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jueves, 20 de noviembre de 2025

496/ Terror, no. Crudeza

Erra generosamente quien coloca etiquetas a la literatura. Erra generosamente quien registra géneros literarios. Al lector antiacadémico, sin embargo, todo esto le trae sin cuidado. Ahora dicen que Mariana Enriquez <<hace>> Terror. Yo no sé si lo que Mariana Enriquez <<hace>> o deja de <<hacer>> es esto o aquello de más allá; yo sí sé que su prosa, sencilla y lúcida, linda con lo repulsivo (apelo, aquí, a lo <<repugnante>> sólo); mejor aún: describe, sin lindezas, lo repulsivo. Un botón de muestra de su libro Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025): <<Él no había estado en el momento del tiro, pero había visto la sangre después y… parecía que hubieran descuartizado animales en la habitación. Todo salpicado de sangre: la pared, las sábanas, la mesita de luz, el espantoso detalle de los rostros de dientes y hueso de la mandíbula por el suelo, eso sí lo había visto>> (op.cit., pág., 48). Que a esto se le pueda llamar <<Terror>> es, me parece, más un ejercicio de libertad expresiva e imaginativa que otra cosa. Del mismo modo podría llamársele <<Gore>>. O: <<Mal gusto>>. O: <<Decir las cosas como son>>. O: <<Valentía>>. O: <<Incorrección política>>. O: <<Escrupulosa, pura, observación externa>>. O, por qué no: <<Crudeza>>; así, a secas.  

     Lo que Mariana Enriquez <<hace>> es, <<sin género>> de duda, escribir bien. El gallego tóxico metía todo en el mismo saco y lo denominaba así: <<Literatura>>. Le concedieron el Premio Nobel; algo del tema sabría… Dejémonos de pamplinas academicistas y enfrentémonos a la prosa o al verso desde una postura des-encorsetada (libre). En ningún momento me ha embargado la sensación, leyendo a Mariana Enriquez, de estar ante un texto encajonado en el género <<Terror>>. ¿Invalida mi sensación la generalizada (por uso masivo…) etiqueta? Posiblemente, no; pero la deja en entredicho (para mí; solo para mí…). ¿A alguien se le ocurriría describir el cine de Tarantino (cine y literatura están íntimamente emparentados; nadie lo olvide…) como <<de Terror>>? 

     Únicamente vislumbro una justificación loable de esa etiqueta: que la vida sea, en última instancia, terrorífica. Ese es el tipo de vida que Mariana Enriquez describe en su libro Cómo desaparecer completamente; pero dentro de la vida terrorífica, a veces, brilla un haz de luz. Lo subrayaré: <<Lucía se empezó a reír y Matías se dio cuenta de que a él también le daba mucha risa, así que se rió también, y los dos terminaron agarrándose la panza, dejando los cigarrillos en el cenicero para non quemar la cama, tan flojos los ponía reírse>> (op.cit., pág., 114). Botella de oxígeno para el lector sensible. O: Suspiro de alivio. Tanto monta.

     Leer a Mariana Enriquez se me antoja sufrido. Algo hay, sin embargo, en su prosa que obliga a seguir enfrentándola con ojos incrédulos a la vez que llorosos; o expectantes a la vez que <<de párpados desmayados>>. Delinear esa intrínseca realidad con palabras (excusas por mi egoísmo) es lo que trataré de hacer en sucesivas lecturas de Mariana Enriquez. Veremos si, al cabo, acabo lográndolo o todo lo contrario...

lunes, 20 de octubre de 2025

493/ Don Camilo José (sin don) Cela Trulock

Cela adolecía de personalidad con rasgos psicopáticos. Es sabido. Es sabido, de igual modo, que a lo largo y ancho de su obra literaria dio cabida a escenas o ideas con resonancias pedófilas. Cela no juzgaba estas ideas o escenas desde un prisma ético. Al contrario: las presentaba desde el plano de la lucidez; es decir: como una muestra de lo enferma que está la sociedad y de cómo él tiene los arrestos suficientes para denunciarlo. Nunca escribió (nunca dijo) Cela ni una sola palabra a que poder agarrarse el observador externo (el escuchante. ¡El lector, vaya!) para adjudicarle el sambenito de esto o de aquello de más allá. Pregunto: ¿Basta, lo hasta aquí apuntado, para exonerar a Cela? Accedemos, así, a lo que algunos denominan: <<Los límites de la ficción>>. ¿Debe tenerlos (esos límites) un cuento, una novela, una obra de teatro, un poema? Yo digo que no.

