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jueves, 4 de noviembre de 2021

364/ Pro Sandra Golpe

<<Mucho más que un cuarto poder, la prensa española es durante el siglo XIX una vía de acción política al servicio de los partidos: sus proclamas, editoriales y polémicas llegarán a oscurecer, incluso, las mismas sesiones del parlamento. En manos de los grupos separados del gobierno se transformaría en la mejor arma de oposición a los diferentes ministerios, en tanto que el Estado encuentra en ella el medio ideal para justificar sus acciones, amparado en la falacia de la opinión pública>> (Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga. Breve historia de España. Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 425).

     ¡Oh, Krishnamurti, he aquí la madre del cordero!: la prensa como arma de oposición. Deleznable. Asqueroso. Infumable e insufrible. Una vergüenza. Inútil quejarse. Es lo que, lamentablemente, hay. Y lo hay hoy. No es necesario retroceder al XIX. No, no, en pleno XXI la prensa se erige en Ministro de Interior o de Exterior o en Vicepresidenta o Presidenta (para qué vamos a andarnos con chiquitas) del gobierno de turno. Con todo, a mi juicio, no hace bien su trabajo (para el que nació): informar y controlar los desmanes del poder político, atiborrado de politicastros, sin un empuje ideológico sino humanista de fondo.

     Luego querrán sacrificar a una periodista (Sandra Golpe) que se atreve a declarar públicamente que no ejerce su derecho al voto por una cuestión de prurito profesional. ¡Bravo, Sandra! En este país de lenguaraces acompañados de charanga y pandereta no habrá nadie de la profesión de la pluma a sueldo que se atreva a seguir tus pasos decididos y honestos. Parece que depositar la papeleta en la urna de metacrilato cada equis tiempo obliga a una serie de futuras estupideces, y si no se deposita, no: en este caso quedaría uno (si es periodista) libre de todo influjo pseudo-inconsciente y por lo demás de raíz ideológica. La confesión se la afeó por lo bajini una colega con el coco comido (supongo) y felizmente casada con la Izquierda: Mamen Mendizábal. Lo hizo delante de toda España, a la torera, incluso sacando pecho: pobre. Tú vota, Mamen, que ya habrá quien te siga `periodísticamente´… (véase aquí).

     ¡Bah!, cuánta chusma en la piel de toro. Entre periodistas politizados y politicastros bocachanclas anda el juego del calamar… Yo, por si las moscas de Machado, volveré una y mil veces a mi Unamuno y a mi Juan Ramón y a mi Federico y a mis poetas esteticistas y a mis novelistas imaginativos e intuitivos que nada (o casi nada) quieren saber ni de la política ni de los discursos supuestamente envalentonados y pro humanistas de los que tanto presume el periodismo actual y de los que tanto debería desquitarse de una santa vez para hacer aquello a lo que debería sentirse obligado: informar (y opinar y analizar y reportear y…) sin una intención ideológicamente envenenada de base.

     He dicho.        

jueves, 28 de octubre de 2021

363/ La soberbia de Mr. Calatayud

OPINIÓN


<<En comunión con sus colegas europeos, los ilustrados españoles comprendieron que la mejora de la enseñanza era un paso previo a cualquier reforma política y confiaron al estado el encargo de dirigir la empresa pedagógica>> (Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga. Breve historia de España. Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 384).

