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lunes, 14 de julio de 2025

481/ Los amantes de Varsovia

Afirmar que el tercer Reich fue un Estado perverso es de Perogrullo. El mundo, por merecido machaque, lo sabe. Lo que, quizá, no sabe el mundo (o parte del mundo) es la <<increíble y triste historia>> de los <<cándidos>> amantes de Varsovia. Así la bautizo yo. Sencilla. Novelera. Dramática. Demasiado dramática… 

     Darcy O´Brien, autor de unos de los mejores libros que he leído nunca (El Papa oculto), ha escrito:

     <<Los alemanes tomaron el control de inmediato y se erigieron en amos de los esclavos polacos, cuya categoría más baja quedaba reservada a los judíos. De un plumazo, Polonia se había convertido no sólo en un país ocupado sino en una nación de siervos. Antes esta realidad, Wiktor tomó una decisión>>.

     La decisión que tomó Wiktor, dentro de su connatural horror, exige gran valentía del decisor. Sobre este punto existe una controversia universal. Yo milito en el equipo de aquéllos que tildan de valiente uno de los actos más humanos que existen sobre la faz de la Tierra. Huelga aclarar que mi juicio carece de estímulo religioso (que no espiritual). Empatizo con aquellos otros que militan en el equipo opuesto. Cabría preguntarse, por lo demás, qué entiende uno (qué entiendes tú, lector) por religión. ¡Pero esto sería harina de otro costal!

     De nuevo Darcy O´Brien (prolongación del anterior pasaje):

     <<Sabía [Wiktor] muy bien lo que habría de ocurrirle a él y a la mujer que amaba. Según las leyes del Reich, el hecho de que él y la condesa fueran amantes los convertía en criminales. Ambos serían declarados culpables de violar el edicto que prohibía las relaciones sexuales entre personas de distintas razas, proscripción que expresaba perfectamente la perversión que la inspiraba y que, como el cascabel de una serpiente, anunciaba la muerte. Wiktor no quería separarse de su amada, pero sabía que seguir a su lado significaría condenarla sin remedio>>.

     ¿Qué hace un hombre enamorado en un quilombo como este (ídem, una mujer)?

     Continúa O´Brien (segunda prolongación del pasaje primero):

     <<Los sirvientes encontraron su cuerpo; su mano empuñaba una pistola. Cuando la condesa se enteró de que Wiktor estaba muerto se arrojó a la calle desde la ventana de un quinto piso>>.

     Poner puertas al campo: aterrador. Labor ésta que, a mi juicio, acometieron los nazis. Lucharon contra la naturaleza. Contra la raza. Contra la cultura. Cultura, raza, naturaleza judías (se sobrentiende); o sea: contra todo lo que no se ajustara a sus parámetros de perfección y belleza arias. 

     Llamar cobarde al suicida es una contradicción en sí misma. Cuando el nivel de sufrimiento humano sobrepasa los límites de la psicología emerge, como impulsada por un resorte engarrotado y siniestro, la valentía del hombre (de la mujer). Lo cobarde sería seguir padeciendo sine die tormento por miedo a la <<caída final>>. Una cobardía, es claro, legítima. Humanísima. Una cobardía, quizá, preferible a la postrera valentía.           

martes, 3 de junio de 2025

478/ El Otro, Yo

Había olvidado cómo escribía Benedetti. Craso error. Digo: porque es difícil, hoy, toparse con una pluma al par tan sensible y comprometida como la de Mario; sensible pero revolucionaria (ay); comprometida pero amorosa (¡ufa!). El compromiso no suele ir acompañado de dócil ternura ni, menos aún, anhelo de moderación. El caso de Benedetti es diferente. Duro él, en su análisis de la personalidad humana (con todo lo que ello conlleva: biología, aprendizaje, susceptibilidad al influjo externo y ajeno…); flojo, por empático exacerbado, a la hora de escuchar activamente al prójimo. Hablo de Benedetti; podría hablar de los personajes protagonistas de las novelas de Benedetti. Habría, ahí, una fusión.

