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jueves, 29 de agosto de 2024

457/ Contranatura

La secuencia de hechos es la siguiente. Uno: escucho en RNE (Radio Nacional de España) una alusión a la rocambolesca y triste historia de Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart (feministas de pro ambas, asesina y asesinada, respectivamente). Dos: indago (y leo) largo y tendido en la red de <<viuda>> (tipo de araña) que llamamos red a secas sobre el tema de marras. Tres: llega hasta mí un enlace de RNE (a mi juicio la emisora menos <<politiquilla>>) donde se puede escuchar un documental bellamente producido e interpretado a la vez que arduamente científico (salen voces acreditadas del ámbito de la Sociología y de la Psiquiatría) sobre la historia de estas dos mujeres excepcionales (en un sentido no positivo). Cuatro: en el libro <<Los secretos de la motivación>> (Ariel, 2011), de J.A. Marina, leo: <<[Para algunos psicólogos], el sujeto tiene poca iniciativa. Está sometido a ese juego casi automático de reforzadores positivos, reforzadores negativos, sistemas de extinción y respuestas correspondientes, etc. Es poco más que una máquina expendedora: si se le echa la moneda, emite la respuesta. Por eso tenían una enorme confianza en la capacidad de moldear las conductas humanas (…)>> (op.cit. Pág., 67); y más abajo: <<La inteligencia humana puede reflexionar sobre esos mecanismos [de premio y castigo], desear actuar automáticamente, aspirar a la libertad, y en consecuencia rechazar como ofensiva esa ingeniería social educativa>> (op.cit. Pág., 68). Hasta aquí los hechos objetivos. 

     De manera ineludible pienso en las sincronías junguianas tan en boga desde cuando un servidor de nadie tiene uso y disfrute de razón. Una vez más no doy crédito. Por esclarecer el fondo de la intención bloguera: el tema del presente post es una mera incertidumbre; la que recoge el interrogante: ¿Puede una señora zafia (como Aurora Rodríguez Carballeira) crear con sus eugenésicas artes un niño o una niña prodigio o, por el contrario, algo así sólo le incumbe a la naturaleza biológica del nacido sin ser éste sometido a operación ajena alguna más allá de la mera concepción?  

     Partiendo de una ca(u)salidad (la sincronía junguiana arriba mentada) arribo a una casualidad (el nacimiento de Hildegart con tales, y tantas, capacidades intelectuales y artísticas que el más ilustre quedaría aminorado). Lo juzgo mágico. Pero todo empezó el año 2003 cuando, casi imberbe yo, cayó en mis manos el libro <<Amor y pedagogía>> (Unamuno); ahí, don Miguel habla de un padre que desea fabricar un hijo perfecto desde el punto de vista intelectual y también moral. Había de conseguirlo proveyéndole (al hijo) de una educación exquisita aunque castigadora (y castradora) a más no poder. Como era de prever la empresa paterna fracasó. Igual que le aconteció a Aurora con Hildegart. Huele, me parece, a cerramiento de ciclo. Sólo anhelo que ningún otro prohombre iluminado con los haces en tonos grises de la luz de la erudición esquizofrénica (si no psicopática) haga nuevos intentos de erigirse en salvador de la especie humana. Borges, en <<Las ruinas circulares>>, escribió: <<Su victoria y su paz [la de quien se ha propuesto soñar un hombre] quedaron empañadas de hastío>>; de sangre, en el caso de Hildegart Rodríguez, matada por su madre cuando resolvió rebelarse.              

jueves, 18 de enero de 2024

440/ ADN cultural

Por extraño que parezca hay quien sostiene que la cultura (más precisamente: la <<pátina de cultura>> que cubre el cuerpo social) es inútil, superflua, baladí. Yo le compro lo de <<inútil>> y <<baladí>> en según qué circunstancias: a todos se nos ocurre algún caso <<cultural>> que exhibe tan maravillosos atributos… Yo no le compro lo de <<superflua>>; no, por una científica razón: el <<efecto Baldwin>>. 

