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jueves, 27 de octubre de 2022

389/ Un deslumbramiento (VI)

<<NO SE PUEDE MIRAR>>


Lean <<La noche de los tiempos>> (Antonio Muñoz Molina. Planeta. Barcelona, 2009) quienes deseen tener nociones fidedignas de la guerra. <<Fidedignas>>: una suposición; el autor no ha estado en ninguna guerra, al menos, que yo sepa. Y, de paso, tomen conciencia del monumental error que supone desencadenar o apoyar una (incluso, justificarla, antes o después: anunciación y estela suelen acarrear tanto dolor como la propia guerra). Hay quien se jacta de objetivo y razona a su favor. Ese la interpretará como hito evolutivo de la humanidad. Yo la juzgo una involución en toda regla, un cortocircuito neuronal, una huida hacia adelante (peor: hacia ninguna parte).

     Goya acertó el clavo concibiendo y pariendo luego la serie <<Los desastres de la guerra>>. Véanla. Un personaje de la novela arriba mentada, Moreno Villa, dice al respecto: <<Goya se acercó más que nadie, pero hasta a él le faltaba valor [para dibujar con exactitud los dramas de la guerra]. Me acuerdo muchas veces de ese título que puso en uno de los desastres: “No se puede mirar”. Usted por lo menos ya no tendrá que hacerlo>> (op. cit. Planeta. Barcelona, 2009. Pág., 815).

     Así es: ni usted ni yo tendremos que hacerlo. Pero tanto usted como yo tendríamos que hacerlo. Refiero no mirar hacia otro lado. El derecho a mirar hacia otro lado, con todo, me parece inobjetable e inalienable. ¡Libertad de conciencia, oh témpora, oh mores! No todo quisque posee la misma perspectiva de las cosas. Esto, por suerte. 

     He dicho.

martes, 4 de octubre de 2022

385/ El ilustre en su laberinto

El humor de que hace gala Juan Eslava Galán me parece rancio, viejuno, maloliente. Todo él expele un tufillo suspendido a media altura que impide al lector <<moderno>> respirar a gusto. Yo ignoraba semejante agravio lector. Al ilustre jienense lo he frecuentado, varias veces, en entrevista y nunca he vislumbrado su afición al bufoneo intelectual. Cuidado: no digo humor, tal cual, sino <<bufoneo intelectual>>. No es lo mismo. El bufoneo se combate con buen humor. Lo cierto es que el populacho ríe con su vertiente <<Gracita Morales>> a la inversa y algo tergiversada: ni Gracita, sino falta de gracia, ni Morales sino (mejor aún) amorales chanzas. Todo viene a colación del siguiente pasaje: <<Entre los traficantes de “carne femenina” no faltaban los mercaderes desaprensivos que daban gato por liebre vendiendo musulmana libre por esclava cristiana. (…) El cliente, obnubilado por tanta y tan exótica belleza, paga lo que le piden por la diosa rubia (de bote) y se la lleva a casa. Aquí piden ocurrir dos cosas. Si la falsa cristiana queda satisfecha del trato y de las comodidades de su nuevo hogar, “engatusa” a su dueño para que la libere y la despose. En caso contrario, se deja de disimulos, y le advierte en correcto árabe que es musulmana y, por tanto, jurídicamente libre. El estafado comprador no tiene más remedio que dejarla en libertad pierde su dinero>>. (Juan Eslava Galán: <<Historia de España contada para escépticos. Planeta. Barcelona, 2019. Pág., 143-144). El entrecomillado me lo agencio.

     ¡Pobre hombre, <<apaleado>> por tan desaprensiva esclava!

