jueves, 29 de junio de 2023

422/ El cielo homérico

El sol, la luna, las estrellas…

     Cuando uno lee acerca de las cosas del cielo se percata de que existe un mundo más allá del conocible manifestado, sólo (o no tanto. Esto es discutible), en negro sobre blanco. Hoy, voces crueles no cejan en su empeño de querer hacernos creer que el libro es algo pasado de moda, un instrumento anticuado cuyo valor real ha enflaquecido hasta extremos de una pura anorexia intelectual. Y yo exclamo: ¡Nada más lejos de la realidad! Y digo: Pocas injusticias hay en este mundo que superen la de considerar al libro una fuente de conocimiento (o de lo que sea) segunda y no primera. ¡Barbaridad de barbaridades! Esto llevamos tiempo viéndolo en el ámbito educativo. Llegó, alegre, la pedagogía de los <<proyectos>> y todo se fue al traste. Vino la nueva (e ilusionante, por qué no decirlo) forma de enseñanza a decirnos que la investigación y el trabajo en equipo se sitúan por encima (pero muy por encima) del libro. Como si para investigar no fuese necesario (no fuese conveniente) acudir a los libros. Como si la investigación experimental (la ejecutada en laboratorio, la de campo…) no sustentase firmemente su existencia en teorías hechas carne en cientos y cientos de libros…  

     No, el libro no es un instrumentos caído en desgracia. Quiere decirse: caído en desgracia per se. Obviamente la comunidad educativa del nuevo milenio intenta, por todos los medios, que caiga en ese hondo pozo oscuro. No lo conseguirá. Mientras existan lectores ávidos de conocimiento (no tratamos aquí la otra arista del tronco del <<árbol del bien y del mal>>. A saber: la pura fantasía literaria que tan grandes dosis de felicidad aporta al lector) el libro permanecerá encajado en esa otra realidad, sé, archiconocida: la verdadera. Fíjense en el valor supremo de lo que ocurre. Algo perfectamente real y verídico (el libro) ocupándose de algo, a priori, incognoscible: la astronomía <<homérica>>. Se ve, esto, en <<El enigma de “La Ilíada”>> (Círculo de lectores, 2008), de Florence Wood y Kenneth Wood. Homero y su arte al servicio del cielo, ¡ojo!, siglos antes de Cristo. Y los lectores de <<La Ilíada>> creyendo a pies juntillas que el griego les estaba narrando épica histórica y nada más. Pero al final, miren ustedes por dónde, había algo más. Matemáticas. Astronomía. ¿Fantasía acaso?… 

     <<No está claro en qué momento llegaron los griegos a poseer un sistema de escritura que les permitió poner por escrito su poesía, pero es posible que fuera en tiempos de Homero o poco antes. En fechas anteriores, los poemas y relatos se transmitían de forma oral; así, el papel desempeñado por al memoria era de una importancia enorme. Y lo que valía para la poesía se podría aplicar también al conocimiento astronómico. Nuestro libro intenta mostrar que la “Ilíada” fue compuesta para preservar el antiguo conocimiento del firmamento, y que no es sólo un poema acerca del cerco de Troya, sino también un informen exhaustivo sobre el conocimiento de los cielos. Se trata de un recurso mnemotécnico de gran complejidad que utiliza su inolvidable narración para fijar en la mente datos astronómicos. Los cantores-poetas, o rapsodas, que aprendían las historias de memoria y las transmitieron a lo largo de los siglos prehoméricos no eran meros animadores de actos festivos, sino los conservadores de una amplia cultura astronómica. La conjunción del genio poético de Homero con el invento de una escritura refinada permitió conservar de manera más perdurable tanto la épica como la astronomía>> (op. cit. Pág., 16).   

     ¿Es, la traída a colación, una fantasía con visos de realidad o una realidad con visos de fantasía? Léase: la Astronomía <<homérica>>. Desde niño intuí que algo había en el cielo que influía directamente en nuestros humores (el de los hombres y mujeres que poblamos la Tierra). Sigo intuyéndolo. Lástima que se trate sólo de eso: de una mera intuición. Harto difícil será, creo, que la intuición (esa concreta intuición y no otra cualquiera) se convierta en certeza...

     <<En pleno calor del verano, mis hermanas y yo solíamos retirar los colchones de las camas y tenderlos en el suelo. (…) Nos quedábamos tumbadas allí con los pies, la cabeza, los brazos y los hombros descubiertos, y contemplábamos las estrellas (…)>> (Edna Florence Leigh. Op. cit. Pág., 17).

