lunes, 24 de agosto de 2020

336/ La huella de Vila en el valle (II)

Cuántas veces me habré preguntado si no estaré un mal día fuera de la realidad y sin probabilidad de volver a ella. Refiero estando vivo. Lamentable cuestión esta. Muy del lado del escritor de ficción. No tanto del de no ficción. Menos aún, del de auto ficción. Ellos nunca sabrán lo que es crear un mundo paralelo al real e infinitamente más interesante que este pero al mismo tiempo menos proclive a dejar a su artífice a salvo de la enfermedad mental. Ficción literaria y cordura no irían de la mano. Es sabido: hay casos y casos. Ernest Hemingway, Edgar Poe, Lovecraft constituyen algunos extraordinarios.
     Y qué decir del escritor de andar por casa que a pesar de todo acabará como una chota. Nadie habla de él. El genio no siempre desemboca en locura (¿y no será al contrario?). Vale. Hay personalidades e inteligencias e instintos y sensibilidades estandarizados que sí lo harán. La locura ladra "a lo loco". Fíjense: todos los escritores locos han sido, antes de ser mordidos por esa perra, genios. O eso nos han hecho creer. Yo apuesto por esto otro: todo aquel que decida dedicar su vida a la escritura debería considerar la posibilidad, muy seria, de llegar a ser un loco de atar. Y todo sin conocer del genio. 
     ¡Crucemos, por si las moscas, índice y corazón! 
     Escribe Vila en Mac y su contratiempo: “Volver sobre lo sucedido aquel día –acabé averiguando que a la joven le habían comunicado la muerte de un ser querido– me ha hecho ver que aquella transeúnte estaba en la vida y tenía sentimientos y yo estaba, como ella, en la misma vida, pero con menor capacidad de sentir, de sentir de verdad, quizá solo sabía sentir con la imaginación. Y no solo me ha hecho percibir esto, sino que a ella he empezado a verla como una persona admirable y hasta envidiable, porque solo contaba con su vida y nada más, y quizá por eso sentía con tanta verdadera fuerza su dolor, mientras que yo iba dibujando el humo de un mundo paralelo que me dejaba algo incomunicado de la vida real”.
     ¿Algo?...

jueves, 20 de agosto de 2020

335/ La huella de Vila en el valle (I)

Enrique Vila Matas es un autor al que, de un tiempo a esta parte, vengo siguiendo. No solo leo sus artículos (acaso post). También hago lo propio con sus libros. O mejor dicho: con El Libro. Mac y su contratiempo, creo, es obra característica del estilo de Vila y como tal voy a tratarla aquí: con la expectativa del lector “de recorrido” y con la sospecha del escritor "libre". Es decir: yo espero de Vila algo diferente a lo que los demás ofrecen y me doy con algo, por experimentado, no tan original o no tan apropiado para serlo. Aunque la mejor originalidad sea, siempre, la vuelta al origen. Gaudí lo dijo.
     ¡Al lío del monte Pío! No habrá un solo escritor en la Tierra que no se haya formulado alguna vez esta pregunta: ¿Qué significa ser escritor? Muchos habrá, incluso, que no sepan responder a ese interrogante. O no quieran aprender a responderlo. O no puedan (váyase a saber). Sin embargo la respuesta más certera es sumamente fácil de concebir y sencilla de enunciar. No, no, no daré rodeos. La respuesta a tan rimbombante y, en el fondo, vulgar pregunta es una y clara. Esta: ser escritor significa dedicar la vida a no hacer otra cosa distinta de escribir. Lo demás son simulacros y pamplinas. Una cosa es tenerse uno por escritor y otra, muy distinta, escribir sin plantearse si es o deja de ser uno esto o aquello.
     Vila, en la obra mentada, escribe: “ (…) Uno puede pasarse años y años considerándose escritor y seguramente nadie va a tomarse la molestia de ir a visitarle para decirle: desengáñate, no lo eres. Ahora bien, si un día esa persona se decide a debutar y a poner toda la carne en el asador y a escribir por fin, lo que ese atrevido principiante notará enseguida, si es honesto consigo mismo, es que su actividad no tiene la menor relación con la grosera idea de considerarse escritor. Y es que, en realidad, lo quiero decir sin perder más tiempo, escribir es dejar de ser escritor”.
     El subrayado es mío.
     Nótese la ironía: “Escribir es dejar de ser escritor”. No viene todo esto a cuento de ese sinnúmero de criaturas que hoy se dan en escribir sin cuento. A este paso habrá, me parece, más escritores que lectores. Mejor aún: viene a cuento de esos otros que no escriben pero hacen el intento de escribir y debido a ese monumental esfuerzo se tienen por lo que no son: escritores.
     “Escribir es dejar de ser escritor”, además, porque para escribir hay que vivir. Esto piensan algunos. Risas. Y es sabido que los peores vividores que hay sobre la Tierra son los escritores. Alguna excepción habrá. La mayoría encaja en ese perfil malo. Y aquí no habría ironía que valiese. Pero vivir y escribir parecen excluirse mutuamente. O se escribe o se vive. Víctor Hugo escribió (no sé si vivió): “Leer es vivir dos veces”. Vale. ¿Y escribir? ¿No es vivir dos veces escribir? Voy a desahogarme: escribir es vivir infinidad de veces. No dos. No, no, dos no. Insisto: infinidad de veces. Porque el escritor con cada palabra que escribe congrega su ser y también otros seres. Escribir es cobijarse bajo la sombra del árbol genealógico. O, simplemente, podar el árbol genealógico para revitalizarlo. Quiero pensar.
     Quiero pensar que tras el acto creador (escritura) respiran ancestros. No así tras el acto re-creador (lectura). Pero esto es solo una intuición mía. Y las intuiciones, lector paciente, intuiciones son. El gato solo tiene cuatro pies.
     En fin. 

