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lunes, 19 de agosto de 2024

456/ Una novela en una frase

OPINIÓN


Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Yo digo algo a la vez semejante y desemejante. Y es: una imagen, suscitada por palabras, vale más que mil palabras que no suscitan una sola imagen. Parece un trabalenguas. No lo es. Con ello aludo (la duda ofende) a la literatura. Y al lenguaje literario. Y a la retórica fundamentada en lo verbal y en lo visual al par. Con ello aludo, en suma, al arte de escribir <<bonito>> (o tanto monta: <<con voluntad de estilo>>). Esto de lo visual en el mismo plano que lo verbal lo juzgo aplicable, de un modo cuasi-mágico, a la política. La política se presta, a las mil maravillas, al juego que hay implícito en toda expresión literaria: el de la travesura verbal. Es lo que vienen haciendo, desde que el mundo es mundo, novelistas y poetas (y ensayistas y columnistas y blogueros). Es decir: aquellos que escriben ficción, auto-ficción, no ficción con alma de ficción… Abro paréntesis: no busquemos esas travesuras en los textos urdidos por el catedrático de Historia o de Economía o de Derecho, ¡Vade retro, Satana!, de turno; excepciones habrá. Cierro paréntesis. Una palabra, una simple y llana frase, hacen las delicias del lector de literatura. El juego verbal suele emparentarse más con el genio que con la vocación o el esfuerzo puesto en la busca de una fórmula idónea para lograrlo (el juego verbal). La busca del juego evocado suele abocar al buscador al más rotundo fracaso. La imagen sale o no sale: no hay que ir a buscarla (o, tal vez, sí. Yo no sé…); tampoco irrumpe como caída del cielo del Dios Thot (o, tal vez, sí. Uf…). He aquí, por fin, un ejemplo: una frase (la transcribo) que cumple a la perfección con su cometido: decir mucho jugando poco. Y es: <<(…) Tomaban patatas fritas sin quitarse los guantes>>. Pensemos, en un pis pas, cómo es alguien que come patatas fritas sin quitarse los guantes. ¡Exacto! Y, ¿no es esto decir mucho? Ahora, para los de corazón ansioso, pondré la frase en contexto: <<Los democristianos de talante progresista eran simplemente unos chicos listos, educados, reglamentarios, acicalados, seguidores de algún teólogo alemán, suaves y discretos, que tomaban patatas fritas sin quitarse los guantes>> (Manuel Vicent: <<Jardín de Villa Valeria>>. Alfaguara. Madrid, 1996. Pág., 180). No entraré en disquisiciones políticas o ideológicas. Aburren, éstas, al más pintado. A mí el talante de los democristianos, la verdad, me la refanfinfla. Esto no es óbice para que no aplauda al genio que parió la imagen verbal arriba transcrita: Manuel Vicent. No sólo la novela de Vicent encierra la frase de marras. La frase de marras encierra la novela de Vicent. Entonces permítaseme que pregunte: ¿Es o no es meritorio algo así? Pues eso.  


viernes, 14 de junio de 2024

452/ La "Palabra Correcta"

OPINIÓN


Uno de los `mandamientos´ del <<Camino Óctuple>> es la <<palabra correcta>>. Camino Óctuple: ocho actitudes beneficiosas para la humanidad; ocho formas de cumplir con lo que el Buda difundió. Mejor aún: ocho formas de iniciarse en el Dharma con el fin, es claro, de emprender las ocho; no una solo. Pero, ¿qué es exactamente la <<Palabra Correcta>>? Aquí no se trata de corrección gramatical, sintáctica, prosódica… No. Aquí se trata de no causar al otro (tampoco a uno mismo) perjuicio con el uso regurgitado (dañino) de la palabra. Tai Morello ha escrito: “Evita declaraciones mentirosas, abusivas y divisivas, así como chismes inútiles” (<<Budismo para principiantes: Una guía práctica para la iluminación espiritual>>. Smashwords Edition. Pág., 122).