     Este <<efecto>> se materializa en todo lo que rodea al ser humano desde que emite el primer vagido hasta el último (o sea: durante toda su existencia) y podría denominarse: <<Creencias y objetos que representan esas creencias>>. Por ejemplo: la salud, el azar, Dios… 

     El niño (la niña) crecería bajo el influjo de todo ello. Hasta aquí cualquier hijo de vecino podría aducir: <<Yo esto ya lo sabía>>. Y nosotros, en tal caso, tendríamos que congraciar con esa afirmación y agachar la cerviz e irnos por donde habíamos venido con las orejas gachas y un ánimo de perros… 

     Pero hete aquí que hay algo más; algo que pocos conocen; algo cuya mera verbalización podría llegar, incluso, a perturbar al más pintado (léase: al más versado en esta materia). Lo diré sin tapujos, y es que… <<Los niños crecen ya entre creencias y objetos que encarnan esas creencias (amuletos, danzas, historia, imágenes). Los estudiosos de la evolución consideran que la “construcción del nicho”, es decir, el revestimiento cultural de la realidad, es un mecanismo que consigue a la larga cambiar el genoma humano (…) De una manera indirecta, lo aprendido acaba influyendo en nuestro genoma>> (José Antonio Marina y Javier Rambaud. <<Biografía de la humanidad>>. Ariel. Barcelona, 2018. Pág., 69).   

     ¡La pátina de cultura que cubre el cuerpo social consigue, con el correr (y corroer) del tiempo, cambiar el <<genoma humano>>! 

     Qué, lector, cómo te has quedado… Ya…, como me quedé yo cuando lo descubrí (mejor dicho: cuando lo leí; no es lo mismo leer que ver, como no lo es ver que sentir, ni sentir que… ¡Basta!). 

     Atiéndase, por favor, al statu quo: el <<genoma humano>> modificado por la cultura. ¡¿Dónde se ha visto semejante dislate?!

     Y así podríamos seguir hasta mañana…

     Una última justificación baldwiniana: la religión. Pregunto: ¿Ha contribuido la religión (el hecho religioso) a la humanización de nuestra especie o, justo al revés, a su deshumanización?...

     En fin.

viernes, 21 de enero de 2022

368/ ¡Amén!

Hay citas que debieran grabarse a machamartillo en el imaginario del hombre. No habría que dejarlas en manos de zafios, carentes de escrúpulos, de límites éticos. Citas de este calibre no abundan. Podría parecer lo contrario. No abundan. Yo no hablo, aquí, de ideas biempensantes. ¡Vade retro, Satana! Yo hablo, aquí, del Evangelio de la Humanidad. Van, pues, más allá de la bondad. Llegan a palpar lo supra-divino. Refiero aquellas que no han sido ideadas para asombro del transeúnte sino de los mismos dioses. Sean, estos, los del Olimpo u otros. Para hallarlas no es suficiente acudir a las páginas de la Historia o a las de un libro. Hay que procurar toparse con ellas sin procurar toparse con ellas, es decir, dejando que le asalten a uno por el camino. No han sido, por lo demás, esculpidas en piedra. Ni en bronce. Ni en plata. Pero flotan en el aire de la conciencia ideal. Son citas espectaculares porque si las aplicáramos en nuestro día a día el mundo, como lo conocemos hoy, dejaría de existir. Entonces surgiría ante nuestros ojos (dichosos) un mundo nuevo. Nada que ver, por cierto, con el Nuevo Mundo…

     Ejemplo de este tipo de citas es el que sigue: 

     <<(…) Cuando los humanos se liberan de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio al diferente, es decir, consiguen los bienes necesarios, buscan la información adecuada, cultivan el pensamiento crítico y fomentan la compasión, convergen hacia situaciones que podemos considerar éticamente preferibles>>.

     Los padres de la revelación son José Antonio Marina y Javier Rambaud. Ambos autores del libro Biografía de la humanidad (Ariel), donde aquella se encastilla. 

     Y, ahora, solo me resta por decir: ¡Amén!

jueves, 23 de diciembre de 2021

367/ Las bondades del Budismo

A Pepa Delgado, budista de corazón.

A Agostina Lute, budista sin pretenderlo... 


No me cansaré de airear las bondades del Budismo. Yo no sé si acaparará o no algunas maldades en su seno. Bondades, de todo rango, sí. Y muchas. Quien no haya experimentado en su propia carne la conveniencia de, al menos, conocerlas no sabrá nunca lo que su espíritu e inteligencia se pierden. Conviene no echar en olvido la inspiración lógica (racional) del Budismo. Yo no hablo de religión. Yo hablo de filosofía. Yo hablo de filosofía de vida. No me mueve la fe sino las ideas. Todo, aquí, principia y concluye en la meditación. No existe nada en el mundo más pacífico y profundo (sabio) que la meditación. Estas son, a juicio de José Antonio Marina y de Javier Rambaud (Biografía de la humanidad. Ariel. Barcelona, 2018. Pág., 167), las razones de su existir:

     a) Liberar la mente.

     b) Poder tratar a todos con dulzura y amabilidad.

     c) Convertir la compasión en el pilar central de la concentración mental.

     d) Considerar el amor como una realidad expansiva: a todo y a todos puede (a todo y a todos debe) llegar.

