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lunes, 28 de junio de 2021

354/ Imprevisible aburrimiento

Hasta ahora no había tenido la dicha o la desdicha de leer, en libro, a Enrique Jardiel Poncela. Desdicha, digo, por aquello del imprevisible aburrimiento. Se trata del libro La Tournée de Dios (Blackie Books. Barcelona, 2019). Todo principió bien. Se torció, luego, todo. En este preciso momento todo parece volver a su sino: el interés, la alegría y la risa, a secas. Interés: en el argumento de la novela. Alegría: en el tono. Risa: del alma. Esto del alma va quedando, ya, un punto cursi. Mejor diré: de la inteligencia. Lo que en esta novela mueve a reír no es la anécdota (una cualquiera) sino lo absurdo de la misma. David Trueba asegura que el lector se va a dar de boca con el capricho, el destello y la anarquía, pero no dice cómo. 

     Lo diré yo: bostezando. 

     Hay un diálogo digno de Groucho Marx, cuya literatura expongo a continuación, que salva la novela entera. Es este (pág. 64):

     

     "FEDERICO (cogiéndose al brazo de Perico Espasa y enfilando la calle de Alcalá hacia Cibeles). ¿Qué hay de nuevo por tu periódico?

     –Hoy se le han roto dos teclas a una máquina de escribir.

     –¿Dais la noticia?

     –En primera plana. ¿Y tú? ¿Qué haces ahora?

     –Una novela.

     –¿Buena?

     –Más buena que san Ezequiel.

     –¿San Ezequiel? No conozco la historia de san Ezequiel.

     –Yo tampoco.

     –Pues tienes razón; fue un santo admirable. ¿Y de qué se trata, de una novela “de amor y de placer”?

     –No. De una novela “de dolor y de reúma”. 

     –Me agrada ver que enfocas temas filosóficos. ¿Muy larga?

     –Lo imprescindible: ochocientas páginas.

     –¿Y el asunto tiene tesis?

     –No. Pero el protagonista tiene tisis.

     –Es una compensación importante. ¿Cómo acaba?

     –Con la palabra FIN.

     –¿Y empieza?

     –En la primera página.

     –¿Sabes que ya me va interesando tu novela?

     –Lo creo.

     –Acabaré leyéndola.

     –Es una cosa que no haré yo.

     (…)".

     

     No me negarán que el arriba copiado tiene traza de diálogo de besugos, maravillosos, similares a Groucho y Arpo Marx. Lo entablan Federico Orellana y Perico Espasa, ambos periodistas de pro, amigos inseparables ambos. ¿Por qué no continuó Jardiel por esa senda `marxiana´? ¿Quizá para evitar la copia burda? Es posible. Lo cierto es que ese nivel humorístico del absurdo no vuelve a encontrárselo en lector, al menos, hasta la página doscientos sesenta y ocho. Si habrá de encontrárselo más adelante, sinceramente, lo ignoro: aún no he dado el salto a las doscientos sesenta y nueve. 

     Una aclaración: no digo que la novela sea mala (¡Buda me libre!) sino que, a pesar de su construcción buena y de hacer un uso técnicamente correcto del espacio-tiempo y de estar pululada por personajes redondos, cae en anacronismos un punto insoportables hoy. Por ejemplo: el brutal machismo (propio de la época en que fue escrita, 1932). Pero esto es harina de otro post (o no. Veremos). Vaya aquí una píldora (pág. 30): “El individualismo duro y heroico de otros tiempos ha sido sustituido por un colectivismo blando, cómodo, femenino y fácil”.   

     De otra parte la novela viene a parar en actualísima actualidad (pág. 29): “A derecha e izquierda encuentra uno gentes que están a disgusto con su Destino, que desdeñan lo que han logrado, que desean lo que no tienen y que, en el fondo, querrían que nadie tuviese nada.

     Se respira descontento, se vive en plena desadaptación. Todos los nervios están a flor de piel. Se ha arrumbado la amabilidad. Hablar es discutir. Discutir es pegarse. Se opina con el bastón y se razona con la Browning”.

     Exceptuemos de lo actual “la Browning”.

     ¿Habré de ir más allá de la mentada página doscientos sesenta y ocho?…


     Hartazgo.

     O sea, no.

viernes, 10 de agosto de 2018

286/ Arte y oficio

El 24 de abril de 1994 El País publicó el discurso de recepción del Premio Cervantes que escribiera un hombre drástico, sarcástico, encomiástico. Aquí las últimas líneas: “No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano, yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar que la palabra tiene su mejor premio en sí misma, y doy gracias a Dios, también a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto”. La firma estampada pertenece a Camilo José Cela. 
     Vaya, ahora, una reflexión fugaz. El escritor se duele de haber vivido poco por escrito mucho de un modo excluyente. Esto le ocurre al de raza. Al vocacional. Al que desconoce cualquier forma de vida más allá de la metódica escritura. Al que no desperdicia la menor oportunidad para estampar en negro sobre blanco cualquier frase (o verso) por inoportuno (o no) que sea. En un folio. ¡Va! En un trozo de cartón. ¡Va! En una servilleta. ¡Va! Dónde da, un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir. Qué no da, ni un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir algo “que merezca la pena”. Traduzco el entrecomillado: digno de ser leído. El lector no querrá perder el tiempo.
     Juzgo triste la verdad acuclillada en el inextinguible temor del escritor. A saber: que mientras escribe no vive (y viceversa). Opino que escribir podría equipararse a vivir dos o más veces. Yo no le atribuyo al tiempo un carácter pasajero. Vivir para escribir conlleva una carencia inevitable: vivir para (no) contarlo. Vivir libre. Vivir fuera de sí uno. En su extrarradio.  
     El escritor permanece ensimismado. Se trata de un ensimismamiento productivo. Los abstraídos no están libres de auto-reproches. Un botón de muestra: “debería salir y mezclarme con la gente”. Otro: “¿me volveré majara?”. Otro: “no sé si alegrarme de no necesitar ocio”. Hay escritores como cencerros (Panero). Los hay mundanos (Llamazares). Los hay distraídos con otros oficios (Savater. O Trueba). Su obra literaria es (será) breve. Uno que otro título sacará a relucir éxitos. Vale. Pregunto: ¿qué es recomendable: vivir poco y escribir mucho y bien o escribir menos y mal y vivir más? Téngase en cuenta que cantidad y calidad, hoy, traban. 
     Camilo José Cela logró ambas aspiraciones. Escribió mucho. Escribió bien. Todavía ironizó más y mejor. Que se duela (por lo bajini. A lo gallego...) de haber dedicado su vida a la escritura, negándolo, no sorprende. Yo le alabo el gusto. Yo, mal o bien que me pese, vivo para escribir.