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martes, 24 de marzo de 2026

504/ El mejor párrafo de la literatura universal

Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!

     Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).

     Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo: 

     <<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).

     Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!

lunes, 18 de agosto de 2025

486/ "La no-vida vivida"

<<Vivir así es muy poco vivir; pero, de otra parte, morir también así, sin haber vivido lo bastante alegremente para encontrar la muerte natural, es tan desalentador…>> (Camilo José Cela: Pabellón de reposo. RBA Editores, S.A. Barcelona, 1992. Pág., 111).

     <<Vivir así>>… Vale, pero, ¿qué es <<vivir así>>? <Vivir así>> es vivir postrado en una cama, o en un sillón, o en una silla; postrado uno en sí mismo. <<Vivir así>>: vivir sin vivir (pudiendo hacerlo; es decir: vivir), o tanto monta: <<La vida no vivida>> de Carl Jung. Pero don Camilo sin don no refiere sólo esta carencia de vida, no. Don Camilo José refiere más de una carencia en este sentido; por ejemplo: la <<no-vida vivida>> de quien, a causa de la tuberculosis, no vive más que postrado en una cama; o la de quien, estando sano como una pera, decide (a veces sin consciencia de ello) no vivir o vivir poco. Este es, con diferencia, el peor caso. No es el más dramático. Cierto; pero es, con el permiso de todos, el peor. Estar dotado para vivir y no hacerlo deviene, me parece, tristemente absurdo. 

     Yo no hablo del suicida. El suicida tendrá sus razones (todas legítimas, si cuerdo) para no querer vivir. Hablo del frustrado, del abúlico. Hablo del melancólico; ese que no sabe (porque sí puede; o eso quiero creer yo) vivir sacudiéndose de encima la pena por razones heterogéneas… <<Sólo el melancólico permaneció en su lecho, porque era inútil sacarlo al aire puro si sus ojos sólo veían sus propias pesadillas y sus oídos estaban sordos al tumulto de los pájaros>> (Isabel Allende: De amor y de sombra).

     A la frustración del <<vivir así>> se suma el desaliento del <<morir también así>>. ¿Cabe un panorama más desolador? Millones de criaturas, no sólo cr(e)aturas, en el mundo viven (si se puede llamar así…) así. Nadie hace nada por corregir ese renglón del texto del día a día. Cada quisque está a lo suyo. Y, ¿qué es lo suyo? Pues un consumo por aquí, un consumo por allá, un consumo por acullá… Vacación, coche, casa. Pareja, placer, disgusto (la mayoría de veces, ñoño). Amistad, deslealtad, consuelo último en el perdón (¡la soledad aprieta!) y… ¡Suma y sigue! Pero el melancólico persiste en su lecho, rumiando (extraviado en su, con ere, <<cerebración>>). Y no: nadie hace nada por corregir ese párrafo del texto de la vida. Si te ha tocado en suerte vivir la vida no vivida te has de aguantar. <<Que cada perrito se lama su capullito>>.

     Seguramente Cela pensaría que poder y no querer es cosa de ineptos. El alma mustia invalida el pensar, el sentir, el actuar; lo invalida todo. El espíritu es subsumido por la tristeza. El cuerpo no responde como debería… Pero los otros, los felices otros, están a lo suyo. Es lo que les sucede a los internos de Pabellón de reposo. Les salva la colectividad, la identidad de grupo, ese grupo que se crea a expensas del gran grupo que conforma toda la humanidad (los felices y los infelices, los sanos y los enfermos, los honestos y los trápalas). Un subgrupo aquél, por así decir, de la masa humana sufridora. Solo que aquél subgrupo tiene mácula: la enfermedad tuberculosis. Para quien no lo sepa: no está erradicada; como no lo está la melancolía… Ay.


     COLOFÓN 


     <<La vida la hemos olvidado. Para nosotros no existen ya más horizontes que los que hemos preferido elegir, lo cual viene a ser una ventaja, sin duda alguna. El mundo empieza y acaba a cuatro metros de nosotros mismos, alrededor de nuestra cama, y las gentes que gozan de los placeres de la existencia, los hombres y las mujeres que ríen y bailan desaforadamente, que se aman y se besan sin tiento y sin medida, no son nuestros hermanos>> (op.cit. Pág., 137).

lunes, 28 de abril de 2025

475/ Solitario solidario

<<Muerte>> y <<belleza>>, en pleno Romanticismo, iban de la mano. El Modernismo aunó ambos términos (ambas realidades). Un ejemplo claro de esto puede verse en los poemas de Juan Ramón dedicados a su sobrina María Pepa, <<Muerta en la Tierra>> y <<viva (…) en el cielo de Moguer>>, encastillados en Historias (edición de Rocío Fernández Berrocal). Ahí, como digo, puede comprobar el lector cómo belleza y muerte (o simplemente la muerte hermoseada por el lirismo juanramoniano. O bien la belleza moribunda, porque nunca ella muere…) crean entre sí una sinergia difícil de explicar para neófitos poéticos. Basta echar un vistazo al poema siguiente (nota: no hago la corte al poeta, movido por el uso de <<j>> donde debe ir <<g>>, y nunca se la haré):


          Yo la tuve cogida por la mano,

     mucho tiempo después de haberse muerto,

     por si podía (yo)

     ayudarla a pasar por el misterio.