     Dejar en manos del Estado la educación, per se, no reporta beneficios. Dependerá más del tipo de Estado que la ostente (o detente) que de otra cosa. Que se lo digan, si no, a nuestros padres o abuelos: ellos tuvieron que soportar el paso, poso y peso, de unos años vividos en Dictadura en cuya nómina habría que incluir el lavado de cerebro. He de decirlo sin rebozo: tampoco tengo claro que hoy no nos laven el cerebro. Ponerse a salvo del maquiavélico fregoteo, a veces, ni es tan fácil como a priori pudiera pensarse ni tan hacedero. No hay mejor educación, en términos motivacionales, que la autodidacta. Es lo que pienso y, pues, lo digo. Llevo toda la vida posicionado en el autodidactismo. Esa es mi religión y esa es mi ideología. Rechazo de plano el principio de autoridad como inductor del aprendizaje. Yo furrulo de otro modo: el axioma <<dadme una palanca y moveré el mundo>>, en mi caso, se llama: `aprendizaje por descubrimiento´ y/o `aprendizaje por ensayo y error´. También (en un sentido figurado): `Hostia con la mano abierta´ y `golpazo contra un muro de hormigón´ si uno anda despistado. No conozco mejor manera de aprender que las dos arriba mentadas. El error está infravalorado. La sociedad actual lleva el éxito a un nivel que, a mi juicio, no le corresponde: el de la emoción dura y pura. ¡Bah!, el éxito no emociona, solo rinde réditos. Equivocarse, sí: aparece la frustración, la ira, el encono… Tres puertas abiertas a la acción. ¿Acaso no es actuar aprender? Acabemos con esta loca lacra. Dejemos que el niño se equivoque y resuelva, luego, acertar. Démosle el beneficio del error. Abro paréntesis. Al docente ideologizado: ¡Cállese y rectifique de una puñetera vez! Cierro paréntesis. Bendito desahogo.

     La educación habría que dejarla en manos del Anarquismo Espiritualista. Aquello que criticaba el señor Juez de menores de Granada, Emilio Calatayud (un iluminado de todas todas), `aprender a aprender´, es justamente lo que habría que procurar. Y, de paso, dar menos cancha a un togado metido a marisabidilla y más a un docente no ideologizado y partidario de la libertad de pensamiento y de expresión y de estilo de aprendizaje (minoría, por desgracia, hoy). Si Juan de Mairena levantara la chorla… Torres Villarroel, por su parte, no emulaba a Calatayud: criticó el dogmatismo de la vieja cultura y responsabilizó a esta del fracaso del reino. Calatayud critica el nuevo estado de cosas movido por una supuesta beneficencia derivada de la vida de antaño. Qué carca el señor Juez... Mr. Calatayud debería aprender a aprender a no meterse en jardín espinado sin pretender salir de él todo llenito de púas... Ay, señor juez de menores de Granada, cuándo aprenderá a aprender usted…

     Dejemos, ya, tranquilo a Mr. Calatayud. Yo quería hablar de educación. Giner de los Ríos y Ortega agradecerían cenáculos en torno a lo educacional a todo trapo y rato y razón no les faltaría. Debatimos poco, en general, y de educación menos. Esto no es recomendable. Dialoguemos (incluso tirémonos los trastos a la cabeza, si con ello logramos sacar algo en claro, y hablemos de una maldita vez de lo que importa. Por ejemplo: ¿El talento debería sobreponerse a la condición social? O: ¿Contradecir al profesor debería reportarle a este un estímulo para seguir mejorando e investigando y no lo que, usualmente, le reporta: la idea de ego minusvalorado? O: ¿El docente debe desgajarse, por completo, de su yo discente?…

     Para qué seguir).

     Aprendizaje autodidacta, con  cierto auxilio, sí. Lavado de cerebro, porque el Estado lo ordena, no. Mil veces no.

viernes, 22 de octubre de 2021

362/ Imbecilidad congénita

No hay institución más absurda, e inoperante, que la Monarquía. El cuento de la lechera de la clamoreada diplomacia y de la marca España supuestamente gestionadas en el extranjero por nuestro Borbón es macabeo y ya no se lo cree, que dirían donde yo me sé, naide. No es algo nuevo. Venimos arrastrando la imbecilidad congénita desde tiempos (casi) inmemoriales. Entretanto seguimos sin voz en el himno porque Izquierdas y Derechas no se avienen a acordar una melodiosa y armoniosa y hasta lustrosa letrilla que atribuya sustancia a esa voz rota por la brecha ideológica. Ridículo. Sin embargo, como digo, nada supera la estulticia de la Monarquía. Tendríamos que hacérnoslo mirar.