     Y digo más: hora va siendo de separar el autor de su obra, la persona del personaje, el rostro de pellejo y hueso de la máscara de fieltro y gomaespuma. Vale: esto resulta válido para cualquier escritor menos para Cela. ¡Oh! Y eso, ¿por qué? Porque don Camilo José (sin don) Cela Trulock se desvivió en los platós de televisión y en una que otra tribuna de opinión (perdón por las sucesivas rimas) por dar carta de naturaleza a la idea que en el caletre de algunos lectores (el mío, por ejemplo) queda, y que reza: <<Don Camilo José (sin don) Cela Trulock se fusionaba con sus narradores (no con todos) y también con sus personajes (no sé si con todos)>>. En esa supuesta fusión radicaría el mal de Cela.

     Cela daba cancha (mucha, muchísima, todo el rato) al narcisismo y, de vez en cuando, a la pedofilia en el plano de la ficción. Esto que digo lo he sostenido, creo, en otro post a colación de Viaje a la Alcarria. Ha llegado el momento de ejemplificar otro hito psicopático de Cela (el incesto. Sí, lector paciente, has leído bien: ¡El incesto!) con algún pasaje de la obra (extraordinaria donde las haya. Refiero, aquí, la obra literaria vista en conjunto) del gallego tóxico; más concretamente: de Mrs. Caldwell habla con su hijo (RBA Editores, S.A., Barcelona, 1994). 

     Y, pues…

     Pasaje uno: <<En nuestra vieja Inglaterra, las madres no tienen una manera determinada y prevista de amar a sus hijos varones. En esto, como en otras muchas cosas, existe una gran libertad>> (op.cit., pág., 57).

     Pasaje dos: <<En los tiempos de la navegación a vela, la mar semejaba una alcoba en la que, ¡qué pena haber nacido a destiempo!, tú y yo nos hubiéramos encontrado>> (op.cit., pág., 65).

    Pasaje tres: <<Quisiera ser sucio pulpo del abismo, hijo mío, para poder abrazarte, para poder decirte al oído: ahora ya no te podrás escapar jamás (…).

     <<Y también quisiera, ¡qué vana pretensión!, ser sirena del acantilado, hijo mío, para poder recitarte a Homero o, al menos, para poder gustarte un poco>> (op.cit., pág., 67).

     Pasaje cuatro: <<Sobre las arenas del desierto, Eliacim, te hubiera amado con descoco, con valentía, como no me atreví a amarte en nuestra ciudad, más por miedo, tenlo por seguro, a las paredes que nos cobijaban y al aire que respirábamos, que a las gentes que pudieran mirarnos e incluso fotografiarnos para nuestro vilipendio y orgullo>> (op.cit., pág., 122).

     Pasaje cinco: <<Si pudiésemos conseguir, Eliacim, que los pájaros, cuando tu corazón fuera a echarse a volar como un pájaro, se nutriesen de tu propio corazón, cortándole las alas a picotazos y triturándolo como a una tierna fruta, podríamos sentirnos, hijo mío, más firmes y duraderos, más pétreos e inconmovibles en nuestras propias y débiles convicciones>> (op. cit., págs., 132-133).

     Pasaje seis: <<(…) los más tierno e inaprensibles objetos (…) [:] una campesina malaya (…), un mendigo cansado de caminar, un cisne>> (op.cit., pág., 138).

    De todo lo anterior se colige: que Cela hallaba un gusto especial, literario (repito: literario; no sé si, también, personal), por la maldad (así, a secas); que el niño y el adolescente, para él, poseía un poder de atracción erótico-literaria (repito: erótico-literaria) no exento de ser expuesto literalmente con yo no sé qué intención estética o de otra índole; que la empatía, quizá (repito: quizá), le era del todo ajena…

     Un libro, Mrs. Caldwell habla con su hijo, de bajo vuelo, como lo fuera Viaje a la Alcarria, quizá los dos peores del autor. Dos bazofias literarias, dos libelos realmente malos, especialmente el primero. Yo me agencio la opinión, respecto a este libro, de Juan Luis Alborg: <<Mrs. Caldwell… no es una novela ni es nada, más allá de un galimatías incomprensible>>. La cita (cito de memoria) no es literal.

     Al mejor escribano, sí, se le escapan muchos (repito: muchos) borrones. Ay.

lunes, 18 de agosto de 2025

486/ "La no-vida vivida"

<<Vivir así es muy poco vivir; pero, de otra parte, morir también así, sin haber vivido lo bastante alegremente para encontrar la muerte natural, es tan desalentador…>> (Camilo José Cela: Pabellón de reposo. RBA Editores, S.A. Barcelona, 1992. Pág., 111).

     <<Vivir así>>… Vale, pero, ¿qué es <<vivir así>>? <Vivir así>> es vivir postrado en una cama, o en un sillón, o en una silla; postrado uno en sí mismo. <<Vivir así>>: vivir sin vivir (pudiendo hacerlo; es decir: vivir), o tanto monta: <<La vida no vivida>> de Carl Jung. Pero don Camilo sin don no refiere sólo esta carencia de vida, no. Don Camilo José refiere más de una carencia en este sentido; por ejemplo: la <<no-vida vivida>> de quien, a causa de la tuberculosis, no vive más que postrado en una cama; o la de quien, estando sano como una pera, decide (a veces sin consciencia de ello) no vivir o vivir poco. Este es, con diferencia, el peor caso. No es el más dramático. Cierto; pero es, con el permiso de todos, el peor. Estar dotado para vivir y no hacerlo deviene, me parece, tristemente absurdo. 

