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miércoles, 2 de julio de 2025

480/ ¿Bodrio de un excelso?

La intencionalidad del autor puede llegar a definir la calidad de la obra. Esto, dicho así, suena drástico y también absurdo. Sería, sin duda, una impresión falsa. No es absurdo, no es drástico, y de ello existe un ejemplo palmario en la novelística española. A saber: Eduardo Mendoza y su Tres enigmas para la Organización. Novela fantoche (o paparrucha), novela excelsa (quiere decirse: en lo <<cómico>>, de <<cómic>>. Risas), ni lo uno ni lo otro. Este servidor de (casi) nadie, al leerla, ha tenido la impresión de haber tirado el dinero y desperdiciado su tiempo como nunca antes lo había hecho. Sólo Ikigai, el fallido libro de Héctor García y Francesc Miralles (Urano), posee el dudoso privilegio de anteponerse al (en potencia) bodrio de Mendoza en la escala jerárquica de despropósitos literarios de todos los tiempos. Qué desespero. Y qué sopor. Qué ganas de acabar la página, arribar al punto final del bodrio, de la chamba. Nunca antes había experimentado una abulia lectora tan potente y penetrante al unísono. Pregunto: ¿Por qué Mendoza habrá escrito algo así? ¿Para hacer caja? ¿Por entretenerse? Yo no sé.

     Sé (como planteo al inicio de este otro bodrio: el post que estás, lector, leyendo cuando podrías estar haciendo lo propio con un autor o autora de renombre que no de relumbrón), que Mendoza ha podido escribir el bodrio que nos ocupa con toda la intencionalidad del mundo; es decir: a sabiendas de los intersticios sin sentido que dejan al lector <<loco>>, las casualidades (que no causalidades) fuera de toda lógica, la cadena deslabonada que (a pesar de ello, hay que decirlo…) no propicia que la novela caiga y se rompa la crisma contra el empedrado de la intolerancia del lector. ¿Y los personajes? ¿Y la trama? De cómic, digamos de Ibáñez, Mortadelo y Filemón a la vanguardia. Todo, en suma, supeditado a la omnipotente voluntad del autor. De ser así, sí, Tres enigmas para la Organización sería una obra maestra del humor. Yo (permítaseme que disienta) le niego la mayor.

     Sudor y sangre (de alma) me ha costado leer el bodrio. Lo peor de todo: induje a una amiga, lectora voraz, a que lo leyese. Mis excusas, mademoiselle Lute, no fue mi intención hacerle perder el tiempo… Risas. Y en estas…, premios van…, premios vienen… y, entretanto, textos horripilantes conquistan el corazón de los lectores incautos (o no tanto).

     La segunda novela cómica de Mendoza que leo y la segunda vez que me aburro como una ostra, no esbozo una sonrisa franca (ni siquiera ligera), y… ¡Y que la historia se acabe por Dios y por todos los santos! Dicen que <<No hay dos sin tres>>. Yo, en cambio (tergiversando otro extendido dicho popular), diré: <<Dos, y no más, santo Tomás>>.

lunes, 3 de marzo de 2025

470/ "Cómico de la lengua"

Hay, in onore della verità, viajes improductivos. Hay viajes soñados (mejor: ideales). Hay viajes, impertinentes, que uno no desearía emprender nunca. Pero hay <<un>> viaje sobre el cual han corrido ríos de tinta sin saber el escritor de turno cuáles son sus hitos primordiales; un viaje insustancial (o todo lo contrario) a cuyo término, cuando el viajero rinde por fin itinerario, resulta imposible la vuelta. Puede, éste, conformar la muerte (quién no lo ha pensado alguna vez). Puede, éste, conformar la demencia; ya que <<todo se olvida>>... Pero puede, el viaje de marras, conformar el fracaso y su corolario natural: la frustración. Frustración tras la lucha, tras el esfuerzo por la supervivencia, que acaba cediendo paso al frío (un frío emocional) y al hambre (un hambre no refractaria de la fantasía). Pues bien: si todo esto lo envolviésemos tal un regalo en el papel iridiscente de la comedia (con sus reflejos de tornasol al sol y son de la alegría de la literatura en desgarro cómico) obtendríamos: El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, y ya entonces nuestra percepción del teatro habrá mudado de piel para siempre.