     Políticos, periodistas y escritores (blogueros en el saco), deberíamos hacérnoslo mirar. Nota: El orden jerárquico de la lista no es invariable. De entre los tres colectivos lingüísticamente tóxicos mentados el que más perjuicio causa al prójimo con el uso incorrecto de la palabra es, a mi juicio, el de los periodistas. El motivo no es un misterio: el periodista suele aunar erudición (la búsqueda constante de información convierte en erudito al buscador) con ideología (esa estupidez de la inteligencia humana). Al político, en cambio, le falta erudición; al escritor, ideología. Nota segunda: Hablo, aquí, de arquetipos; no de tipos impuros. Con <<escritor>> refiero <<escritor literario>>. Téngase esto en cuenta.

     Lo triste del asunto es que el periodista debería quedar libre de ideología; no, de ideas (es de perogrullo); pero no acontece así. Es más: el periodista acaba convirtiéndose en carne ideológica contaminada con la hormona del odio. Y aún se jacta de su propio envenenamiento tratando de convencer a los demás de la validez y viabilidad de su postura…, de su postura… ideológica, como no podía ser de otra manera. ¡Vade retro, Satana

     Recomiendo a los periodistas (a los políticos, a los escritores, a los blogueros) que mediten. La meditación es la mejor medicina natural contra el odio. ¿Hay alguna ideología que no engendre, en sí misma, odio?

     La <<Palabra Correcta>>: la mejor idea (sin <<logia>> que valga) que podemos acaparar <<Hunos>> y <<Otros>>. Todos: ¡Tú, lector, el otro y el de la moto! 

     Mis disculpas por las palabras incorrectas que haya podido pronunciar hoy y ayer y, todavía, pueda pronunciar mañana. 

     Rectificar, dicen, es de sabios.

     <<Namasté>>.

viernes, 17 de noviembre de 2023

436/ Aira o el volteo del mundo

OPINIÓN


Leer a César Aira se me antoja una experiencia inigualable. Lo digo con todo convencimiento. En 2004, por primera vez, leí una obra suya: <<Varamo>>; en 2005, la releí. Desde entonces varios títulos de Aira han ido, de apoco, engrosando las baldas de mi librería. Existe una curiosa particularidad: en cada volumen de Aira se encastillan varios títulos de Aira. Esto siempre (o casi siempre) es así. ¿El motivo? La inmensa mayoría de los textos de este autor se enmarca en el género <<novela corta>> (para el caso que nos atañe: unas ochenta o noventa páginas… A veces más; a veces menos). Al adjetivo <<inigualable>> del principio añadiría yo, ahora, este otro: <<excitante>>. <<Excitante>> sería la palabra justa para designar la cualidad principal de la obra del de Coronel Pringles (Argentina). Al lector, eso sí, tendrá que atraerle la Filosofía. O mejor aún: filosofar. No está claro que César Aira sea un filósofo sino algo parecido y diferente al mismo tiempo: especie de novelista pseudo-filósofo o filósofo pseudo-novelista. Un escritor con todas las letras, desde luego, sí es. 

     Un escritor con todas las letras y, también con todas las letras, un desconocido. <<¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!>> (Juan Ramón dixit). En los tiempos que corren no le auguro a César Aira demasiada venta ni tampoco demasiada <<mano de obra lectora>>. Para leer las novelitas de Aira, en efecto, hay que arremangarse y doblar el espinazo del intelecto con una intensidad rayana en abuso. El lector debe convertirse en un <<currante>> de la búsqueda del sentido textual. El lector aburguesado, acomodado en el sillón <<H>> de la Real Academia de la Holganza (<<¡que me lo den todo hecho!>>), no se hallará a gusto leyendo a César Aira. Éste tiene la inestimable capacidad de hacerle creer (al lector, que tanto presume de ojo literario...) tonto. Además: inmensamente. Pero tranquilícese el lector: esa sensación de <<necedad>> acabará diluyéndosele en sucesivas lecturas del texto (¡correcto!: tendrá que aficionarse a releer y no sólo a leer. Esto si pretende, es claro, desentrañar los mimbres de la literatura de Aira).

     Veamos… 

     Días atrás comencé a leer <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> (refiero el libro, <<Literatura Random House>>, Barcelona, 2015; y también la novela homónima en él encastillada). Y cuál no sería mi sorpresa cuando comprobé que las veinte o treinta primeras páginas se me escapaban de entre las manos como culebrilla de río... No había forma humana (ni divina) de arrancarles el sentido. Pensé: <<No es raro, tratándose de Aira; vuelve a leerlas y, esta vez, amárrate los machos por lo que pueda venir>>. 

