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martes, 11 de noviembre de 2025

495/ Con base en el retruécano

Algo hay en la literatura de Aira que desconcierta y fascina a la vez. Yo lo he comprobado muchas veces; hasta hoy no me había cerciorado al cien por cien de ello. Es infalible. Es inefable. Yo no sé cómo analizarlo sin caer en la incoherencia. Uno lee (uno empieza a leer) un texto de Aira, el que sea, y al tiempo que despotrica contra el autor goza la lectura y ahí ya no puede dejar de leer. ¡Asombroso! Porque Aira encabrita. Pero de igual forma impide que el lector se duerma en los laureles de la superficialidad y la nimiedad literarias (espoleando su pensamiento; llevando al límite su imaginación) tan presentes en esta época en que nos ha tocado leer. Uno lee (uno empieza a leer) a Aira y piensa: <<Cierro el libro, y a otra cosa>>. Pero, en esas, uno ya sabe que cerrará el libro para volverlo a abrir más adelante y no, en modo alguno, para no volverlo a abrir nunca más. 

     Recientemente me ha ocurrido lo arriba referido con Varamo (Anagrama, 2002). No sé cuántas veces me he enfrentado a la novela (me niego a decir: la <<novelita>>. Los artefactos, los <<juguetes para adultos>>, de César Aira son tan lúdicos y exponentes de una profundidad tan insondable que juzgo poco menos que sacrílego aplicarles un diminutivo como santo o seña de identidad. ¿Desde cuándo la identidad pasa por la cantidad?); quizá tres, cuatro veces, vayan ya.

     Lo cierto es que he vuelto a descifrar Varamo y, de nuevo, ha emergido en mí el enojo original y la subsiguiente fascinación. No se trata (hay que apuntarlo) de enojo derivado de la estética. No. Se trata, más bien, de enojo derivado del intelecto: qué está queriéndome decir Aira en este o en aquel pasaje de más allá… La fascinación <<no requiere mayor elucidación>> (Borges dixit. Y perdón por la rima): el lenguaje, aparentemente convencional, no lo es tanto; más lenguaje pluri-significativo es, el cual conduce a niveles de pensamiento a la vez juguetón y científico alejados (esos niveles) de lo que uno puede llegar a suponer a priori. Un a priori muy a priori. Porque uno, leyendo a Aira sucesivas veces, saca punta al intelecto; intelecto, de ordinario, dormido en los laureles del Realismo.

     César Aira ha escrito: <<Su posición era peculiar, y especialmente incómoda. Como cualquier otro improvisador, podía hacer cualquier cosa, realmente cualquiera, pero a diferencia de cualquier otro él había tenido un punto de partida, bajo la forma de una intención secreta (…) Su intención no era improvisar: al revés, improvisar era lo que debía hacer para realizar su intención. Aún así, también tenía que tener la intención de improvisar, porque todo lo que se hace, aún lo accesorio, se hace con una intención. Pero el secreto de su intención anterior contaminaba necesariamente ésta, y entonces debía ocultar que improvisaba, cosa que, dada la falta de tiempo, equivalía a improvisar que ocultaba>> (op.cit., págs., 59-60).

     Si lo arriba copiado no es un retruécano o una paradoja (o como quiera llamársele) en toda regla, pero fascinante…, que venga Buda y lo vea. 

     Y así, paciente lector, la obra toda de Aira.

viernes, 17 de noviembre de 2023

436/ Aira o el volteo del mundo

OPINIÓN


Leer a César Aira se me antoja una experiencia inigualable. Lo digo con todo convencimiento. En 2004, por primera vez, leí una obra suya: <<Varamo>>; en 2005, la releí. Desde entonces varios títulos de Aira han ido, de apoco, engrosando las baldas de mi librería. Existe una curiosa particularidad: en cada volumen de Aira se encastillan varios títulos de Aira. Esto siempre (o casi siempre) es así. ¿El motivo? La inmensa mayoría de los textos de este autor se enmarca en el género <<novela corta>> (para el caso que nos atañe: unas ochenta o noventa páginas… A veces más; a veces menos). Al adjetivo <<inigualable>> del principio añadiría yo, ahora, este otro: <<excitante>>. <<Excitante>> sería la palabra justa para designar la cualidad principal de la obra del de Coronel Pringles (Argentina). Al lector, eso sí, tendrá que atraerle la Filosofía. O mejor aún: filosofar. No está claro que César Aira sea un filósofo sino algo parecido y diferente al mismo tiempo: especie de novelista pseudo-filósofo o filósofo pseudo-novelista. Un escritor con todas las letras, desde luego, sí es. 