     El teatro es arte (arte sublime); pero el teatro es medio de <<no>> subsistencia. Lo es para algunos desafortunados; sólo algunos... ¡No, hombre, no! Para la inmensa mayoría lo es. Y Fernando Fernán Gómez, que bien lo sabía porque lo sabía bien, quiso dejar constancia de ello (el año 1985) con la novela mentada. Y lo hizo como lo haría un <<cómico de la lengua>> (expresión dos veces consignada en el texto de que tratamos aquí; más concretamente: en el CAP 3 y en el CAP 15): con morfosintaxis y cosmovisión rebosantes de gracejo.    

     Nadie crea hallar en estas páginas dolor, sufrimiento, agonía… No, no… O no sólo… Porque todo ello (lo hay, lo hay, aunque sin un dramatismo exacerbado) el lector lo hallará envuelto en humor del bueno (con una o dos discordancias: el acoso y abuso sexual y el machismo de época; ambos con la brida suelta), de cómicos ambulantes, de gentes de <<malvivir>> que por encima de todo idolatran (o mejor: adoran) su vocación: el teatro. Otro tema, éste, importante en el texto objeto de nuestro apunte: <<La vocación>> (Agostina Lute dixit). 

     Carlos Galván (al comienzo del segundo acto, perdón, capítulo…): <<Las vocaciones se despiertan viendo trabajar a los otros>>. Vocación por el teatro, el cual tendrá que vérselas con el cine, la radio y el fútbol y todo eso en la España escuálida de posguerra. ¡Despiadado trámite! Carlos Galván (en otro pasaje de la obra, perdón, de la novela): <<Lo peor, aunque hoy todo me produce nostalgia, era la lucha por encontrar trabajo seguido. En cafés, en círculos, en casinos, en almacenes, en patios, en cuadras, donde fuera. Y la lucha contra el peliculero, contra el fútbol, contra la radio. Lucha en la que no podíamos hacer nada, más que trabajar lo mejor que sabíamos, y en las que llevábamos las de perder, porque el público cada día se apartaba más>>. 

     El humor lo maquilla todo (o mejor: todo queda realzado por el humor). Humor que se posiciona por encima del drama siempre (o por debajo. Depende…). En todo caso es, el humor, primordial y no accesorio. 

     Botón de muestra dialogado (parlamentan Carlos Galván y su hijo Carlitos a quien él llama <<el zangolotino>> y cuyo acento es gallego):

     <<–¿De dónde vienes, hijo?

     –Ya lo sabes, de hablar con el abuelo.

     –¿Le has planteado tu idea?

     –Sí, claro.

     –¿Y qué te ha contestado?

     –Me ha dado un tantarantán que por poco me caigo por la ventana al patio.

     –Pero ¿qué ha ocurrido? ¿No se lo has explicado bien?

     –Sí. Igual que a ti.

     –¿Y no te ha comprendido?

     –Sí, yo creo que sí, que me ha comprendido muy bien, y por eso me ha dado el tantarantán.

     –Debe ser que está anticuado.

     –Eso me parece a mí>>.

     El paroxismo de la gracia, me parece, radica en el <<tantarantán>> que menciona Carlitos. Término éste que también utiliza el mamarracho de Cela en su mamarrachada superlativa: <<Viaje a la Alcarria>>. El efecto cómico en Cela no es tan pujante…

     Sólo un referente más que añadir a todo lo hasta aquí aireado: el carácter sicalíptico de algunos pasajes del texto. La psicalipsis hace de las suyas normalmente enfocada en uno de los personajes más conseguidos: Rosita del Valle (prima de Carlos Galván y tía del zangolotino a quien Carlos embauca para que se camele a Carlitos con el propósito único de que lo retenga en la compañía de cómicos y no decida éste desertar de la misma sin más. Más adelante será el propio Carlos Galván quien quede prendado de sus encantos mujeriles y hasta tendrá ocasión de experimentarlo en carne propia… O no. Apostilla: haría bien el lector incauto en no creer todo lo que le dice el narrador en primera persona. El que avisa…). 