     Y así lo hice. 

     La segunda lectura (o primera re-lectura. Tanto monta...) arrojó algo más de luz. Pero siguió siendo insuficiente, ésta, para alumbrar los vericuetos más oscuros e inaccesibles del texto. Pensé: <<Habrá que poseer unos mínimos conocimientos filosóficos para entender plenamente lo que el autor me está queriendo decir>>. Y ahí, justo ahí, radica el quid de la cuestión: pensar tal cosa. Camino, el mentado, que conduce al lector lego en Aira al abandono de la lectura. ¡Craso error! 

     <<De modo que hay que buscar un camino alternativo>>, me dije. <<El literal, obstruido. El figurado, más libre, pero demasiado corto. Resta el académico: gris y, de ordinario, bastante soporífero>>. ¿Cuál camino elegir, entonces, para captar el sentido de los textos de Aira? Respuesta más válida que se me ocurre: todos los mentados y ninguno de ellos. O tanto monta: el sacrosanto (y venerado por este servidor de nadie) camino lúdico. O sea: el del juego. Un juego, quizá, psicológico. 

     Hay que jugar (¡hay que jugar!) con el texto de Aira. Hay que regresar, cuantas veces sean necesarias, a la ilusión del niño lector; a la pasión que el niño lector ponía en todo aquello que emprendía; a la capacidad que tenía el niño lector para dejarse obnubilar por el mundo… 

     El mundo está demasiado cargado de Realismo para dormirse en los laureles y dejar pasar la oportunidad de imaginar y fantasear a troche y moche. <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> versa sobre esto (entre otras especies). Acuda al texto y enfréntese a él desprejuiciado y libre quien desee conocer in situ una forma original de hacer literatura. Ojo, he dicho: original. No es, pues, moco de pavo. Y recuérdese: desprejuiciado y libre. La mejor forma, ésta, de leer a César Aira. ¡La mejor!               

jueves, 28 de octubre de 2021

363/ La soberbia de Mr. Calatayud

OPINIÓN


<<En comunión con sus colegas europeos, los ilustrados españoles comprendieron que la mejora de la enseñanza era un paso previo a cualquier reforma política y confiaron al estado el encargo de dirigir la empresa pedagógica>> (Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga. Breve historia de España. Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 384).

     Dejar en manos del Estado la educación, per se, no reporta beneficios. Dependerá más del tipo de Estado que la ostente (o detente) que de otra cosa. Que se lo digan, si no, a nuestros padres o abuelos: ellos tuvieron que soportar el paso, poso y peso, de unos años vividos en Dictadura en cuya nómina habría que incluir el lavado de cerebro. He de decirlo sin rebozo: tampoco tengo claro que hoy no nos laven el cerebro. Ponerse a salvo del maquiavélico fregoteo, a veces, ni es tan fácil como a priori pudiera pensarse ni tan hacedero. No hay mejor educación, en términos motivacionales, que la autodidacta. Es lo que pienso y, pues, lo digo. Llevo toda la vida posicionado en el autodidactismo. Esa es mi religión y esa es mi ideología. Rechazo de plano el principio de autoridad como inductor del aprendizaje. Yo furrulo de otro modo: el axioma <<dadme una palanca y moveré el mundo>>, en mi caso, se llama: `aprendizaje por descubrimiento´ y/o `aprendizaje por ensayo y error´. También (en un sentido figurado): `Hostia con la mano abierta´ y `golpazo contra un muro de hormigón´ si uno anda despistado. No conozco mejor manera de aprender que las dos arriba mentadas. El error está infravalorado. La sociedad actual lleva el éxito a un nivel que, a mi juicio, no le corresponde: el de la emoción dura y pura. ¡Bah!, el éxito no emociona, solo rinde réditos. Equivocarse, sí: aparece la frustración, la ira, el encono… Tres puertas abiertas a la acción. ¿Acaso no es actuar aprender? Acabemos con esta loca lacra. Dejemos que el niño se equivoque y resuelva, luego, acertar. Démosle el beneficio del error. Abro paréntesis. Al docente ideologizado: ¡Cállese y rectifique de una puñetera vez! Cierro paréntesis. Bendito desahogo.