          Después, hubo un instante

     en que sentí pararse algo, dentro

     de no sé qué –¿de ella, de mí?–;

     y le dejé su mano

     sobre su pecho,

     ya en el lugar seguro toda

     la levedad del vivo jazminero.


     Juzgo el término que cierra el poema (<<jazminero>>) magistral; el adjetivo que le precede, fenomenal. María Pepa resucita en el poeta, que muere en ella, en olor de jazmín…

     Juan Ramón Jiménez, más puro que nunca, sumido en la pura tristeza. Pero no cualquier tristeza. Más una esperanzada: la de ayudar a María Pepa a pasar por el <<misterio>>. ¿Cabe mayor solidaridad? La respuesta, sencillamente, es: <<No>>.

viernes, 29 de diciembre de 2023

439/ Carmen Castellote y yo

No sé cómo he llegado hasta Carmen Castellote (Bilbao, 1932). Algo aconteció la otra tarde; algo que, ahora, soy incapaz de poner en pie. Yo estaba leyendo…; o, tal vez, no. Tal vez yo veía TV: el programa de Antonio Gárate (con todo y que veo poquísima TV). Aunque, ahora que divago un punto, puede que no fuera el programa de Gárate sino un mero informativo. Seguramente en la sección de <<Cultura>> de éste, denostada (por relegada), alguien mencionó el nombre y el apellido de rigor: <<Carmen Castellote>>; y a continuación: <<La última poetisa del exilio>>. 

     Sufrí un sopitipando. 

     Me puse, loco, a buscar en la red; y hallé (<<Quien busca, halla…>>). 

     La poesía de Carmen es hermosa (como ella: Carmen Castellote. Pocas sonrisas he visto en mi vida tan francas y bonitas como la de Carmen. Una la supera: la de M.J. Bullock; no hay más). La poesía de Carmen Castellote es comprometida. Conste que no soy un asiduo del compromiso lírico; pero este caso bien merece un punto de pasión lectora.

     Carmen escribía como los ángeles. Y, ¿cómo es posible que <<un servidor de nadie>> no tuviera noticia de su obra?; algo…, una mínima mención…, no sé: un leve destello de la luz de algún comentario…

     Nada. Ocurre tantas veces…

     Botón de muestra:


     LA GUERRA Y YO


     Caminos, kilómetros de tiempo,
     nada puede apartarme de la guerra,
     de sus muertos escondidos en mi infancia.


     Y la vida nada sabe de este hoyo,
     abierto aquí, en mi corazón.
     Beben tierra los ríos como antes,
     las estrellas se persiguen en el mar,
     el monte se hace altar para la nieve
     y el sol deja que la sombra juegue contra el árbol.


     Todavía los niños juegan a la guerra
     y la flor es asombro y soledad.


     Es tarde y quiero dormir,
     pero la noche está llena de muertos.


     Iza el miedo sus alas nocturnas.


     ¿Acaso es la guerra?
     Quiero ser manos, muchas manos,
     para matar la obscuridad.


     Un rocío de luz entra en mi mañana.


     Los árboles se embriagan de aurora,
     los hombres cruzan el pasto húmedo de la noche,
     madrugan los caminos, bosteza la calle.


     Una mujer quiere barrer el nuevo día
     con su vieja escoba,
     y en la orilla de un colegio dos niños luchan
     mientras los otros ríen.


     Ya nadie habla de la guerra.


     ¿Qué hago con los muertos?”.


     Hasta aquí.

martes, 19 de diciembre de 2023

438/ "Las almas huyen para dar canciones"

La madre (biológica) de Ana ha muerto. Yo lo he sentido mucho. Ana es de las pocas personas en quien confío la ambrosía y las toxinas de mi carácter (sin duda alguna). Se llamaba (la madre biológica de Ana) Ana Molina. Nombre y apellido, éstos, unidos para siempre a mi <<biografía no novelada>> por una cuestión que no viene a cuento ahora… Lo que sí viene, aquí y ahora, a cuento son los versos de Antonio Machado que dicen: <<No me pidáis presencia./ Las almas huyen para dar canciones./ Alma es distancia y horizonte: ausencia>> (versos pescados en el caladero de Fernando Sánchez Dragó; concretamente en: <<El camino del corazón>>. Planeta. Barcelona, 2003. Pág., 12).

     Así la vida, así la muerte, Ana: <<Alma es distancia y horizonte: ausencia>>. 

     Por eso creo (por eso intuyo) que vuestra distancia (no vuestra ausencia. Ésta no ha existido, ni existirá, nunca) es Alma. Yo la llamaré (a Ana Molina), a partir de ahora, de este modo sutil: Ana Alma.

     Otro poeta que escribió sobre la <<evanescencia fundamental>> fue Joan Margarit (<<fundamental>> la <<evanescencia>> y <<fundamental>> el poeta); lo hizo respecto de sí mismo; yo lo juzgo aplicable a toda partida eterna de un ser querido… 

     Refiero el poema titulado…


     CONMOVEDORA INDIFERENCIA


     Pensé que me quedaba todavía 

     tiempo para entender la honda razón

     de dejar de existir. Lo comparaba

     con el desinterés, con el olvido,

     con las horas del sueño más profundo,

     pensando en esas casas donde un día vivimos

     y a las que no hemos vuelto nunca.

     Pensaba que lo iba comprendiendo,

     que me iba liberando del enigma.

