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miércoles, 1 de octubre de 2025

491/ La correspondencia

La Natura es un templo donde vivos pilares

dejan salir a veces sus confusas palabras...

(Charles Baudelaire: <<Correspondencias>>)


Existe un poema de Octavio Paz con resonancias borgianas en forma y en fondo. En forma: viento, agua y piedra interactúan entre sí, quiéralo o no la tríada (está, a ello, obligada). En fondo: esto lo constata un verso (el decimotercero: <<Uno es otro y es ninguno>>). Borges reveló esta idea recurriendo al término <<hombre>> (<<Un hombre es todos los hombres>>). No parece lo mismo que estableció Paz en el poema aludido (y, de momento, eludido; por poco); sí, algo similar. De ahí (huelga aclararlo) lo de <<resonancias borgianas>>.

     El poema de Paz:


     VIENTO, AGUA, PIEDRA


     El agua horada la piedra

     el viento dispersa el agua,

     la piedra detiene el viento.

     Agua, viento, piedra.


     El viento esculpe la piedra,

     La piedra es copa del agua,

     El agua escapa y es viento.

     Piedra, viento, agua.


     El viento en sus giros canta,

     el agua al andar murmura,

     la piedra inmóvil se calla.

     Viento agua, piedra.


     Uno es otro y es ninguno:

     entre sus nombres vacíos

     pasan y se desvanecen

     agua, piedra, viento.


     Yo quiero poner el foco en el verbo (en los verbos). El agua horada, escapa, anda y murmura. El viento dispersa, esculpe, gira y canta. La piedra detiene el viento, se convierte en copa del agua y, al cabo, calla. Un hilo conductor existe entre las acciones que emprenden los tres elementos. Y es: el punto de fricción habido entre ellos. Se tocan, invariablemente. Se rozan. Se… 

     Es, lector paciente, ¡la correspondencia!  

viernes, 12 de septiembre de 2025

489/ Corazón desideologizado

La única patria 

que tiene el hombre 

es su infancia

(Rainer Maria Rilke)


El niño-asunto-literario no es una originalidad. Véase, si no: Juan Ramón Jiménez (Diario de un poeta recién casado. Poema Soñando: <<–¡No, no!/ Y el niño llora y huye/ sin irse, un punto, por la senda>>); Miguel Delibes (El camino: <<Daniel, el mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal>>); Francisco Umbral (Mortal y rosa: <<Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso>>); Fernando Sánchez Dragó (Esos días azules: <<Imagine el lector lo que para un matrimonio de buenas costumbres […] supone salir a la calle […] en compañía de un niño de ocho años con gesto de vivo dolor pintado en el semblante y los brazos convertidos en algo similar a las alas de un avión que planease sobre el Gólgota>>); y, desde hoy (para mí), Leopoldo de Luis. 

     Todos ellos perfilaron un niño modélico. Un niño acaso trasunto de todos ellos; pero un niño, al cabo, independiente (literariamente hablando). ¡Y qué niño el de Leopoldo de Luis! Yo no había topado nunca con este tipo de niño-asunto-literario. Tan empático él. Tan tierno. Tan humano y, a la vez, literaturizado por los cuatro costados (quiere decirse: poetizado). Una joya de la poesía española de posguerra este niño de Leopoldo de Luis, poeta de la Generación del 50, poeta (entre otros rótulos) social. Pero lo social, aquí, ni está ni se le espera si sabemos leer con el corazón desideologizado. Hay en el niño de Leopoldo de Luis un no sé qué de carne propia, de aliento propio, que al lector renta un malestar irreprimible por todos los niños del mundo que sufren en silencio. Una lacra, ésta, que debíamos erradicar cuanto antes de nuestra sufriente humanidad. No es permisible (no tendría que ser, siquiera, hacedero) que un solo niño sufra en el mundo. 

     Gabriel, tú estás, ya, fuera de peligro; tú, ya, cruzaste el Rubicón (te obligaron a cruzarlo). <<Pescaíto>> de nuestra memoria, serás por siempre niño-de todos, niño-no-asunto-literario sino real (de carne y de hueso arrebatados). ¡Juega! ¡Diviértete doquiera que estés!

     Vaya, aquí y ahora, el niño-asunto-literario de Leopoldo de Luis (arrancado, de cuajo, del libro Juego limpio. Taurus. Madrid, 1961. Pág., 56)…

     

     EL NIÑO


     Sé que en alguna parte llora un niño

     bajo la soledad de las estrellas,

     en medio de un desierto que transitan

     sombrías, sordas multitudes ciegas.


     Sé que un niño escondido está llorando.

     Su pequeño vagidos hasta mí llega

     sobre el fragor de carne y de metales

     que produce al girar la enorme rueda.


     Por encima del mundo, acaso al fondo

     del mundo, el diminuto dolor suena.