     En pleno siglo XVIII se sucedieron cambios en el Estado español que beneficiaron a la sagrada (nótese la ironía) institución, <<pero el poder político siguió sujeto a la voluntad real, zarandeada a menudo por desequilibrios mentales de Felipe V y la apatía de Fernando VI>> (Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga. Breve historia de España. Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 330). A buen entendedor…

     Alguien (¡olé por él o ella!) concibió, por entonces, una décima sin desperdicio que viene a cuento y cuya letra dice:

     

     <<Al rey tenemos demente,

     una reina con temor,

     un infante cazador,

     y los tres no saben niente;

     un Consejo irresolvente,

     con los ministros de Estado,

     cada cual más apocado;

     unos grandes sin grandeza:

     ¡pobre reino sin cabeza,

     que te verás acabado!>>.


     Hoy el reino español vive y colea. Barrunto que más pronto que tarde acabará por no hacerlo...

     Sic erat scriptum.

martes, 10 de agosto de 2021

358/ Leer para creer

OPINIÓN


Quiero, hoy, romper una lanza a favor del hombre que decide permanecer desinformado. ¡He aquí, oh Sancho, la libertad! Lo diré con toda claridad (y perdóneseme la rima): la mayor parte de la información actual proveniente de los Mass Media la juzgo adulterada o, si no, retocada. Manufactura mediática se llama tal fechoría. Yo no refiero algo tan burdo como las Fakes News. No, no, más al contrario: yo refiero algo del todo sutil. Léase: poner parapeto al pensamiento libre y a la no menos libre investigación que todo periodista decente (¿hay alguno?) debería acatar como el Padre Nuestro por la feligresía católica, apostólica y romana, básicamente. En el universo mental del periodista decente no tendría que tener cabida ninguna ideología. Solo ideas. No son la misma cosa por más que el diccionario de la RAE y el uso y abuso lingüístico se empeñen. Ninguna idea debería ser, per se, acallada. Las hay tremebundas. Las hay diabólicas. Las hay perniciosas. Dígasenos cuáles son y conozcámoslas hasta los mondongos para saber rechazarlas y, en su caso, combatirlas. Quien así desee proceder, quien no, que no proceda de esa guisa: fácil y sencillo. Sin embargo todo esfuerzo en este sentido es (ay, Buda) inútil. No hay periodista que se precie que no hable por boca de este o de aquel partido político. Parece, incluso, recompensado por ello (¡puagh!). ¿Es esto lo que enseñan en la Facultad de Comunicación? No. Algo así deriva de la necesidad que tiene el periodista de pagar la hipoteca (o el alquiler) de la casa donde malvive y la letra del coche (o la de la burra) que utiliza para dirigirse a la playa como todo buen españolito hace en verano. ¿Y quien no lo haga? Un desgraciado. De modo que ya tenemos a un periodista cuyo afán primordial es hacerle la cama al partido político cuyas ideas aceitan el engranaje del grupo empresarial al que pertenece el medio para el que él o ella trabaja (o viceversa). Ah: este suele tener algún cargo de responsabilidad en el mismo (¡me río yo de esa responsabilidad!). Y, después de todo, ¿pretenden que me crea lo que los Mass Media sueltan por esa “convenida” boquita? A medias, a medias, Maquiavelito...

     Y digo más: ningún periodista, decente, debería votar. Ea: ¡dicho y re-dicho queda!

     Solo anhelo que no suceda como en el segundo tercio del siglo XIX. Entonces, nos lo recuerdan Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga en el libro Breve historia de España (Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 43), los periódicos gozaban de un gran poder político. Hoy es el poder político el que goza de un “gran” periódico (o de varios) siempre a su servicio…

     Leer para creer.