     Pero estaba muy lejos de saber

     que yo no me libero. Me libera la muerte:

     permite, indiferente,

     que me vaya acercando hasta alguna verdad.

     Inexplicablemente, esto me ha emocionado.


     Ella está evanescida; es decir: liberada. Quédate, Ana, con eso; y tranquila: Sic erat scriptum.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

378/ Desarraigo o la felicidad intranquila

Lanzo una pregunta al éter: ¿Cabe una muerte feliz? Y otra: ¿Puede alguien prefigurar la suya (su propia muerte, su propia felicidad, digo)? Federico García Lorca lo hizo: previó su último aliento en el libro <<Poeta en Nueva York>>. Esto es sabido por todos. "No me encontrarán" (o algo así: cito de memoria), escribió el poeta. ¿Y Albert Camus? Camus falleció en accidente automovilístico el año 1960. Su primera novela lleva por título <<La muerte feliz>>. Entreveo, en ella, una especie de obsesiva repetición del "coche" como motivo narrativo subyacente a la idea para mí central de la obra: una muerte dichosa en el interior de una vida apesadumbrada. El protagonista, Patrice Mersault, lucha descarnadamente entre esas dos fuerzas (muerte, vida, o tanto monta: final y principio). Puede comprobarse esto que digo en los siguientes apuntes extraídos, sin piedad, de la novela mentada: 

     Uno: "Se oyó pasar un auto por delante de la puerta […]".

     Dos: "Un coche daba una vuelta de campana […]". 

     Tres: "Le gusta conducir un coche, ¿verdad?". 

     Cuatro: "En la carretera que había enfrente los coches corrían como ratas relucientes. Uno dio un bocinazo prolongado y, cruzando el valle, el sonido hueco y lúgubre amplió aún más los espacios húmedos del mundo hasta que incluso su recuerdo se le convirtió a Mersault en un componente del silencio y del desvalimiento del cielo".

     Cinco: "Por la carretera, los coches iban más despacio".

     Seis: "[…] había perdido esa seguridad maravillosa que proporciona […] el volante de un coche".

     Siete: "[…] entre […] el deslizamiento prolongado de los coches […] la muerte resulta dulzona e insistente […]".

     Ocho: "Y eso sin contar […] con que tiene que pisar a fondo el acelerador".

     Nueve: "[…] el auto de Marsault […]". 

     Diez: "[…] el ruido de animal feliz del motor […]". 

     Once: "[…] el ruido de la velocidad". 

     Doce: "[…] el coche salía a una carretera libre […]". 

     Trece: "[…] el auto a toda velocidad".

     Catorce: "[…] soledad que […] encuentra en el coche".

     Quince: "Mersault […] llegaba a Argel en coche". 

     Dieciséis: "Mersault, entre frenazo y frenazo, […] iba a mucha velocidad".

     Diecisiete: "Cuando uno de ellos compraba un coche, elegía el más caro".

     Dieciocho: "[…] había llegado a Argel en un […] Bugatti de carreras". 

     Diecinueve: "[…] les enseñó los coches […]".      

     <<Muerte feliz>>, o sea, vida en soledad que no es nada distinto de muerte en vida. Una muerte en vida, feliz para determinados caracteres (caso del protagonista), e infeliz para otros. Y, ¿quiénes son esos otros? Fácil: aquellos para quienes la felicidad no <<implica una elección y, dentro de esa elección, una voluntad organizada y lúcida>>; o bien, <<saber humillarse y ordenar el corazón al ritmo de los días, en vez de doblegar ese ritmo a la curva de nuestra esperanza>>. Todo ello resaltando la siguiente idea truculenta: que <<hace falta un mínimo de ausencia de inteligencia para alcanzar la perfección de una vida de felicidad>>. Esto también es, así quiero yo creerlo, sabido por todos.

     

     Resignación.             