     El lector menos juicioso se preguntará: ¿Y dónde está el problema? Entonces yo le responderé: en el tono de burla volcado, como saco de cemento armado, sobre la mujer. Juanito hace esto sistemática e insistentemente en el libro arriba mentado. No es tanto lo que dice cuanto cómo (y dónde. Y cuándo) lo dice. La coletilla <<rubia de bote>> está tan manida por el uso varonil (y mujeril) indiscriminado que ya resulta cargante recurrir a ella una vez más. Juanito la acomete de mil amores. La expresión <<carne femenina>>, perfectamente plástica, en según qué contexto puede llegar a ser hasta punzante. Juanito eleva el brazo ejecutor que clavará la punta con absoluta determinación. Que la esclava sea la que <<engatuse>> a su dueño deja bastante despejado el tufillo de que más arriba hablaba yo…

     Siempre lo he dicho y lo diré siempre: defiendo la libertad de expresión en todas sus formas y en cualquier circunstancia y contexto que se precie. Ello no me impide exigir (¡ya puestos!) un poco de elegancia a quien mal que bien lanza al espacio-tiempo mensajes verbales de diversa índole. Y, de paso, también un poco de empatía. No creo que esto atente contra la libertad de decir lo que a uno le dé la real y soberana gana sobre el asunto de que se trate. Yo procuro abrazar el Humanismo (no el feminismo, no el machismo, no el juancarlismo…). Valga, ya que de humor hablamos, la anterior humorada. 

     Así pues: ¡<<Vade retro>>, Juanito Eslava! ¡<<Vade retro>>!

lunes, 6 de mayo de 2019

303/ Reflexiones humanistas

Confesaré algo: no logro tomar el pulso a Immanuel Kant. Quiero decir: a la filosofía de Immanuel Kant. La inteligencia del hombre (para los feministas quisquillosos añadiré: “y de la mujer”. Olvidan, éstos, que género y sexo no son la misma vaina. ¡Bah! Que lean a Francisco Rico. Yo no soy feminista. ¡Oh, sacrílego de mí, qué digo! ¿Vendrán a buscarme los de la brigada anti-incorrección política? A mí plin. Yo soy humanista: sí a la igualdad de derechos y “obligaciones” de mujeres y hombres pero libre, sin ese, de la pancarta y de la consigna y de todo malsano proceso de ideologización. ¡A la libertad por la libertad! Lo repetiré por si hay algún despistado leyendo este texto de mi deficiente factura: ¡A la libertad por la libertad!) es lingüística. José Antonio Marina lo afirma en el libro El vuelo de la inteligencia. Yo le compro tan sugerente afirmación.
     Tengo asimiladas algunas cuestiones de la filosofía del prusiano. Refieren, éstas, modos de pensar. Lo que aquí se plantea es menos difícil que intrincado. Kant ponderaba la existencia de cuatro “pensamientos” con base en cuatro tipos de proposiciones. Uno: analítico. Dos: sintético. Tres: a priori. Y cuatro: a posteriori. El primero se produce cuando el sujeto incluye al predicado (p. ej., con cierta trampa: “Los políticos charlatanes son charlatanes políticos”). En el segundo no ocurre esto (p. ej.: “Los políticos mienten”. Aquí sin trampa). El tercero depende de la percepción (p. ej.: “Los políticos son servidores públicos”). Si transformamos el anterior ejemplo en un pensamiento a posteriori da lo siguiente, sin trampa, aunque con fino cartón: “Los políticos son servidos por el público”).
     ¿Estaré confundiendo “churras” con “merinas”?
     ¿Me habré vuelto sarcástico y, por ello, injusto de pronto?
     ¿Diré (con Marco tulio Cicerón): ¡Oh, tempora, Oh, mores!?
     Continuará… O no.      

