viernes, 20 de febrero de 2026

502/ Pájaros cantores

Yo soy lector empedernido de Federico García Lorca. Con él compartí, con él, parajes de infancia. Yo olí el mismo aire de chopos que él olió. Yo degusté el mismo sabor del lomo en orza y de la morcilla y del chorizo que él degustó. Yo palpé el mismo hervor helado de la Sierra Nevada que él palpó. Y, ahora, yo leo la misma prosa temprana y talentosa que él leyó (porque, claro, antes la escribió. Risas). Una joya literaria y editorial. Un tesoro que pocos acabarán poseyendo. Federico García Lorca nunca falla. Federico García Lorca habla, en sordina (sin estrépito), al mundo. Y yo, cómo si no, de Mi alma no cabe en mí (Altamarea, 2025). 

     Qué huella maravillosa dejó en tales páginas mi Federico. <<Mi pueblo>>, <<mi escuela>>, son hitos que al lector (es decir: a un servidor de casi nadie) evocan un pasado afín al del poeta; al lector (como un servidor de casi nadie) que haya compartido la nieve y el lomo y el chopo y el paraje con él, con el poeta. Otro no tendrá ese privilegio.

     Venero la prosa de Federico García Lorca, su cadencia, su plasticidad, su léxico a la vez sencillo y profundo. Vayan dos botones de muestra…

     Uno: <<En esas noches los hombres sienten más los bordoneos sangrientos de una guitarra. En esas noches las viejas sentadas en sus puertas cuchichean historias pasadas y aconsejan a alguna muchacha en su amor. En el invierno los chopos están sin voces y el olor es de agua estancada y de paja quemada en los hogares…>> (op.cit., pág., 10).

     Y dos: <<Encima de la chimenea brillaba el cobre y el burdo cristal. Olía a membrillo y a morcillas que estaban opuestas a secar en la lumbre. Todos los gañanes llegaban muy despacio y sentándose gallardamente liaban dos cigarros con solemnidad de reyes. Como entonces no había luz eléctrica la cocina era iluminada por un velón de cuatro mecheros puesto sobre una mesa donde se dormían los gatos>> (op.cit., pág., 19).

     La emoción se desborda; pero no suelta, esta, de la mano al intelecto; al contrario: lo lleva asido (y al lector, transido). ¿A dónde? A lo profundo, a lo hondo, a <<donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora…>> (Cernuda dixit). 

     Pero en esos años infantiles que rememora el poeta en el librito mentado los jardines no solo tenían aurora sino que, además, permanecían rebosantes de gritos… 

     ¡Los de los pájaros cantores!             

jueves, 5 de febrero de 2026

501/ Una distopía utópica (II)

Decíamos ayer…

     Eso: que la calle es el mejor escaparate de la condición humana. Y que, también, lo es de la alienación del hombre (y de la mujer, del niño y de la niña). Mujeres y hombres (y niñas y niños) como castillos, a punto están de tropezar con otros (o con cualquier cosa), por ir literalmente metidos en la pantalla del teléfono móvil mientras andorrean por la calle. ¿Qué sentido tiene algo así?

     Si solo fuera eso…

     Carmen Güaita, asomada a La ventana, avista un panorama dantesco: el ser humano <<movido por hilos>>. La Inteligencia Artificial provee esos hilos. El ser humano vulnerable, el que menos recursos dinamiza porque carece de ellos. Un ser humano (diríamos hoy) de segunda fila. El otro (el perteneciente a la élite social), no. Ese se libra de todo mal. Ese se sitúa por encima del bien (Derechos humanos) y del mal (vulneración de los Derechos Humanos). A él nada, o eso parece, le afecta; salvo una cosa: la <<Resistencia>> del oprimido que, en realidad, no es sino su alter ego.

    ¡Qui resistit, vinci! 

martes, 20 de enero de 2026

500/ Una distopía utópica

Permítaseme que, hoy, empiece por el final: Lean a Carmen Guaita Fernández (Cádiz, 1960); lean sus libros, sus ojos, su claridad mental. Repetiré, ahora y aquí, su nombre (para los olvidadizos): Carmen Guaita Fernández. Improbable (cuando no imposible) no emocionarse hasta el tuétano con las historias que narra esta maestra de niños y filósofa y novelista y miembro de la ONG Delwende, que desarrolla proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica. Emoción e idea inextricablemente unidas en una literatura humanista (¡esto sin dudarlo!) por los cuatro costados. Fáciles, sencillas letras; belleza menos formal que de fondo y todo en contextos cercanos a lo social (cuando no sociales, directamente); rebosantes, todos ellos, de Conditio humana (o Condición humana).

     El 19 leí Todo se olvida (Khaf). El 26 leo La ventana (Khaf). Obras diferentes ambas, con un nexo común: las luces y las sombras del ser humano alienado, ciego, (o por decirlo amablemente) distraído. Entonces, en el 19, yo me dije: <<He de seguir leyendo, sí o sí, a Carmen Guaita>>. Hoy, felizmente, lo he cumplido. 

     Las historias de Carmen no dejan indiferente a nadie. Es más: inmiscuyen a todo quisque en la problemática tratada; tratada, se entiende, literariamente. Yo hablo de novela, no de ensayo; de ficción, y no de otra cosa. Aunque lo narrado tenga visos de realidad y acapare análisis y reflexión (y aún experiencia personal, de la autora, claro); también belleza, intuición creadora, inspiración de raíz divina acapara…

     Y en todo ello hay, desde luego, compromiso con el ser humano.