     Cuatro aspectos fundamentales, por último, cultiva el Budismo:

     1. La amistad.

     2. La empatía.

     3. La eliminación sistemática de la envidia.

     4. La trascendencia, de un modo consciente, del placer y del dolor.

     Pregunto: ¿Qué tiene que suceder para que el hombre se percate de ello y lo adopte como modelo de vida?...

     Sic erat. Y namasté

viernes, 26 de noviembre de 2021

366/ El escritor, ¿un ser evolucionado?

El novelista (también el cuentista), en su trabajo diario, activa mecanismos de evolución cultural. Un riesgo conlleva esto: no acertar al decidir. La incertidumbre que deriva de la ignorancia acerca de la pertinencia, o impertinencia, de nuestras decisiones tomadas en frío o en caliente es tan antigua como la historia de la humanidad. Nadie se fustigue por ello. Nadie crea que es babieca por algo así. Si el hombre conociera, a priori, las consecuencias de sus pensamientos y actos dos extremos se extenderían por el ancho mundo: el bien y el mal sin medias tintas. O tanto monta: la perfección y la imperfección sin puntualizar. Es decir: el blanco y el negro. Pero no el gris. 

     José Antonio Marina y Javier Rimbaud defienden la idea de <<El algoritmo evolutivo>>. “La evolución de las culturas se rige por un mecanismo análogo [al de la evolución de las especies, de Darwin]. Hay una fuerza impulsora, que mueve y dirige la acción: las necesidades, deseos, expectativas y pasiones humanas; hay un mecanismo que proporciona soluciones a los problemas planteados por esos deseos; hay un sistema de selección que elige una de las soluciones y rechaza las restantes>> (Biografía de la humanidad. Ariel. Barcelona, 2018. Pág., 24). 

     Pues bien: en pos de la búsqueda de seguridad, al decidir, el pobrecito novelista (también el pobrecito cuentista) puede acabar siendo mordido por la locura. Legión son los escritores que han conocido de cerca las fauces desencajadas de esa perra rabiosa. Alguno hasta se ha defendido de ella amparándose en la fuerza. Devolvámosle, ahora, el don de la palabra a Marina y a Rimbaud: "En todos los seres humanos hay un deseo de seguridad (fuerza impulsora), que plantea el problema de cómo conseguirla. (…) Lucien Febvre estudió este deseo por el papel capital que ha jugado en la historia de las sociedades humanas. A lo largo del tiempo se han propuesto muchas soluciones: la cooperación para defenderse, la destrucción del enemigo, la organización política, los sistemas normativos, el retiro al desierto, la búsqueda interior de la pasividad, las religiones" (op. cit., Pág. 27). 

     Nada de esto le es ajeno al novelista (ni al cuentista). Borges se alió con Bioy para escribir, a cuatro manos, algunas piezas que no son lo mejor de su producción literaria (acaso sí de la de Bioy. Yo no sé): ambos cooperarían para defenderse. De qué o de quién no me es dado saberlo. Fernando Sanchez Dragó trataría de destruir, metafóricamente hablando, a Millás porque este habría expuesto una opinión contraria a la suya en materia de yo no sé qué (la destrucción del enemigo). Góngora y Quevedo representan un buen ejemplo de esto último. Las editoriales deciden qué texto debe ser publicado y qué texto no con base en criterios comerciales más que estilísticos (la organización política). El canon literario es conocido por todos pero nadie sabe justificar, con argumentos de peso, su rigidez (los sistemas normativos). El escritor, exhausto, se retira a su cubil cuando no entiende según qué cosas (el retiro al desierto). El escritor medita (la búsqueda interior de la pasividad). El escritor tiene fe en su obra (las religiones).

     Moraleja: Quien escriba refanfinflándosela todo, y todos, escribirá siempre. 