     Yo también me quedaba dormido en las noches de verano observando el estado del cielo, echado sobre la cama del dormitorio de nuestro piso en San José. Yo era un niño soñador. Soñaba con el sol, la luna, las estrellas…                   

viernes, 16 de junio de 2023

421/ El tiempo obliterado

El tiempo obliterado. El tiempo obstruido. El tiempo, sí, detenido. ¡Pero de todas todas! Miren… Abro <<El hablador>> de Mario Vargas Llosa (autor que no defrauda nunca. No ya la persona. No ya el personaje. El autor, digo, sólo. Afinaré un punto: el genio creador de Vargas Llosa) editado por Alfaguara (Madrid, 2011) y empiezo a leer: <<Vine a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que el malhadado país me salió al encuentro esta mañana de la manera más inesperada>> (me agencio el subrayado de <<tiempo>>). De igual manera (inesperadamente) me salió al encuentro a mí la idea de tiempo obliterado conforme avanzaba en mi lectura de la mentada novela de Vargas. Miren… La fecha de publicación de <<El hablador>> es 1987. Treinta y seis años, pues, hace. Ni uno más ni uno menos. ¡36! Va. Lo importante del asunto: la novela trata un tema de potentísima actualidad. A saber: el <<Desarrollo sostenible>>, el medioambiente terciando… Y, yo me pregunto, ¿cuándo no es de oportunísima actualidad este tema? Pues eso. 

     En la página 34 (visión aristocrática de la cuestión) leo: <<¿Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partes de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor? ¿Debíamos ignorar las posibilidades agrícolas, ganaderas y comerciales de la región para que los etnólogos del mundo se deleitaran estudiando en vivo el potlatch, las relaciones de parentesco, los ritos de la pubertad, del matrimonio, de la muerte, que aquellas curiosidades humanas venían practicando, casi sin evolución, desde hacía cientos de años? No, Mascarita, el país tenía que desarrollarse. ¿No había dicho Marx que el progreso vendría chorreando sangre? Por triste que fuera, había que aceptarlo. No teníamos alternativa. Si el precio del desarrollo y la industrialización, para los dieciséis millones de peruanos, era que esos pocos millares de cálanos tuvieran que cortarse el pelo, lavarse los tatuajes y volverse mestizos –o, para usar la más odiada palabra del etnólogo: aculturarse–, pues, qué remedio>>.

     En la página 37 (visión ecologista de la materia), por contra, leo: <<Me habló largamente de las prácticas de los viracochas y serranos bajados de los Andes a conquistar la selva, de desbrozar el bosque mediante incendios que carbonizan inmensas extensiones de tierras, que, luego de una o dos cosechas, por la falta de humus vegetal y la erosión causada por las aguas, se volvían estériles. Y nada se diga, compadre, del exterminio de animales, la codicia frenética de cueros que, por ejemplo, había hecho de jaguares, lagartos, pumas, serpientes y decenas de animales, rarezas biológicas en vías de extinción. (…). De los árboles y los peces volvía siempre en su perorata al motivo central de sus alarmas: las tribus. También ellas, a este paso, se extinguirían>>.

     Concluyo. Que me digan a mí, ahora, si es o no es de actualidad este tema. Si estamos o no estamos ante el tiempo obliterado. Si hemos avanzado o no hemos avanzado una miaja en aquello que en estas páginas se defiende, a capa y espada, o se denuncia con la fruición propia de un chamán ebrio. Y nada: eso. Que me digan a mí.         

jueves, 8 de junio de 2023

420/ Una mudanza (o "metablogueo")

Siguiendo con el apunte principal del post anterior a este, la imagen del poema <<Vuelvo a nacer en ti>> de Dulce María Loynaz (o sea: <<como ropa sin cuerpo que se cae>>) y toda la literatura y filosofía que de ella se desgaja, he de mencionar ahora la novela <<Memoria de mis putas tristes>> (Gabriel García Márquez. Mondadori, 2004) por una razón bien sencilla. Esta: que el de Aracataca plasma, en la página 93 de la novela mentada, la imagen de rigor materializada en una prosa tremendamente llana: <<Perdí tanto peso que no se me tenían los pantalones en la cintura>>. Producto, lo puesto entre comillas, de un mal de amores del protagonista de aquélla (tiene 90 en su aljaba y permanece enamorado de una adolescente virgen). Sí: la sombra de la pederastia cubre por completo al narrador protagonista de esta historia. A lo que iba: de nuevo hace su aparición providencial en la obra de Gabo la imagen del poema de Dulce María Loynaz. Me pregunto: ¿lo leería el Nobel colombiano? Entre <<La hojarasca>> (primum officium de Gabo) y <<Memoria de mis putas tristes>> (ultimum officium de Gabo) media una vida entera de escritura. Para ser exactos: cincuenta años. La imagen de la ropa que al no ser sostenida por cuerpo alguno acaba desplomándose contra el piso sería, cuanto menos, sempiterna. O así quiero creerlo yo. Y lo sería no sólo por su intrínseca posibilidad poética sino, además y sobre todo, por su aplicabilidad en diversos ámbitos del conocimiento humano. Me explicaré un punto. Ella (la imagen a que venimos aludiendo todo el rato) puede hablarnos del alma del moribundo. Y esto sin ningún forzamiento. También puede hablarnos de un amor extinguido. O de una <<vida no vivida de la que, fatalmente, se puede morir>>… Quiere decirse: del sufrimiento del hombre moderno (¿o debiera enunciarse, mejor, posmoderno?) nos habla la imagen del poema de Dulce María Loynaz. Otro apunte: al coronel de <<El coronel no tiene quien le escriba>> (G.G.M., 1961) le acontece algo parecido: lleva sujeto el pantalón a la cintura con un pedazo de cordel. El pantalón, sin cuerpo a que agarrarse, corre con el albur de precipitarse contra el piso en cualquier momento. A ese viejo coronel, que pasa los días aguardando su pensión de viudedad sin que esta acabe de llegar nunca, se le cae el alma al suelo en no pocas ocasiones. Será su mujer quien se encargue de recogérsela (o no. Esto tendrá que decidirlo el lector) bajándolo de las alturas del idealismo donde él respira, para traerlo con brío a la llanura de tierra reseca del realismo, donde ella. Pero se nos olvida que el sujeto poético de <<Vuelvo a nacer en ti>> llora <<de alegría ante una rosa>>… Cuando la <<Chica de la perla>> me hizo entrega de aquel recorte autógrafo me rentó, precisamente, eso: esperanza. Hoy, después de que de todo hayan pasado más de veinte años, la esperanza a mudado en <<sereno memorándum>>. De lo cual me congratulo. Yo sólo quería dejar, aquí, constancia de ese hecho.                