lunes, 18 de marzo de 2019

301/ Clamando Filosofía

Una verdad extendida es esta: No somos libres. Yo lo vengo denunciando desde tiempos inmemoriales. El populacho cree lo contrario. Igualmente el poderoso. El empoderado no constituye ninguna excepción. Nadie (con ene mayúscula) es libre. Sostener la propia libertad significa que quien lo hace no es, por ventura, libre: recuérdese la caverna de Platón. La culpa recaería sobre los hombros de los hombres. O sobre los Mass Media (la TV al frente. La prensa le va en zaga) y los partidos políticos. También las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Estaríamos tecnificados y mecanizados en exceso. Acaso juzgo óptimo lo primero (tecnificados). Lo segundo (mecanizados), hiriente. El sistema educativo no quedaría lejos. Así la cultura, de que este se nutre, de apoco muy muy prescindible: tan posmoderna ella. Yo no sé qué está pasando. Yo sí sé que falta Filosofía y sobran ideologías. 
     Buscaré un texto ajeno… 
     ¡Cáspita! Lo he encontrado y, por ello, copio: 
     “Nos convertimos (…) en pequeños bloques ideológicos o, mejor dicho, en insignificantes maquinarias a las que incorporamos, como si realmente fuesen estímulos mentales, una serie de estereotipos virtuales sin idealizad y libertad. Lenguajes falsos, pues, que nos llenan con la terrible lógica de la falsedad. Porque esa lógica se hace de los retazos que sostienen pasiones egoístas, soluciones incompletas a los problemas de la vida y de la sociedad. Una lógica de la incoherencia que, sin embargo, cohesionamos con los quebrados fragmentos de la `publicidad´ política e ideológica que nos sirven, efectivamente, para la total enajenación. Todo esto nos conduce a un hecho fundamental de la sociedad de nuestros días. Los individuos que componen esa sociedad no pueden ser personas, seres autónomos y reales, si no tienen posibilidad de desarrollar su propio pensamiento por muy modesto que sea. Un pensamiento que solo se nutre de libertad” (Emilio Lledó. Sobre la educación. Fragmento del “capitulillo” intitulado: Necesidad de la literatura. Taurus. Madrid, 2018).
     ¡Chapó! 
     Señores políticos: déjenme vivir en la verdad. Entiéndanme: no quiero la mía. Y que me disculpe el poeta del limonero… 
     Anotaré algo:    
     –Podemos (hipócrita).
     –Ciudadanos (tremendista).
     –Izquierda Unida (utópico).
     –Partido Popular (perturbado).     
     –Partido Socialista Obrero Español (orgulloso. En demasía).
     –Vox (fanfarrón. Risas).
     Y ahora…
     –Parménides (impulsor).
     –Platón (visionario).
     –Aristóteles (agudo).
     –Kant (inteligente).
     –Schopenhauer (profundo).
     –Wittgenstein (lógico).
     Para qué seguir. Compárese y si se encuentra algo mejor, por Buda, léase.

lunes, 21 de enero de 2019

298/ Libertad apetecida

Corren tiempos convulsos. Hoy es mejor definirse. Toda definición engendra cierta falta de libertad. Pregunto: ¿elegir conlleva dependencia? Y todavía: ¿la ley hace hombres libres o cautivos? La respuesta a estos interrogantes se me antoja compleja. 
     John Locke ha escrito: “La finalidad de la ley no es abolir o restringir, sino defender y ampliar la libertad; (…) cuando no hay ley, no hay libertad. Pues la libertad debe estar exenta de coacción y de violencia por parte de otros, lo que no puede conseguirse si no hay ley. (…) La libertad no es (…) la facultad de todo hombre de hacer lo que le place”. (The Second Treatise of Civil Government, 1690).
     El texto de Locke arriba copiado hace aguas. La libertad no es ideal sino real (más o menos posible. Más o menos viable o inviable). También tiene cara be: la de matar, robar, insultar. Estas tres acciones (libres todas) quebrantan normas: penales, civiles y de urbanidad, respectivamente. 
     A mi juicio la Ética no es elemento indispensable de la libertad. La Ética es elemento indispensable de la libertad no lesiva (esa que yo alabo y la mayoría alaba).
     Uno que otro filósofo enuncia que el niño aprende a ser libre obedeciendo (sin reservas: Marina dixit). Perplejo estoy. A colación de esto viene todo lo anterior.
     El color del mundo dependerá de la lija con la que se lije. 