     No lo hagas (escribir), escritor amigo, para publicar. No cometas ese dislate. Que tu motivación sea otra. Y si aquella (la publicación) llega algún día, recíbela con alegría (perdón por la rima). ¡Y a otra cosa!

viernes, 26 de marzo de 2021

351/ Del gobernante (y de la guerra)

Siempre he sostenido que el conductismo no ha muerto. El premio y el castigo siguen siendo animadores o estorbadores de la acción del hombre. Debiera decir del Zóon Politikón (animal político). El tipo (me niego a aceptar, en esto, una generalidad) abunda y por ello es necesario reconocerlo a vistazo fugaz. Lo mismo acontece con el Macho Alfa. Otro espécimen, este, que prolifera en casi todas las geografías del mundo. El Zóon Politikón no es peor que el Macho Alfa. En su poder está arruinarle la vida a alguien si en ello le va algún beneficio disfrazado de altruismo. ¡Ojo! A menudo viste traje y nudo y exhibe una verborrea rayana en lo afable y en lo inefable. Le gusta sobremanera el poder. O hacer creer al otro que no le gusta nada el poder. Que, incluso, lo desprecia. En este caso suele ostentarlo (el poder) sin ostentación alguna. Es más: hasta puede llegar a renunciar a él. 

     Todo es inútil: el Zóon Politikón nunca deja de ser Zóon Politikón. En ocasiones se junta, en un solo individuo, esta doble naturaleza: la de Zóon Politikón y la de Macho Alfa. Permítanme, ahora, un consejo. Aléjense de ambos tipos cuando los vean merodear su hacienda. Créanme: no traen (ni llevan) nada bueno aunque, a vista primeriza, parezca lo contrario. 

     Esa doble (pero no noble) naturaleza de que hablo suele concurrir en los gobernantes. Sobre todo en aquellos que por alguna extraña (o no tan extraña) razón tienen seguidores a mansalva. También en las redes sociales pululan estas aves de rapiña. Y en los blogs. Y en los cenáculos periodísticos. 

     Lo dicho: tengan mucho cuidado con ellos.

     Nada prefiere más un Zóon Politikón y/o Macho Alfa que guerrear. Esto les fascina. Javier Rambaud (pues considero suyo el estilo redactor abajo mostrado, y no de J. A. Marina, coautor de la obra) escribe en Biografía de la Humanidad. Historia de la evolución de las culturas (Ariel) lo siguiente: “Hoffman propone una fórmula propia de la psicología conductista para saber si un gobernante irá a la guerra: el importe del beneficio que se espera obtener, dividido por el coste político que le va a suponer. Si el premio es grande, y el coste es pequeño, por ejemplo, porque ha conseguido movilizar emocionalmente a sus súbditos, iniciará una conflagración. Este planteamiento, que nos parece acertado, exige una aclaración: ¿Quién resulta premiado en una guerra victoriosa? No parece que sea el pueblo. Solo queda como beneficiario un personaje concreto –el soberano– o un personaje abstracto –el estado, la nación, la religión, etc.–. Es una de las paradojas de la evolución cultural que el interés de los soberanos esté con frecuencia tan separado del interés de la gente, y que se haya conseguido muy poco para evitarlo”.

     Sobran añadidos.

jueves, 18 de marzo de 2021

349/ Una aclaración búdica

Lo he pronunciado en público muchas veces: para mí el Budismo es una escuela filosófica inmejorable para no tener necesidad de ser feliz. O mejor aún: para no tener necesidad de nada en la vida. Eliminemos de la cuenta de resultados el deseo y hallaremos el balance, por fin, equilibrado. Y diremos: ya soy feliz. No estoy ironizando. Lo apunto con total rectitud: sin deseos somos inmensamente felices. José Antonio Marina atacaría de frente la frase anterior. Y concluiría: La carencia de deseos es similar a la muerte. Y yo: No, no, sin deseos se vive como un rey. Nada de muerte. Vivo y bien vivo está (y hasta colea) quien no desea más que no tener deseos. Y Marina: Pero ese ya estaría deseando algo. Y yo: No, no, con eso pasa como con la meditación budista. Meditar consiste en “pensar en no pensar”. O con el “aprender a aprender” de la pedagogía actualísima: nunca sabe uno cuándo se da de boca (para más concreción: contra las dos paletas) con el primer aprendizaje. El principio de algo (aprendizaje, meditación, felicidad) a menudo cuestiona lo sustantivado. Eso no le resta un ápice de valor. Eso contribuye a que no desaparezca de nuestro plano espiritual (el del ser humano). Y entonces Marina (con cierto hartazgo): ¡La historia de la humanidad es la historia del deseo de hombres y mujeres a lo largo de miles de millones de años! Y yo (despelucado): ¡Que no, que no, o sea: que sí, que sí, pero eso no es lo que yo estoy hablando! 

