer, no lo era, pero me lo parecía… ¿Quién lo entiende?  

     Sigo. No es el libro. No es el lector. La impresión lectora íntima e intransferible del lector es la que ahuyenta el goce pretérito de la lectura. El regusto agrio, dulce o agridulce que le renta al lector una lectura que antaño le fascinó y que, hoy, le rasguña el paladar con latigazos de insipidez. Arriesgaré una tesis: no se trata tanto de una biografía al uso cuanto de una descripción más o menos exhausta de bibliografía en desuso; quiere decirse: el biógrafo (Rafael Alarcón Sierra) no se adentra en la vida íntima o pública del Andaluz Universal, anecdotario y remembranzas incluidos; el biógrafo (Rafael Alarcón Sierra) elabora una lista de libros escritos por Juan Ramón Jiménez con sus fechas y sus vaivenes de corrección obsesiva y sus podas y agregados y todo lo que el poeta hacía para fabricar un texto (según él y, también, yo) perfecto. Esto, unido a una que otra peripecia, conforman el libro (biografía, para mí, fallida) sobre el Andaluz Universal. Cansa. Y, ¡cómo…!

     Leo (no. Releo) en la introducción (primer párrafo): <<Una biografía, y más si lo es de un gran creador, siempre es un fracaso; y cuanto mejor sea esta, mayor fracaso es. En primer lugar, porque nunca consigue explicar cómo es posible que un hombre, en principio igual a todos los hombres, haya podido crear una obra artística o literaria sin parangón, admirada por toda la humanidad. En segundo lugar, porque mantiene la impostura de que el relato de una serie de hechos más o menos entrelazados explica la existencia vivida por aquel ser humano excepcional. Y en tercer lugar porque, en todo caso, quizá la verdadera biografía, el testimonio de un creador, aquello por lo cual es recordado por encima de otros hombres, es su propia obra. Por lo tanto, en el caso presente, aquellos lectores que quieran conocer verdaderamente a Juan Ramón Jiménez deberían leer sus libros, y es lo que recomiendo que hagan. Si este pequeño fracaso los estimula a ello, habrá cumplido una de sus misiones>>.  

     El lector (el actual; no el de antaño, que quedó fascinado con el libro) no llega en ningún momento a rozar siquiera un pelo de la barba nazarena del poeta. No lo ve, no lo siente, no lo piensa (cree que lo piensa; pero no). Una impresión ésta, igualmente, fallida. Algo se ha roto (¡crack!) y el lector (el actual; no el de antaño, que creyó conocer al poeta) no sabe a ciencia cierta qué es. El resultado dista mucho de ser afable. Entonces aflora, en el interior del lector, la duda. Aflora, en el interior del lector, la angustia de pensar que ha podido extraviar la sensibilidad lectora por el camino de una vida quizá idealizada en exceso. Y vuelve y se revuelve, una y otra vez, sobre el texto leído y sobre sí mismo. Y nada, no halla nada lumínico, ultra-sonoro y estimulante que le permita seguir creyendo en su capacidad de lector de largo recorrido… Algo, sí, se ha roto para siempre.

     Y en esas, cuando todo parece perdido, aflora una mínima esperanza en el corazón malherido del lector. Un haz de luz reflectante que le hace ver la posibilidad de que el libro que lee (que relee) sea malo sin discusión alguna; malo, objetivamente. Sabe que algo así es improbable. No es, por lo demás, imposible. Y, ahí, se aferra a esa posibilidad improbable como un náufrago a su tabla de salvación cuando el mar se levanta de manos y relincha como un caballo cuatralbo (de obcecada testuz) enloquecido por el calor…

     Es llamativo, sí, cómo un libro cambia con el paso de las hojas del calendario.                

viernes, 14 de agosto de 2026

511/ Certezas y sospechas

Releo Juan Ramón Jiménez. Pasión perfecta, de Rafael Alarcón Sierra (Espasa. Madrid, 2003) y en la página 79 me topo con María Lejárraga. Yo ya tenía noticias del carácter alegre y feminista de María; de su constante empuje humano y humanitario. María era fuerte, obcecada, de fondo bueno (transparente); una inteligencia rápida, profunda, orientada al trabajo ilimitado y a la lealtad a los demás y a sí misma. Gregorio la infravaloró. ¡Qué vaina! 

     Releo en el libro de Alarcón: <<El día que Isabel Aymar [madre de Zenobia] asistió a una de las conferencias y observó la franca amistad de su hija con Jiménez, quedó un tanto alarmada. La sorpresa se convirtió en desagrado la tarde que acudió en lugar de su hija a una conferencia feminista de María Martínez Sierra [María Lejárraga]: doña Isabel era católica y conservadora, y las radicales ideas sobre la liberación de la mujer que escuchó le escandalizaron>>.