     Yo no hablo del suicida. El suicida tendrá sus razones (todas legítimas, si cuerdo) para no querer vivir. Hablo del frustrado, del abúlico. Hablo del melancólico; ese que no sabe (porque sí puede; o eso quiero creer yo) vivir sacudiéndose de encima la pena por razones heterogéneas… <<Sólo el melancólico permaneció en su lecho, porque era inútil sacarlo al aire puro si sus ojos sólo veían sus propias pesadillas y sus oídos estaban sordos al tumulto de los pájaros>> (Isabel Allende: De amor y de sombra).

     A la frustración del <<vivir así>> se suma el desaliento del <<morir también así>>. ¿Cabe un panorama más desolador? Millones de criaturas, no sólo cr(e)aturas, en el mundo viven (si se puede llamar así…) así. Nadie hace nada por corregir ese renglón del texto del día a día. Cada quisque está a lo suyo. Y, ¿qué es lo suyo? Pues un consumo por aquí, un consumo por allá, un consumo por acullá… Vacación, coche, casa. Pareja, placer, disgusto (la mayoría de veces, ñoño). Amistad, deslealtad, consuelo último en el perdón (¡la soledad aprieta!) y… ¡Suma y sigue! Pero el melancólico persiste en su lecho, rumiando (extraviado en su, con ere, <<cerebración>>). Y no: nadie hace nada por corregir ese párrafo del texto de la vida. Si te ha tocado en suerte vivir la vida no vivida te has de aguantar. <<Que cada perrito se lama su capullito>>.

     Seguramente Cela pensaría que poder y no querer es cosa de ineptos. El alma mustia invalida el pensar, el sentir, el actuar; lo invalida todo. El espíritu es subsumido por la tristeza. El cuerpo no responde como debería… Pero los otros, los felices otros, están a lo suyo. Es lo que les sucede a los internos de Pabellón de reposo. Les salva la colectividad, la identidad de grupo, ese grupo que se crea a expensas del gran grupo que conforma toda la humanidad (los felices y los infelices, los sanos y los enfermos, los honestos y los trápalas). Un subgrupo aquél, por así decir, de la masa humana sufridora. Solo que aquél subgrupo tiene mácula: la enfermedad tuberculosis. Para quien no lo sepa: no está erradicada; como no lo está la melancolía… Ay.


     COLOFÓN 


     <<La vida la hemos olvidado. Para nosotros no existen ya más horizontes que los que hemos preferido elegir, lo cual viene a ser una ventaja, sin duda alguna. El mundo empieza y acaba a cuatro metros de nosotros mismos, alrededor de nuestra cama, y las gentes que gozan de los placeres de la existencia, los hombres y las mujeres que ríen y bailan desaforadamente, que se aman y se besan sin tiento y sin medida, no son nuestros hermanos>> (op.cit. Pág., 137).

lunes, 11 de agosto de 2025

485/ Genial y otro (o él mismo)

<<Decía ayer>> (pero es un decir “leonino”; mejor aún: falsamente “leonino”) que: <<No me fío del marqués de Iria Flavia>>. Ahora y aquí reitero lo dicho: no me fío del marquesucho de Iria Flavia. ¡Mirad con lo que sale ahora!: <<Hay gentes a quienes agrada el sufrimiento. Son de dos clases: sufridoras y mortificantes. Las sufridoras gozan en la propia desgracia con un aplomo que espeluzna; las mortificantes gustan de hacer sufrir a los demás, de decir la palabra hiriente, la segunda frase venenosa, de ensayar el gesto displicente, la mueca que lastima. Tanto las unas como las otras suelen ser violentos y alucinados espíritus religiosos; inventan mitos y nuevas y difíciles devociones, mistifican eternos e inmutables conceptos, tergiversan señales y augurios hermosos y sencillos…>> (Camilo José Cela: Pabellón de reposo. RBA Editores, S.A. Barcelona, 1992. Págs., 102-103).

     Yo sé que narrador y autor no tienen porqué coincidir. Pueden hacerlo; es, creo (tratándose de Cela), el caso. De creerlo (y juro por Dios que así lo creo), estaría descubriendo desde un prisma nuevo la tantas veces negada <<humanidad>> de Camilo José Cela; negada por muchos (por mí negada). No considerándolo, al Nobel, un ente inhumano; sí, uno supra-humano. Alguien que se sitúa por encima del bien y del mal, de los <<hunos>> y los <<hotros>>, de los mequetrefes y de los juiciosos. Insisto: no me fío de quien parece que baja peldaños cuando sube laderas o sube faldas cuando baja sardineles. 