     Un escritor con todas las letras y, también con todas las letras, un desconocido. <<¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!>> (Juan Ramón dixit). En los tiempos que corren no le auguro a César Aira demasiada venta ni tampoco demasiada <<mano de obra lectora>>. Para leer las novelitas de Aira, en efecto, hay que arremangarse y doblar el espinazo del intelecto con una intensidad rayana en abuso. El lector debe convertirse en un <<currante>> de la búsqueda del sentido textual. El lector aburguesado, acomodado en el sillón <<H>> de la Real Academia de la Holganza (<<¡que me lo den todo hecho!>>), no se hallará a gusto leyendo a César Aira. Éste tiene la inestimable capacidad de hacerle creer (al lector, que tanto presume de ojo literario...) tonto. Además: inmensamente. Pero tranquilícese el lector: esa sensación de <<necedad>> acabará diluyéndosele en sucesivas lecturas del texto (¡correcto!: tendrá que aficionarse a releer y no sólo a leer. Esto si pretende, es claro, desentrañar los mimbres de la literatura de Aira).

     Veamos… 

     Días atrás comencé a leer <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> (refiero el libro, <<Literatura Random House>>, Barcelona, 2015; y también la novela homónima en él encastillada). Y cuál no sería mi sorpresa cuando comprobé que las veinte o treinta primeras páginas se me escapaban de entre las manos como culebrilla de río... No había forma humana (ni divina) de arrancarles el sentido. Pensé: <<No es raro, tratándose de Aira; vuelve a leerlas y, esta vez, amárrate los machos por lo que pueda venir>>. 

     Y así lo hice. 

     La segunda lectura (o primera re-lectura. Tanto monta...) arrojó algo más de luz. Pero siguió siendo insuficiente, ésta, para alumbrar los vericuetos más oscuros e inaccesibles del texto. Pensé: <<Habrá que poseer unos mínimos conocimientos filosóficos para entender plenamente lo que el autor me está queriendo decir>>. Y ahí, justo ahí, radica el quid de la cuestión: pensar tal cosa. Camino, el mentado, que conduce al lector lego en Aira al abandono de la lectura. ¡Craso error! 

     <<De modo que hay que buscar un camino alternativo>>, me dije. <<El literal, obstruido. El figurado, más libre, pero demasiado corto. Resta el académico: gris y, de ordinario, bastante soporífero>>. ¿Cuál camino elegir, entonces, para captar el sentido de los textos de Aira? Respuesta más válida que se me ocurre: todos los mentados y ninguno de ellos. O tanto monta: el sacrosanto (y venerado por este servidor de nadie) camino lúdico. O sea: el del juego. Un juego, quizá, psicológico. 

     Hay que jugar (¡hay que jugar!) con el texto de Aira. Hay que regresar, cuantas veces sean necesarias, a la ilusión del niño lector; a la pasión que el niño lector ponía en todo aquello que emprendía; a la capacidad que tenía el niño lector para dejarse obnubilar por el mundo… 

     El mundo está demasiado cargado de Realismo para dormirse en los laureles y dejar pasar la oportunidad de imaginar y fantasear a troche y moche. <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> versa sobre esto (entre otras especies). Acuda al texto y enfréntese a él desprejuiciado y libre quien desee conocer in situ una forma original de hacer literatura. Ojo, he dicho: original. No es, pues, moco de pavo. Y recuérdese: desprejuiciado y libre. La mejor forma, ésta, de leer a César Aira. ¡La mejor!               

miércoles, 3 de febrero de 2021

345/ De la escritura (o la esencia del olor del papel)

Me pregunto por qué escribo. Hallo una respuesta bifronte. Frente nº 1: para no enfermar. Frente nº 2: para ser yo o no ser yo. Nada más convincente para ser uno mismo que no ser uno nadie distinto de quien desea ser en un momento determinado. O sea: alguien (pero en toda su plenitud), nadie (pero en toda su contrición), ni lo uno ni lo otro. Lo visible y lo invisible se darían la mano con la escritura (acaso todo acto escritor sea merecedor de ese apéndice humano…) como se la dan vida y muerte en un tiempo que César Aira no dudaría en calificar de este modo: “inexistente”.