domingo, 11 de junio de 2017

266/ Una máxima vital

Leyendo un artículo (2010) de Vila Matas he dado con este nombre: Aleister Crowley. Me gusta leer prensa inactual por razones del todo literarias: el tiempo la convierte (o eso me parece a mí) en ficción. Y donde se ponga Ficción que se quite Realidad. Yo no me avengo con aquello de que “a veces, la realidad supera a la ficción”. ¿Me reiré? Lo juzgo una patochada. 
     Ignoraba la existencia del portador del nombre (y el nombre en sí) mentado y también de la secta que aquél lideraba. No (mágicos caminos zigzagueantes los de la literatura) su máxima: “Haz lo que quieras”. La leí en El sendero de la mano izquierda (Fernando Sánchez Dragó). Inmediatamente la hice mía. Lo que ni Dragó ni Vila Matas airean (que yo recuerde) es la segunda parte de la sentencia “diabólica”. A saber: “Tu voluntad es la única ley. La ley es el amor”. ¡Ojo! Cito de ¿des-memoria? San Agustín (siglo V) vino a decir lo siguiente: “Ama y haz lo que quieras”. 
     Enrique: “haz lo que quieras”, sin añadidura, no. Yo acojo en mi seno la Regla Áurea.

domingo, 9 de agosto de 2015

196/ Reflexiones quijotescas III

¿Amor? No. Sexo

A María José Bullock.


Parte de la primera parte del Quijote es la novela del Curioso impertinente. En ella puede leerse lo que sigue: “El amor no tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasión: de la ocasión se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios. Todo esto sé yo muy bien, más de experiencia que de oídas, y algún día te lo diré, señora, que yo también soy de carne, y de sangre moza”. Habla Leonela. Escucha Camila.
Protestaré: ¿Amor? No. Sexo.
Sexo y amor estaban emparentados en el XVII. Tranquilidad: no se me ha volado la cabeza. Podría. Pero no es el caso. Lo juro: ¡por éstas! La consigna entonces era: ¡Al fornicio por el estado de idiotez transitoria (léase: el amor)! Nadie fornicaba, bajo la pena de sufrir pena, si no era dentro de la legalidad canónica vigente: el matrimonio. O como dice uno a quien yo leo y releo: el martirimonio. Neologismo éste resultante de unir martirio y matrimonio. La fogosa (también cachonda) Leonela argumenta que basta una ocasión dada para que mister Tentetieso explore la cueva. Pregunto: ¿el hombre se enamora a la primera oportunidad? Una cosa es ser enamoradizo a todo trapo (yo lo soy. Cada vez más...) y otra distinta es ser transitoriamente idiota a tiempo completo.
Acojámonos a (que no acojonémonos de) las cuatro eses del buen amante. Y son… 
Una: (s)abio. Dos: (s)olo. Tres: (s)olícito. Y cuatro: (s)ecreto.
Habría que bordarlas en seda con hebras de oro y plata. Y enmarcarlas. Hoy apenas dan que hablar. Salvo la última. Ésta queda relegada (¡mecachis!) al olvido. O al menosprecio. Lástima. Pero no hay mejor manera de vivificar algo que empeñarse en ignorar que existe. Lo secreto incomoda (¡maldita sea!). Es la única, de las cuatro eses mentadas, que pica con gusto (¡ándele, ándele!) al paladar del enamorado. O sea: del amante. O sea: del fornicador. ¡Y va ella y no gusta! Concluyo: habría que rendirse más al secreto. Al ocultamiento. A la prohibición. ¡Echa el freno, Javielito! Prohibición para quien lo sea (me refiero a la libertad de copular con quien uno desee. O lo que, dicho de un modo cursi, viene a ser lo mismo: amar a quien uno quiera). No lo es para mí (digo: una prohibición). No de momento. Por eso grito a voz en cuello: ¡Alabado sea Buda! Y me quedo tan a gusto en agosto. 

viernes, 17 de octubre de 2014

161/ Sépalo el mundo...