     Mario escribió: <<(…) tipos como yo mismo, desacomodado en mi apellido porque reniego de toda la inmundicia que hoy lleva implícito el nombre Budiño; desacomodado en mi clase porque mi bienestar económico me duele como una culpa, como una mala  conciencia (…) desacomodado en mis creencias, sobre todo políticas, porque extraigo mis recursos de un sistema de vida totalmente opuesto al que prefiero; desacomodado en mis relaciones, porque quienes participan de mi nivel social me consideran poco menos que un bellaco, y quienes participan de mis creencias políticas me consideran poros menos que un tránsfuga; desacomodado en mis sentimientos, en mi vida sexual, porque he conocido la plenitud y desde entonces soy consciente de que lo demás es un pobre sucedáneo; desacomodado en mi profesión, porque el malón de turistas y candidatos a tales, me apabulla con su grosería, con sus contrabandos, con su guaranguería esencial, con su gloriosa estafita, con su obsesión de rebaja, con su alma de picnic; desacomodado frente a mi memoria, porque las buenas cosas que anunció mi infancia, las protecciones, las esperanzas, las osadías, se han quedado todas en el camino, y el recordar se me vuelve así un mero registro de frustraciones>> (Gracias por el fuego. RBA Editores. Barcelona, 1993. Págs., 169-170).

     Antes (refiriéndome a la simbiosis entre autor y personaje) he dicho: <<Habría, ahí, una fusión>>. Ahora, en cambio, digo: Hay, aquí, una escisión; escisión entre el compromiso social y político de Mario y la falta del mismo que atesora Ramón Budiño (protagonista de la novela mentada). Pero regresaré a lo anterior: mucha consonancia hay, me parece, entre Budiño y Benedetti; quizá no tanto en lo relativo al compromiso social; pero sí en lo concerniente a la sensibilidad personal y a esa bondad de fondo que tanto rubricaba cada palabra y cada gesto del de Paso de los Toros (Uruguay). Muy por encima, esto último, de lo primero.

     Las palabras de Budiño son las de un suicida. Tema éste, el suicidio, abordado por Benedetti en Gracias por el fuego; marginalmente abordado. O, a lo mejor, no tanto. Porque tal es el destino definitivo del personaje Ramón Budiño. A veces, el colofón de una vida fotografía esa misma vida en todo su despliegue de apogeo, jolgorio y caída. El suicida tiene razones que el vitalista no entiende. Esto, es claro, suponiendo que un suicida tenga vetada la magnánima posibilidad de ser vitalista (no está probado).

     Había olvidado cómo escribía Mario Benedetti. Ahora ya lo recuerdo. Ahora, mal que bien, repasaré ex professo el libro de estilo <<benedettiano>> para que la desmemoria no vuelva a aniquilar las cátedras del maestro.

miércoles, 26 de abril de 2023

410/ Poema anti-suicidio

Algo se le recompone a uno dentro cuando se topa con una preciosidad literaria. Es así. ¡Palabra! No cabe, pues, vuelta de hoja con este asunto. La recomposición de que hablo estaría relacionada con la felicidad (aunque el texto de que se trata no abunde en felicidades, digamos, plenas). Da lo mismo. Esta vez la felicidad se ha manifestado en forma de confirmación. Que la literatura sirve para algo. Que la creación literaria (para el caso: de Rafael Guillén) no ha sido en balde. Que las líneas que conforman el texto que a uno le ha procurado el eterno zamarreo interior esconden posibilidades de vida aún no vivida tan estimulantes como hacederas. No hay nada, pues, que la imaginación bien cimentada no pueda abarcar… 

    Rafael Guillén habría creado uno de los momentos que Rosa Montero llama <<oceánicos>> en su libro <<El peligro de estar cuerda>> (Seix Barral). Es decir: momentos de iluminación total (en japonés: satori). Sin embargo el poema de Guillén a mí me transporta a un instante menos rígido situado entre la pura felicidad y la negación no menos pura de la felicidad. Pero yo insisto: momento no rígido sino fluctuante sería el que atesora el poema de R. Guillén. Su satori fluctuaría entre un hito (lo feliz sentido) y otro (lo infeliz en sombra). O sea: la doble cara de la luna. Celebro que Montero saque a relucir el lado lumínico del poema-luna encendida de R. Guillén. Por siempre lo celebro. Mi insano criticismo me impide hacer lo propio (fijarme solo en uno de los lados de la luna). ¡Fuera intransigencia! El poema de Guillén debería ser leído, creo, por todo quisque. Yo lo he extraído, sin piedad, del libro de Rosa Montero más arriba mentado. Lo transcribiré, ahora, para disfrute del lector de esta bitácora. Dice así:

     

     SER UN INSTANTE


     La certidumbre llega como un deslumbramiento.