     Miles de pies lo aplastan diariamente

     en vano contra el centro de la tierra.


     Inútilmente lo sepultan manos

     en la amargura y en el odio tercas

     arrojándole gritos como sordas

     paletadas de arena.


     Busco a ese niño en todas partes, bajo

     todas las cosas, tras de cada puerta,

     y en cada rostro quiero descubrirlo

     como al mirar detrás de una careta.


     Miro a las gentes que se agitan, pasan 

     con su sombría soledad a cuestas,

     fabricando su muerte poco a poco

     sin saberlo siquiera.


     Pregunto a la desesperanza, busco

     entre la población de la tristeza,

     interrogo al silencio de los barrios

     del sueño, indago en las esclusas de la pena.


     Demando a los felices, a las blancas

     dentaduras de risa. A los que reinan

     en este reino. A los que otro, alto

     y eterno, alegremente esperan.


     Pero no escucha nadie

     mi voz, su llanto, acaso a nadie llegan.

     Como vaga memoria se repiten inútiles.

     Igual que vagos gestos en la niebla.


     Y sin embargo está en alguna parte.

     O en todas partes a la vez. La piedra

     abrupta, el rojo campo, el hondo

     horizonte, sus ecos doblan. Trémula


     la mano del otoño entre los árboles

     trae su gemir. Toda la primavera

     no basta. Todo el ciego estío

     es inútil. Su llanto es nieve que se acerca.


     Tengo que hallarte, pobre niño.

     Al fondo de los días tu honda queja

     duele y están tus lágrimas cayendo

     sobre cada palabra verdadera.


     ¿Es esto la esperanza, ir a buscarte

     por todos los caminos para impedir que mueras,

     recoger ese llanto como una dulce lluvia

     de salvación, como un bautismo sobre tanta amargura seca?   

martes, 8 de abril de 2025

474/ "Marinas de ensueño"

Confesaré algo: la re-lectura de un libro no es (por decirlo así) plato de <<ordinario>> gusto para mí. No es lo acostumbrado. La re-lectura de un libro de poemas, diré ahora,  deja un regusto agradable en mi paladar lector. La re-lectura de una novela, desde luego, se le vuelve acibarada a éste. Pero iré sin dilación al caso que nos ocupa: un poemario sustancioso de Juan Ramón Jiménez; su título: Historias; fecha de primera lectura: año 18. En el 25 lo releo, sí, con verdadero gusto; pretexto: la excepcional musicalidad de los versos juanramonianos, muchos de ellos pertenecientes a la primera época del poeta (la <<sensitiva>>). Un concierto sinfónico, por ejemplo, lo hallamos en la sección <<Otras marinas de ensueño>>. Ahí podrá comprobarse lo que mal que bien sostengo en este improvisado post. 

     Botón de muestra:


     Al fondo de la calle de lluvia, sola y pobre,

     como un jardín se inflama un ocaso vehemente;

     los muros son astrosos, los cristales, de cobre;

     se dijera que todo se va a acabar, que el poniente

     es un fin verdadero…


     Huele a brea y a lama,

     casi en seco, los pobres barcos están doblados…

     Un arroyo de sangre parece que derrama

     todavía no sé qué ríos agotados…


     ¿A dónde ir? ¿En dónde estar? ¿Hay alegría

     en parte alguna? ¿Es verdad que hay aurora?

     Todo el color del mundo es esta marina de ele(j)ía,

     la risa, esta agua sucia y sangrienta que llora…


    

     Otro botón de muestra, esta vez, alegre: 


     ¡Oh, tarde clara, pura, suave, melodiosa!

     En los cristales se refleja la marina…

     todo es de un oro suave, de un melodioso rosa…

     Se dijera de agua la brisa vespertina…


     El aire trae y lleva la alegría del puerto…

     todo es tranquilo: el trabajo, la risa, la sirena…

     El mismo hogar alegre, de par en par abierto,

     parece que se va, por una mar serena…


     Como sin fuera absurda la nostal(j)ia se olvida

     está aquí lo solado, lo cierto, lo bendito…

     qué gracia de colores, está nueva la vida…

     en el ocaso má(j)ico se muestra lo infinito…

   


     Siete años, como siete días, han transcurrido entre la primera lectura y la no menos primera re-lectura de Historias. Siete <<diminutas enormidades>>. Siete abismos líricos sin lírica (por decirlo al modo jeroglífico). No hay jeroglífico que valga: cada vez está menos presente la lírica entre nuestros líricos. Esto, paciente lector, es todo lo que hay. 

