domingo, 21 de junio de 2026

508/ Andaluz de raíz

El carácter andaluz es harto peculiar. Lo sabe hasta el Tato. En lo que poca gente repara, incluido el Tato, es en que no es la alegría sino la melancolía la nota distintiva del andaluz de raíz (el apegado a la tierra como a la madre que lo arrojó a la luz). Quien haya tocado alguna vez el bordón de la guitarra de un andaluz de raíz (corazón salvaje) sabrá de lo que hablo: Jijí-jajá, de fachada; ay, de fondo. Pero se trata de un ay lastimero, profundo. Un ay como traje de flamenca bordado con hilo gordo por los cuatro costados. No lo digo yo, Federico García Lorca lo dice: <<Andalucía “no es el país de la alegría y de la pandereta, sino el país de la melancolía sentimental de las corrientes internas del espíritu”>> (Ian Gibson: Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Ediciones Folio, S.A., pág., 75).

     La melancolía sería <<sentimental>> y, además, <<de las corrientes internas del espíritu>>. Desentrañemos, un punto, esto. ¿Cabe una melancolía no sentimental? O, ¿una melancolía, por así decir, <<cerebral>>? 

     Cabe. La melancolía no es un sentimiento, sino un estado del alma, del espíritu y de la mente. Y no es tristeza, que es otra cosa, ¡que es otra cosa, ay! En cuanto a las <<corrientes internas del espíritu>>, digo: las piedras aposentadas en el lecho de los ríos ni se ven ni se oyen (ni nada que se le aproxime); no obstante, están ahí. Son piedras, no rosas. Son cantos pulidos. Vale. ¿Y pulidos por qué fenómeno? Por el agua; por el roce del agua… Agua: ¡Vida! Vida (¡optimista estoy hoy, oh, Fabio!): ¡Alegría! 

     En resolución: La alegría contiene piedras en su seno.

     Federico da, una vez más, en el clavo. El andaluz de raíz no es alegre, es melancólico. Su melancolía es alegre, que es distinto… ¡Ay!

lunes, 11 de mayo de 2026

507/ Post a tiempo real (o traicionero impulso)

(Ahora)


El exceso de aplauso, a veces, hace dudar al lector-crítico. Refiero el que prodiga un autor a otro u otros autores y el lector-crítico lo lee. Más aún tratándose de un biógrafo. Es el caso de Ian Gibson y de su libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Yo no hablo de un exceso de aplauso a mi Federico (algo inconcebible. ¡La grandeza de la obra del poeta de Fuente Vaqueros merece todos los aplausos habidos y por haber!). No. Yo hablo del prodigado a Federico García Rodríguez (padre, yo no sé si de genio, del genio absoluto de la Vega granadina). Gibson, en un pasaje de la obra mentada, describe con fervor desmedido y no sé si con visión trasnochada a Federico García Rodríguez, que era (se ha apuntado) el padre de Federico García Lorca. Algo me rechina en ese retrato. ¿Puede un ser humano rozar, siquiera, la perfección? ¿Puede un ser humano asemejarse a Dios?

     Escribe Gibson en ese pasaje: <<García Rodríguez era tolerante, sensato, moderado en sus juicios, dispuesto siempre a echar una mano a quien le hiciese falta y dotado de una dignidad innata, de un buen sentido del humor y de una total ausencia de presunción. No es sorprendente que, con tales cualidades, llegaría a ser muy respetado en toda la comarca. También se le admiraba por excelente jinete y por manejar bien la guitarra, que tocaba con sentimiento en las reuniones en las que se recreaba aquella numerosa familia>> (op.cit. Pág., 28).

     

(Después de <<ahora>>)

     

     Uy, reparo en que junto a la palabra <<familia>> han colocado un 57. Este 57 remite a una nota recogida en el índice de notas de la obra de Gibson (volumen II). La nota reza: <<Mora Guarnido (1958), p. 18; Francisco García Lorca, p. 56; conversación con doña Isabel García Lorca, Madrid, 16 de marzo de 1983; OC, III, p.496>> (op.cit. Pág., 601). Inmediatamente, pienso: ¡Tate! Esto no lo firma Ian. ¡Lo firma Isabel! Enseguida, me he arrepentido del primer párrafo de este post, pero no lo he borrado (a las pruebas me remito). He hecho examen de conciencia y, después, he sentenciado: ¡Algo así no puede volver a suceder!

     No, no hay que lanzarse a la <<pileta>> sin antes cerciorarse de que en ella hay agua. El calamorrazo se presume monumental (de no haber agua, o haberla escasamente). Menos mal que, en el último instante, me ha dado por aproximarme al borde y echar una ojeada al fondo…

     Vayan, ahora y aquí, mis más sinceras disculpas a Ian Gibson. 

     Federico, seguro estoy, sonreirá con mi pifia dondequiera que esté.             

miércoles, 29 de abril de 2026

506/ Amor no escuchado

A MJ Bullock


El mejor elogio: <<Hablas como un personaje lorquiano>>. Y, ¿por qué es el mejor elogio? La respuesta se me antoja simple. Los personajes de Lorca son, en potencia, poetas magníficos. Y son líricos. Todos, desde el hombre de campo acostumbrado a trabajar la tierra, hasta la muchacha ingenua que sirve en la casa de un terrateniente, pasando por el propio terrateniente o su esposa o sus hijos; da lo mismo. La poesía se mastica entre mendrugos de pan, se la enfunda uno a modo de chaquetilla flamenca cuando cae la noche en el terruño, salta de su conejera como un gazapo sensual en busca de una cópula infinita… 

     Poesía fundamentada en la imagen, en la metáfora, en el símbolo. En la pasión. 