     La ventana versa sobre la alienación del hombre (de la mujer. Del niño y de la niña) que, fatalmente, ha acabado siendo absorbido por la Inteligencia Artificial. Una distopía no tan distópica. Más utópica que distópica la juzgo. 

     ¡Salgan (o entren. Eso depende…) y vean! La calle es el mejor escaparate.


     Continuará…            

jueves, 15 de enero de 2026

499/ Páginas tempestuosas

Hombre reseco da literatura reseca; hombre liviano, literatura liviana. Juan Goytisolo no era liviano: su literatura es pesada, de calidad (mucha. Infinita calidad), pero pesada como ella sola. El ejemplo perfecto: Paisaje para después de la batalla (Espasa, 1999). Novela experimental, según algunos; obra maestra, según otros. Como si tanteo y excelencia no pudiesen ir de la mano. En fin. Novela infumable. Novela lingüísticamente maravillosa, mas, ay, intelectualmente soporífera (entre sus páginas de viento y arena y pedrusco incluye temas arduamente sensibles que harían vomitar a una cabra: pederastia, abuso sexual, pornografía infantil…). ¡Basta! Suficiente tuve ya con Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025), de Mariana Enriquez, para ahora y aquí sumar y seguir con un tema tan perturbador (y oscuro) como ese. ¡Quita! ¡Luz clara (aún transparente) es lo que yo necesito aquí y ahora! Sea. Pero antes…

     …antes he de apuntar algo al respecto del libro de Goytisolo.

     Goytisolo pone de manifiesto en Paisaje para después de la batalla algo, para mí, primordial: en qué consiste la misantropía más enojosa, al otorgarle protagonismo a un misántropo pedófilo cuyo perfil psicológico (tres palabras más adelante lo hallarán) no tiene desperdicio: <<El solitario vecino del Sentier no sólo ha reducido la comunicación con su mujer a una serie de notas que desliza a diario bajo la esterilla de su apartamento –por no hablar ahora de otros medios clandestinos, inconfesables y perversos–, sino que ha dejado de frecuentar a la totalidad de sus antiguos colegas y amigos desde la muerte de su compatriota músico y compositor: no descuelga el teléfono, no responde a recados ni cartas, ha desactiva el timbre de la puerta y, cuando algún visitante obstinado golpea esta última con los nudillos, retiene el aliento, se hace el muerto, escucha con una sonrisa satisfecha el crujido del entarimado y las pisadas que se alejan por el pasillo, camino del ascensor. Si por desgracia da en la calle con algún osado, se cala el sombrero, acelera el paso, finge no escuchar su llamada y si el pelmazo insiste, corre tras él, pronuncia su nombre, acerca su jeta odiosa, le contesta sin ladear la cabeza ni tomarse la molestia de cambiar la voz: se equivoca usted, señor mío; la persona que busca no soy yo>> (op.cit., pág., 59).  

     Y todavía más adelante: <<La cultura a la que pertenezco acaba de ser barrida por un azar de la historia –una posible hecatombe natural, quizá una malhadada explosión atómica–, y yo soy su único representante y testigo>> (op.cit., pág., 124).

     Léase: el ombliguismo del indecente encerrado en sí mismo.

     Pregunto: ¿Se inspiraría Goytisolo en Richard Burton Matheson?

     Muchos en la piel de toro se verán retratados en estas soberanas líneas. Entre 

bostezo y bostezo hay algún destello de luminosa ejemplaridad.

martes, 16 de diciembre de 2025

498/ Los patinazos de un Nobel

¿Era Rudyard Kipling buen conocedor de España (o mejor aún: de lo español)? Permítaseme que lo dude… En el libro Viaje al Japón, el Nobel anglo-indio menciona España (mejor diré: lo español) una que otra vez, no sin patinazo. Dos (dos patinazos), para ser exactos, sufrió. Helos aquí; uno: <<<–Yo diría que la frente arqueada, la nariz ganchuda y los ojos juntos (el tipo español) son la cepa de los rajputs, mientras que el japonés con cara de alemán es el khattri, la clase más baja>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 109), y dos: <<España es artística, pero también ella se ve perturbada a intervalos>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 153).

     Apuntaré, primero, algo sobre el último patinazo. Qué quiso dar a entender Kipling con el término <<perturbada>> es materia de misterio. ¿Acaso España perdió el juicio? En algunos ámbitos, sí. Pero, ¿en el arte? No sé, no sé. Tal vez Kipling se refería (con ese término) a los ramalazos de razonamiento lógico que, de vez en cuando, irrumpen e interrumpen el discurso artístico de rigor (nadie olvide que España es el país del Realismo: una forma aburrida y gris, como cualquier otra, de hacer literatura).

     En cuanto al primer patinazo, ¿hay un tipo humano por cada nación? Puede ser, pero…, ¿la nariz ganchuda no es patrimonio de los romanos? Y los ojos juntos, ¿no lo es (patrimonio, digo) de los asiáticos?

     Los patinazos de un Nobel tienen su intríngulis. Concedámosle el beneficio de la admiración. Señor Kipling (doquiera que esté usted): ¡Mi gratitud!