A mis amigos comunistas y a todo aquel que escribe versos. 

Un poeta fue encarcelado durante veintitrés años. Su nombre: Fernando Macarro Castillo. Alias Marcos Ana. Lo fue, encarcelado, por comunista. Nació en una aldea salmantina: Alconada. El año del feliz alumbramiento, 1920, un extraordinario cantor vino al mundo. Leo Poemas de la prisión y la vida de Fernando/Marcos y me deleito con la belleza que atesoran sus versos. Un botón de muestra es el poema titulado Voy soñando. Dice así: “Soñar, siempre soñar,/ con banderas y besos;/ la libertad y el aire/ soplando en mi cabello.// Campo y aire sin fin/ –oh luz–, sin otro cerco/ que el amor de unos brazos/ enlazando mi cuello.// Soñar, siempre soñar,/ con los ojos sin sueño,/ que soy un hombre vivo/ siendo tan solo un preso.// Hay árboles y un río/ fijos en mi recuerdo;/ una infancia salvaje,/ un dulce amor ingenuo,/ y dos nombres grabados/ en el chopo más viejo.// `El cielo aquella tarde/ era como un espejo./ El choperal tendía/ para el amor senderos./ Todo era luz, la gloria/ de mayo iba en mi pecho./ Un vilano de plata/ se enredó en sus cabellos./ Acudí tembloroso/ y con mis dedos trémulos…/ Sus ojos me invadieron/ de aroma y sol./ El viento inmóvil, nos miraba:/ fue aquel mi primer beso.´// Soñar, siempre soñar/ que vuelvo a todo aquello,/ lo que dejé y ya nunca/ encontraré al regreso.” El poema transliterado fue escrito en el presidio (junto al resto que conforma la obra). Lo enuncia el propio autor en una nota preliminar: “Estos poemas fueron escritos en una prisión, cuando la noche era más profunda, a la macilenta luz de un extraño candil, construido con un viejo tintero, un poco de alcohol que conseguía en la Enfermería y una mecha trenzada con la cinta de unas alpargatas. Esa luz podía apagarla de un solo soplo a la menor alarma”. Ruego por los poetas. Déjeseles hablar tranquilamente. Que canten libres y a su aire. A nadie asuste su compromiso. Suficiente tienen con lo que les ha tocado en suerte en la vida: escribir para no morir. Porque, sépalo el mundo, el poeta nunca calla.     

jueves, 9 de octubre de 2014

160/ El código de los muertos

Alguna vez he enunciado: “me arrogo el derecho a cambiar de opinión”. Leí la susodicha frase en un texto de F.S.D. e ipso facto la hice mía. Me gustó, cautivó y enamoró. Comprendí que no debía ningunearla. Sino mimetizarme con ella. Vivirla. Quien se aferra a una opinión no sabe lo que no vive. Cambiarla no es como reemplazar la residencia. O los amigos. O el trabajo. No. Es interesante y estimulante. Edificante. Pero hay que hacerlo con fundamento. No al birlibirloque. Se trata de aventurarse uno por el yo de otro que viene a ser la periferia de uno. ¿Habrá singladura más emocionante que esa? Un viaje al extra-radio y no a la parte centrípeta del yo. En lo periférico radican fragmentos de verdad susceptibles de juntarse para crear (también para creer). Y no el hormigón monolítico, inamovible, del casco antiguo de uno. Léanse estas líneas de Punset que corroboran mi tesis (se encastillan en El viaje al poder de la mente. Destino. Colección: Booket. Barcelona, 2012): “No querer cambiar de opinión, a pesar de disponer de todos los requisitos mentales para hacerlo, tiene que ver con alguno de los grandes descubrimientos neurológicos de los últimos años, sobre cuyo impacto social y conductual no se ha abundado todavía lo suficiente. Estamos apuntando, en primer lugar, al poder avasallador de las convicciones propias, frente a la percepción real de los sentidos. Me refiero al papel desempeñado por las creencias y convicciones heredadas del pasado a la hora de configurar el futuro. Muchas personas toman decisiones no en función de lo que ven, de lo que consideran bueno o malo, sino en función de lo que creen, de sus convicciones, de lo que el biólogo evolutivo y teólogo británico Richard Dawkins tildaba de código de los muertos: pautas de conducta excelentes hace miles de años, que han dejado de ser útiles y que, no obstante, siguen vigentes”. Concluyo: quien no cambia de opinión está muerto. O como decía Benito Rodríguez Rey (Beni de Cádiz): "ya se fue p´al jardííín". Lo que resulta una costumbre poco halagüeña. ¡Ver para creer!    

