miércoles, 27 de enero de 2016

218/ Las fuentes

¡EJEM!

Pasaje del cuento de Rudyard Kipling cuyo título reza: Sin pasar por la vicaría… 
     “La madre bajó las escaleras arrastrando los pies y, en su ansia por hacer acopio de los enseres domésticos, se olvidó de llorar su pérdida. Holden se quedó junto a Amira mientras la lluvia golpeaba en el tejado. El ruido le impedía pensar con claridad, por más que lo intentaba. Cuatro fantasmas con sábanas blancas entraron en la habitación, chorreando, y lo miraron fijamente a través de sus velos. Eran los encargados de lavar a los difuntos. Holden salió de allí y fue en busca de su caballo. Reinaba en el exterior una calma asfixiante y muerta, y Holden se hundía en el barro hasta lo tobillos. El jardín se había convertido en una charca azotada por la lluvia y repleta de ranas; un torrente de agua amarilla corría por debajo del portón, y el viento rugía, disparando la lluvia como perdigones contra las paredes de adobe. Pir Jan tiritaba en su cabaña, junto al portón, y el caballo no paraba de piafar con inquietud bajo el aguacero”.
     Instintivamente he pensado, al leerlo, en Gabriel García Márquez. En su estilo. La lluvia golpeando el tejado. La calma asfixiante y muerta de la calle. El jardín convertido en charca. Las ranas de esa charca. El caudal de agua amarilla corriendo bajo el portón. La lluvia o un arsenal de granos de plomo que impactan contra paredes de adobe. 
     Pregunto: ¿bebería el colombiano del británico? ¿O, como sostiene Borges en alguno de sus ensayos (me refiero a la idea, y no al de Bombay, y no al de Aracataca), justificaría Márquez el advenimiento de Kipling?
     ¡Ejem!    

miércoles, 20 de enero de 2016

217/ Complacido `youtubevidente´

Ayer visioné en YouTube un video de un programa (en diferido éste) sobre libros, cuyo nombre (el del programa) recuerdo pero no desvelaré (para evitar enojosos encasillamientos), que me satisfizo indeciblemente. Mi deleite lo justifica el hecho de que vi y escuché (no sé si por vez primera. Creo yo que no...) a mi querido Mario Benedetti. 79 años. Entonces tenía 79 años y su verbo me pareció el de cualquier inédito aficionado (exento, el mismo, de fama y de pompa) a la literatura: sencillas sus palabras y sus ideas. Lo cual puede (todo es posible en la viña de Buda) confundir al lector potencial (no al habitual) de super Mario Be. Digo esto porque su obra (familiar donde las haya) goza de una altura rayana en la estratosfera de las letras. Llaneza y calidad no están reñidas.
     En el segundo acto de este "episodio" no menos vi y escuché a Laura Esquivel: educadora y escritora y autora de Como agua para chocolate. Me deslumbró. Su lenguaje (endulzado con unos rasgos faciales afables) lo juzgué delicioso. Sus ideas me reconfortaron por una cuestión de gusto personal por la incorrección política. El conductor del programa (quede oculto su nombre de pila) supo meter el dedo en la llaga de quien, llagado, saltó sin parar pies en el reparo ni en el recato. Y le salió bien. 
     En resolución: me fui a acostar más feliz que un ocho. Sabiendo algo nuevo. Con el globo sonda de la motivación inflado. Y con el sosiego que aporta un afín (o una afín) en el alma cuando a éste (o a ésta) se le escucha. Vanamente convencido de que escribir sirve y de que leer (esto sin falta de sustancia alguna) sirve más.
     Si anoche no soñé fue porque todos mis sueños se deslizaron ante mí a medida que iba visualizando el programa de marras... 
     Vamos, que soñé despierto.

miércoles, 13 de enero de 2016

216/ La vocación literaria

Este poema (mejor: estas palabras) de Borges son cuatro agujas de coser (una por estrofa) clavadas en el puro centro de la conciencia del poeta…

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido 
feliz. Que los glaciares del olvido 
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego 
arriesgado y hermoso de la vida, 
para la tierra, el agua, el aire, el fuego. 
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente 
se aplicó a las simétricas porfías 
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente. 
No me abandona. Siempre está a mi lado 
La sombra de haber sido un desdichado.

     Armónico. Patético. Estrambótico. Lo primero porque forma y enlaza los acordes de la vida del hombre (cualquier hombre) que se digne escribir. Lo segundo porque inocula en el lector el dolor y la melancolía de una verdad íntima y oculta. Lo tercero porque cursa con creces la extravagancia derivada de airear lo que todos (quiero decir: todos los escritores) sabemos y ninguno se atreve a hacer público y notorio.
     Su título: El remordimiento
     ¡Qué lástima de mi Jorge! ¡Lo bien que sufrió para escribir, si cabe, mejor! La vocación es un látigo: sirve, éste, para ahuyentar las fieras del subconsciente y para azotar el propio lomo o el suyo al prójimo.
     ¡Córcholis y re-córcholis: siempre la musa jodiendo la marrana! 