     El lector de Pabellón de reposo se percata de la sutileza con la que don Camilo José destapaba el tarro de las esencias de su yo auténtico. ¿Cómo? Mostrando aquí y allá un hedor fugaz del mismo y no de su álter ego. Quiero decir: una frase corta pero certera de veneno ácido y corrosivo para según qué individuo o colectividad o causa o fenómeno de que se trate; todo con visos de denuncia o de humanismo altruista de fondo… ¡Tralalá! 

     Botón de muestra: <<Apretaríamos el paso para correr más y más, y tiempo llegaría en que, aún más adelante, nos encontrábamos con días más antiguos, con las fechas por las que, todavía en el sanatorio, y tratándole respetuosamente de usted, la doncella sonreía a los requiebros del médico residente con una sonrisa que era toda ella una segura promesa de sumisión>> (op.cit. Pág., 104). El subrayado es mío. 

     <<Genio y figura hasta la sepultura>> y aún más allá de la sepultura: Cela sigue siendo leído, destripado, hasta las últimas consecuencias del destripado y de la lectura. Una de esas rara avis que cuando crea un personaje sólo está recreándose a sí mismo. Esta es mi impresión de lector que sopesa lo que lee con lo que ve y escucha en entrevistas televisivas en profundidad a don Camilo José. No tuve la (seguramente) desdicha de conocerlo en persona. ¡Eso que me agencio! No hay un solo juicio de Cela que no despierte en mí la nausea, un sí pero no ético, un aquí te he pillado so insensato y manipulador de libro (¿y no: plagiador de libros?; ¿de un solo libro?); etcétera. Un cuentista (esto nadie podrá negarlo). Una careta con patas. Un narcisista encomiable. Un fraude humano.  

     Con todo, ¡qué bien escribía el terrible gallego! Pabellón de reposo es obra temprana de un Cela <<jovenzuelo>>, todavía, intuyo, no maleado suficientemente por el narcisismo como para hacer el ridículo en público (no sé si en privado; no sé si con las mujeres cultas). ¡La genialidad no se la quita, ya, nadie! No se trata de una genialidad verbal (quédese eso para Quevedo, para Góngora, para Borges… La de Borges era, me parece, íntegra). No. Don Camilo sin don era un genio de la ironía, del doble sentido, del chascarrillo literario que hace gala del machismo y de la homofobia (por poner dos ejemplos ilustrativos) a la mínima oportunidad. ¡Una corte de rientes le iba (aún le va) en zaga! El caso es que los textos de Cela (la mayoría; no todos…) se leen con sumo placer. Ignoro si don Camilo José escribió alguna vez auxiliado de la maquina de escribir o de la computadora…

     Don Camilo José, por cierto, no emulaba a Francisquillo Umbralillo. A Francisquillo Umbralillo no se le entendía (o se le entendía mal; a trompicones). A Camilo José, en cambio, no habrá nadie que no lo entienda (nadie, digo, con un manejo solvente de la ironía literaria). Porque don Camilo José era muy suyo; pero no, en modo alguno, un teórico abstracto. La prueba está en que por el ano era capaz de absorber litro y medio de agua (¿ojiplático te has quedado, ahora, lector, eh?). Amenazó al público de RTVE y también circunstante del programa <<Buenas noches>>, presentado por Mercedes Mila (1982), con hacerlo delante de todos si se le proveía de una palangana. Nada más práctico o más literario (digo yo) que exponer el culo en público para que, al día siguiente, todo quisque hable de si lo tenías esponjado como el de Sancho Panza o escuchimizado como el de don Quijote. Don Camilo José: <<Genio y figura hasta la palangana>>, en todo caso. 

     En fin.                 

viernes, 1 de agosto de 2025

484/ "La piel no hace (o sí) al zorro"...

Yo camino con pies de plomo por las páginas, quizá no aleatorias, de Pabellón de reposo (Camilo José Cela. RBA Editores, S.A. Barcelona, 1992). No, no me fío del de Iria Flavia, o de su foto-retrato todavía no sé a ciencia cierta si posado o robado. Aparenta ser un <<robado de libro>>; bien podría no serlo. En resolución: no me fío del marqués de Iria Flavia. Su prosa tierna, dulce y dócil, sin rebordes puntiagudos que puedan causar heridas superficiales o profundas en los dedos al lector (alguno hay); su prosa, digo, lírica (despierta ésta en el lector conocedor de los parajes <<camilenses>> recuerdos del Cela que a la vez fue y no fue poeta lírico) hace saltar todas las alarmas. El hombre que dio rienda suelta al narcisismo, a la censura, a la crueldad y a la humillación del más débil (todo en clave literaria. O de ficción) se presenta ahora ante el lector como un sumo sacerdote de la moral prosística al uso y todo con base en una prosa sobresaliente; sobresaliente, no: talentosa. Y eso da que pensar…

     Nota disidente: Considero, por regla general, al narrador de los libros de Cela alter ego de don Camilo. Conste, fielmente, en acta. Sé que hago mal. Pero… Fin de la nota disidente.  