lunes, 8 de septiembre de 2014

157/ Mr. Vaina

¿Una obra osada y prepotente? Sea: Adiós a la utopía. Ya es siglo XXI (Espasa Calpe. Madrid. 1991). Y, ¿no equivocada? Psssch: más un oráculo fiable que alguna vez se escacharró y la lió parda. La trajo a la luz José María Carrascal. Maestro de maestros. Un visionario. Un auténtico “crack”. Acertar, lo que se dice acertar, acertó mucho. O sea: falló algo. Un lector de este siglo no puede pasar por alto esa quisquilla: que fallasen o acertasen sus vaticinios. Falló (si mi cómputo es justo y por justo yo lo tengo) hasta en seis ocasiones. Son las que siguen. P. 23: el ejército del S. XXI estaría formado por profesionales y por soldados de reemplazo. P. 40: la cultura que todos los pueblos del mundo querrían imitar en pleno S. XXI sería la occidental. P. 45 (contradicción flagrante con lo anterior): habría en pleno S. XXI guerras culturales en Occidente. P. 49: el S. XXI sería el más racista (quizá en esto no fallara...) de todos. P. 77: la convivencia entre los hombres se haría imposible y las ideologías difuminarían sus perfiles. P. 91: la eterna juventud sería una quimera en el S. XXI. ¡Bravo! Para más inri salpimentó la olla de su discurso con una pizca de racismo y otro tanto de homofobia. Léase, si no, esto (p. 141: se refiere el sabio de El Vellón al Socialismo como sistema ideológico): “Tienen [los socialistas] (…) sus bestias negras, hacia las que encauzan la indignación popular: la raza blanca, ese `cáncer de la humanidad´, sin recordar lo que la humanidad le debe en progreso, libertades y confort”. ¡Bravísimo! ¿Habrá que ponerle una estatua al maestro? Tras varias patochadas más, escribe: “(…) Los socialistas se presentan como el amigo, el defensor, el hermano del hombre normal, el ciudadano de a pie. Cuando en realidad sienten un enorme despego hacia él. Sólo quieren su voto. Luego, le olvidan, y siempre, le desprecian. En cambio, sienten una enorme ternura, una auténtica pasión por el individuo atípico, por el marginado, por el inadaptado o anómalo: el delincuente, el homosexual, el disidente (siempre que no sea en sus filas), el excéntrico, el raro. Cosa lógica, pues como todos éstos, el socialista no siente como suya la sociedad en que vive, la odia en el fondo como todos esos individuos. Se siente excluido de ella, como Alfonso Guerra se sentía excluido de la sociedad sevillana. Lo que desea es destruirla, no importándole que en el fuego purificador perezcan los miembros normales que la integran.” Y más adelante: “Otra de las paradojas socialistas: pese a aumentar considerablemente los aparatos de represión y control al llegar al poder, no suelen utilizarlos mayormente contra esos elementos `asociales´). El subrayado es mío. ¡Bravo-bravísimo! Pregunto: ¿para decir semejante sarta de sandeces hay que estudiar Náutica, Filosofía y Letras, y (¡vaya por Dios!) Periodismo? Como diría mi amigo Antonio, el gitano, atípico según Mr. Vaina: ¡Válgame el Señor! ¡Qué mala baba tiene este payo! El mismo que cree que el homosexual es un “anormal” y que al negro no habría nada bueno que reconocerle en este o en aquel mundo de más allá. ¿Tampoco al amarillo? ¿Ni al cobrizo? Yo le preguntaría a Mr. Vaina: ¿Sabe usted quién fue Martin Luther King? ¿Y Mahatma Gandhi? ¿Y Lao Tsé? Todo un “crack” que habla de la libertad individual como bien común. Y, ¿no es libre quien elige la tendencia sexual que le da la real y sacrosanta gana? ¿Hace cualquiera acopio de “anormalidad” por ser homosexual o bisexual o, llegado el caso, pansexual? ¿Es “anormal” un transexual (el cual siempre enarbola por defecto la bandera de la libertad)? ¿Y no será Mr. Vaina el único “anormal” aquí? Hoy estoy de humor. Me despediré de don José María Carrascal con una sonora y fugaz pedorreta. Esta: ¡Ptrrr!         