     Hay múltiples ejemplos de esto que digo en la obra de Federico. Esos personajes viven consumidos por el fuego (pasional) de la tragedia. Podría pensarse que alguno escapa de ésta por la puerta trasera: la de lo tangencial, accesorio o marginal. ¡Nada más lejos! Todos (casi sin excepción) sufren íntegra, trágica, poéticamente. Cierto es que, dentro de esa cuasi-totalidad, hay algunos que sólo rozan el dolor (por ejemplo: la vieja alegre de Yerma) de modo episódico. Rozar el dolor no es, en modo alguno, darle esquinazo sino más bien allegársele con el alma entornada y no abierta de par en par. Otro ejemplo: la muchacha que anuncia la llegada de los novios a una tienda donde compran lo que necesitan para la boda, pues tienen posibles, en Bodas de sangre; acaba llorando, momentos después de la anunciación, por una brusquedad de Leonardo. 

     El caso de Bodas de sangre no es particular. El personaje que, a mi juicio, más sufre (la madre del novio) no muere a lo largo del desarrollo de la obra. Esto se aprecia en otras tragedias de Federico. Una manera como cualquier otra de rizar el rizo (de subrayar una idea esencial): no hay sufrimiento mayor que el que no se extingue con la muerte. Al espectador (al lector) le queda la ardua sensación de que lo trágico, al concluir la obra, sigue estando presente y no va a desaparecer de fácil manera. También, una visión estoica como otra cualquiera. Los personajes lorquianos son trágicos y son estoicos: soportan el dolor con suma entereza. No se derrumban a las primeras de cambio. Luchan contra la sociedad, contra sí mismos (caso de Yerma en Yerma y de la novia en Bodas de sangre), contra el sistema. Y todo ello (por así decir) desde el plano de la heroicidad: el del mantenimiento, a rajatabla, de la honra. De este modo se aseguran de que nadie pueda hablar de lo que hablar nadie debe. No siempre les sale bien la jugada (recuérdese el rol de las lavanderas, en Yerma).  

     Escribió Federico (Bodas de sangre; acto segundo, cuadro primero):

     <<LEONARDO. Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

     NOVIA. (Temblando). No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás>>.  

     Matrimonio por conveniencia; amor no escuchado. De resultas: tragedia viva. Hechos reales llevados a la ficción, a la literatura, al teatro con visos de arte supremo. Amor no escuchado: el peor amor imaginable por encima, incluso, del estorbado. Ay.                   

lunes, 13 de abril de 2026

505/ El corazón en el tiempo

Un nasciturus es <<un pájaro vivo apretado en la mano>>. Vale. Un consejo para una embarazada es no andar mucho y respirar suave <<como si [tuviera] una rosa entre los dientes>>. Vale. ¿Y qué? ¡¿Cómo <<y qué>>?! Dos imágenes éstas (soberbias. Todo hay que apuntarlo) que Federico fabricó y aireó, después, en Yerma como dos soles de primavera. Dos ejemplos, palpables, de una singular sensibilidad humana. Dos rasgueos de guitarra en la Andalucía profunda al desmayar el sol. Dos sorbos robustos de limonada en una cantina de pueblo, en España, en el 36. Y la puerta de la esperanza abierta de par en par. Y el miedo acechando…

     Yerma (Cátedra. Madrid, 2025) prefigura, por así decir, <<aspectos>> de un pasado lejano aunque no remoto. Y, también, <<aspectos>> de La casa de Bernarda Alba. Yerma, mujer neurotizada, lleva a un extremo las consecuencias de su dolor de madre en potencia (pero sólo en potencia: quid de la trágica cuestión) y eso la libera idealmente. El mantenimiento de la honra hace veces de desencadenante brutal. Lo mismo sucede con Bernarda que, por amor desmesurado a la honra, conduce hasta un final trágico a quienes en teoría más ama ella: sus hijas.

     Escribió, libérrimo, Federico: <<¡Calla, calla, si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver a atrás ni la luna llena sale al mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré. ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme para que nunca me hables más. Yo no busco>> (op.cit. Pág., 112).

     La imposibilidad de lo que por natura se presume insoslayable (la concepción y el parto), creencia desaforada ésta, amarga el corazón y envenena la razón de Yerma: mujer neurotizada y <<energuménica>> (Ildefonso-Manuel Gil dixit); pero también mujer incomprendida y vapuleada por una cuestión espaciotemporal que escapa a su humano control: la honra. 

     Hoy Yerma no habría caminado, la planta de los pies en carne viva (pies, por cierto, volátiles), por ese vía crucis de excitado anhelo (peor aún: de enajenación secular). Hoy Yerma habría conservado la razón gracias a una emancipación del statu quo imperante menos radical que imprescindible. Hoy Yerma habría olvidado el trágico asunto y desempeñado otros menesteres. Y, ¡menos mal! Porque de no ser así, hoy, Yerma no tendría el corazón en el tiempo…

martes, 24 de marzo de 2026

504/ El mejor párrafo de la literatura universal

Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!

     Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).

     Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo: 

     <<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).

     Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!