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martes, 3 de junio de 2025

478/ El Otro, Yo

Había olvidado cómo escribía Benedetti. Craso error. Digo: porque es difícil, hoy, toparse con una pluma al par tan sensible y comprometida como la de Mario; sensible pero revolucionaria (ay); comprometida pero amorosa (¡ufa!). El compromiso no suele ir acompañado de dócil ternura ni, menos aún, anhelo de moderación. El caso de Benedetti es diferente. Duro él, en su análisis de la personalidad humana (con todo lo que ello conlleva: biología, aprendizaje, susceptibilidad al influjo externo y ajeno…); flojo, por empático exacerbado, a la hora de escuchar activamente al prójimo. Hablo de Benedetti; podría hablar de los personajes protagonistas de las novelas de Benedetti. Habría, ahí, una fusión.

     Mario escribió: <<(…) tipos como yo mismo, desacomodado en mi apellido porque reniego de toda la inmundicia que hoy lleva implícito el nombre Budiño; desacomodado en mi clase porque mi bienestar económico me duele como una culpa, como una mala  conciencia (…) desacomodado en mis creencias, sobre todo políticas, porque extraigo mis recursos de un sistema de vida totalmente opuesto al que prefiero; desacomodado en mis relaciones, porque quienes participan de mi nivel social me consideran poco menos que un bellaco, y quienes participan de mis creencias políticas me consideran poros menos que un tránsfuga; desacomodado en mis sentimientos, en mi vida sexual, porque he conocido la plenitud y desde entonces soy consciente de que lo demás es un pobre sucedáneo; desacomodado en mi profesión, porque el malón de turistas y candidatos a tales, me apabulla con su grosería, con sus contrabandos, con su guaranguería esencial, con su gloriosa estafita, con su obsesión de rebaja, con su alma de picnic; desacomodado frente a mi memoria, porque las buenas cosas que anunció mi infancia, las protecciones, las esperanzas, las osadías, se han quedado todas en el camino, y el recordar se me vuelve así un mero registro de frustraciones>> (Gracias por el fuego. RBA Editores. Barcelona, 1993. Págs., 169-170).

     Antes (refiriéndome a la simbiosis entre autor y personaje) he dicho: <<Habría, ahí, una fusión>>. Ahora, en cambio, digo: Hay, aquí, una escisión; escisión entre el compromiso social y político de Mario y la falta del mismo que atesora Ramón Budiño (protagonista de la novela mentada). Pero regresaré a lo anterior: mucha consonancia hay, me parece, entre Budiño y Benedetti; quizá no tanto en lo relativo al compromiso social; pero sí en lo concerniente a la sensibilidad personal y a esa bondad de fondo que tanto rubricaba cada palabra y cada gesto del de Paso de los Toros (Uruguay). Muy por encima, esto último, de lo primero.

     Las palabras de Budiño son las de un suicida. Tema éste, el suicidio, abordado por Benedetti en Gracias por el fuego; marginalmente abordado. O, a lo mejor, no tanto. Porque tal es el destino definitivo del personaje Ramón Budiño. A veces, el colofón de una vida fotografía esa misma vida en todo su despliegue de apogeo, jolgorio y caída. El suicida tiene razones que el vitalista no entiende. Esto, es claro, suponiendo que un suicida tenga vetada la magnánima posibilidad de ser vitalista (no está probado).

