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lunes, 23 de agosto de 2021

359/ "Intemperie"

Describir con palabras la emoción que siento cuando me doy de bruces con una obra maestra de la literatura no es hacedero. Si esa obra maestra ha sido fabricada por un escritor joven (41 años por aquellos días) entonces lo juzgo, ya, inverosímil. No hay más que ver cómo escriben, hoy, esos especímenes poco añosos (risas). Lo sé, lo sé, los hay hiper-premiados. A veces proliferan rosas rojas en un trigal. Voy, con todo, a tratar de describir la emoción de que hablo. Ahí va: una efervescencia genérica acompañada de deseos de gritar a toda la chusma: ¡Todavía quedan en el mundo escritores geniales! (No conozco otra sensación igual. Lástima que solo se manifieste de tarde en tarde). Habría que apresar y encerrar a estos autores en un paraíso, con todas las comodidades habidas y por haber, para que no renunciaran jamás a escribir lo que tan acertadamente escriben: sutilezas. Y no esas creaciones del populacho. A saber: mediocridades que, con un poco de suerte, pasarán por piezas sin par. Editores y publicistas tendrán algo que decir al respecto. Permíteme, lector, un consejo: no pierdas nunca la perspectiva, piensa y experimenta por ti mismo, y que te la repampinfle las cátedras que sienten los demás. Incluida la mía. Bucea en textos y extrae tus propias conclusiones sin recurrir a nadie con poder de modificar tu visión de las cosas. Tú decides cuándo cambias de opinión. Una finalista del Premio Planeta no debería permitirse una sola página mediocre. ¡Basta! Hay que denunciar este rebaje de la literatura.

     No quiero exaltarme. ¡Vade retro, Satana!

     Esto lo digo a colación de la aparición en las librerías del libro Intemperie, de Jesús Carrasco, cuya calidad literaria es rayana con la más absoluta genialidad. Una obra maestra con todas las de la ley (y aún sin ellas). ¡Bravo por Seix Barral y su “Biblioteca Breve”! No bromeo. Ya era hora de que viniese al rescate del pobrecito lector, rodeado de historias banales, un autor cuya imaginación y maestría del oficio deja sin aliento al más elitista y sibarita. A mí me ha recordado a Miguel Delibes o a Azorín no por el estilo, sino por la elevada técnica narrativa y descriptiva, sobre todo. Y justo aquí es donde hallo una disonancia: el exceso descriptivo de la novela. ¿Gusto personal? Es posible. Lo cierto es que la descripción del entorno llega a hacérsele al lector algo plomiza. La continua interrupción de la acción en pos del cuadro resta, a mi juicio, un valor a la historia que luego será recuperado gracias a su valía intrínseca. Cosa distinta es que el entorno se erija en protagonista de la misma. ¿Lo es en esta novela? Yo no sé. Resulta imposible no dejarse atrapar y conmocionar por lo que acaece al niño, eje central de la historia, sin duda. La empatía del lector con el chiquillo es inminente desde la primera línea hasta la última. Con el niño y, luego, con ese otro niño un punto salido de madre: el pastor.

     Hay un acierto delicado y sublime: la recurrencia a las virtudes del cuento clásico. Un niño perdido que da con un adulto malvado que lo conduce hasta su casa para engatusarlo y procurarle mal. La literatura infantil es, con diferencia, muy superior a la de adultos. Esto es “requetesabido”. Que un autor como un castillo dé cabida a aquella en su obra es algo maravilloso para el lector nostálgico de tales mundos. Puede comprobarse en el siguiente pasaje:

     “El chico se resistía a acompañarle. Le daba miedo que hubiera alguien esperando en la casa, pero el tullido hablaba de pan y de dulces con una alegría que lo engatusaba. El interior de sus mejillas se humedeció por la visión. Recordó el turrón que comían en Navidad y tuvo el arranque de acompañar al hombre, pero se contuvo. Pensó que aquel ser, con sus cuatro dedos entre las dos manos, era incapaz de hacer dulces. Decidió que llenaría las garrafas sin perder de vista al tullido y luego se marcharía por donde había venido”.

     Esta acción le costaría cara al niño. Ay. 