viernes, 25 de julio de 2014

153/ Afectuosa diatriba

Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral. (José Ortega y Gasset)

Opinar y no contradecirse es una proeza. Máxime cuando el juicio se emite con el corazón: dejándose llevar quien opina por una inspiración momentánea. Un inciso. Mi ideología política, para evitar suspicacias en lo venidero, es la que sigue: ninguna. Lo repetiré por si hay alguien que no da crédito a lo que acaba de leer: ninguna. ¿Otra vez? Sea. La última ya, eh: ninguna. Se puede (creedme) no tener ideología política y no ser, por ello, tonto de capirote. Como se puede ser puñeteramente libre si por “libertad” entendemos la ausencia de influencias políticas de partido. Yo no hago acopio de ideologías en mi caletre. Sí de ideas. Consecuentemente no me someto a nada ni a nadie. Más aún: no soy ni de derechas ni de izquierdas ni de centro ni de nada que se le parezca. Y soy de derechas y de izquierdas y de centro y de todo lo que se le asemeje un punto. Soy y no soy. No soy y soy. Yo lo llamo: Individualismo anárquico. No comulgo ni con el PP, ni con el PSOE, ni con IU, ni con la madre que los trajo a la luz a todos. Pero voté y votaré a cualquiera de estas agrupaciones por extrema y manifiesta necesidad. Lo ruego encarecidamente: déjeseme tranquilo con mis pensamientos líricos y no se acuerde nadie de que existo. La política profesional me la trae al pairo. Soy novelista y poeta. Solo me atengo a mi vocación definida y clara y lúcida y de toda la vida: la literatura. ¿Queda claro? Fin del inciso. Quería yo decir que Iñaki Gabilondo no es modelo del opinador que opina sin corazón. Tampoco lo es el de su libro El fin de una época (Barril & Barral. Barcelona, 2011). Sin embargo algunos juicios recogidos en éste parecen emitidos a contrapelo del discurso del autor. Verbigracia: “(…) el periodismo tiene (…) el problema de haber creído que su misión es vigilar y por lo tanto no ser vigilado” (P, 90. Op. Cit.). Unas páginas atrás asegura Gabilondo que el periodismo es, a secas, vigilante y-punto-en-boca-hombre-ya. Otro ejemplo puede verse en las páginas 92 y 93 de la obra citada. No lo transcribiré. Diré que si de verdad hay que opinar objetivamente, ¿a qué sacar a colación aquí el caso suyo (de Gabilondo) y de Jiménez Losantos? El autor (creo) se deja llevar por el despecho. Y lo airea. Sinceramente: no me gusta Iñaki Gabilondo (el periodista. No el hombre). Estoy de acuerdo con él en numerosísimas cosas. En otras tantas no. Afirmar que una televisión privada (Intereconomía) hace “terrorismo informativo” (P. 89. Op. Cit.) lo juzgo decir demasiado sin pensar, ni un poco, en lo que se dice. ¿Informadores terroristas en España? ¡Oh, mon Dieu! Todas las cadenas de TV (incluida la pública) manejan la información como les sale del escroto a sus endiosados mandatarios. Los periodistas de a pie, Iñaki, no son superhéroes. Ni el periodismo la panacea del siglo XXI. No te apartes, querido colega, de la mama que te amamantó. No digas que hay que ser independiente y hagas luego coincidir casi al cien por cien tus opiniones con la letra grande y chica del programa del Partido Socialista Obrero Español. ¿Hemos de creerte? ¿He de creerte yo? Tampoco tú estás libre del vicio de la incongruencia. Aunque no por vía de kokoro (corazón) sino de pautas intelectuales de comportamiento profesional.   