     Se existe por instantes de luz. O de tiniebla.

     Lo demás son las horas, los telones de fondo,

     el gris para el contraste. Lo demás es la nada.


     Es un momento. El cuerpo se deshabita y deja

     de ser la transparencia con que se ve a sí mismo.

     Se incorpora a las cosas; se hace materia ajena

     y podemos sentirlo desde un lugar remoto.


     Yo recuerdo un instante en que París caía

     sobre mí con el peso de una estrella apagada.

     Recuerdo aquella lluvia total. París es triste.

     Todo lo bello es triste mientras exista el tiempo.


     Vivir es detenerse con el pie levantado,

     es perder un peldaño, es ganar un segundo.

     Cuando se mira un río pasar, no se ve el agua.

     Vivir es ver el agua; detener su relieve.


     Mi vagar se acodaba sobre el pretil de hierro

     del Pont des Arts. De súbito, centelleó la vida.

     Sobre el Sena llovía, y el agua, acribillada,

     se hizo piedra, ceniza de endurecida lava.


     Nada altera su orden. Es tan solo un latido

     del ser que, por sorpresa, llega a ser perceptible.

     Y se siente por dentro lo compacto del hierro,

     Y somos la mirada misma que nos traspasa.


     La lucidez elige momentos imprevistos.

     Como cuando en la sala de proyección, un fallo

     interrumpe la acción, deja una foto fija.

     Al pronto el ritmo sigue. Y sigue el hundimiento.


     La pesada silueta del Louvre no se cuadraba

     en el espacio. Estaba instalada en alguna

     parte de mí, era un trozo de esa total conciencia

     que hendía con su rayo la certeza absoluta.


     Ser un instante. Verse inmerso entre otras cosas

     que son. Después no hay nada. Después el universo

     prosigue en el vacío su muerte giratoria.

     Pero por un momento se detiene, viviendo.


     Recuerdo que llovía sobre París. Los árboles

     también eran eternos en la orilla. Al segundo,

     las aguas reanudaron su curso y yo, de nuevo,

     las miraba sin verlas, perderse bajo el puente. 

                

     Qué habría ido a hacer al Pont des Arts el sujeto poético es algo que el lector de Rosa Montero ignora pero intuye. <<Aguanta un día más>>, escribe Montero en <<El peligro de estar cuerda>>, porque la vida siempre vive. 

     Recuérdelo quien esté macerándolo…  

miércoles, 21 de septiembre de 2022

382/ La Estepa "numantina"

Andalucía es tierra de valientes. Y Estepa es tierra de corajudos. Romperé una lanza en favor del sacrificio colectivo (nadie se escandalice: lo haré exclusivamente en un contexto legendario. Creo que el suicidio hay que combatirlo con apoyo psicológico y con ternura y con compasión y comprensión y sin estigmatizar a quien, fatalmente, lo lleve a efecto. El sufrimiento, mal que nos pese, a veces supera el umbral humano de tolerancia al dolor). Espero no se me malinterprete. Ahí va mi lanza rota: juzgo acto de valentía (no de cobardía) la auto-aniquilación de una sociedad para evitar ser sometida por sus invasores. Refiero el archiconocido caso de Numancia pero, también, los muy poco o nada conocidos de Calahorra y Estepa. Lástima que las tres gestas hayan sido empañadas por una realidad machacona: el interés de salvapatrias que le iba en ello al Régimen del enano, con voz de castrado, del Pardo. Grandemente convenía al Generalucho y sus secuaces extender la versión heroica de lo sucedido en vez de hacer lo propio con la otra (la vulgar): que estas sociedades fueron pasadas a cuchillo, mordieron el polvo, hincaron las rodillas en tierra y pidieron a gritos clemencia sin que esta les fuera concedida. Tal es la versión del historiador Apiano. La otra, la heroica, es la de Floro y Orosio. 