     Y así podíamos estar hasta mañana.

     Lo cierto es que el Budismo no es una escuela sino un conjunto de escuelas. Yo, sin duda, diferenciaría entre Budismo laico y Budismo religioso. El primero no obliga a formar parte de ninguna comunidad monacal. El segundo, sí, además coquetea con los ritos y acoge en su seno una jerarquía profesionalizada. Alabo el primero. Sus pilares son: bondad generalizada, compasión ilimitada, amabilidad instaurada y acrecentada. También, alegría infinita, siempre y cuando el practicante logre chafarse de las garras del deseo. Nota: excluyo de la nómina el deseo sexual. Yo solo refiero el aprendido. No el natural. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Perdón por la rima.


     Addenda. Lo anterior ha sido una aclaración in extremis. No me gustaría pasar a la historia de mis congéneres con el sambenito de lo antinatural pegado a mi espalda como lapa inmisericorde. Más al contrario: ni un solo hombre en todo el mundo se sentirá más tendente a lo natural que un servidor de nadie (salvo, pero solo quizá, en el arte). Con “natural” vengo a significar esto: aquello que cae por su propio peso. Creo que va siendo hora de naturalizar el Budismo laico, de anunciar por activa y por pasiva su belleza, su humanidad. Y, de paso, desear que el Budismo no sea pesimista sino optimista. Tremendamente optimista.

     Esto último me ha sublevado cuando en la mañana he abierto el libro Biografía de la humanidad. Historia de la evolución de las culturas (Ariel), de mi querido y admirado José Antonio Marina, por la página 217. En ella se lee: “Los `optimistas´ ideales confucianos de activa vida social y servicio a la familia y a la comunidad parecían oponerse al mensaje budista, aparentemente pesimista, de retiro de un mundo lleno de miserias (…)”.

     El subrayado de la palabra "pesimista" es mío.

     Nada más. O mejor: Namasté.

miércoles, 24 de julio de 2019

305/ Al abrigo del lenguaje

El más bello y afamado inicio de novela de la historia de la literatura es, creo, este: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que `muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo´”.
     Huelga aclarar el libro a que pertenece y el nombre del autor. 
     Leí por vez primera las líneas arriba copiadas el dos. Hoy, 24 de julio del diecinueve, me topo con lo siguiente: “Experimento esta variedad de operaciones como un dominio sobre el objeto. Me he dirigido hacia él, y `al colocar la palabra´ como una bandera, en la que está toda mi memoria lingüística, `he tomado posesión de él´, como los alpinistas de una cima” (Marina, J. A.: Teoría de la inteligencia creadora. Compactos Anagrama. Barcelona, 2006. Pág., 76). Y con esto otro: “El sujeto no tenía conciencia de los comportamientos regulados por el hemisferio izquierdo, que es el hemisferio lingüístico. En cambio, aunque la inteligencia computacional de su hemisferio derecho dirigía correctamente los comportamientos, el sujeto no era consciente de ello. `Todo sucedía como si al no poder nombrarlos, no pudiera tampoco hacerlos conscientes´” (Marina, J. A. Op. cit. Pág., 78).
     Somos mundo vertebrado por la `urbanidad´ del lenguaje. La literatura acierta de nuevo. Nadie infravalore ésta. Incurriría en necedad. 