     Cómo debieron pesarle (y cómo ella, María, se prestó tanto a ello) esos apellidos ajenos, pues no eran suyos, que siempre debieron quedar subsumidos en el suyo verdadero y único: Lejárraga. María de la O Lejárraga: dramaturga, escritora, conferenciante y todo lo que pueda imaginar el lector de esta bitácora. ¡Qué época mala para la autoría femenina! ¡Qué tiempos malos para la libertad sin ira (…sin ira, libertad)! Sí, cómo debieron pesarle…

     Debieron pesarle tanto que llegó un momento en que ya no pudo más y, pues, estalló. Entonces plasmó su nombre en una portada de libro, en la cabecera de uno que otro texto notable (o sobresaliente), en la primera plana de un periódico (o de una revista). ¡Era ella quien escribía los libros! ¡Nadie más que ella! Entérese el mundo literario y el otro: ¡María de la O Lejárraga escribió todos y cada uno de los libros firmados por Gregorio Martínez Sierra (o la inmensa mayoría de éstos)! 

     Juan Ramón Jiménez le brindó su amistad. (El moguereño lo sabría; no sé si Zenobia llegó a saberlo alguna vez). Juan Ramón compuso varios poemas inspirados en su relación de amistad con María. Ella le correspondió con palabras afectuosas rebosantes de afinidad y complicidad literarias (y, también, literatas). 

     Juan Ramón, como no podía ser de otro modo, quedó prendado del ingente regocijo de María de la O Lejárraga García. Justo como le aconteciera, en otro tiempo, con Zenobia Camprubí Aymar. ¿Será, al fin, que el cartero siempre llama dos veces? ¡¿Chi lo sa?!             

viernes, 7 de agosto de 2026

510/ Un ligero elixir

Gregorio Martínez Sierra no era, creo, de fiar. Estampó su nombre en portadas de libros que no había escrito él. Un embustero redomado. Debería privársele de todos y cada uno de los premios que le fueron otorgados. No sólo estampó su nombre en portadas de libros ajenos; discursó sobre su labor literaria <<fake>> en cabeceras de mayor o menor calado. 

     Ejemplo de lo más arriba expuesto: “El buen éxito de esta obra [Canción de cuna] me alaga especialmente porque la considero como éxito de mi personalidad literaria” (<<Obras y cómicos. Capítulo de impresiones. Las de los autores de Canción de cuna y Los viajes de Gulliver). 

     Otro ejemplo: “La comedia mía que más me gusta es Canción de cuna. Hay algunas otras de las que llevo escritas alguna escena, algún final de acto, algún personaje aislado que tal vez me parezcan superiores en fuerza dramática, en poesía, en oportunidad, en exactitud psicológica; pero, en conjunto, Canción de cuna me gusta más que todas” (<<¿Qué obra suya le gusta más?>>, La Tribuna, 3 de abril de 1915, p. 7).

     Y así una y otra vez… 

     Nota: Las dos citas, no recatadas, traídas aquí a cuento han sido rescatadas de Canción de cuna (Renacimiento, 2024. Págs., 150 y 163, respectivamente).

     María de la O Lejárraga, esposa de Gregorio Martínez Sierra <<el embustero>>, fue una gran escritora. ¡Qué gran (y humilde) escritora fue María de la O Lejárraga! No se me ocurre mayor gesto de humildad (entendida ésta como carencia, no ausencia, de vanidad; la ausencia de tal rasgo de carácter se me antoja inverosímil en el homo sapiens) que ceder su condición de autora a ese <<abominable>> nombre de hombre que copaba todas las portadas: Gregorio Martínez Sierra. ¡Los libros, entérense todos, los escribía ella! ¿Aún están en la parra sus editores? Renacimiento, al parecer, lo está. En la portada del volumen que manejo (editado por ese sello) sigue apareciendo el nombre de Gregorio junto al de María. ¡Ver (es decir: leer) para creer!

     Una obra (según algunas voces instruidas) maestra escribió María, maestra de profesión, de vocación literata y escritora: Canción de cuna. Teatro. Teatro sencillo (demasiado sencillo para mi sensibilidad) y amable. Yo no hallo en Canción de cuna ningún elemento que suscite mi interés más allá del lenguaje preciso, limpio, que atesora la obra. La juzgo a ésta vacía de contenido profundo. El conflicto, vago, vaporoso, ni siquiera adquiere naturaleza de conflicto dado que apenas genera crispación; más al contrario: se aviene con la mayoría de personajes dramáticos (por momentos, cómicos) que pueblan la vacía obra. El argumento no es menos sencillo; a saber: un grupo de monjas de clausura recibe, a modo de <<dádiva divina>>, un bebé envuelto en unas gasas cuya ascendencia es desconocida por todas ellas. El bebé es una niña. Las monjas se encargan de su crianza y manutención hasta cuando la niña se convierte en mujer y, pues, vuela (quiere decirse: abandona el convento con su novio). Eso es todo.

     Emilia Pardo Bazán escribió: <<Canción de cuna fue un oasis. Allí, debajo de la fábula, había algo superior a la fábula misma>>. Qué sea o no ese <<algo superior a la fábula misma>>, con absoluta sinceridad, lo ignoro; acaso todos lo ignoran. Yo no sé, repito, dónde está el valor literario (no digo: dramático. Digo: literario) que supuestamente ostenta esta obra. Y lo lamento. Y me duelo en banderillas. Y me retuerzo, pensando: <<Ojalá esté equivocado>>. Algo me dice que no estoy equivocado. <<La maternidad>> merecía más desarrollo dramático (y literario). <<La libertad>>, ídem. Probé del elixir y me quedé igual: sediento e insatisfecho. ¡Ay, María!