     Otto botón de muestra, de nuevo, dialogado (parlamentan el zangolotino y Rosita del Valle. Principia el diálogo el zangolotino):

     <<–¡Ay, perdona! Perdona que te haya tropezado. No sabía que estabas tan cerca.

     –No te preocupes, hombre. Es natural que me tropieces. Estamos a oscuras.

     –¡Ya la tengo!

     –Enciende.

     (…)

     –Es que no luce.

     –Pero ¿le has dado?

     –Sí, pero debe de estar fundida.

     –O se habrá aflojado. Voy a ver.

     –¿A tientas? (…)

     –Claro, a tientas. Acércame tú una silla, también a tientas.

     (…)

     –¡Ay, perdona!

     –Hijo, ni que lo hicieras adrede. En cuanto te mueves, me tropiezas.

     –Como está oscuro…

     –Anda, pon aquí la silla.

     (…)

     –Sujétame, que voy a subir… ¡Pero sujétame a mí, no a la silla!

     –Bueno, bueno. Pero ¿por dónde te sujeto? ¿Por aquí? ¿Te sujeto por aquí?

     (…)>>. 

     Novela, en su máxima expresión (y extensión), dialogada; vamos: teatral. Novela (casi) teatro. Teatro (diríamos…) casi novela. Una delicia para el paladar del lector literario no demasiado escrupuloso, eso sí, con la moral de época. Obra maestra de la literatura de humor (o tanto monta: del humor literario). Léanla del derecho o del revés. Da radicalmente lo mismo. Cambiará, per saecula saeculorum, su perspectiva de la literatura y de otras ignominiosas entelequias.

miércoles, 15 de enero de 2014

122/ A mandíbula batiente

¡Hora era de leer algo desenfadado! ¿Por qué la literatura (casi con total exclusividad) se regodea en la tristeza, en la tragedia, en la agonía? También podría, me parece, indagar lo ridículo y lo cómico y lo extravagantemente risueño como medio de deleite. Otro gallo (llegado el caso) haría gorgoritos en ese corral de plumíferos amargados en que se ha convertido la panoplia literaria…

     ¡Milagro! Se ha muerto mamá, de Alfonso Ussía, es una deliciosa y berlanguianísima humorada… El marqués de Sotoancho (Cristián Ildefonso Laus Deo María de la Regla Ximénez de Andrada y Belvís de los Gazules, Valeria del Guadalén y Hendings) ha conquistado mis tripas. Y su madre: Cristina Victoria Jimena Belvís de los Gazules Hendings, Boisseson y Hendings. Y su hombre de confianza (el del marqués): Tomás Miranda Carretón. Y su mujer (la del marqués): Margarita Restrepo Olivares. Y su administrador (el del marqués): Alcoceba. Y su capellán (el del marqués y el de la madre que lo parió): Don Crispín…

     ¡Con los gestos y peripecias de estos personajes he reído a mandíbula batiente y desquitado, de paso, de tanto lastre melancólico-literario acumulado a lo largo de años y años y más años de infinitas lecturas “taciturnas”!

     Triviales me parecen las meteduras de pata encastilladas en las páginas 99, 100 y 157-159 (Ediciones B. Barcelona, 2007). Respectivamente, son: una incredibilidad, una apología ideológica, un hecho absurdo. Insisto: carecen de relevancia.

     Lo primordial: lo bien fabricada que está la novela y el tufillo que desprende a infaltez (estado en que vive y piensa y siente el niño-adulto) y adulancia (ídem, con los términos invertidos: el adulto-niño).

     No es Alfonsito Ussía santo de mi devoción. No. ¡Pero qué requetequetebién escribe el <<joío>>! ¿Alguien lo desmiente?