viernes, 2 de junio de 2023

419/ "Como ropa sin cuerpo que se cae"

El año 2001 (o aproximado. Hablo de memoria) la <<chica de la perla>> me hizo llegar un recorte autógrafo con el poema de Dulce María Loynaz <<Vuelco a nacer en ti>>. Quedé sugestionado al instante. Por el poema y por el recorte. Más por el recorte. Pero no menos por el poema. Era una constatación de mi triunfo de amor. Más tarde, yo no haría que ella renaciera. Yo diría que al contrario. También ella (a las claras) me mortificó a mí. El hecho es que ambos quedamos atrapados, para siempre, en el dictamen de ese poema sencillo de Dulce.

     Una idea me obsesionó grandemente cuando lo leí. Aparece esta recogida en el sexto y séptimo verso: <<como ropa/ sin cuerpo que se cae>>. Más que idea, imagen. La que sigue: un cuerpo que, al no estar <<sujeto por>> ropa alguna, acaba desplomándose contra el piso. En consecuencia: se hace añicos. La fragilidad del amor. Ese cuerpo (el de la <<chica de la perla>>. El mío) era el del amor hecho añicos.

     Algunos años después de aquel lance leí <<La hojarasca>>, ópera prima de Gabriel García Márquez. Y lo mismo: quedé deslumbrado. Me pareció digna de lo mejor de su obra (o sea: todo. ¡La duda ofende!). Todo, menos un título. Este: <<Noticia de un secuestro>>. Nunca debió Gabo escribir una novela tan realista, tan sin magia, como la recién mentada. No está a la altura del resto de su producción. Pero este es otro cantar.

     El pasado 26 de mayo, al atardecer, acabé de releer <<La Hojarasca>>. Volvió a deslumbrarme. Esta vez (algo así no me había acontecido en la primera lectura) la imagen mágica que sugiere el poema de Dulce (ese <<cuerpo sin ropa que se cae>>) regresó a instalarse en mi cabeza. Y lo hizo al leer yo lo siguiente: <<Se tenía la impresión de que los pantalones iban a resbalar, a caer, por falta de un cuerpo sólido en que sostenerse>> (op. cit. pág., 73). Y más adelante: <<El traje y el sombrero están aquí, en la silla, pero en ellos mi madre ha dejado de estar>> (op. cit. Pág., 115). 

     Yo no sé. Parece que a Gabo también le obsesionaba la imagen que plasma en el caletre del lector el poema de Dulce María Loynaz. Un cuerpo que se precipita al piso por no estar contenido (ni sujeto) en ropa alguna. Cabría pensar en lo anchuroso de la ropa pero, también, en la escualidez del cuerpo… El verso quinto del poema de Dulce reza algo parecido: <<como cuerpo sin alma>>. El cuerpo contendría el alma y no al revés. ¿Qué quiso, entonces, decirnos Dulce con estos ingrávidos versos? El último encierra en sí mismo una esperanza. 

     Júzguelos, ahora, el lector:          


     VUELVO A NACER EN TI


     Vuelvo a nacer en ti:

     Pequeña y blanca soy... La otra

     —la obscura—que era yo, se quedó atrás

     como cáscara rota,

     como cuerpo sin alma,

     como ropa

     sin cuerpo que se cae...

 

     ¡Vuelvo a nacer!... –Milagro de la aurora

     repetida y distinta siempre...–

     Soy la recién nacida de esta hora

     pura. Y como los niños buenos,

     no sé de dónde vine.

 

     Silenciosa

     he mirado la luz—tu luz...—

     ¡Mi luz!

     Y lloré de alegría ante una rosa.