     La educación habría que dejarla en manos del Anarquismo Espiritualista. Aquello que criticaba el señor Juez de menores de Granada, Emilio Calatayud (un iluminado de todas todas), `aprender a aprender´, es justamente lo que habría que procurar. Y, de paso, dar menos cancha a un togado metido a marisabidilla y más a un docente no ideologizado y partidario de la libertad de pensamiento y de expresión y de estilo de aprendizaje (minoría, por desgracia, hoy). Si Juan de Mairena levantara la chorla… Torres Villarroel, por su parte, no emulaba a Calatayud: criticó el dogmatismo de la vieja cultura y responsabilizó a esta del fracaso del reino. Calatayud critica el nuevo estado de cosas movido por una supuesta beneficencia derivada de la vida de antaño. Qué carca el señor Juez... Mr. Calatayud debería aprender a aprender a no meterse en jardín espinado sin pretender salir de él todo llenito de púas... Ay, señor juez de menores de Granada, cuándo aprenderá a aprender usted…

     Dejemos, ya, tranquilo a Mr. Calatayud. Yo quería hablar de educación. Giner de los Ríos y Ortega agradecerían cenáculos en torno a lo educacional a todo trapo y rato y razón no les faltaría. Debatimos poco, en general, y de educación menos. Esto no es recomendable. Dialoguemos (incluso tirémonos los trastos a la cabeza, si con ello logramos sacar algo en claro, y hablemos de una maldita vez de lo que importa. Por ejemplo: ¿El talento debería sobreponerse a la condición social? O: ¿Contradecir al profesor debería reportarle a este un estímulo para seguir mejorando e investigando y no lo que, usualmente, le reporta: la idea de ego minusvalorado? O: ¿El docente debe desgajarse, por completo, de su yo discente?…

     Para qué seguir).

     Aprendizaje autodidacta, con  cierto auxilio, sí. Lavado de cerebro, porque el Estado lo ordena, no. Mil veces no.

martes, 10 de agosto de 2021

358/ Leer para creer

OPINIÓN


Quiero, hoy, romper una lanza a favor del hombre que decide permanecer desinformado. ¡He aquí, oh Sancho, la libertad! Lo diré con toda claridad (y perdóneseme la rima): la mayor parte de la información actual proveniente de los Mass Media la juzgo adulterada o, si no, retocada. Manufactura mediática se llama tal fechoría. Yo no refiero algo tan burdo como las Fakes News. No, no, más al contrario: yo refiero algo del todo sutil. Léase: poner parapeto al pensamiento libre y a la no menos libre investigación que todo periodista decente (¿hay alguno?) debería acatar como el Padre Nuestro por la feligresía católica, apostólica y romana, básicamente. En el universo mental del periodista decente no tendría que tener cabida ninguna ideología. Solo ideas. No son la misma cosa por más que el diccionario de la RAE y el uso y abuso lingüístico se empeñen. Ninguna idea debería ser, per se, acallada. Las hay tremebundas. Las hay diabólicas. Las hay perniciosas. Dígasenos cuáles son y conozcámoslas hasta los mondongos para saber rechazarlas y, en su caso, combatirlas. Quien así desee proceder, quien no, que no proceda de esa guisa: fácil y sencillo. Sin embargo todo esfuerzo en este sentido es (ay, Buda) inútil. No hay periodista que se precie que no hable por boca de este o de aquel partido político. Parece, incluso, recompensado por ello (¡puagh!). ¿Es esto lo que enseñan en la Facultad de Comunicación? No. Algo así deriva de la necesidad que tiene el periodista de pagar la hipoteca (o el alquiler) de la casa donde malvive y la letra del coche (o la de la burra) que utiliza para dirigirse a la playa como todo buen españolito hace en verano. ¿Y quien no lo haga? Un desgraciado. De modo que ya tenemos a un periodista cuyo afán primordial es hacerle la cama al partido político cuyas ideas aceitan el engranaje del grupo empresarial al que pertenece el medio para el que él o ella trabaja (o viceversa). Ah: este suele tener algún cargo de responsabilidad en el mismo (¡me río yo de esa responsabilidad!). Y, después de todo, ¿pretenden que me crea lo que los Mass Media sueltan por esa “convenida” boquita? A medias, a medias, Maquiavelito...