     El escritor Fernando Aramburu, al respecto de la escritura (¿al respecto del olvido?), ha escrito:

     “Con idéntica tenacidad, con las mismas breves esperanzas, he sido después, hasta la fecha, un hombre entregado al arte laborioso (que es oficio y es pasión y es juego) de expresarse por escrito. Sé desde la niñez que nada humano perdura. Más pronto o más tarde, cuanto uno ha construido lo arrastrarán las olas del tiempo. Hoy son las palabras la arena que remuevo. Hoy la vasta dimensión marina que se extiende ante mí, donde todo a la postre se disgrega, es el olvido que aguarda imperturbable. No conozco montaña menos consistente que el propósito de persistir en la memoria ajena ni eternidad más corta que prolongarse en el nombre cincelado sobre una piedra. Y, no obstante saberme perecedero, no hay día en que no reanude la tarea con la obstinación gozosa del niño que escarbaba feliz, feliz de ser feliz, de levantar un montón alegre de arena con su pala (Aramburu, F.: Autorretrato sin mí. Tusquets Editores. Barcelona, 2020).

     Al cabo escribir aporta, sí, felicidad. Léase: identidad. Y que cada quisque entienda lo que pueda. Tú y yo, Fernando, sabemos de qué felicidad (acaso esta sea múltiple. O no) hablamos aquí. De qué identidad. Has fabricado una obra maestra: Autorretrato sin mí. Ciento ochenta y dos páginas que se sobrepondrán a esas `tropecientas´ de Patria y que, malicio, pocos frecuentarán y todavía menos lo harán con el deleite con que yo las he frecuentado. Qué a gusto entre esos renglones tuyos. Inmenso, Fernando, inmenso.

     Mi gratitud.        