miércoles, 7 de octubre de 2015

206/ A propósito de la vida

Hoy es un día para celebrar por todo lo alto. ¿Por qué? Porque estoy vivo.
     No, no me ha ocurrido ninguna experiencia cercana a la muerte, qué va. Pero antes de anochecer (mi amiga Ana dixit) hay sol. Yo, hoy, veo el sol. Ayer, no. Ayer veía nubes.
     El caso es que he hecho una ronda por la Red y topado con diez citas célebres, sin desperdicio alguno, sobre la vida. Más abajo las transcribo. Consejo: nadie atribuya total veracidad ni a su autoría ni a su contenido. Con internet nunca se sabe.
     He aquí la decena de sentencias… 
     Abre fuego Gregorio Marañón: “Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”. Totalmente de acuerdo. Con existir no basta. La guinda del pastel es la creación. Muere lentamente, yo creo, quien no crea.  
     Segundo arcabuzazo a cuenta y riesgo de T. S. Eliot: “Hacer lo útil, decir lo justo y contemplar lo bello es bastante para una vida de hombre”. Yo añadiría a esta nómina hacer lo inútil. A veces de la inutilidad surge lo bello. Bien digo: lo bello. 
     Tercera detonación a cargo de Henry Van Dyke: “Alégrate de la vida porque ella te da la oportunidad de amar, de trabajar, de jugar y de mirar a las estrellas”. ¿Acaso alguien duda que la vida consista en esto? Yo me apropio el juego y las estrellas. Mirando éstas se trabaja (algo hay en el firmamento que te obliga a subsistir). Y jugando, es claro, se ama. Léase: se coquetea.
     Cuarto accionamiento de gatillo. Dispara Mahatma Gandhi: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre”. Sabia reflexión. Aprender apasionadamente para, de ese modo, no olvidar lo aprendido.
     Quinto ¡pum! por gentileza de John Lennon: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. ¿Consistirá en esto la vida oculta o, como reza el título de una novela de Juan Manuel de Prada, La vida invisible? Oculta (invisible) para muchos. Vale. Desvelada para los que amamos la vida sin remilgos. A veces le damos la espalda (a la vida) creyendo que es el pecho lo que le damos.
     Sexto disparo a manos de, ¡oh, mon dieu!, Horacio: “Piensa que cada día puede ser el último”. ¿Lo copiaría Gandhi? No sé yo hasta qué punto un pensamiento como este puede revolucionar el cotarro vital. Y, ¿no queda la amargura dentro? Y, ¿no deriva de ese pensar arcaico el estrés de hoy?
     Séptimo mandamiento que, por supuesto, estalla. ¿Que quién activa el detonador? Marie Curie: “La vida no merece que uno se preocupe tanto”. Más que nada porque preocuparse no es útil. ¿Alguien tiene algo que reprochar? En este caso, por cierto, lo inútil no es bello.
     Octavo chupinazo lanzado al aire por Bertrand Russell: “Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos”. No doy fe. Yo, además de temer al amor, lo combato. Y un muerto no puede combatir. Y, ¿no es la vida un combate?
     Novena descarga firmada por Antoine de Saint-Exupéry: “Mirad, en la vida no hay soluciones, sino fuerzas en marcha. Es preciso crearlas, y las soluciones vienen”. La vida como proceso. Las soluciones como parte de ese proceso. Solo una parte más. ¿A qué obsesionarse con encontrar la solución a todo? ¿Será, vivir, errar?
     Y décimo chut (en un sentido futbolero. De quien se trata no podría disparar) al aire. Quien arma la pierna no es otra que Teresa de Calcuta: “La vida es un juego; participa en él. La vida es demasiado preciosa; no la destruyas”. Sin comentarios.
     Concluiré este post con una cita mía. Esta de aquí: “Vivir es como bailar un tango con la realidad”.
     P.D.: Lo del tango y la realidad, mal que me pese (ay), creo haberlo leído en alguna parte. Perdóneseme.    

viernes, 31 de julio de 2015

193/ Reflexiones quijotescas

Quijotes versus Quijanos

Nietzsche se preguntó: ¿deriva la tragedia de la alegría? E hizo bien preguntándoselo. ¿Dónde? En El origen de la tragedia. Vale. Yo me pregunto: ¿deriva la alegría de la tragedia? Hombres y mujeres conozco que se han bajado de una parra para encaramarse a la otra. La mudanza de la tragedia a la alegría es sensatez. Moblaje y bártulos no se advierten. Poco pesan. Lo contrario equivale a tontada. A locura. A quijotada. España es patria del Quijote. Eso no es impedimento para que los españoles no aspiremos a ser quijotes. No sé si todos. No sé si siempre. Y sí Quijanos. O Panzas. 
      Ir de la alegría a la tristeza, me parece, es idiotez. ¿A qué hacer eso? Otra cosa es la obligación. ¡Primero ésta y después…! El sector de pompas fúnebres es claro ejemplo de lo que digo. Considerando trágica, per se, cualquier muerte. Requisito éste indispensable. La tragedia conlleva tristeza y conlleva alegría. No solo lo triste resulta trágico. Ni lo alegre, cómico. Lo triste cómico existe. Como lo alegre trágico. Sketches hay que lo demuestran. Humoristas abundan que lo asientan. No menos obras hay (legión son) que lo corroboran. 
      La vida es teatro. Personaje, cada vivo. Nos delata nuestra máscara. La color del maquillaje que nos chorrea con el calor. La indumentaria de cuento que nos enfundamos. Ésta, por cierto, contribuye a que creamos ser quienes no somos. De los muertos (esos enfermos de sinceridad y de bondad) no diré ni mu. ¡Quita, quita! Mejor no meneallo        

viernes, 5 de junio de 2015

185/ De geometría y de vida

Hoy la vida se me figura un poliedro. Las caras de ese poliedro estarían representadas por mis limitaciones de hombre. Una pirámide (también una esfera) sirve al caso que me ocupa. La pirámide es un poliedro con n caras (5 para mí) y una propiedad esencial: todas ellas, menos una, son triángulos (yo, el otro, mis circunstancias y las circunstancias del otro) que se unifican en un vértice común (Dios, suerte, destino). La otra cara, yo la visualizo así, es un cuadrilátero (¿vivir no es luchar a muerte?). Se corresponde ésta con la base. Voy, ahora, con el segundo modelo: la esfera. La definiré: cuerpo limitado por una superficie curva cuyos puntos (cualquiera de ellos) equidistan de un centro común (otra vez Dios, suerte, destino…). Si cortásemos por la mitad ese cuerpo y trazásemos un itinerario imaginario a modo de diámetro sobre él, inexcusablemente, pasaríamos por el centro de una circunferencia: ¿acaso no emparentamos (digo: en la vida) la suerte o el destino con Dios? Sea Dios, destino o suerte, todos “pasamos” por ese centro existencial. He dicho: centro, vértice, caras que limitan un cuerpo. He dicho: un poliedro. Me corrijo: un frágil poliedro que, tarde o temprano, se caerá y romperá (la dama de negro no se anda con chiquitas). ¡Tate! Todavía se conserva entero. Ergo... 