     Y digo más: ningún periodista, decente, debería votar. Ea: ¡dicho y re-dicho queda!

     Solo anhelo que no suceda como en el segundo tercio del siglo XIX. Entonces, nos lo recuerdan Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga en el libro Breve historia de España (Alianza Editorial. Madrid, 2012. Pág., 43), los periódicos gozaban de un gran poder político. Hoy es el poder político el que goza de un “gran” periódico (o de varios) siempre a su servicio…

     Leer para creer.

jueves, 9 de julio de 2020

329/ Las Hermanitas de la Caridad Mediática

OPINIÓN

Haré de mi capa un sayo. Desde que amanece apetece. Pero, primero, dos aclaraciones no por sabidas menos pertinentes. Una: No estoy a favor del insulto. Y dos: No estoy en contra del insulto. Ahora una tercera aclaración referente a las dos anteriores: No trato de tomarle el pelo a nadie. Cuanto voy a decir, aquí, va a misa de ocho. No admito que se dude de mi palabra escrita por una sencilla razón: Porque es imposible que se la lleve el viento malo de la hipocresía. Lo juro: ¡Por estas! De modo que atiéndanse a las tres negaciones arriba apuntadas (una: No al insulto. Dos: No al no al insulto. Y tres: No a la tomadura de pelo). ¿Está clarita el agua? Pues eso.
     Voy ya, pues, al meollo del insulto. Perdón: Del indulto. Perdón otra vez: Del asunto. Se me encasquilla el sustantivo. Después de todo el asunto es el del insulto. Una pregunta previa: ¿Por qué la gente se indigna tanto cuando alguien (que hace gente) la insulta? Y otra: ¿Qué es eso de insultar? El DLE (Diccionario de la Lengua Española. Desarrollo las siglas traídas a cuento aquí porque, de seguro, habrá quien las desconozca) dice que insultar es lo mismo que ofender. Vale. ¿Y qué con eso? Pues que insultar equivaldría a humillar el amor propio o la dignidad de alguien o ponerlo (a ese alguien), de hecho o de palabra, en evidencia. Muy bien. ¿Y por esta insignificancia tanto `tonto´ con micrófono delante o pegado al pecho rasurado la tarde antes protestando como si no hubiera un mañana? Yo no creo que sea para eso. Digo: Para tanto (acaso propio de `tontos´). El insulto es una palabra resguardada bajo la capa de una evolución etimológica tan digna de estudio como la de cualquier otro término biempensante. En el fondo embarrado de la cuestión hay un ego sublimado (la expresión se la debemos a Alejandro Jodorowsky. El chileno se la aplicó a su buen amigo Fernando Sánchez Dragó). Nada más. Pero nada menos. Nadie está por encima del bien y del mal. Cualquiera puede caer en las garras del insultador. Y, claro, salir fuertemente arañado. Ay, qué pupita mala me han hecho insultándome, por qué a mí: ¡Por qué! Eso no significa que el insultador no esté haciendo un uso legítimo, y hasta rico-riquísimo, del español. Si español es. O si en español habla y/o escribe. Sin embargo se le acribilla (sobre todo en los medios: Nidos de `chupópteros´ creciditos que pasaron por la Facultad de Comunicación o de Empresariales o de Economía o váyase a saber de qué y se consideran a sí mismos salvadores del mundo: Articulistas y columnistas y otras criaturas de lomo un punto (con be) basto y pelaje