     Después del trago malo del Viaje a la Alcarria (libro libérrimo e infumable donde los haya, libro nefasto. Una pifia literaria), topo con este otro trago bueno, de humanidad vencida y esperanzada que late en el interior de un sanatorio para tuberculosos de yo no sé qué ciudad o ladera o monte sagrado de la literatura universal; como un corazón malherido que no bombea suficiente sangre y se revela defectuoso. Pues bien: quiero (más deseo) compararlo con la proeza de Thomas Mann: La montaña mágica. No es comparación hacedera; tendría que rebuscar en las tripas del obrón del alemán para hallar alguna concomitancia con la del español. Leí la novela de Mann el año dos mil cinco. No sólo ha llovido; ha diluviado, granizado, nevado. De resultas: únicamente recuerdo a grandes trazos la trama del obrón teutón y poco más. La mentada comparación, pues, se me antoja harto difícil. 

     Escribe el marqués de Iria Flavia: <<Las parejas de enamorados deambulan por los desmontes enlazadas del talle, recitando pensativas poesías; como son pobres, tienen que esperar a que se haga de noche para besarse. Cuando yo llegaba a mi casa, a la hora de cenar, los veía sentados al borde de la carretera, tímidos como ladrones, abrazándose en los descuidos de los caminantes. ¡Cómo los envidiaba yo aquellas tibias noches de abril, cuando bajaba las persianas de mi balcón, cuando me disponía a quedarme hasta las dos o hasta las tres de la madrugada, sentado a la mesa de escribir, sobre los áridos textos de la carrera!>> (op.cit. Pág., 24).

     Tal vez en el más necio (por humillante) de los hombres anide un Aleph de humano sentir y ese Aleph de sentir humano pugne por salir de su ocultamiento en aras de la justicia divina. El oprimido tendrá entonces razones para respirar aliviado. Todo era una pose, un artefacto efectista, un trampantojo de la literatura…


     (Continuará).

lunes, 3 de marzo de 2025

470/ "Cómico de la lengua"

Hay, in onore della verità, viajes improductivos. Hay viajes soñados (mejor: ideales). Hay viajes, impertinentes, que uno no desearía emprender nunca. Pero hay <<un>> viaje sobre el cual han corrido ríos de tinta sin saber el escritor de turno cuáles son sus hitos primordiales; un viaje insustancial (o todo lo contrario) a cuyo término, cuando el viajero rinde por fin itinerario, resulta imposible la vuelta. Puede, éste, conformar la muerte (quién no lo ha pensado alguna vez). Puede, éste, conformar la demencia; ya que <<todo se olvida>>... Pero puede, el viaje de marras, conformar el fracaso y su corolario natural: la frustración. Frustración tras la lucha, tras el esfuerzo por la supervivencia, que acaba cediendo paso al frío (un frío emocional) y al hambre (un hambre no refractaria de la fantasía). Pues bien: si todo esto lo envolviésemos tal un regalo en el papel iridiscente de la comedia (con sus reflejos de tornasol al sol y son de la alegría de la literatura en desgarro cómico) obtendríamos: El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, y ya entonces nuestra percepción del teatro habrá mudado de piel para siempre.

     El teatro es arte (arte sublime); pero el teatro es medio de <<no>> subsistencia. Lo es para algunos desafortunados; sólo algunos... ¡No, hombre, no! Para la inmensa mayoría lo es. Y Fernando Fernán Gómez, que bien lo sabía porque lo sabía bien, quiso dejar constancia de ello (el año 1985) con la novela mentada. Y lo hizo como lo haría un <<cómico de la lengua>> (expresión dos veces consignada en el texto de que tratamos aquí; más concretamente: en el CAP 3 y en el CAP 15): con morfosintaxis y cosmovisión rebosantes de gracejo.    

     Nadie crea hallar en estas páginas dolor, sufrimiento, agonía… No, no… O no sólo… Porque todo ello (lo hay, lo hay, aunque sin un dramatismo exacerbado) el lector lo hallará envuelto en humor del bueno (con una o dos discordancias: el acoso y abuso sexual y el machismo de época; ambos con la brida suelta), de cómicos ambulantes, de gentes de <<malvivir>> que por encima de todo idolatran (o mejor: adoran) su vocación: el teatro. Otro tema, éste, importante en el texto objeto de nuestro apunte: <<La vocación>> (Agostina Lute dixit). 