     Hoy el ojo y el oído (los míos) tejen su red de significados abstractos de manera más eficiente que siete primaveras antes. La melancolía ha sido, por fin, trascendida; como la nostalgia. Ergo: la lectura sosegada, sensitiva (auditiva y visual), ha acabado imponiéndose definitivamente a esa otra lectura racional que echaba humo cada vez que mis ojos se topaban con una de estas <<marinas de ensueño>>… Y qué belleza, y qué aburrimiento, y qué fantástico aburrimiento… Leyendo estas marinas se aburre uno con delicadeza: la única manera legitima, me parece, de aburrirse el lector. Y que nadie confunda delicado aburrimiento con bajeza o mediocridad artísticas. ¡Nada que ver! Juan Ramón Jiménez es (fue. Será) el mejor poeta de la historia de la literatura de todos los tiempos. Repito: ¡De todos los tiempos! É, incontestablemente, cosí.              

jueves, 21 de marzo de 2024

445/ El espejo (III)

No sé cómo he hallado otra reminiscencia (así quiero creerlo yo) en el libro de JRJ: <<Poesía en prosa y verso (1902-1932)…>> (Diputación de Huelva), esta vez con Borges de telón de fondo. Sucede aquélla en el poema en prosa: <<El estrañero>> (op. cit. Pág., 100). Y Dice así:

     <<Me lo encontraba, de pronto, en cualquier sitio (…) Era alto y albino (…) Sacaba su librajo (…) y me decía (…) unas cosas “inintelijibles”, en un castellano inconexo, judío>>.

     Ahora, Borges…

     Del cuento: <<Utopía de un hombre que está cansado>>: <<Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo>>.

     Del cuento: <<El libro de arena>>: <<Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados>>. Y más adelante (parlamento del hombre alto): <<Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese>>.

     Hasta aquí.

     Los hitos son: un hombre alto, misterioso, y un libro no menos misterioso que el hombre alto que lo porta. Un hombre alto que infunde miedo y un libro en exceso raro. Todo lo raro, por cierto, es hondo; más, en estos tiempos que corren…

     Otra reminiscencia borgiana de <<El estrañero>>:

     <<Nadie lo vio entrar>>, con respecto a: <<Nadie lo vio desembarcar>>; sí… <<en la unánime moche>> (<<Las ruinas circulares>>). 

     JRJ y JLB fueron contemporáneos. Ignoro si se leyeron mutuamente. Yo quiero pensar que sí, por afán de una imaginación un punto calenturienta, por la magia de una azarosa y al mismo tiempo sutil convergencia de genios...

jueves, 7 de marzo de 2024

443/ El espejo (I)

Hay poetas que guardan reminiscencias de otros poetas. Poetas, no: poesías. Quiere decirse: la obra poética de algunos poetas contiene reminiscencias de la obra no menos poética de otros poetas. Uno nunca sabe cómo tomárselo: ¿Bien? ¿Mal? ¿Ni lo uno ni lo otro? Lo cierto es que uno, quisquilloso lector, en tales casos siente una especie de zamarreo turbador dentro de su ser quisquilloso. Como si de una <<impureza literaria>> se tratara. O como si algo (¿un cepo?) restase intensidad y valor a la lectura. Todo resulta muy extraño.

     Juan Ramón y Lorca convergieron en un sintagma. Yo ya lo sabía. Yo, hoy, lo he rescatado del fondo negro del olvido. Ha acontecido ello en plena lectura de <<Poesía en prosa y verso (1902-1903) de Juan Ramón Jiménez “escojida” para los niños por Zenobia Camprubí Aymar>> (Diputación Provincial de Huelva, 2008). Y, al rescatarlo, he pensado: ¿Quién lo escribiría antes? Entonces me he puesto, eléctrico, a buscar en la red la fecha de ambos sintagmas no hallando (¡oh tempora, oh mores!) más que una: la del poema de Lorca. Y es: 1928. La de <<El pajarito verde>>, poema también titulado por su autor de esta otra guisa: <<La verdecilla>>, no la he encontrado.

     Tras tanto trajín indagador me ha dado en pensar que, a lo mejor, la cosa carece de importancia. Sin embargo, algo dentro de mí alza su voz y dice que no es así, que la cosa sí reviste importancia…: <<La que uno quiera darle>>.

     Poesía en espejo. O espejo en verso. Tanto monta.

     El sintagma: <<Pelo verde>>.

     Lorca (<<Romance sonámbulo>>): <<Con la sombra en la cintura,/ ella sueña en su baranda,/ verde carne, "pelo verde",/ con los ojos de fría plata>>.

     Juan Ramón (<<El pajarito verde>>): <<Verde es la niña. Tiene/ verdes ojos, "pelo verde">>.