jueves, 2 de julio de 2020

328/ Perimengano

Hoy me ha dado en pensar que no somos tan libres como querríamos. Parece que todo estuviera fijado de antemano. Una comida. Un paseo nocturno bajo la luz de la luna (o del tendido eléctrico público. Total…). Una cita. Un lío. Una discusión. Un campo de amapolas. Una alegría. Una sinrazón. Un reloj de cuarzo suizo. Ah, el tiempo, qué de sinsabores nos provoca el tiempo. Y, algo todavía peor, la originalidad. La lista podría ser infinita. Quién sabe.
     Haré un alto en el último apunte: la originalidad. Pregunto: ¿adónde fue? ¿Qué ha sido de ella? Yo no sé hasta qué punto existe, ha existido, existirá. No tengo la más remota idea. Hay quien afirma que existe. Estos la habrán visto. Otros dicen que solo existe a medias. Otros la niegan rotundamente: jamás existió. Y lo que no existe no puede llegar a existir. Obviamente estos no la habrán visto ni por casualidad. Pregunto: ¿qué está pasando con la originalidad literaria? ¿Es tan difícil de conseguir como pronostican algunos lumbreras (yo entre ellos)? ¿O resulta más fácil hallarla de lo que nos creemos? No sé, no sé, no debe ser muy fácil cuando nadie (o casi nadie) la pone en práctica. Sin el “casi”. Últimamente tengo la impresión de que todas las novelas que leo son la misma novela. La coincidencia va más allá del ámbito de la forma (con ser este, ya, agobiante). Ideas que se repiten hasta el hartazgo. Argumentaciones simples y mega extendidas. Tramas clonadas. Personajes “espejo”. Caracteres igualitarios (o igualados). Anécdotas semejantes cuando no idénticas. Como diría Jodorowsky: para qué seguir. Un despropósito todo.
     Antonio Gaudí, dicen, dijo: “La mejor originalidad es la vuelta al origen”. Tenía razón. El mejor arquitecto de la Historia de la Arquitectura tenía razón. Una novela es un entramado de elementos que debidamente ensamblados acaban conformando una construcción en construcción. ¿Se imaginan un pueblo o una ciudad o un país con los mismos edificios a todo lo largo y ancho? Antes he dicho que pertenezco al grupo de lumbreras que “intuye” que la originalidad no existe. Diré, ahora, que ella posee algo de lo que enorgullecerse grandemente: ha existido. A todos se nos vienen a la cabeza títulos de novelas originales (las novelas. No los títulos). Vale. ¿Qué pasó después? Pues un tren con aspecto de veloz (tan aerodinámico él) y una maquinaria fabricada en China y ruidosa y lenta y contaminante a más no poder: la Posmodernidad. Me desahogaré un punto: ¡al cuerno con ella! Fue entonces cuando las novelas empezaron a clonarse unas a otras hasta extremos insospechados. Yo no hablo de plagio. Yo hablo de intertextualidad. Lo que me quita el sueño es: ¿llega a ser esta (la intertextualidad) reflejo de falta de capacidad del novelista o, por el contrario, de su conocimiento libresco? Yo no sé. Me rasco el cogote. Miro al cielo. Suspiro. Me pregunto: ¿será la época? ¿Será la globalización? ¿Será, en definitiva, el realismo? Uf. Qué desidia.
     De todo esto da cuenta en el libro Cumpleaños el único novelista cuya obra íntegra es original: César Aira. ¿Cómo lo consigue? Obvio: dando la espalda al sacrosanto Realismo. No solo al Realismo en sí. También al sistema que soporta el Realismo en sí: el de los “rasgos circunstanciales”. Lo explica el propio Aira en este pasaje de su novela: “A la larga me di cuanta de dónde estaba el problema: en la que se ha llamado la invención de `rasgos circunstanciales´, es decir, los datos precisos del lugar, la hora, los personajes, la ropa, los gestos, la puesta en escena propiamente dicha (…).
     En realidad no tengo nada contra los rasgos circunstanciales. No tienen nada de malo, al contrario, les agradezco casi todas mis mejores lecturas. (…). El autor inventa un personaje, y para hacerlo actuar en la ensoñación consiguiente, la ensoñación-novela, tiene que hacerlo caminar por una calle, o quedarse sentado en un sillón, entrar a una casa, seguir el vuelo de una mosca, sentir frío o calor, en ese momento ladra un perro, canta un gallo, la ventana está entreabierta, o abierta de par en par, o cerradla corbata es… verde… Muy bien, muy bien. Todo eso, y mucho más. hay que hacerlo, no queda más remedio. ¡Pero que lo haga otro! (…)”.
     Sí. Que lo haga otro. Y que nosotros hagamos otra cosa. Aventurémonos. No agachemos la cerviz para que nos pongan el yugo del Realismo. A estas alturas de la película (de Charlotte) no creo sea muy hacedero pero dicho queda. Somos la copia de Jim Carrey en El show de Truman.
     Señores novelistas: imaginen, fantaseen, jueguen. Háganlo, por amor de Buda, de una vez. Sabemos cómo vive y piensa y qué siente Fulano y Mengano y Zutano porque nosotros mismos somos Zutano y Mengano y Fulano. Inventen ustedes a Perimengano. Para ello no es necesario desembocar en la ciencia-ficción ni en las utopías. Basta con eso: querer jugar. La mejor literatura de todos los tiempos, la infantil (no la juvenil. La infantil), juega e invita a jugar al lector continuamente. Imítenla. Digo: ya que la originalidad no es posible. Qué hartura (que no altura), Padre cura, ¡qué soberana hartura!

lunes, 22 de junio de 2020

326/ Las tragicomedias del escritor

     Tragicomedia nº 1 (La familia y la sociedad no valoran su trabajo)

     César Aira escribe en el libro Cumpleaños (Literatura Random House): “El éxito nunca me importó… Eso lo dicen todos, y suele no ser cierto. A mí me importó bastante, pero solo para tener la justificación familiar y social que me permitiera seguir escribiendo. De otro modo tendría que haber seguido haciéndolo en secreto, lo que habría sido deprimente”.
     Lo verdaderamente terrible, para quien escribe, es necesitar una “justificación familiar y social” que le permita seguir escribiendo sin distracciones. El resto de la humanidad que no escribe no lo entenderá. O quizá sí. Yo no sé. La otra parte lo sufre. Y es aniquilador. Socialmente el escritor no está visto con buenos ojos. Solo lo estará si ha publicado y alcanzado popularidad en los medios o en círculos más o menos cerrados o ganado algún certamen prestigioso o en vías de serlo. Si no es el caso, será tenido por un holgazán, o lo que es peor: por alguien con “pajaritos en la cabeza”. Qué graciosa expresión. A mí me la han colgado de la chepa una que otra vez. Como si fuera un castigo: la mala baba que chorrea da para llenar una palangana. ¿Vivir para contarlo? No. Vivir (vivirlo) para creer. O mejor: creerlo. Nadie sabe que la frase no es un castigo sino un premio. E cosí
     El sentido economicista de la sociedad actual no permite respirar a gusto a quien considera el arte una actividad por encima de (casi) todo. Luego hay algún filósofo Cum Laude que razonablemente demuestra el acierto de la postura contraria. Por ejemplo: Javier Gomá Lanzón. ¡Con su pan se lo coma! Habrá ocasión de poner en negro sobre blanco lo que este humilde pajarero cuerdo y servidor de nadie piensa sobre algunas ideas del caballero Gomá Lanzón. Ahora haré un pareado: qué decepción.
     Y oye: me he quedado tan pancho.