     Historia dura donde las haya. Muy muy dura. Un niño maltratado, abusado, que escapa de casa y halla a un viejo pastor benevolente que le prestará auxilio en todo momento y mostrará el camino a seguir en su evolución y salvación personal. Otra vez esos mundos maravillosos de los cuentos clásicos. Otra vez la invitación a soñar el espacio y el tiempo en que el narrador hace sufrir de lo lindo al lector. Sufrir, hay que apuntarlo, para suspirar de alivio al final. O no. Nada de realismo “espejo”. En esta novela se respira invención, ficción pura y dura, verosimilitud de alta literatura en suma. Que aprendan quienes ensalzan el Realismo inflexible (rígido) por encima de toda otra forma de escribir. Insisto: espacio sin nombre y tiempo sin marco. Un Realismo maleable. 

     Podemos finiquitar este texto con una frase que viene que ni pintada a la ópera prima de Jesús Carrasco: “Dios aprieta, pero no ahoga”. Aunque en esta historia apriete demasiado y aún, casi, ahogue. Pero solo casi.                      

lunes, 30 de septiembre de 2019

309/ ¡Ptrrr!

Estimado lector: ¿tú has sido educado para el examen o para la vida? Yo lo fui para el examen. Hoy, por contra, para la vida. Lo melodramático es que, también hoy, debo aprobar un examen “desorbitado”. ¡Poca broma con la Pedagogía! 
     Escribió Azorín en La voluntad:
     “Lo que sucede en Yecla es el caso de España y el de otras naciones que no son España; es ni más ni menos el problema de la educación nacional.
     Los dos extremos son Francia e Inglaterra. Francia, política, oficinesca, educando a sus jóvenes para el examen. Inglaterra, práctica, realista, educando a sus hijos para la vida. Francia, con su sistema pedagógico, ha creado legiones de burócratas pedagógicos o de mohínos fracasados; Inglaterra, en cambio, ha colonizado medio planeta y ha logrado que el sajón sea un tipo seguro de sí mismo, en consonancia perfecta con la realidad, inalterable ante lo inesperado, audaz, fuerte”.
   Yecla es, al par, topónimo real y espacio novelístico (¿ficticio?). Lo que allá sucede no es una excentricidad: sus convecinos acaban presa de la apatía. No tienen voluntad. O tienen muy poca. Juzgo significativísimo el fragmento arriba copiado. Me han metido en la vereda de la prueba escrita. Obligatoriamente sigo enfrentándome a tan impertinente (e inútil) instrumento de evaluación del (des)aprendizaje. Y he de hacerlo con voluntad de picapedrero. Tenemos uno de los peores sistemas educativos del mundo. Aquéllos de la coleta, barba, veleta y “vox” vacilona y retadora (ésta con bucles en el cogote) procuran convencernos de lo contrario... 
    Adoptando forma de “o” con el índice y el pulgar (anular, corazón y meñique estirados), soplo por el hueco y da esto: ¡Ptrrr! 

martes, 27 de agosto de 2019

308/ "Sic erat scriptum"

A mi "hermano" Makane

“–Todo es igual, todo es monótono, todo cambia en la apariencia y se repite en el fondo a través de las edades –dice el maestro–; la humanidad es un círculo, es una serie de catástrofes que se suceden idénticas, iguales. Esta civilización europea de que tan orgullosos nos mostramos desaparecerá como aquella civilización romana que simbolizan esas monedas que usted ahora examinaba, padre Lasalde… Ayer el hombre civilizado vivía en Grecia, en Roma; hoy vive en Francia, en Alemania; mañana vivirá en Asia, mientras Europa, esta Europa tan comprensiva, será un inmenso país de hombres embrutecidos…”. (Azorín: La voluntad. Primera parte, capítulo 22). Me agencio el subrayado.        
     Viene a cuento el cuento de Azorín. Yo antepongo el humanitarismo a la ley. Lo diré más nítido aún (para librar de sambenitos al vocablo “humanitarismo”): Yo antepongo mi compasión a la ley. Sé que esta tesis hace agua por una juntura llamada: “Espacio”. Y qué. Mientras haya una brizna de aire y un cuerpo para desplazarla, óiganme los (v)oxeadores del ring de la derechita valentona (¡bah!), habrá una ley digna de quebrantamiento.
     Oigo una voz barbada, de cabello rizado, exclamando: ¡Bla-bla-bla!
     Oigo otra voz barbada, vestida de seda…, perorando: Beee-beee-beee.
     Resuelvo no oír, ya, más voces. Sólo la mía.  
     En La Biblia puede leerse (Dt 24, 14-22): “No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante que vive en su tierra, en tu ciudad; cada jornada le darás su jornal, antes que el sol se ponga, porque pasa necesidad y está pendiente del salario. Así no gritará contra ti al Señor y no incurrirás en pecado. 
     No serán ejecutados los padres por culpas de los hijos, ni los hijos por culpas de los padres; cada uno será ejecutado por su propio pecado.
     No defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las ropas de la viuda; recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que de allí te rescató el Señor, tu Dios; por eso yo te mando hoy cumplir esto. 
     Cuando siegues las mies de tu campo y olvides en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla; déjasela al emigrante, al huérfano y a la viuda, y así bendecirá el Señor todas tus tareas. Cuando varees tu olivar, no repases las ramas; déjaselas al emigrante, al huérfano y a la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebusques los racimos; déjaselos al emigrante, al huérfano y a la viuda.
     Acuérdate de que fuiste esclavo en Egipto; por eso yo te mando hoy cumplir esto”.
     Sic erat scriptum.   