     Una conjetura: el joven halla inspiración en el viejo, y no al revés… 

     En fin.

viernes, 1 de marzo de 2024

442/ La mudanza

Un poema de Julio Numhauser, cantautor chileno, lo cambia todo. Su título: <<Todo cambia>>. Y dice así…


     TODO CAMBIA


     Cambia lo superficial 

     cambia también lo profundo 

     cambia el modo de pensar 

     cambia todo en este mundo 


     Cambia el clima con los años 

     cambia el pastor su rebaño
     y así como todo cambia
     que yo cambie no es extraño 


     Cambia el más fino brillante

     de mano en mano su brillo 

     cambia el nido el pajarillo 

     cambia el sentir un amante 


     Cambia el rumbo el caminante 

     aunque esto le cause daño
     y así como todo cambia
     que yo cambie no es extraño 


     Cambia, todo cambia 

     Cambia, todo cambia 


     Cambia el sol en su carrera 

     cuando la noche subsiste 

     cambia la planta y se viste 

     de verde en la primavera


     Cambia el pelaje la fiera 

     cambia el cabello el anciano

     y así como todo cambia
     que yo cambie no es extraño 


     Pero no cambia mi amor
     por mas lejos que me encuentre 

     ni el recuerdo ni el dolor
     de mi tierra y de mi gente 


     Y lo que cambió ayer 

     tendrá que cambiar mañana 

     así como cambio yo
     en esta tierra lejana. 


     (Julio no acierta, de pleno, de chiripa). 

     ¿A qué, Julio, con eso del sempiterno amor? No, hombre, no. El amor, como cualquier otro ente parapsicológico, está (no podía ser de otro modo) sujeto a cambio. No idolatremos lo que es susceptible de mudarse más temprano que tarde. 

     El amor, Julio, muda. El amor evoluciona (o involuciona). Y no debemos, conjeturo, sentirnos culpables por el hecho en sí; léase: detonar el explosivo de la evolución (o involución) del amor. La mente humana no está hecha de cables sino de neuronas. Cierto que, a veces, éstas echan humo… Vale, y qué. 

     Lo importante es: la libertad de fluir con el amor sin ponerle grilletes ni anexionarle con goma de fijar alas. Se trata, ay, de fluir (y no de volar) con la vida. ¡Con la vida!   

lunes, 4 de diciembre de 2023

437/ Francina y "La espera"

Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados, en su discurso de apertura de la XV Legislatura mencionó a mi añorado (y admirado) Joan Margarit. Varias veces he traído a colación en esta literaria bitácora (a veces, sólo a veces, bitácora con ínfulas filosóficas; excúseme Buda), la obra buena del no menos bueno poeta catalán: Joan Margarit. Pocos contemporáneos suyos (quizá ninguno) escriben tan hondamente como lo hacía él. Su poesía raya en lo portentoso; léase: en lo pragmático. Sí: poesía para la vida cotidiana. 

     Y cómo con un lenguaje sencillo, plástico y musical (también universal, o casi: el castellano aspira a serlo), fue capaz de ridiculizar sin pretenderlo toda la vanguardia de chichinabo que se agazapa tras los adminículos de micrófono y sombrero en lo alto de las tablas de un garito (por así decir: <<macareno>>...) de la noche sevillana.

     (Risas).      

     Cualquier poema de Joan Margarit (léanlos. No se arrepentirán) representa un mundo en sí mismo. Una vida en sí misma. 

     He dicho: Cualquiera. Botón de muestra: 


     LA ESPERA 


     Te están echando en falta tantas cosas.

     Así llenan los días

     instantes hechos de esperar tus manos,

     de echar de menos tus pequeñas manos,

     que cogieron las mías tantas veces.

     Hemos de acostumbramos a tu ausencia.

     Ya ha pasado un verano sin tus ojos

     y el mar también habrá de acostumbrarse.

     Tu calle, aún durante mucho tiempo,

     esperará, delante de tu puerta,

     con paciencia, tus pasos.

     No se cansará nunca de esperar:

     nadie sabe esperar como una calle.

     Y a mí me colma esta voluntad

     de que me toques y de que me mires,

     de que me digas qué hago con mi vida,

     mientras los días van, con lluvia o cielo azul,

     organizando ya la soledad.


     Resuena tanto tanto a Joana…

     Joan, doquiera que estés (¿acaso con Joana?), mi gratitud. Ojalá naciesen más poetas que siguieran tu ejemplo humanista y humanístico. Francina te nombró (sin abuso ideológico; no como sostienen algunos filibusteros de la <<Derechita>> y la <<Derechona>> cobardes en lo político como en lo mediático: qué vergüenza de políticos y de periodistas que les hacen la cama…) y eso la eleva al pedestal de la gente inteligente con un extraordinario sentido literario de la vida. Francina, conjeturo, saboreará la buena literatura… 

     Vaya también para ti, Francina, mi gratitud. 

     Entretanto (y sin que sirva de precedente) yo seguiré aquí: <<Echando en falta tantas “tantas” cosas>>…