lunes, 6 de mayo de 2019

303/ Reflexiones humanistas

Confesaré algo: no logro tomar el pulso a Immanuel Kant. Quiero decir: a la filosofía de Immanuel Kant. La inteligencia del hombre (para los feministas quisquillosos añadiré: “y de la mujer”. Olvidan, éstos, que género y sexo no son la misma vaina. ¡Bah! Que lean a Francisco Rico. Yo no soy feminista. ¡Oh, sacrílego de mí, qué digo! ¿Vendrán a buscarme los de la brigada anti-incorrección política? A mí plin. Yo soy humanista: sí a la igualdad de derechos y “obligaciones” de mujeres y hombres pero libre, sin ese, de la pancarta y de la consigna y de todo malsano proceso de ideologización. ¡A la libertad por la libertad! Lo repetiré por si hay algún despistado leyendo este texto de mi deficiente factura: ¡A la libertad por la libertad!) es lingüística. José Antonio Marina lo afirma en el libro El vuelo de la inteligencia. Yo le compro tan sugerente afirmación.
     Tengo asimiladas algunas cuestiones de la filosofía del prusiano. Refieren, éstas, modos de pensar. Lo que aquí se plantea es menos difícil que intrincado. Kant ponderaba la existencia de cuatro “pensamientos” con base en cuatro tipos de proposiciones. Uno: analítico. Dos: sintético. Tres: a priori. Y cuatro: a posteriori. El primero se produce cuando el sujeto incluye al predicado (p. ej., con cierta trampa: “Los políticos charlatanes son charlatanes políticos”). En el segundo no ocurre esto (p. ej.: “Los políticos mienten”. Aquí sin trampa). El tercero depende de la percepción (p. ej.: “Los políticos son servidores públicos”). Si transformamos el anterior ejemplo en un pensamiento a posteriori da lo siguiente, sin trampa, aunque con fino cartón: “Los políticos son servidos por el público”).
     ¿Estaré confundiendo “churras” con “merinas”?
     ¿Me habré vuelto sarcástico y, por ello, injusto de pronto?
     ¿Diré (con Marco tulio Cicerón): ¡Oh, tempora, Oh, mores!?
     Continuará… O no.      

lunes, 21 de enero de 2019

298/ Libertad apetecida

Corren tiempos convulsos. Hoy es mejor definirse. Toda definición engendra cierta falta de libertad. Pregunto: ¿elegir conlleva dependencia? Y todavía: ¿la ley hace hombres libres o cautivos? La respuesta a estos interrogantes se me antoja compleja. 
     John Locke ha escrito: “La finalidad de la ley no es abolir o restringir, sino defender y ampliar la libertad; (…) cuando no hay ley, no hay libertad. Pues la libertad debe estar exenta de coacción y de violencia por parte de otros, lo que no puede conseguirse si no hay ley. (…) La libertad no es (…) la facultad de todo hombre de hacer lo que le place”. (The Second Treatise of Civil Government, 1690).
     El texto de Locke arriba copiado hace aguas. La libertad no es ideal sino real (más o menos posible. Más o menos viable o inviable). También tiene cara be: la de matar, robar, insultar. Estas tres acciones (libres todas) quebrantan normas: penales, civiles y de urbanidad, respectivamente. 
     A mi juicio la Ética no es elemento indispensable de la libertad. La Ética es elemento indispensable de la libertad no lesiva (esa que yo alabo y la mayoría alaba).
     Uno que otro filósofo enuncia que el niño aprende a ser libre obedeciendo (sin reservas: Marina dixit). Perplejo estoy. A colación de esto viene todo lo anterior.
     El color del mundo dependerá de la lija con la que se lije. 

miércoles, 8 de abril de 2015

180/ En el nombre del viento...

A mis maestros queridos.

Hay una sensibilidad especial entre alumno y maestro (¿no es sensible, acaso, la educación?). José Antonio Marina llama “alumhijos” a sus alumnos. En Los secretos de la motivación. Yo no sé si habría que llegar a tanto. No hay que llegar a tanto. Tampoco quedarse cortos. Antiguamente el maestro era la viva encarnación de Satanás y el alumno un Ángel Custodio. Yo no sé si había que llegar a tanto. No había que llegarse a tanto. La educación es felicidad. Y libertad. Y paz. José González Torices (mi gratitud, José) ha escrito: “Yo te bendigo/ en el nombre del viento,/ por el nombre mío.// Si vives tu libertad,/ yo te bendigo./ Si en la guerra pones paz,/ yo te bendigo./ Si luchas para cantar,/ yo te bendigo./ Si tu guerra es para amar,/ yo te bendigo.// Te bendice tu maestro/ que ayer te enseñó a soñar”. Solo discrepo de lo último. Un maestro no enseña a soñar. Un maestro pone los medios para que el sueño se realice. Algunos medios. No todos. El remanente (casi la totalidad) de tan fantástico poema lo hago mío. Como mío hago a aquel maestro de la Lengua de la mariposas que tan maravillosamente encarnara Fernando Fernán Gómez. O aquel otro que pisó Baeza y escribió sobre moscas. Y otros (míos de verdad), que tanto y por tan poco me ayudaron a ser feliz: sor María Luísa, sor Isabel, Evaristo, Laura, Lisardo... La educación es felicidad. Es libertad. Es paz. Buda quiera que ningún niño tenga jamás que interrumpir su educación para ir a la escuela. Lo hizo (lo escribió) George Bernard Shaw. Yo le compadezco.