miércoles, 12 de agosto de 2020

334/ Un crimen de "lesa intimidad"

Un poeta es, a menudo y por desgracia, un libro. O mejor (en mayúsculas): El Libro. Aquel por el que medio mundo, y parte del otro, lo conoce y reconoce. Un poeta será, a partir de ese libro, quien escribió (en mayúsculas) El Libro. La Obra según la cual nació un individuo singular donde los haya: un poeta. Marinero en tierra representó y aún representa allá dónde preguntemos a Rafael Alberti. Indudablemente lo representará por encima de cualquier otra obra. Es este un libro bello. E inigualable. Un libro profundo. Un libro musical: medido. Un libro que al lector podrá cambiarle la vida (de lector y la otra).
     Sin embargo algo debió escribir Rafael antes de traer a la luz semejante prodigio poético. Serán versos que en sí mismos recojan la esencia de lo que, más tarde, el poeta del Puerto entregaría al mundo: una poesía elevada al alcance de pocos. Qué guardaría Rafael para ser capaz de fabricar un universo lógico y surrealista que a día de hoy solo Juan Ramón y Federico han sido capaces de igualar o (no es improbable por imposible que parezca) superar. Qué guardaría Rafael Alberti… Qué.
     ¿Serían versos que dirían… 

Al mar
al mar
la serpentina azul de esta canción
Revientan las bengalas
y un cohete pirata asalta las estrellas
Suéltate los cabellos
mi corazón navegará por ellos
Las algas de la noche ya están verdes
y pronto va a volver el sueño

…y todo sin ser, aún, conocido de todos su autor? ¿O versos del tipo…

La noche ajusticiada
en el patíbulo de un árbol
Alegría arrodilladas
lo besan y ungen las sandalias
Vena
suavemente lejana
–cinturón del Globo–
Arterias infinitas
mares del corazón que se desangra

…tan desajustados pero sustanciosos y llenos, ya, de Alberti hasta salirse de madre?
     Lo digo por aquello de que la raíz nunca desaparece. En ocasiones tengo la impresión de que quien hace públicos textos anteriores a la primera gran producción de un autor estuviera cometiendo un crimen de “lesa intimidad”. El publicador, de este modo, humillaría al pobrecito autor. Ocurre con las cartas de escritores. Yo no sé hasta qué extremo debe preponderar el afán de conocimiento a la intimidad que nunca fue escrita para publicarse...
     El caso traído aquí no es “humillante”. Obviamente no encontramos en los versos arriba copiados la maestría que luego demostraría su autor en libros posteriores. Pero tampoco desmerecen. Quizá Rafael haya tenido suerte. Otros, en cambio, no tanto. Quizá él fuera más genial que el resto. Sea como fuere todos cometemos “crimen de lesa intimidad” cuando no nos aseguramos de que lo que estamos aireando responde al deseo del autor de airearlo. Nos reconforta un pensamiento inexacto: que estamos haciendo un bien a la humanidad en perjuicio solo de una individualidad. Y concluimos: no puede ser tan grave. Luego pensamos en los legítimos descendientes del autor cuya intimidad hemos invadido…

viernes, 7 de agosto de 2020

333/ "Todo se olvida"