     Tragicomedia nº 2 (Él no es como los otros)

     Aira escribe más abajo: “Fuera de la literatura, me era en extremo difícil vivir, así que no dejé casi nada fuera. Aun así, al mismo tiempo, todo está fuera, desde que me levanto hasta que me acuesto, porque tengo que vivir como todo el mundo”.
     En efecto. El escritor tiene que vivir como todo el mundo. Y el escritor no puede vivir como todo el mundo. Es decir: le cuesta vivir como todo el mundo. Esto, creo, lo entiende hasta el perro pachón de la familia. ¡Para el carro, Javielito, no corras tanto: “a donde tienes que ir es a ti mismo” (Juan Ramón lo dijo)! No todos entienden esto. Menos lo comparten. Yo sigo erre que erre: la mente del escritor no es como las otras mentes. Ni mejor ni peor: es distinta. Se deja deslumbrar por aquello que a los demás les pasa inadvertido. Se deja intimidar por aquello que a los demás no solo no intimida sino que, por añadidura, satisface. Por ejemplo: el ocio y el bullicio ocioso. El escritor no entiende de bullas ni de ocios. Pero se queda prendado de la belleza (del tipo que sea). Los demás tratan la belleza como especie de pasaporte al entretenimiento. Y del entretenimiento a la infantilidad no hay un trecho demasiado grande. Continuamente lo veo en la caja tonta y en la calle con más tontos que esquinas (Carlos Herrera es el padre de la humorada. Esto me han dicho).

     Tragicomedia  nº 3 (Él trabaja de sol a sol y los demás no lo admiten)

     Aira escribe más abajo aún: “Los inconvenientes y problemas y angustias y parálisis que entran en la literatura vueltos máquinas de felicidad dejan atrás (afuera) una prole innumerable a la que hay que aplicarle el mismo tratamiento… Con el paso de los años se necesitan inventos cada vez más raros y recargados; por suerte cada vez se me hace más fácil, y además ahí también la Historia me justifica, porque hace creer que evoluciono, que profundizo en mi mundo interior… Muchas veces me he preguntado en qué ocupa su tiempo la gente normal, cuando a mí el trabajo de seguir con vida me ocupa hasta el último minuto, y apenas si me alcanza”.
     ¡Ave César! Tienes, Aira, más razón que un santo. La vida del escritor, le pese a quien le pese, consiste en escribir y en leer. Punto. Leer y escribir con un anclaje: la vida. He ahí el conflicto. Vida real y vida libresca se arañan y muerden y acarician mutuamente. Otra cosa es vivir: salir a pasear, acudir a una feria o romería, contar chistes o conversar pamplinas. Esto el escritor lo deja para el bufón (casi siempre de medio pelo. El otro, el profesional de la bufonería, no abunda. En su lugar tenemos al charlatán adscrito al yo y yo y yo y solamente yo soy el mejor y tengo razón en todo y destaco en esta o aquella faceta y la gente me rinde pleitesía por mi cara bonita y mi verborrea fácil y mi personalidad chistosa y mi capacidad de liderazgo). Y así podríamos estar hasta mañana.
     Criaturita

     Nota aclaratoria: hablo del escritor vocacional. O sea: ese que se raja de arriba a abajo pecho y abdomen, sin miedo ni esperanza, en tanto que los otros le ven las vísceras al descubierto. Esto, estimado lector, es escribir. Y que no te cuenten cuentos macabeos. 