miércoles, 6 de marzo de 2019

300/ Defensa del Barroco (y que no sirva de precedente)

Asiento, aquí, una columna fascinante cuya firma (“Fernando Aramburu”) es del todo conocida: https://www.elmundo.es/opinion/2019/02/17/5c681901fdddff9f4f8b45f6.html. No parece, esta, exenta de una malicia buena. La razón es de plomo: silencia nombres de escritores barrocos cuyo estilo es ponderado por colegas de oficio. ¡Mal, don Fernando, muy mal! 
     Un tocayo del artífice queda en descarte: el apellidado Sánchez Dragó. Barroquísimo él. El mejor escritor español vivo. Esto último a mi juicio. Otro descartado es Juan Eduardo Zúñiga. El Buddha me libre de insinuar siquiera que este comete el deplorable crimen de ser barroco. No. Zúñiga tiene voluntad de estilo. Mi opinión al respecto es la que sigue: todo autor que carezca de la mentada voluntad no pasará de ser un mero narrador o redactor o componedor de versos. Eso es todo. Eso no es poco. Pero eso es insuficiente. Este jamás será artista, jamás poeta, dado que literatura y arte van de la mano de manera inexorable. Lo sé: no siempre. Pío Baroja tenía poco (muy poco) de artista. Como poco (muy poco) de ello tenía Galdós. No así (otros descartados) Azorín o Pedro Antonio de Alarcón. Abro paréntesis. Perdón por la rima. Cierro paréntesis: maravilloso romántico el de Guadix (apunte necesario. Acaparó grandes dosis de realismo). Maravillosa romántica (descartada igualmente) fue Rosalía de Castro: tenía voluntad de estilo. 
     ¡Tirón de orejas a don Fernando!
     Permítaseme una aclaración: yo no recurro, aquí, al estridente timbre de ninguna ideología política. Yo recurro, aquí (y en cualquier lugar. Siempre), a la literatura. También a la filosofía. Punto. 
     Los descartados eran escritores re-pensantes de palabras y frases y dinamizadores de efectos y todo lo que convierte a la literatura en un artificio formidable. Justamente lo contrario de lo que siente (a veces hasta piensa) el lector cuando lee textos de tantos (no tontos) autores que parecen decir lo mismo con palabras insulsas. Juzgo verosímil que la insulsez radique en un mal ejecutado arte combinatorio de las mismas (de las palabras). La conjetura, me parece, no es infundada. 
     ¿Existe algo superior al aburrimiento “literario” que desprende el libro Últimas tardes con Teresa? No quiero (con Cervantes) recordar aquellas horas de tediosa lectura. Lo que escribe Marsé podría escribirlo Manolo Pérez o Antonio López (no el pintor). ¿También lo que mal que bien garrapatea Juan Manuel de Prada? ¿Y lo que Enrique Vila Matas (barroco a su modo. O sea: con base en un estrangulador encadenamiento de referencias eruditas, librescas, infinitas)? 
     A los quisquillosos: solo hablo de literatura. Y de filosofía. Punto.    
     Los alquimistas dijeron: Obscurum per obscurius, ignotum per ignotius ("A lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido”). Discúlpenme mis amigos posmodernos por haber recurrido al latín. 
     Machado escribió: "Oscuro, para que todos atiendan. /Claro como el agua, claro,/ para que nadie comprenda”.
     Vivimos tiempos de elefantiásica mediocridad literaria. ¿Tendrá algo que ver en ello la industria editorial? ¿Y la escuela? ¿Y las nuevas (menos de apoco) tecnologías? Cada quisque que piense lo que quiera. Probablemente, ahora, tendría que disculparme por haber empleado la palabra “quisque”. No lo haré. Quien quiera saber que arreé. Y perdón, tercera y última disculpa ya en lo que va de post, por la rima. 
     Ea. A otra cosa.