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viernes, 10 de enero de 2014

121/ Insipidez literaria

La línea de sombra (Conrad) me ha disgustado sobremanera. El lector claudica para terminar bostezando. Qué aburrimiento. Qué deseos de llegar al término de cada página. Los párrafos se suceden interminablemente, con flema no del todo original. 

     Joseph Conrad fue arrojado a la luz en Polonia. Una sola cosa he de destacar: que el personaje protagonista cae mal (lo que resulta desacostumbrado). Le pierde el orgullo. No es arquetípico. Y el antagonista (otra falta de costumbre literaria) embruja. Es bohemio y cruel. Nunca ejemplar.

     Cualquier anécdota o acción o gesto sucede a cámara lentificada. No hay una metáfora del tránsito de la adolescencia a la adultez. Resalta el hecho fantástico del maleficio, y poco más. Ergo: el peor libro que he leído junto a Al fin libre (J.J. Benítez) e Historias de política ficción (M. Vázquez Montalbán).

     É, sencillamente, cosí.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

111/ Brrr

La indignación me embarga lastimeramente. Sin ambages: he leído dos novelas cortas, negras, de Manuel Vázquez Montalbán. Mi veredicto no puede ser más encontrado y angustioso: un bodrio. Conste que catalogo sin iracundia y sin vanidad de autor. Ya todo me da lo mismo. Soy un lector libre. Libérrimo. O insubordinado. Lo repetiré: lector libre y libérrimo o insubordinado. Y digo con voz alta y clara que no logro topar con un libro moderno, o relativamente moderno, que siquiera roce alturas de jilguero…

     Ambas novelas, encastilladas en Historias de política ficción, airean clichés y estereotipos emulando las de Agatha Cristhie; sin hondura, los personajes; tramas poco hiladas; argumentos tediosos. Hasta hace una de ellas apología del descaro: el detective pronuncia el postrer y famoso y dilucidador soliloquio ante los asesinos al estilo de la señora Fletcher. Lo ya apuntado: irrisorias y ridículas historias (a no ser que fuesen concebidas para un público juvenil que ha leído poco. O ni por esas).

     Confieso: es la primera vez, junto a cuando leí Al fin libre de J. J. Benítez, que he experimentado la inquietante sensación de perder el tiempo leyendo. Brrr. 

viernes, 5 de julio de 2013

76/ Un bodrio

<<Litografía Rosés, S. A.>>, sita en: <<Progrés. 54-60. Polígono La Post. Gavà (Barcelona)>>. Taller que abonó el hecho. Probablemente en 2000. Taller cómplice del bodrio. Probablemente involuntario. Devengo incapaz de dar credibilidad a J. J. Benítez. Lo procuro. Yo no sé, ya, cuánto. No lo logro. En su Al fin libre ese descreimiento es azuzado por vocablos cristalinos.

     Acá mi objeción: ¿No aspiran los vocablos (esos vocablos) a significar una realidad inaccesible? Solo la poesía posee potestad connotativa de lo desconocido. Imagino (mal que me pese) falaz al plumilla pamplonica. Adular a la pálida dama es recurso soldadesco y, por ende, cuartelario. O mejor: legionario; de legionarios en eterna imaginaria. Refiero el pavor propio (no ajeno) a la de la guadaña. 

     Una que otra duda me corroe: ¿Por qué las teorías sobre el Más Allá pecan de halagüeñas? ¿Por qué exhuman paz y gloria en vez de turbación y desgarro? ¿Por qué no la Nada, a secas? ¿Por qué la libertad se tizna, en tales teorías, con el hollín de la consciencia? Y, ¿por qué con el de la sensibilidad?… 

     Conste que no anhelo lo contrario: inconsciencia e insensibilidad. Aunque después de muerto, fabulo, dé lo mismo cuatro que ochenta o que mil. Las tendencias (las modas) producen en mí recelo: engroso la lista de los que acuden a la ópera en chándal… Vale: categóricamente falso. O no. Me arrogo, por si las moscas de Machado, el derecho a la contradicción (como, de ordinario, dice F.S.D.). Siempre gusté de procurarme topetazos contra el cristal del mundo.