viernes, 9 de enero de 2015

174/ Tocado por un favor divino

Hay en la obra de Federico una persistencia inquietante y, pues, alarmante: la prefiguración por el granadí de su propia muerte. Léase el siguiente “espeluznante” poema encastillado en “Poeta en Nueva York”: Cuando se hundieron las formas puras /bajo el cri cri de las margaritas / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron. / Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, / y que el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados. Otras dos composiciones “espeluznantes”, de esa misma obra, son esta (titulada “Vuelta de paseo”): Asesinado por el cielo./ Entre las formas que van hacia la sierpe/ y las formas que buscan el cristal/ dejaré crecer mis cabellos.// Con el árbol de muñones que no canta/ y el niño con el blanco rostro de huevo.// Con los animalitos de cabeza rota/ y el agua harapienta de los pies secos.// Con todo lo que tiene cansancio sordomudo/ y mariposa ahogada en el tintero.// Tropezando con mi rostro distinto de cada día./ ¡Asesinado por el cielo! Y esta otra (titulada “Asesinato (Dos voces de madrugada en Riverside Drive)”: –¿Cómo fue?/ –Una grieta en la mejilla./ ¡Eso es todo!/ Una uña que aprieta el tallo./ Un alfiler que bucea/ hasta encontrar las raicillas del grito./ Y el mar deja de moverse./ –¿Cómo? ¿Cómo fue?/ –Así./ –¡Déjame! ¿De esa manera?/ –Sí./ El corazón salió solo./ –¡Ay, ay de mí! Finalmente en “Doña Rosita la soltera” (acto tercero. Habla el Ama a la Tía) puede leerse: Pero esto de mi Rosita es lo peor. Es querer y no encontrar el cuerpo; es llorar y no saber por quién se llora (…) Es una herida abierta que mana, sin parar, un hilito de sangre y no hay nadie, nadie del mundo, que traiga los algodones, las vendas o el precioso terrón de nieve. Federico García Lorca fue tocado por una gracia. Por un favor divino. El del vaticinio. Y sin la gracia (como concepto) muere la belleza y se menoscaba la perfección. Esto último lo recolecto del huerto de Baltasar Gracián (quien en breve se asomará a esta bitácora). El insigne aragonés no reparó en que de la imperfección, a veces, nace la belleza. Con un único condicionante: el genio. La obra de Federico, me parece, ejemplifica esto que digo en sumo grado.   

miércoles, 26 de noviembre de 2014

167/ Anotaciones

Texto: La esfinge. Autor: Edgar Allan Poe. Subrayo: pavoroso reinado del cólera. Nota 1ª: sugestión del protagonista. Sigo leyendo. Subrayo: la mortalidad fue en aumento. Nota 2ª: otra sugestión del protagonista. Sigo leyendo. Subrayo: El mismo aire del mar parecía impregnado de olor a muerte. Nota 3ª: esta idea, creo, se encastilla en un cuento de Gabriel García Márquez. Sigo leyendo. Subrayo: Mi anfitrión, de temperamento menos excitable (…). Y esto otro: (…) entendimiento acentuadamente filosófico (…). Nota 4ª: ¿por eso él no ve al monstruo, por su temperamento menos excitable? Sigo leyendo. Subrayo: (…) ciertos libros (…). Además de: (…) presagios (…). Nota 5ª: ¡otra sugestión del protagonista! ¿Cuántas van ya? Sigo leyendo. Subrayo: (…) presagio de mi muerte (…). Nota 6ª: el detonante de la superstición es el miedo. El detonante del miedo es el error de perspectiva. Sigo leyendo. Subrayo: Mi anfitrión, sin embargo, había recobrado en cierta medida su aire calmado y me preguntó sucintamente por la conformación del ser imaginario. Cuando le hube satisfecho por completo a este respecto, suspiró profundamente, como si se sintiera liberado de alguna carga intolerable y comenzó a charlar, con una calma que me pareció cruel, de varios puntos de filosofía especulativa que hasta aquel momento habían constituido tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente, entre otras cosas, en una idea. Decía que la principal fuente de error en todas las investigaciones humanas reside en el riesgo que corre el entendimiento al subestimar o sobrevalorar la importancia de un objeto, solo por la estimación errónea de su cercanía. Nota 7ª: la idea principal no es sino que el valor de un objeto dependerá de su cercanía o lejanía respecto del observador. Me sorprende que el protagonista aireé las bondades de un pensamiento refractario de toda sugestión y el suyo, en cambio, la padezca. Nota final: Poe no ha rayado a la altura. Profunda nostalgia de Ligeia y Berenice. Paso, pues, a otra cosa.  