     Carlos Galván (al comienzo del segundo acto, perdón, capítulo…): <<Las vocaciones se despiertan viendo trabajar a los otros>>. Vocación por el teatro, el cual tendrá que vérselas con el cine, la radio y el fútbol y todo eso en la España escuálida de posguerra. ¡Despiadado trámite! Carlos Galván (en otro pasaje de la obra, perdón, de la novela): <<Lo peor, aunque hoy todo me produce nostalgia, era la lucha por encontrar trabajo seguido. En cafés, en círculos, en casinos, en almacenes, en patios, en cuadras, donde fuera. Y la lucha contra el peliculero, contra el fútbol, contra la radio. Lucha en la que no podíamos hacer nada, más que trabajar lo mejor que sabíamos, y en las que llevábamos las de perder, porque el público cada día se apartaba más>>. 

     El humor lo maquilla todo (o mejor: todo queda realzado por el humor). Humor que se posiciona por encima del drama siempre (o por debajo. Depende…). En todo caso es, el humor, primordial y no accesorio. 

     Botón de muestra dialogado (parlamentan Carlos Galván y su hijo Carlitos a quien él llama <<el zangolotino>> y cuyo acento es gallego):

     <<–¿De dónde vienes, hijo?

     –Ya lo sabes, de hablar con el abuelo.

     –¿Le has planteado tu idea?

     –Sí, claro.

     –¿Y qué te ha contestado?

     –Me ha dado un tantarantán que por poco me caigo por la ventana al patio.

     –Pero ¿qué ha ocurrido? ¿No se lo has explicado bien?

     –Sí. Igual que a ti.

     –¿Y no te ha comprendido?

     –Sí, yo creo que sí, que me ha comprendido muy bien, y por eso me ha dado el tantarantán.

     –Debe ser que está anticuado.

     –Eso me parece a mí>>.

     El paroxismo de la gracia, me parece, radica en el <<tantarantán>> que menciona Carlitos. Término éste que también utiliza el mamarracho de Cela en su mamarrachada superlativa: <<Viaje a la Alcarria>>. El efecto cómico en Cela no es tan pujante…

     Sólo un referente más que añadir a todo lo hasta aquí aireado: el carácter sicalíptico de algunos pasajes del texto. La psicalipsis hace de las suyas normalmente enfocada en uno de los personajes más conseguidos: Rosita del Valle (prima de Carlos Galván y tía del zangolotino a quien Carlos embauca para que se camele a Carlitos con el propósito único de que lo retenga en la compañía de cómicos y no decida éste desertar de la misma sin más. Más adelante será el propio Carlos Galván quien quede prendado de sus encantos mujeriles y hasta tendrá ocasión de experimentarlo en carne propia… O no. Apostilla: haría bien el lector incauto en no creer todo lo que le dice el narrador en primera persona. El que avisa…). 

     Otto botón de muestra, de nuevo, dialogado (parlamentan el zangolotino y Rosita del Valle. Principia el diálogo el zangolotino):

     <<–¡Ay, perdona! Perdona que te haya tropezado. No sabía que estabas tan cerca.

     –No te preocupes, hombre. Es natural que me tropieces. Estamos a oscuras.

     –¡Ya la tengo!

     –Enciende.

     (…)

     –Es que no luce.

     –Pero ¿le has dado?

     –Sí, pero debe de estar fundida.

     –O se habrá aflojado. Voy a ver.

     –¿A tientas? (…)

     –Claro, a tientas. Acércame tú una silla, también a tientas.

     (…)

     –¡Ay, perdona!

     –Hijo, ni que lo hicieras adrede. En cuanto te mueves, me tropiezas.

     –Como está oscuro…

     –Anda, pon aquí la silla.

     (…)

     –Sujétame, que voy a subir… ¡Pero sujétame a mí, no a la silla!

     –Bueno, bueno. Pero ¿por dónde te sujeto? ¿Por aquí? ¿Te sujeto por aquí?

     (…)>>. 

     Novela, en su máxima expresión (y extensión), dialogada; vamos: teatral. Novela (casi) teatro. Teatro (diríamos…) casi novela. Una delicia para el paladar del lector literario no demasiado escrupuloso, eso sí, con la moral de época. Obra maestra de la literatura de humor (o tanto monta: del humor literario). Léanla del derecho o del revés. Da radicalmente lo mismo. Cambiará, per saecula saeculorum, su perspectiva de la literatura y de otras ignominiosas entelequias.

jueves, 6 de febrero de 2025

468/ "Aquí paz y mañana gloria"

Leer un libro malo (o muy malo) de cualquier autor no significativo, cuando el lector es un selectivo de órdago, se convierte en todo un acontecimiento. No es lo acostumbrado. Leerlo (el libro malo) habiendo sido éste escrito por un Nobel de literatura es, me parece, un despropósito del azar perverso. Más aún: juzgo tan fatídico hecho desavenencia (casi) eterna entre el autor del bodrio y el pobrecito lector. 