a modo de alfileres en punta. Dragó (tan periodista él) llama a estos últimos `tertuliasnos´. Nótese la ocurrencia: Una composición con dos términos (tertuliano y asno). Da eso: `Tertuliasno´. Algún bloguero hay también por ahí que no se escapa ni con alas de avioneta. Más ahora que son los propios periodistas (yo lo soy: Me titulé en Periodismo) quienes soportan el peso y poso de las palabrejas de turno que otros lanzan como lanzas envenenadas al prójimo. No oigo yo a estos hacer autocrítica cuando sueltan por el micrófono o en negro sobre blanco una (en andaluz) jartá de imbecilidades ideológicas con el fin único de derrocar a quien esté moviendo los hilos de no sé qué empoderamiento. Este es el periodismo que tenemos hoy. No busca él, no, la verdad. Quédese eso para la Filosofía. Ahora lo que se estila es el buenismo, la corrección política, el ensanche del ego y vaya usted a por uvas si no le gusta lo que digo o escribo. Graciosísimo todo. Para mondarse de risa. Y no menos repugnante de toda repugnancia. Yo (miope) lo entreveo así: Un periodista puede hacer uso de la libertad de expresión pero un nini, carne de red social, no. Que alguien me lo explique.
     Diariamente “veo” a periodistas hacer política en vez de periodismo. Esto para mí es insultante. Diariamente “veo” a periodistas utilizar el insulto fino como medio para lograr un fin. Ejemplos de este tipo de insultos son: `Hortera´, `ruin´, `zopenco´. Ejemplo del fin que persigue el insulto es este: Echar por tierra o arrojar cuchilladas traperas a alguien. 
     Yo tengo el insulto por ejemplo vivo de riqueza lingüística independientemente del significado que arrastre. La capacidad de insultar no la tiene la palabra o expresión en sí. Esa debe otorgársela el insultado. No insulta quien quiere sino quien puede. Mis disculpas: Retiro la soplapollez que acabo de escribir. El periodista no es Dios. Los Medios de Comunicación de Masas no son el Olympo. Por consiguiente (así diría el muchacho que, me dicen, iba a la antigua Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla con la zona de carga de la furgoneta atestada de cántaras de leche allá por la década del sesenta. Un tal Felipe González Márquez) no son intocables y no son, desde luego, Hermanitas de la Caridad Mediática. Ojo: Tampoco los políticos lo son. Cada palo aguante su vela
     (Una lista de insultos maravillosos podría ser la siguiente: 1. `Mamacallos´; 2. `Abrazafarolas´ (su padre fue periodista: José María García. Alias `Butanito´. Un `enterao´ muy crack); 3. `Gaznápiro´; 4. `Besugo´; 5. `Mentecato´; 6. `Estulto´; 7. `Chiquilicuatre´. ¿Sigo?).
     Los medios y sus biempensantes a sueldo se rasgan las vestiduras sin razón. Yo no utilizo insultos en mi día a día. Y no me quedo a gusto. Para compensarlo diré que me aplico los de `piltrafilla´, `gazmoño´ y `tocapelotas´, así: A secas. ¿Habrá algo más liberador en el mundo que insultar y que le insulten a uno para acabar desembocando en la realidad de las cosas (o de la cosa asignada)? Quien haya buscado en el DLE `mamacallos´ y `gazmoño´ estará en el buen camino (el de apreciar el valor del insulto elegante). ¡Mi enhorabuena!