Carmen. Carmen Guaita. Carmen Guaita Fernández. Pero ella firma de este modo: Carmen Guaita. ¿He dicho ya que en las portadas de sus libros se lee el nombre Carmen Guaita en vez de Carmen Guaita Fernández? Discúlpenme tan socorrida repetición. Lo confieso: la he empleado con toda la idea del mundo. Retengan ese nombre en su memoria. Acudan a los libros que bajo su capa han sido escritos y editados en diversos sellos. O, simplemente, acudan al libro entre los libros de Carmen Guaita. Este: Todo se olvida (Ediciones Khaf. Madrid, 2019).
     Todo se olvida. Literatura de vuelo profundo. Literatura del sentimiento higiénico. Literatura del intelecto al servicio del perdón. Vital, esta, para aquel que desee rendir cuentas a la vida por un afán de obsesiva e impertinente insatisfacción crónica. Probablemente “equivocada” insatisfacción crónica: creemos ser el centro del universo hasta cuando nos percatamos de que hay criaturas más desdichadas que nosotros y, encima, en continuo silencio. Así es: sin decir ni mu. Todavía más: sin que nadie les auxilie por no decir ni mu. Hacía mucho que no leía una historia con tanta carga emotiva y un nivel de escritura tan tan elevado que, según mi juicio de lector siempre hambriento de renglones, roza la pura excelencia.
     Para muestra un botón: “En el transcurso de tu carrera conocerás a muchos como nosotros. Verás que coqueteamos con las mujeres y nos gusta sentirnos deseados por ellas, pero nuestra verdad es otra y por eso damos lugar a malentendidos en las más solitarias y sensibles. En las que son como tú, mi cantarina, herida, introspectiva Allodola. Por tus ojos hinchados y el desgaste de tu voz he visto lo que has sufrido. En tus apuntes sobre los personajes tachaste con rabia la frase `Norma y Adalgisa están enamoradas del mismo hombre´. Has llorado por mi culpa y eso no me lo perdono. Sin embargo me dolería indisponerte contra Bogdan. Es un buen artista, con una gran voz de bajo cantabile, producto natural de su tierra eslava. Dentro de nada os encontraréis por los teatros, será tu Colline, tu Fra Guardiano… Un camarada en escena. Olvida por tanto, y cuanto antes, esta ilusión imposible. El amor llegará a tu vida, querida niña. Y créeme si te digo que ni Bogdan es mi futuro ni yo significo nada en su vida. Simplemente es que, de vez en cuando, me acerco a los espejismo del amor aunque solo me hacen daño” (op. cit. pág., 122).
     El pasaje copiado es una minúscula muestra del arte escritural de Carmen Guaita. Podría decirlo en referencia, ladeada, a la cantidad pero lo digo refiriéndome a la calidad en sentido recto. Ahora haré una breve mención al efecto extremo que la “calidad” provoca. Pocas (muy pocas) novelas poseen la inadvertida virtud de poder salvarle la vida a alguien. Yo me atrevo a afirmar que Todo se olvida tiene ese poder. En dos ámbitos (el segundo es conjetural): en el de la ficción y en el de la vida real. Novela, pues, “divina”. Permítanme la exageración. La estructura externa de la novela acumula e-mails, cartas, apuntes y conversaciones telefónicas (también viéndose, quienes conversan, las caras sin pantallas "móviles" de por medio). La carta nº 52 da cuenta de un suicidio frustrado. El de una ex monja que no halla su sitio en la sociedad y, tras algunas idas y venidas, opta por regresar al convento que una vez la acogió y del que decidió desertar libremente. La salvación de la mujer corre a cargo del nacimiento de un niño sin brazos. Ella no llamará sino María a la madre (primeriza) del niño…
     Carmen Guaita será mujer creyente cuya fe subirá a las tablas del teatrillo de la vida y de la literatura a la mínima oportunidad. En esa carta de ficción (¿de ficción?) la vena religiosa de la autora saldría a escena sin restricciones. A lo largo y ancho de la novela sucedería algo parecido. Pero es en esta carta donde la capacidad de sugestión del sentimiento religioso la percibiría el lector con más claridad e intensidad. Aunque sin llegar nunca al hartazgo. Cualquier ateo o agnóstico disfrutará de esta novela igual que lo hará un creyente convencido o no tanto.