     Había olvidado cómo escribía Mario Benedetti. Ahora ya lo recuerdo. Ahora, mal que bien, repasaré ex professo el libro de estilo <<benedettiano>> para que la desmemoria no vuelva a aniquilar las cátedras del maestro.

jueves, 3 de marzo de 2016

222/ Montaña rusa de los primaverales

A María José Bullock

Pau Donés: “Primavera que no llega…”. Sí. No llega. Pero llega. Ésta es un estado de ánimo. No una estación meteorológica. Vivo yo en impertérrita primavera. No digo que sea bueno. Más al contrario: acaso sea malo. ¿Por qué? Por la inestabilidad que caracteriza a dicho estado interior. Por sus claroscuros. Por sus ángulos muertos. Por su luz y su olor. Mortecina la primera. Desde luego. Agridulce el segundo. También. Por su atmósfera suspicaz. Por su aire ansiolítico. Me explico: produce, ella, en el individuo una hecatombe sentimental y una abulia terribles. Nadie escapa a su influjo. Quienes cumplen primaveras en primavera saben a qué me refiero. Ineluctablemente marca el día del nacimiento. Los arrojados al aire en primavera somos gentes dadas al altibajo emocional. Montaña rusa de los primaverales. Vivimos en continuo conflicto con nosotros y con los demás. Con la vida. Nos encanta la vida. Amamos la vida. Tememos a su antagonista. Me corrijo: a su adlátere. No otra cosa es la muerte que una parte de la vida. Aún así le tememos. Grande incoherencia. Rezumamos vida por los cuatro costados de nuestro ser. Al mismo tiempo caemos en picado por la montaña más arriba enunciada. Somos así. No podemos evitarlo. Nos hallamos en continua exaltación poética. Aunque nada sepamos de poesía. La poesía somos nosotros. Nuestros actos son los versos del ayer y del hoy y, quizá, del mañana. Escribió Pedro Salinas: “Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos/ pulsas el mundo, le arrancas/ auroras, triunfos, colores,/ alegrías: es tu música./ La vida es lo que tú tocas”. Y en medio de esa alegría, la primavera. Su aire ansiolítico. Su atmósfera suspicaz. Su agridulce olor. Su mortecina luz. Sus ángulos muertos. Sus claroscuros. En resolución: su inestabilidad. Que me digan, ahora, quién dijo que lo contrario es vida y esto no y quién que las tardes de prímula no cercenan los convencionalismos individuales de un solo tajo. Ya sé: las cifras de suicidio suman dígitos en primavera. También sé que te escribo (que te seguiré escribiendo) porque te quiero. Y que eres mi amiga del alma gemela. Y que tal vez nunca leas estas líneas. Y que te debo mi voz.  

miércoles, 9 de abril de 2014

134/ Autodefinición

Quiero hacer mías estas palabras que exhuman (¿todas…?) una filosofía de vida monástica o meta-monástica. No en vano hablan de un priorato (el de los independientes) que se ubica dentro de otro priorato (el de los aislados) que se ubica dentro del monasterio de la orden de los felices… ¡Y hasta aquí el esparcimiento de muñecas chinas! Ahora, los términos a que aludo: <<Nací raro, nací esquivo, nací silencioso, individualista, insociable y solitario. Mis parientes me lo reprochaban. Mis profesores y mis condiscípulos, también. Nadie parecía entender mi irrefrenable tendencia a huir del grupo, a preferir la lectura a la conversación, a jugar a solas, a sentirme intensamente feliz cuando no había nadie en mis alrededores ni en los alrededores de mis alrededores>> (Fernando Sánchez Dragó. Sentado alegre en la popa. Planeta. Barcelona, 2004. P., 248.). He dicho que anhelo hacer mías las palabras arriba transcritas. No he dicho que éstas respondan en su totalidad hoy, y en lo que a mí respecta, a verdad. Donde dice <<mis profesores y mis condiscípulos, también>>, no habría de aparecer nada. Y donde <<nadie>>, habría que decir: <<había quien no…>>. Sí resultan, en lo tocante al resto, del todo ajustadas (a mí). Qué le voy a hacer: nací chicharra y moriré cantando. O gallo ¡vaya!, y cacareando la espicharé. Pero no, en modo alguno, borrego y en consecuencia no me iré de este inmundo mundo así balando: <<Bee>>. O eso espero. Que Krishnamurti, por si acaso, se apiade de mí.