     También de insalubridad (como de amor; por poner dos ejemplos extremados) se puede morir. El libro que mencionaré a continuación es insalubre (para el alma del lector noble) y de una calidad ínfima (teniendo en cuenta quién lo manufacturó: sí, en efecto, el angelito de marras escribía a mano). Refiero: <<Viaje a la Alcarria>>, del insigne marqués de Iria Flavia don sin don Camilo José Cela Trulock (perdón por la rima), un fastidioso que sabía unir palabras (por lo que le concedieron el mayor galardón habido y por haber, hasta hoy, de las letras universales).

     Uno siempre aguarda calidad (no necesariamente calidez) en las líneas garrapateadas por un Nobel de literatura. Persona y personaje suelen ir por un <<sendero de caminos que se bifurcan>>; personaje y obra, no. En el caso que nos ocupa, creo, obra y persona figuran conjuntamente. Cela, vivo y coleando, parecía malintencionado (contendría la hiel de la mala gente). Yo no sé si era o no era mala gente. Yo sí sé que era un buen escritor (no un genial escritor). Permítaseme que insista: en el caso que nos ocupa (<<Viaje a la Alcarria>>) al lector le queda siempre la ardua impresión de que el narrador es Cela-persona y no Cela-personaje por una sencilla y elocuente razón: porque en don Camilo sin don ambos (personaje y persona) serían una y la misma <<cosa>>. Digo: <<cosa>>, ya que tanto le gustaba al insigne marqués de Iria Flavia cosificar a unos y a otros (más a unas y a otras)…

     Lo diré sin rebozo: una prosa infame; una prosa ridículamente objetiva, una mamarrachada prosística, de la que la inmensa mayoría de lectores (eso parece) gusta y valora (mejor: sobrevalora) por provenir (conjetura mía. Nadie lo dude) del renombrado marqués. No en vano <<Viaje a la Alcarria>> constituye (o ha constituido; ignoro si seguirá o no en la brecha) itinerario lector en no pocos centros educativos públicos de España. ¡Tócate las criadillas! El libro parece escrito por un robot poco avezado (y poco avanzado) tecnológicamente; léase: babieca: sin cariz emotivo, sin profundidad reflexiva (sólo una reflexión digna de mención he hallado entre sus páginas. Esta de aquí: <<En Pastrana podría encontrarse quizá la clave de algo que sucede en España con más frecuencia de la necesaria. El pasado esplendor agobia y, para colmo, agosta las voluntades; y sin voluntad, a lo que se ve, y dedicándose a contemplar las pretéritas grandezas, mal se atiende al problema de todos los días. Con la panza vacía y la cabeza poblada de dorados recuerdos, los dorados recuerdos se van cada vez más lejos y al final, y sin que nadie llegue a confesárselo, ya se duda hasta de que hayan sido ciertos alguna vez, ya son como un caritativo e inútil valor entendido>>), sin belleza plástica. Vamos: un desaliño prosístico en toda regla. O una birria lingüística con una o dos excepciones: <<Cantan los grillos y un perro ladra sin ira. prolongadamente, desganadamente, como cumpliendo un mandato viejo>>; <<El viajero regala una corona de almohadilla al burro Gorrión, y el burro Gorrión mueve el rabo, nervioso como un niño, mientras lo visten>> (se ve que Cela leyó <<Platero…>>. No se le arrima a JRJ, todo hay que decirlo, ni un ápice). Y qué decir de los poemas que el autor introduce, a veces, con calzador (ignoro si extraídos del <<Romancero>> o de factura propia). Una jungla de ripios todos ellos. 

     Después (o, incluso, antes) de <<Ikigai>>, <<Viaje a la Alcarria>> se me antoja el peor libro de cuantos he leído en toda mi vida; y empiezan éstos, ya, a ser legión. Cela no fue un dechado de virtudes éticas, lo sé, lo sé… Pero, ¿y escriturares? Tampoco. Escribió unas cuantas obras maestras de la literatura (<<La familia de Pascual Duarte>>, <<La colmena>>, <<Nuevo retablo de Don Cristobita>>…) y pare usted de contar. La realidad es que su lenguaje no atrapa, no seduce, no zamarrea el alma. <<Viaje a la Alcarria>>, sin duda el peor libro de don Camilo José sin don, asume una victoria entre tantas derrotas: el (por así llamarlo) prólogo: <<La confusa andadura de un libro sencillísimo>> (¡tanto, y tan tonto, que llega a ser simplón! En él el narrador se muestra mínimamente arrepentido (de qué). Escribe ahí, en el prólogo, don Camilo sin don: <<Y aquí termina, si los dioses se me muestran clementes y piadosos, la confusa andadura de este libro sencillísimo y de vida llena de misterios y de atroces (y también dolorosos) vaivenes. La seta del bosque y la tímida flor que crece a la sombra de la más olvidada tapia, tampoco viven en paz (aunque se muestren como la insignia de la paz)>>. 