viernes, 8 de enero de 2016

215/ Término medio

Uno lee a Kipling y entiende el significado pleno del verbo “narrar”. La gracia del nacido en Bombay el año 1865 (en 1936 Londres le vio morir) estribaba en que escribía de modo que al lector le resulta imposible dejar de leer aún proponiéndoselo. Una virtud, ésta, como cualquier otra. Una virtud, ésta, menos extendida que cualquier otra. Pocos son lo que pueden presumir de ella. Cada día comparto menos (me siento menos afín a) la idiosincrasia de esos individuos con espíritu barroco que no hacen nada distinto de marear la perdiz para descerrajarle en el buche un perdigonazo de aire comprimido y dejar, al fin, que huya campo través. ¿A qué tanta complejidad? ¿A qué, dado que para no decir nada (o decir poco) basta con hacer mutis por el foro, darse vuelta y tomar las de Villadiego sin mirar atrás?
     Yo fui barroco. Lo confieso. Ya no lo soy. O mejor: procuro no serlo. Hay un entretejido entre el qué y el cómo que no puede (no debe) pasar desapercibido ni para el escritor ni para el lector. Obviamente el primero es responsable en tanto que el segundo no lo es. ¡Faltaría más! Al segundo, caso de verse inmerso en una selva de retruécanos y subordinadas laberínticas, le es forzoso (machete en mano) desbrozar el camino hacia el entendimiento textual. ¿A qué obligarlo tanto? No, hombre, no. Decía Juan Ramón que la perfección es patrimonio de la sencillez y de la espontaneidad (no sé si yerro la cita: cito de memoria). Yo también lo creo. Con una apostilla: que espontaneidad y automatismo psíquico son distinta cosa. La diferencia entre ambos es la misma que existe entre el mejor poeta de todos los tiempos y André Bretón.
     Uno lee los Relatos de Kipling y se sabe presa irredimible de una historia. Cautivo en ella. En lo que se narra. No tanto en cómo se narra. La forma es importante, sí. Pero el contenido, repárese en ello, no lo es menos. Yo no sé qué ventolera les da a algunos de acudir a un extremo (el de la forma) y otros a otro extremo (el del fondo) sin parar mientes, ni pies, en el medio. ¿Radicará, ahí, la virtud? Cosa distinta es preconizar lo barroco con elementos simples o lo clásico con elementos complejos. ¡Pero esto nadie lo hace! ¿Por qué? ¿Demasiado esfuerzo para tan poca recompensa? Kipling sí lo hizo cuando dio forma y fondo a La puerta de las Cien Penas, Transgresión y En la casa de Suddhoo, tres de sus mejores narraciones cortas. Reproduzcan su ejemplo. 

martes, 5 de enero de 2016

214/ Del genio

Juan Ramón Jiménez. Y Federico García Lorca. Y Gabriel García Márquez. Y Jorge Luis Borges. Y Wolfgang Amadeus Mozart. Y Ludwig van Beethoven. Y Antonio Vivaldi. Y Diego Velázquez. También Edvard Munch. Tres poetas, un novelista, tres músicos y dos pintores: los artistas (muertos todos, ay) que más admiro. 
     Hoy hablaré de Mozart. 
     Peter Gay (biógrafo del genio de Salzburgo) ha levantado la liebre. Leo su obra Mozart. Fantástica, por lo demás, biografía. Es concisa y es precisa. Sin divagaciones inútiles. Sin adornos ostentosos. Con frases cortas y, acaso por esto, certeras.
     Pero en este capitulillo de Sopitipandos no voy a comentar el mentado libro de Gay. Quiero, eso sí, dedicar unas palabras al mejor ejecutor de fraseología musical de la historia: Amadeus Mozart. Con todos los géneros se atrevió el pavo. Esto hay que alabarlo. Innovó. Lo hizo, por cierto, a una velocidad portentosa cuya concepción escapa a la razón humana. Hay quien pone en tela de juicio esto. Para Peter Gay el genial austríaco era capaz de escribir una compleja pieza armónica en una sola jornada.
     Permitámosle que se exprese: “No es posible verificar al cien por cien la anécdota de que compuso la portentosa aventura de Don Giovanni la noche de la víspera del estreno, pero es cierto que semejante hazaña no excede la capacidad que tenía Mozart. Dicho de otro modo, el flujo de su inspiración musical rara vez manaba si no era con velocidad y en abundancia. Y en caso de extrema necesidad era capaz de poner en juego su poderío por medio de esfuerzos excepcionales. Durante el otoño de 1783, cuando fue a visitar a unos viejos amigos a la ciudad austriaca de Linz, decidió bruscamente ofrecer una actuación académica el 4 de noviembre. Tal como le dijo a su padre el 31 de octubre, a cuatro días del concierto, descubrió que no se había llevado una sinfonía. De ahí que se viera impelido a componer `una nueva a una velocidad de vértigo, que habrá de estar lista para entonces´”.
     El párrafo anterior no debe llevar a nadie a engaño. El maestro corregía. Y mucho. Conclusión a que llegan quienes han tenido la oportunidad de indagar sus partituras autógrafas. Hay, en ellas, tachones y anotaciones y…
     Y no diré más.
     Acuda, quien lo desee, a la biografía aquí hitada (es ésta ya, no en vano, propiedad pública: hace dieciséis años que dejó de ser privada). O, mejor, recurra a la música del super-músico de Salzburgo y déjese envolver por el sonido de las melodías (y el difícil arte del contrapunto) más bellas jamás creadas por el hombre. 
     ¿Rock? ¿Pop? ¿Música latina? ¡Zarandajas! Donde se ponga una sinfonía o un concierto mozartiano…