miércoles, 10 de junio de 2020

324/ Diatriba de amor contra un realismo sentado

Una idea me ronda la cabeza hoy. Esta: inventar para ocultar ingenuidades. No es mía. Yo no sé de quién es. César Aira la expresa en el libro Cumpleaños (Literatura Random House): “El único miserable consuelo que podía darme era que estas distracciones fueran el precio con el que pagaba mi atención a otras cuestiones. Que el ahorro de actividad mental en un punto sirviera para concentrar lucidez sobre otros. (…) Quizá debí ignorar demasiado para darme la latitud de invención que necesitaba para cubrir otras ignorancias. (…) Todos mis trabajos los hice con el único propósito de compensar mi incapacidad de vivir, y apenas si alcanzaron para mantenerme a flote” (Op. cit. p., 13).
     El subrayado es mío. Hay algo de verdad en esa idea. Lo saben bien quienes escriben ficción sin el absurdo e inútil deseo de copiar o reflejar la realidad que les rodea o no. Personalmente estoy de realismo hasta los gemelos. No los de las piernas. Al escritor le asisten maneras más estimulantes y bellas y todavía honrosas de escribir. Por ejemplo: inventando realidades paralelas a la realidad “real”. No hablo de la virtual sino de otra convergente con la que todos conocemos pero divergente, en según qué casos y cosas, con ella. Aira y Vila y Allende y Martín Gaite (una vez. Esto que yo tenga noticia) y Pombo y yo no sé cuántos más la inventan y re-inventan de continuo y qué gustirrinín da todo aquello que tiene poco o nada que ver con el puro y blandengue realismo. Lo que, ya, me faltaba por ver es a Fernandito Sánchez Dragó pifiándola. ¿Cómo? Metiendo en exceso el hocico de lobo feroz que cree que tiene (menos lobos, caperucito, dónde se ha visto un lobito con dioptrías) en un redil en que el lector bosteza y no tardará en mandarlo a tomar ventoleras rapidito: la política. Un momento: ¿ese lector hará rebaño? Hummm. Yo no sé. Yo sí sé lo que Mafalda haría. Esto: ¡Puagh! Paciencia. Vendrán, quiero creer, tiempos mejores. Unos en que los novelistas inventen y hallen en el lenguaje una manera de deleitar en tanto ofrecen trazos de pintura y notas musicales además de vanidades semánticas. Y no hablo de la Vanguardia. ¡Que le zurzan a la Vanguardia! La belleza no es patrimonio exclusivo de ella ni de la poesía. Una frase puede acariciar el alma (y la entrepierna. ¡Solo faltaría!). España es un país de realistas sentados (también asentados). Nota: repárese en el orden de los adjetivos. Y Dragó, lástima de criaturica, a la cabeza de ellos. ¡Pero dónde quedó Gárgoris y Habidis! El otro día escribió el COVID en vez de la COVID. El escritor confundió el género del acrónimo tan en auge últimamente. Puede comprobarse aquí.
     Ya no hay respeto por quien inventa. Ayer sí lo hubo. Kafka lo fue: respetado. Igualmente Poe. Gabo no iba a ser menos. Y qué decir de Cortázar. Vargas inventó de lo lindo y obtuvo felicitaciones por ello. En la actualidad todo eso se ha extinguido. La novela realista e histórica y de aventuras copan el espacio habido y por haber en el pandemonio literario. Si Paco levantara el cabezón. Umbral. No Paquito “El chocolatero”. Menos aún “el chiquitajo del Pardo”. No pienses, lector querido, mal de mí. Incluso los poetas han sido mordidos y triturados por incisivos, caninos, premolares y molares realistas. ¡Diez siglos de realismo y aún resistimos al empacho! Hay quien lo expulsa en forma de eructo. Muchos lo regurgitan. Pocos son quienes acaban vomitándolo. ¡Quita! En ese caso habría que hacer lo propio con toda la literatura española. Qué horror. No. Qué error. Yo no hablo de escuelas y sí de una actitud: la realista: máquina (suenan ratatás. ¿Reverte?) de hacer dinero verdadero. Perdón por la rima (-ero). Dos excepciones dignas de lectores exigentes hallo: Carmen Martín Gaite (mencionada) y Antonio Muñoz Molina. La obra de este último aburre someramente. La narrativa que ejercita es de alto vuelo. ¡Y pare usted de contar! El resto aburre sin gracia. La peor manera, esta, de aburrir.