jueves, 28 de mayo de 2020

322/ ¡Alegría!

OPINIÓN

En “La piel de toro” se otorgan premios con demasiada ligereza. Refiero los literarios y periodísticos y uno que otro musical (no entraré en ese jardín). Podrá achacárseme que yo no he recibido ninguno de ellos y, por eso, opino cuanto expongo en esta columna. Vale. Acháquemelo quien así lo crea. Tendrá razón. A mí plim. Insisto: aquí no prima la excelencia cuando el fin último es premiar sino algo en exceso alejado del principal excusador de la vanagloria (la mentada excelencia): los dineros. O su primita hermana: la conveniencia. Quiere decirse: de grupo empresarial. O: la consanguinidad habida entre el otorgador y el recibidor del premio. O: la consanguinidad habida entre uno o varios miembros del jurado y el ganador del premio. He dicho: consanguinidad. También podría decir: afinidad ideológica. Esta es una intuición arrogante. Cuando uno lee la primera página de la novela finalista del Planeta y se da de bruces con una prosa digna de cualquier estudiante de ESO o Bachillerato, seguro estoy, recapacita y piensa para sus adentros: ¡Maravillosa sencillez! Cada quisque sabe que quedar finalista del Planeta es ganarlo por lo bajini. Si esa página acaparara espontaneidad tendríamos, ya, la perfección. Todo esto siguiendo la tesis de Juan Ramón Jiménez. Cuando uno lee un artículo galardonado con el Mariano de Cavia y advierte que lo ha concedido ABC a un tal Arturo Pérez Reverte y que este escribe en un semanario perteneciente al mismo tinglado empresarial donde se encastilla ABC, ¡tate!, reflexiona y concluye: ¡qué pluma la de este espécimen con tanto y tan bien definido plumaje! Si el plumaje de rigor fuese (in)definido no hablaríamos nada. Pero lo es: definido. Tales despropósitos suceden en este país (“perdone: ¡Se dice España!” La vocecita de duende de “El caballerito español” ha irrumpido de improviso. Excúseme don José María: en España quería decir) y lo dejan a uno boquiabierto. Ahora compararé aunque hacerlo equivalga a desembocar en el odio. Enrique Vila Matas ha escrito cientos de artículos muy muy superiores en gracejo y erudición libresca al premiado (el de Reverte: La posada de Dickens. Búsquenlo). ABC no convoca al bonachón de Enrique. ¿Puuurqué? Juan José Millás supera de corrido a Reverte en lo ficcional (esencia de la literatura de vuelo alto) y lo demuestra en cada artículo y libro que escribe: tiene voluntad de excelencia. ABC no invoca (tampoco convoca) a Millás. ¿Puuurqué? Ahora caigo: Juanjo no es periodista. Hummm. Dicen que escribir en España es llorar. Yo añado: y reír. Yo, ahora, estoy desternillándome. Llevo tanto tiempo aquí que soy invulnerable al espanto.
     Y, ¡alegría!

lunes, 25 de mayo de 2020

321/ A diestro y siniestro

OPINIÓN

Ser de la Izquierda es, como ser de la Derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral (José Ortega y Gasset)

De un tiempo a esta parte no puedo evitar pensar que la ideología es el mal mayor de la especie humana. Yo entreveo dos discursos envenenados en el mundo. Uno: el mediático. Y dos: el político. Los (H)unos y los (H)otros se emplean y empeñan en hacernos comulgar con ruedones de molino del Siglo de Oro. Cada jornada hay oportunidad de comprobar esto que vengo sosteniendo. Donde he dicho `mediático´ digo “periodismo y periodistas” y donde `político´, aquí a secas, “partidos”. Los periodistas: columnistas y tertulianos (algún escritor hay). Ya saben: blablablá a mansalva. O: ratatá a tontas y a locas. Rellenar espacio resulta dificultoso. Mucho. Démosle el mérito que merecen. Pero para `partidos´ los políticos partidos. Partidos, estos, por el meloso poder (plata. ¿O debiera decir: grana y oro?) y por esa dolencia que voces agoreras y viperinas dan en llamar: “Gastroeconomititis”. Uno de sus síntomas es irse por la pata abajo el adepto al estado de bienestar en tanto que el hacedor del mismo tose y estornuda y permanece en una cama de Hospital y hasta parece que respira y habla con dificultad y se le han henchido las gónadas masculinas (testículos) o femeninas (ovarios). ¡Quite, quite, la huchaca llena y después departimos de lo que usted quiera! Empiezo a considerar en su amplitud semántica lo que decía mi abuelo: “Vine en cueros y estoy vestido. ¿Qué más puedo pedir?”. Nada. El precio devendría demasiado caro: tumbada no a la bartola en cualquier hamaca del Caribe colombiano sino en un camastro frío de Hospital españolito y acechado por la Parca. Perdónenme la digresión. ¡Yo he venido a hablar de mi libro! Mejor todavía: de un extracto del libro (soporífero y convencional y cansino y más de lo mismo y erre que erre con la burra al trigo y yo no sé si bestseller) de otro. Su título: La carta esférica (Arturo Pérez Reverte). ¡Al menester! El extracto: “Era el nostos de los héroes homéricos: el retorno y la soledad de los últimos guerreros que regresaban a casa tras la batalla, para ser asesinados (…) o perderse en el mar, víctimas de la cólera [léase: de la COVID] y el capricho de los dioses”. Sí: refiero los sanitarios. ¿Primarán ellos la economía sobre todo lo demás? Permítanme que me rasque, perplejo, el cogote y emita un “ay” desgarrado y juicioso. Arrojaré un típico tópico de cierre: ¡Esto es España!