viernes, 26 de julio de 2013

78/ ¿Individualismo social?

Corroboro la concepción de J. Castillo sobre el Nominalismo Social. Se encastilla en la novena entrega de Textos de sociología: compilación orquestada por Pilar Siver el año 1984: <<(…) La sociedad es una simple multiplicidad o agregado de individuos. Lo colectivo (…) no es más que lo inter-individual (…) La sociedad es, por tanto, un producto de la imaginación>>. ¡Zapateta!

     Lo contrario pasa por la concepción colectivista de la sociedad. Su principal valedor es H. Spencer. Para él <<la sociedad es un organismo>> pintiparado al biológico. El individuo, como la célula, solo posee sentido en relación a la totalidad; o sea: al organismo de que forma parte. ¡Y se quedó tan pancho! 

     La libertad individual subsumida por la libertad social. ¿Será que el erudito no iba tan descaminado? ¿Lanzaría éste un órdago, a modo de cantinela, al estadista de turno? Verbigracia: su libertad, señor, concluye donde el pueblo emprende la suya. Y, ¿no será al revés?…

viernes, 29 de marzo de 2013

64/ ¿Manumiso?

Desde el primer vagido hasta el último estertor me agencio responsabilidades. De iuris o de factum. Lucrativas u onerosas. Indago: ¿A la postre… me atañen? Yo no elegí llegar acá. La espada de Damocles se cierne sobre mí. Puedo descifrar su marbete: <<Libertad>>. Una duda me atolondra: ¿Soy responsable de mi libertad? ¿O soy manumiso de toda responsabilidad? Acaso ni lo uno ni lo otro. Nadie me exime de mí mismo. Yo vivo, a perpetuidad, en mis actos. O no. Eterno dilema. Sempiterno titubeo. Incorruptibilidad de la zozobra humana. Vacilar y vacilar hasta de la propia vacilación… 

     Cuando no recelo (en el sentido positivo del término) algo muere en mí. Viene todo a colación de un epígrafe: Libertad y responsabilidad. Se asila, éste, en la República ontológica y deductiva de Jean Paul Sartre. Si me extraviara en el océano vital (no lo quiera Buda) fondearía en aguas cristobalinas (léase: erróneas). Así, conjeturo, en El ser y la nada

     ¡Mecachis!

martes, 4 de diciembre de 2012

42/ Auto-recriminación

Anteayer visioné un reportaje televisivo sobre Fogwill. Hoy finiquito mi lectura del Canto a mí mismo de Walt Whitman. Rubricado éste (¡atención!) por León Felipe. El bardo zamorano lo prologa y parafrasea. Canta León-Whitman en Canto… a que hay que arremeter, sin lloros, contra la ola.

     Los poetas líricos solemos ahogarnos en las procelosas aguas de la aflicción. Fogwill resolvió levar anclas y se echó al océano de los provocadores. Ad perpetuam permaneció vigilante. Conjeturo: el yo y la plenitud deambulan por separado. Tanto sentimentalismo verbal, a la larga, acaba hastiándome. Basta ya de pesadumbres. Pregunto: ¿Dónde radica el optimismo?… 

     No más automatismos. Ni más repetidas transgresiones (o tanto monta: insulsa libertad creativa). Conste que todo esto me lo sugiero, recrimino y espeto a mí mismo.