martes, 18 de noviembre de 2014

166/ Un feliz hallazgo

Adriana Schlittler Kausch ha escrito: “Pasos hendidos. Duelos y augurios oscuros./ Plano cenital y las cabezas son manchas desfilando sobre el frío/ azote del invierno./ Armenia es ese tejido.// Ellos caminan mirándose las nucas. Plano y contraplano: en un/ lado del mundo los albaricoques se pudren./ Un país es más que sus huellas.// Era el tránsito, era la verdad tan profunda como las líneas de las/ manos. O el refugio donde la paz no descansa en el regazo./ Armenia es la mirada en punto de fuga.// Abril se despereza en las zanjas de los mapas. Muerte y enigmas./ Plano general./ Armenia son cuerpos encima de otros cuerpos.// Y allí brillan los campos. Se levanta la mañana y llueve en Ereván./ Una ciudad pare sonidos de campanas. Fundido a negro./ Yo nunca estuve en Armenia”. Significativo poema. Título: Armenia. Ubicación: Estación Poesía (nº 2). Lo he leído al par que escuchaba Adagio for Strings, Op. 1, atacado por Samuel Barber, Thomas Bowes y Joseph Swensen: ¡Wake up total! Mi gratitud, Adriana. PD: siento un gran regocijo interior cuando un poeta lírico (poetisa en este caso) sale, o aparenta salir, de la 1ª persona del singular para acogerse a la 2ª o a la 3ª del mismo tiempo o incluso a la 2ª o a la 3ª del plural. La voz y el talento pueden servir para algo más que una terapia íntimamente distintiva. El mundo requiere llamadas de atención. O: tirones de oreja. O: zamarreos espirituales. Tanto monta. En definitiva: un despertar generalizado. Juzgo toda poesía (¿también la lírica?) como algo que trasciende los fantasmas de su ejecutor. El poeta puede (ojo: no digo debe. Cada cual que escriba lo que se le antoje) atestiguarlo. Este poema-secuencia de Adriana ha puesto en órbita mis neuronas. Hay en él una belleza subrepticia. Sí. Pero su mensaje es más fuerte. Pero su mensaje cautiva más.       

viernes, 4 de julio de 2014

150/ "Aprendiz de todo, maestro de nada"

Tres versos de Jorge Manrique hallaron eco en todo el orbe. Me estoy refiriendo a: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir.” (de Coplas por la muerte de su padre). Dejaré constancia de su reverberación en uno de nuestros poetas infra-leídos que más influyó en el batiburrillo literario de su época. Abro paréntesis. Menos por poeta que por mecenas. Cierro paréntesis. Aludo a Manuel Altolaguirre. Junto a Emilio Prados fundó Litoral. Y Poesía en Málaga. Reunió (según muchos) a la Generación del 27. Con Concha Méndez contrajo esponsales. Tradujo a Shelley. Editó a Salinas y a Cernuda. Aprovechando sus ratos libres (¿pocos?) compuso poemillas. En Soledades juntas (1931) dejó escrito: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar al espejo/ sin porvenir de la muerte.” Para acabar estampando en negro sobre sepia (y en el mismo texto) lo que sigue: “Estar lejos de la muerte/ es no verse, es estar ciego,/ con la memoria perdida,/ nublado el entendimiento,/ sin voluntad caminando,/ volubles, desconociéndonos.” Estar muerto: no tener porvenir. Estar vivo: permanecer lejos de los más queridos (¡tate!: justo lo contrario de lo que opinaba Gabito). Vivir: confundirse, sentir abulia, ser inconstante. Desconocerse. Juzgo la poesía de Altolaguirre desgarrada y con demasiados altibajos. Alimento agridulce. Saxo (no sexo) afinado que, de golpe y porrazo, suena desafinado. Agua de mar con fondo de algas. Un querer y poder esporádico. Pregunto: ¿Requiere la poesía toda la atención del poeta? Editar e imprimir y, en ocasiones, escribir (no sé si leer) producirá una obra literaria mediocre que habría podido atesorar grandezas. La España del 27 no heredó el espíritu renacentista de la Italia del siglo XV. La España actual un poco sí. ¿O no? Dispersión y exquisitez artística (conjeturo) raras veces van de la mano.        

viernes, 18 de abril de 2014

139/ Adiós, maestro...