     Otro botón de muestra: “El infierno es un lugar de increíble belleza: una joya cercana al mar donde la brisa despeina y la sombra procede de un volcán que tiene el cabello largo y nevado. La antesala del infierno es una casa palaciega, blanca de cal y de flores, donde todo parece perfecto. Sobre el dintel de su puerta hay una frase de la Divina Comedia: `Dejad toda esperanza quienes entráis aquí´, pero la han escrito con tinta invisible y nadie se da cuenta. Allí la muchacha condenada disfruta de una semana tranquila: visita Nápoles y escucha sus canciones populares, que se le anclan en el alma; un día descubre Pompeya con su hálito eterno; otro, la caldera del Vesubio, bella muntagna. Siempre lleva a su lado, siempre, a dos personas: Mazzé, una mujer silenciosa que actúa como doncella, y René Marugán, el ayudante para todo, con su voz metálica y sus ademanes fatuos” (op. cit. pág., 272).
     Todo se olvida debería ser lectura obligada en escuelas, en Institutos, en Universidades. Habría, creo, que invertir un punto en educación sentimental. La gente del común (mayoritaria) resultamos demasiado ignorantes sentimentalmente hablando. Ya Gustave Flaubert apuntó algo al respecto en el libro La educación sentimental. La protagonista de Todo se olvida (Criptana Senzi) emprende un viaje iniciático a lo humano. En el trayecto encontrará vida y muerte, alegría y tristeza, y lo más puntiagudo: castidad indeseada y sexo deseado y quizá perverso. También, respeto y abuso, cargo de conciencia y conciencia descargada a partes (casi) iguales. Con el apunte extraordinario de que el lector no será menos que la protagonista: igualmente acometerá un viaje iniciático a cuya vuelta ya no será el mismo.
     Criptana Senzi es una diva. Y en la actualidad de la novela, año 2005, residente perpetua en un geriátrico. Su mal: Alzheimer. La carga humana de Todo se olvida reside en la protagonista, en su hermana (Aurora Mateo), y en la monja y después ex monja (Cinta Torrals). Los demás personajes acaparan una humanidad vacilante por momentos o no tan lineal como la de los tres mencionados (todos ellos sublimes). Para Kant lo `sublime´ era “aquello en comparación con lo cual toda otra cosa es pequeña”. El filósofo puso el foco en la cantidad. Yo lo pondré en la calidad. Esta novela la rebosa por los cuatro costados. La cantidad es la que es y no puede ser otra: cuatrocientas ochenta y tres páginas de literatura de alta calidad cálida. En el tratado de retórica Sobre lo sublime, atribuido a Longino, se lee: “Es grande solo aquello que proporciona material para nuevas reflexiones y hace difícil, más aún imposible, toda oposición y su recuerdo es duradero e indeleble. En una palabra, considera hermoso y verdaderamente sublime aquello que agrada siempre y a todos”. La novela de Carmen Guaita agradará, me parece, siempre. La razón es sencilla: su lectura acaba siendo imborrable. Yo no sé si agradará o no a cualquier lector. Sí sé que quien se le oponga debería pensar en matricularse en la escuela de Flaubert…
     Antes he apuntado que Criptana Senzi es una diva. Esto significa que el conocimiento operístico está presente en la novela desde la línea primera hasta la última. Ojo: ¿Qué autor se molestaría en poner al final de su libro, a modo de notas aclaratorias, una lista con los personajes y con las personas de carne y hueso (y no solo de imaginería) que interpretan o han interpretado ópera en todo el mundo para que al lector le quede claro cómo canta la protagonista y otros personajes de aquel? ¿Pocos? ¿Ninguno? Carmen Guaita lo hace. La voz de Criptana Senzi es la de “cuatro cantantes legendarias” de ópera. Una: Renata Tebaldi. Otra: Leyla Gencer. Otra: Pilar Lorengar. Y la última: Rosa Poncelle. Acabaré este post con una fórmula que quiere ser quiasmo (y ley metafísica): Todo se olvida si se recuerda todo.