     Lean, si no, lo que sigue: “A los lectores que peinan canas (…) les resulta familiar el nombre de Sagunto y lo asocian al de Numancia, otra ciudad cuya población prefirió suicidarse en masa antes que rendirse a los romanos en -133. Entrambas gestas se mitificaron en nuestros libros de texto en los primeros tiempos de Franco, cuando el Régimen dio muestras de exacerbado nacionalismo y son hoy lugares comunes y gloriosos monumentos de la fidelidad hispánica y de la fiereza indomable del pueblo español. Como para muestra valía un botón solo se promocionó la imagen heroica de esos dos poblaciones, con olvido de otras que la igualaron y hasta las superaron. Por ejemplo, los habitantes de Astapa, hoy Estepa, (…) también prefirieron destruir la ciudad y suicidarse en masa antes que rendirla a Roma. la admirable hazaña de la Numancia celtíbera, cuyos defensores llegaron a alimentarse con carne humana, fue incluso superada en Calagurris, hoy Calahorra, donde además salaron la carne humana para comerla acecinada” (Juan Eslava Galán: <<Historia de España contada para escépticos>>. Planeta. Barcelona, 2021. Pág., 66).

     Imaginaré, ahora, que la versión verdadera de lo que sucedió en los tres parajes mentados es la heroica. Pasar el Rubicón del suicidio no está al alcance de cualquiera. Hace falta tener redaños para detener un mercancías nocturno y tan lóbrego como ese, lanzado ya, y con el solo cuerpo. O como acaso dirían los taurinos viejos: <<A puerta gayola>> (y sin pistola, añado yo). Adentrarse sin temblequeo en lo más recóndito puede ser un error pero no un mero acto de cobardía. ¿Qué razón habrá llevado a los historiadores, a los <<tertuliasnos>> (tomado de Dragó), a los politicastros de variado pelaje a ningunear unos hechos tan conmovedores como legendarios? ¿Merecen la sin par Andalucía y La Rioja menos cuota de heroicidad que Castilla y León? ¿Hay maledicencia en ese <<injustificado olvido>>? ¿La charanga y pandereta andaluzas no pueden congraciarse con el valor y el coraje humanos? ¿De verdad que no pueden? La reciedumbre castellana es harto conocida. ¿Y el <<quejío>> andaluz? ¿No es este, de sobra, viajado? El <<duende>> engendra el <<quejío>>. Sin duende, por lo demás, una sociedad estará abocada al vacío existencial. El <<duende>> es el responsable de la bravura del flamenco. Y no habrá flamenco cobarde sin menosprecio de su raza. Digamos las verdades descamisadas. Una, por ejemplo, es esta: que no todos los andaluces son flamencos. Sepa esto el mundo de una <<puñetera>> vez. Y otra: que no todos los valientes son patrióticos. La tercera en discordia es que para ser valiente, primero, hay que frecuentar el miedo. El resto son pamplinas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

207/ Haraquiri

El haraquiri es el ritual japonés del suicidio. Forma parte éste del bushido. El bushido es el código ético sumarái. Un corte abdominal de izquierda a derecha con una trayectoria final, vertical, sustentan el primero. Es entonces cuando se produce el desentrañamiento. Desentrañar: averiguar lo oculto. Otra acepción es la que sigue: desapropiarse uno de cuanto posee. Vale. Pero, ¿cómo? Muy sencillo: entregándoselo a otro en señal de esplendidez y de apego. Así la literatura. Ésta conlleva desapropiación y desentrañamiento del escritor que, además, en el decurso de su obra averigua quién es. Él (o ella) muestra los mondongos (léase: las tripas) desembarazadamente. Quiero decir: sin temor a habladurías. Tampoco a malignidades del tipo que sea. Ajeno a la mezquindad, a la frivolidad, a la fealdad. Y sin perjuicio (¡eso nunca!) de su imaginación. Hacer literatura (libre ésta) significa rajarse el abdomen y dejar que broten, a borbotones, las palabras. ¿La nobleza? En el centro. ¿El honor? En el extrarradio. ¿La mirada? En el hoy. ¿Los puños? En el ahora. ¿Los dientes? Apretados. Hacer literatura es enfrentarse, en batalla mortal, a la vida y a uno mismo. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

202/ Andando, andando...