Ayer, 17 de abril, murió Gabo. Abril-Gabriel. Abril-Javier. Tal día como ese, del setenta y ocho, nací yo. Treinta y seis años después (misma jornada y misma cuota anual) expira él. ¡Huérfano he quedado de maestros vivos! Me corrijo: sólo F. aún colea y da la matraca con sus libros y sus artículos a contra-Discurso de Valores Dominantes. Los otros tres (Gabo, como digo, es uno y el principal) ya se fundieron con el oxígeno y el dióxido de carbono del aire de la atmósfera terráquea. No consignaré aquí el nombre (sí su inicial, acabo de transcribirla, F.) de aquel que todavía inspira y espira éstos gases, sobre todo, abdominalmente y en ocho tiempos; es decir: a la manera budista. Quien últimamente haya siquiera ojeado esta bitácora sabrá, sin dubitación, a quién me estoy refiriendo. Hoy, ahora y aquí, no tiene cabida su baqueteado nombre. Hoy es el de Gabriel García Márquez el que, mal que me pese, copa este (por una vez y que no sirva de precedente) luctuoso espacio. Maestro: jamás de los jamases he sido tan feliz como leyendo cualquiera de tus célebres obras. Abro paréntesis. ¿Recuerdas, Alberto, lo que tertuliábamos acerca de Gabo y sus Cien años…? Cualquier tascucio (por decirlo a la manera de mi cuarto y coleante y viajante y apremiante y contradictorio maestro) era bueno para ese menester. Horas y horas de cafés bien conversados (así lo expresaría el de Aracataca). Se fue, Alberto, ay. Y ay, Ana, se esfumó la esperanza de tratarlo <<en vivo>>… ¿Recuerdas cuando te propuse ir a Barcelona, aprovechando que recaló allí, para estrecharle la mano y agradecerle tantas y tantas páginas de inigualable (por magistral) y altísima literatura? Cierro paréntesis. ¡Corta muerte y larga reencarnación (siempre que ésta devenga felicísima) al mejor novelista de todos los tiempos! Sí, he dicho: de todos los tiempos. Así lo creo. Así lo veo y lo suelto. Así lo aireo. Ahora en tu honor, maestro, escucharé el Réquiem de Mozart y entre corchea y corchea me sumergiré en la lectura con miras a olvidar parcialmente tu fatal e intempestivo (siempre es intempestiva la muerte de un maestro) deceso. Yo te leeré de nuevo y contigo conversaré de tú a usted y en clave de indisoluble hermandad literaria. ¿Puedo pedirte que saludes de mi parte, si tienes ocasión, a Aureliano Buendía y a Úrsula y a Amaranta y al coronel a quien nadie escribía y a…? Por cierto: ¿Recibió éste, a la postre, su misiva? Y Florentino Ariza, y Fermina Daza, ¿están ahí contigo? Ah. Que no han querido acompañarte en el viaje definitivo… Que todavía tenían una misión que cumplir en la tierra: la misma desde el día en que los concebiste y trajiste a la luz de la Realidad Mágica (así, con mayúsculas) y no siempre doliente. Vale. Yo seguiré en la brecha, maestro, sempiternamente encontrándome con ellos y leyéndote. Cómo si no… Me despido, ya, así: hasta siempre (hasta cientos de taumatúrgicas y gozosas páginas). Que el ángel de los narradores (si lo hay) te acoja entre sus vaporosos (digo yo que lo serán…) brazos. Y que la bienaventuranza sea contigo, maestro. <<Amén>>.

viernes, 28 de febrero de 2014

125/ Tras Omar... (II)

A quien quiera entender...


Mi queridísimo y admiradísimo y, hasta hace bien poco, desconocidísimo Khayyam dejó escrito lo que sigue: <<No tengo miedo a la Muerte. Prefiero este hecho ineluctable al que me impusieron el día que nací. ¿Qué es la vida? Un bien que no elegí y que devolveré con indiferencia>> (Rubaiyat. LXVII). Veintiocho poemas más adelante se encuentra uno con esto: <<A nadie pedí la vida. Me esfuerzo por aceptar, sin júbilo ni rabia, todo lo que la vida ofrece. Partiré sin preguntar al prójimo acerca de mi curiosa permanencia en este mundo>> (Op. cit. XCV).

     Alguna vez me he cruzado con gente que decía no haber pedido venir al mundo. Por lo general, dicho sea sin pizca de malicia, personas acomodadas en el mullido asiento del azar o con personalidad depresiva. Yo no me avengo con ellas. Yo exclamo: Si estás, haz por el placer de hacer, y aprovecha el momento y corre y salta y vuela libre y no mires abajo ni a izquierda o a derecha ni adelante o atrás. Preocúpate sólo de no caer. Y si caes (es sabido), te levantas; el acto de levantarse es aventurero y libera endorfinas. Sé (casi todos podemos) feliz. Pero selo ya.

viernes, 21 de febrero de 2014

124/ Tras Omar... (I)

Quien me desincruste de estos poemillas milagroso desincrustador será: y es que incrustado hasta el tuétano me hallo en Rubaiyat (Omar Khayyam), y de ahí ya no me sacan ni con agua borbotando. Transcribiré, ahora, dos poemas suyos.

     Uno: <<Nuestro tesoro es el vino y nuestro palacio la taberna. La sed y la embriaguez son nuestros fieles compañeros. Ignoramos el miedo porque sabemos que nuestras almas, nuestros corazones, nuestros cálices y nuestras ropas manchadas, nada tienen que temer del polvo, del agua ni del fuego>> (VII).

     Y dos: <<Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!”>> (XXXV).

     Me desgañito gritando: ¡Bravo, bravísimo!

     Ahora, haré míos estos sabios renglones del no menos sabio (cuando no malabarista lingüístico) y preclaro Fernando Sánchez Dragó: <<Las palabras son como el vino: necesitan pátina y poso, hay que sobarlas y resobarlas, tienen que fermentar y decantarse en cubas de roble viejo>> (Sentado alegre en la popa. Barcelona, 2004. Planeta. P. 27). Todo un paralelismo óptimo y muy bien avenido con la causa lectora (o eso creo yo).

     La palabra embriaga y salvaguarda del miedo a la Muerte. ¡Correcto! Leer confronta la diminuta muerte diaria que es el sueño. No sé, no sé. Dormir es a morir lo que a vivir es leer. ¡Vaya, hombre, siempre tan incisivo mi querido y respetadísimo Omar!: como una vaharada de rosas silvestres en mitad de un prado seco. Incisivo y, ¡oh, Alá mío!, barbudo y no menos aturbantado. Y, ¿es que el angelito era persa?…

     Pues eso.

viernes, 19 de julio de 2013

77/ "Eaminiñoea"...