     Por eso: Aquí paz y mañana gloria.

viernes, 10 de agosto de 2018

286/ Arte y oficio

El 24 de abril de 1994 El País publicó el discurso de recepción del Premio Cervantes que escribiera un hombre drástico, sarcástico, encomiástico. Aquí las últimas líneas: “No puedo arrepentirme de haber visto pasar la vida entera con la pluma en la mano, yo ya no puedo dar marcha atrás por haberme pasado la vida escribiendo, tampoco quiero ni debo hacerlo y proclamo mi lealtad a mi oficio. Me reconforta pensar que la palabra tiene su mejor premio en sí misma, y doy gracias a Dios, también a los hombres, por no haberme querido mudo ni muerto”. La firma estampada pertenece a Camilo José Cela. 
     Vaya, ahora, una reflexión fugaz. El escritor se duele de haber vivido poco por escrito mucho de un modo excluyente. Esto le ocurre al de raza. Al vocacional. Al que desconoce cualquier forma de vida más allá de la metódica escritura. Al que no desperdicia la menor oportunidad para estampar en negro sobre blanco cualquier frase (o verso) por inoportuno (o no) que sea. En un folio. ¡Va! En un trozo de cartón. ¡Va! En una servilleta. ¡Va! Dónde da, un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir. Qué no da, ni un poco, lo mismo. La cosa (y el caso) es escribir algo “que merezca la pena”. Traduzco el entrecomillado: digno de ser leído. El lector no querrá perder el tiempo.
     Juzgo triste la verdad acuclillada en el inextinguible temor del escritor. A saber: que mientras escribe no vive (y viceversa). Opino que escribir podría equipararse a vivir dos o más veces. Yo no le atribuyo al tiempo un carácter pasajero. Vivir para escribir conlleva una carencia inevitable: vivir para (no) contarlo. Vivir libre. Vivir fuera de sí uno. En su extrarradio.  
     El escritor permanece ensimismado. Se trata de un ensimismamiento productivo. Los abstraídos no están libres de auto-reproches. Un botón de muestra: “debería salir y mezclarme con la gente”. Otro: “¿me volveré majara?”. Otro: “no sé si alegrarme de no necesitar ocio”. Hay escritores como cencerros (Panero). Los hay mundanos (Llamazares). Los hay distraídos con otros oficios (Savater. O Trueba). Su obra literaria es (será) breve. Uno que otro título sacará a relucir éxitos. Vale. Pregunto: ¿qué es recomendable: vivir poco y escribir mucho y bien o escribir menos y mal y vivir más? Téngase en cuenta que cantidad y calidad, hoy, traban. 
     Camilo José Cela logró ambas aspiraciones. Escribió mucho. Escribió bien. Todavía ironizó más y mejor. Que se duela (por lo bajini. A lo gallego...) de haber dedicado su vida a la escritura, negándolo, no sorprende. Yo le alabo el gusto. Yo, mal o bien que me pese, vivo para escribir.           

miércoles, 17 de octubre de 2012

30/ Esa otra droga

     –Tóxico y literatura casan bien.

     –¿Y?…

     –William Sydney Porter no iba a ser menos.

     –¿Qué quieres decir?

     –La lista es extensa: Shakespeare, Edgar Poe, Arthur Rimbaud, Valery…

     –Y W.S.P., alias: <<O. Henry>>. ¿Y qué con eso?

     –Que podemos demonizarlo o enaltecer su obra.

     –<<O. Henry>> tuvo una vida compleja.

     –Sí. Resolló tras los travesaños de la penitenciaría de Columbus por hurtar moneda corriente a un banco.

     –Fue, asimismo, boticario.

     –Y fundó el seminario bufonesco The Rolling Stone.

     –También garrapateó cuentos por encargo en el New York World.

     –¿Qué sustancia empleaba?…

     –Alcohol.

     –¿Y no adquiría atributos de gamuza?

     –Trabajaba, raudo, con dos litros de güisqui cada día.

     –Presto oído a sones de leyenda…

     –Yo sé que acabó arruinado.

     –Murió, además, prematuramente: con 47.

     –Hay a quien, sin inspiración, se le obstruye la vida.

     –Esa otra droga…

     –La óptima, álter ego, la óptima.

     –¿Tú no decías que la vida debe agarrarte trabajando?…

     –¿La vida?

     –¡La inspiración!

     –Eso lo dijo Cela…

     –Y, ¿no lo compartes?

     –Para mí es al revés: lo que debe sorprenderte inspirado es el trabajo.

     –¿Y si no?

     –Se abotagaría la obra.

     –¿Y?…

     –Te convertirías en prolífico escritor, con uno o dos aciertos.

     –Y dime, ¿cómo tropezar con la inspiración?

     –Leyendo.

     –¿El qué?

     –Lo impublicable.

     –Pero el mercado cifra los aciertos.

     –Así es.

     –Por eso te inspiras con parvedad e intoxicas y escribes tanto…

     –¡Y que lo digas!

     –Ahora discierno el grano de la paja…

     –¡Bravo, álter ego, bravo!