Hay veces en la vida que uno no sabe qué camino tomar. Si este de aquí o aquel de allí. Si el que tuerce a izquierda o a derecha. Si el que continúa o retrocede. Que se elija uno u otro puede llegar a resultar indiferente. También crucial. ¿Quién lo sabe? Lo mejor, creo, sería dejarse llevar por la inercia aconsejadora. Y andariega. Una inercia, claro, instintiva. Nada de pensares. Nada de sentires. Solo instinto. 
      El camino por que lleva y trae el instinto es aventurero. Lo es siempre. Y molestoso. No hay acto instintivo que no sea molestoso (implica irreflexión, que implica riesgo, que implica indefensión ante cualquier eventualidad) y aventurero (¿acaso no es una extraordinaria aventura no saber a dónde dirige uno la punta de sus zapatos?). 
      Hay quien afirma que el instinto es fuente de conocimiento. Esto antes no se sostenía. Y se refutaba. El individuo instintivo tenía su igual en el tonto de capirote. Ahora, no. Ahora el instintivo no solo pasa por inteligente, por sabio, sino también por sensato. Seria aquel que no se arrodilla ante el análisis y posibles cauces de búsqueda de la seguridad y claridad de la incertidumbre. Por compleja que ésta, la búsqueda, sea. Aquel que hace suya la causa del aquí y ahora y no del allí y después. Luego está el instintivo de boquilla. Espécimen que lo pasa realmente mal. Demasiado sufre. Hace, justo, lo que instintivamente no piensa. Y hacer lo que instintivamente no se piensa equivale a no ser quien se es. Sino otro. Y aquí llegamos ya al juego de las identidades. Uno de mis favoritos. 
      Escribió Juan Ramón:

“Yo no soy yo.
Soy éste
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.”  
       
      Me pregunto: ¿seré yo quien escribe este post? ¿Será otro? Ni yo, que lo escribo, lo sé. De modo que no tenga el lector la tentación de averiguarlo. Eso, de todo punto, resultaría inútil. 
      Escribo sin saber bien qué camino tomar. ¿Dejado llevar por mi instinto? Estoy en este (en este camino) y no en otro. Eso es lo importante. Camino que conecta con otros caminos no menos frecuentados por otros instintos de otros individuos. Instintos que también se preguntaron: ¿qué camino sigo? Y se respondieron: ¡este mismamente! Y comprobaron que ese mismamente rozaba, si no tocaba de lleno, este otro que aquí y ahora tomo yo. Esa red de caminos que se tocan es, me parece, la vida. Y la literatura, ¡faltaría más!, no puede ser ajena a ella. Hay que dejar que la vida (que la literatura) camine hacia donde su instinto la lleve. Él es sabio. Y, por serlo, no la va a dejar en la estacada de la Nada. O sí. Ahí está el controvertido asunto del suicidio. En fin. 
      Un extracto de Alicia en el país de las maravillas dice:
      “–¿Querría usted indicarme qué camino debo tomar para salir de aquí?
      –Eso depende en gran medida del lugar a donde quiera ir –respondió el gato.
      –No me preocupa mayormente el lugar…–dijo Alicia.
      –En ese caso poco importa el camino –declaró el gato.
      –…con tal de llegar a alguna parte –añadió Alicia a modo de explicación.
      –¡Oh! –dijo el gato–. Puede usted estar segura de llegar si camina durante un tiempo lo suficientemente largo”.
      Y Juan Ramón (a quien no me canso de citar) dejó escrito, y muy bien escrito, lo que sigue:
      
“Andando, andando;
      que quiero oír cada grano
      de la arena que voy pisando”.
      
      Pues eso. ¡Será por granos!   
      
      

martes, 4 de septiembre de 2012

20/ Norma Jeane

Me habría complacido frecuentar a Norma Jeane Baker. Destapar lo que su careta actoral encubría. No fue ella venturosa. Mucho (demasiado) coqueteó con Freud. Padeció a James Douhgherty, a Joe Dimaggio, a Arthur Miller. Anheló amor y halló sólo sexo. Su psicoanalista infirió, de ello, un comportamiento autodestructivo. Norma Jeane lloró al par que rió. Norma Jean ambuló más que se aquietó. 

     Con el correr del tiempo arribarían los espaldarazos profesionales. Prematuramente codició morir para fintar la decrepitud. Lo lograría el año 1962. Kennedy y su proxeneta alentarían el fatal final. No está claro del todo. A la sombra de ese misterio reverbera el mito. 

     Yo me habría prendado de Norma Jeane Baker de no encarnar, ella, a Marilyn Monroe. Marilyn seducía; Norma Jean, conjeturo, enamoraba. Marilyn excitaba; Norma Jeane, conjeturo, inspiraba.

     Entrego, ahora y aquí, mi palabra.

     Sólo es intuición. No doy fe.


     Requiescat in pace.