Descifrar la obra de quien sobrevivió leyendo se torna recordatorio. ¿De qué? De lo imprescindible que resulta la literatura para vivir. O para soñar e indagar lo incognoscible. Hoy he acabado mi lectura de Mortal y rosa: diario íntimo de Paco Umbral (o elegía a su hijo “Pincho”). En la pág. 67 (Austral. Barcelona, 2011) se lee: “Los ojos pastan en el libro y a veces (…) se quedan dentro, (…) sin ver el mundo”.

     Descifrar la obra de quien sobrevivió escribiendo se torna corroboración. ¿De qué? Del carácter afirmante que posee la literatura en el alma del escritor. Afirmante y reforzador del ser. Contrariamente (si no escribiera; si no leyera) el autor se desmoronaría como casa en ruinas (no apuntalada). El descalabro sobrevino a Umbral (apuntalada el alma…) por el óbito del chiquillo. En la pág. 70 (op.cit.) se lee: “Niño mío, hijo, fruta fugaz, (…) estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti (…)”. 

     Descifrar la obra de quien sobrevive adolorido se torna lección. ¿De qué? De vida, de esfuerzo, de oficio: el de la literatura. Afilo el rictus. Aligero el gesto… 

     Concluyo: el árbol de la vida da frutos para la infelicidad del Hombre (inclusive los pírricos o en agraz). Lo que de reflexiva tiene Mortal y rosa, superado es por el amor (irreflexivo) al hijo. El acabose de un retoño por enfermedad deviene contra natura. En tal dislate, como enuncia Umbral, <<la vida se suicida a sí misma>>. <<Pincho>>: ya estás, por fin, con papá.

viernes, 5 de julio de 2013

76/ Un bodrio

<<Litografía Rosés, S. A.>>, sita en: <<Progrés. 54-60. Polígono La Post. Gavà (Barcelona)>>. Taller que abonó el hecho. Probablemente en 2000. Taller cómplice del bodrio. Probablemente involuntario. Devengo incapaz de dar credibilidad a J. J. Benítez. Lo procuro. Yo no sé, ya, cuánto. No lo logro. En su Al fin libre ese descreimiento es azuzado por vocablos cristalinos.

     Acá mi objeción: ¿No aspiran los vocablos (esos vocablos) a significar una realidad inaccesible? Solo la poesía posee potestad connotativa de lo desconocido. Imagino (mal que me pese) falaz al plumilla pamplonica. Adular a la pálida dama es recurso soldadesco y, por ende, cuartelario. O mejor: legionario; de legionarios en eterna imaginaria. Refiero el pavor propio (no ajeno) a la de la guadaña. 

     Una que otra duda me corroe: ¿Por qué las teorías sobre el Más Allá pecan de halagüeñas? ¿Por qué exhuman paz y gloria en vez de turbación y desgarro? ¿Por qué no la Nada, a secas? ¿Por qué la libertad se tizna, en tales teorías, con el hollín de la consciencia? Y, ¿por qué con el de la sensibilidad?… 

     Conste que no anhelo lo contrario: inconsciencia e insensibilidad. Aunque después de muerto, fabulo, dé lo mismo cuatro que ochenta o que mil. Las tendencias (las modas) producen en mí recelo: engroso la lista de los que acuden a la ópera en chándal… Vale: categóricamente falso. O no. Me arrogo, por si las moscas de Machado, el derecho a la contradicción (como, de ordinario, dice F.S.D.). Siempre gusté de procurarme topetazos contra el cristal del mundo.

viernes, 15 de marzo de 2013

61/ Exhortación

La jornada 13 de febrero de 2012 hice un felicísimo hallazgo: Omar-al-Khayyam. Algo aconteció. Murmuró el rapsoda: Amor y veneno, Javier, son semejantes. Yo bostecé. Él prosiguió sin reparar en mi indolencia procaz: Considera <<una mujer de níveos senos de quien guardes>> enamorarte. Y anexó: Ella, ídem, habrá de rehuir enamorarse de ti. Esbocé una holgada sonrisa y me agencié la exhortación. 

     Hoy arribo de nuevo a puerto persa: el de la página 266 (Ed. Planeta) de Gárgoris y Habidis. Habla el bardo y astrónomo barbado: El cielo se muda en <<linterna mágica. El Sol es la llama, el Universo la lámpara y nosotros pobres sombras que vienen y van>>. Cavilo: Así la Vida. Le pregunto al bardo: ¿Y la Muerte? Él calla y se desternilla a lo lejos. Yo examino mi contorno… Ya no evoco a la mujer de níveos senos… Serenamente me basto y sobro conmigo.

martes, 8 de enero de 2013

51/ Panegírico

A Mercedes de Velilla

Recelabas de la omisión. A los poetas sevillanos ha encogido mi pecho: nunca te postergaré. Tu obra a nadie agravia: rezuma perfección y, amén de dolerse entre hipérbatos, pureza. Trajiste a la luz cuatro <<creaturas>>. Dos perviven en mi biblioteca. El resto subsistirá en una que otra abacería… No engrosa lista alguna en las <<tienduchas>> de nuevo… Otros desgarros de ínfima herida ocupan su puesto. 

     La actualidad obliga. 

     Quienes medís y rimáis sois condenados al ostracismo. El buche de la República de las Letras Post-modernas os regurgita…

     Yo te trincharé y trituraré, y deglutiré, para mi sustento. Yo hablaré de ti y de tu lira donde toque. Yo no te enterraré. Yo, Mercedes, exhumaré tus restos poéticos sin reconcomio…