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miércoles, 29 de abril de 2026

506/ Amor no escuchado

A MJ Bullock


El mejor elogio: <<Hablas como un personaje lorquiano>>. Y, ¿por qué es el mejor elogio? La respuesta se me antoja simple. Los personajes de Lorca son, en potencia, poetas magníficos. Y son líricos. Todos, desde el hombre de campo acostumbrado a trabajar la tierra, hasta la muchacha ingenua que sirve en la casa de un terrateniente, pasando por el propio terrateniente o su esposa o sus hijos; da lo mismo. La poesía se mastica entre mendrugos de pan, se la enfunda uno a modo de chaquetilla flamenca cuando cae la noche en el terruño, salta de su conejera como un gazapo sensual en busca de una cópula infinita… 

     Poesía fundamentada en la imagen, en la metáfora, en el símbolo. En la pasión. 

     Hay múltiples ejemplos de esto que digo en la obra de Federico. Esos personajes viven consumidos por el fuego (pasional) de la tragedia. Podría pensarse que alguno escapa de ésta por la puerta trasera: la de lo tangencial, accesorio o marginal. ¡Nada más lejos! Todos (casi sin excepción) sufren íntegra, trágica, poéticamente. Cierto es que, dentro de esa cuasi-totalidad, hay algunos que sólo rozan el dolor (por ejemplo: la vieja alegre de Yerma) de modo episódico. Rozar el dolor no es, en modo alguno, darle esquinazo sino más bien allegársele con el alma entornada y no abierta de par en par. Otro ejemplo: la muchacha que anuncia la llegada de los novios a una tienda donde compran lo que necesitan para la boda, pues tienen posibles, en Bodas de sangre; acaba llorando, momentos después de la anunciación, por una brusquedad de Leonardo. 

     El caso de Bodas de sangre no es particular. El personaje que, a mi juicio, más sufre (la madre del novio) no muere a lo largo del desarrollo de la obra. Esto se aprecia en otras tragedias de Federico. Una manera como cualquier otra de rizar el rizo (de subrayar una idea esencial): no hay sufrimiento mayor que el que no se extingue con la muerte. Al espectador (al lector) le queda la ardua sensación de que lo trágico, al concluir la obra, sigue estando presente y no va a desaparecer de fácil manera. También, una visión estoica como otra cualquiera. Los personajes lorquianos son trágicos y son estoicos: soportan el dolor con suma entereza. No se derrumban a las primeras de cambio. Luchan contra la sociedad, contra sí mismos (caso de Yerma en Yerma y de la novia en Bodas de sangre), contra el sistema. Y todo ello (por así decir) desde el plano de la heroicidad: el del mantenimiento, a rajatabla, de la honra. De este modo se aseguran de que nadie pueda hablar de lo que hablar nadie debe. No siempre les sale bien la jugada (recuérdese el rol de las lavanderas, en Yerma).  

     Escribió Federico (Bodas de sangre; acto segundo, cuadro primero):

     <<LEONARDO. Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

     NOVIA. (Temblando). No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás>>.  

     Matrimonio por conveniencia; amor no escuchado. De resultas: tragedia viva. Hechos reales llevados a la ficción, a la literatura, al teatro con visos de arte supremo. Amor no escuchado: el peor amor imaginable por encima, incluso, del estorbado. Ay.                   

viernes, 29 de diciembre de 2023

439/ Carmen Castellote y yo

No sé cómo he llegado hasta Carmen Castellote (Bilbao, 1932). Algo aconteció la otra tarde; algo que, ahora, soy incapaz de poner en pie. Yo estaba leyendo…; o, tal vez, no. Tal vez yo veía TV: el programa de Antonio Gárate (con todo y que veo poquísima TV). Aunque, ahora que divago un punto, puede que no fuera el programa de Gárate sino un mero informativo. Seguramente en la sección de <<Cultura>> de éste, denostada (por relegada), alguien mencionó el nombre y el apellido de rigor: <<Carmen Castellote>>; y a continuación: <<La última poetisa del exilio>>. 

     Sufrí un sopitipando. 

     Me puse, loco, a buscar en la red; y hallé (<<Quien busca, halla…>>). 

     La poesía de Carmen es hermosa (como ella: Carmen Castellote. Pocas sonrisas he visto en mi vida tan francas y bonitas como la de Carmen. Una la supera: la de M.J. Bullock; no hay más). La poesía de Carmen Castellote es comprometida. Conste que no soy un asiduo del compromiso lírico; pero este caso bien merece un punto de pasión lectora.

     Carmen escribía como los ángeles. Y, ¿cómo es posible que <<un servidor de nadie>> no tuviera noticia de su obra?; algo…, una mínima mención…, no sé: un leve destello de la luz de algún comentario…

     Nada. Ocurre tantas veces…

     Botón de muestra:


     LA GUERRA Y YO


     Caminos, kilómetros de tiempo,
     nada puede apartarme de la guerra,
     de sus muertos escondidos en mi infancia.


     Y la vida nada sabe de este hoyo,
     abierto aquí, en mi corazón.
     Beben tierra los ríos como antes,
     las estrellas se persiguen en el mar,
     el monte se hace altar para la nieve
     y el sol deja que la sombra juegue contra el árbol.


     Todavía los niños juegan a la guerra
     y la flor es asombro y soledad.


     Es tarde y quiero dormir,
     pero la noche está llena de muertos.


     Iza el miedo sus alas nocturnas.


     ¿Acaso es la guerra?
     Quiero ser manos, muchas manos,
     para matar la obscuridad.


     Un rocío de luz entra en mi mañana.


     Los árboles se embriagan de aurora,
     los hombres cruzan el pasto húmedo de la noche,
     madrugan los caminos, bosteza la calle.


     Una mujer quiere barrer el nuevo día
     con su vieja escoba,
     y en la orilla de un colegio dos niños luchan
     mientras los otros ríen.


     Ya nadie habla de la guerra.


     ¿Qué hago con los muertos?”.


     Hasta aquí.

martes, 7 de agosto de 2018

285/ De la deslealtad

Rechazar una realidad adversa y optar por convertir esa realidad en un ideal. Transformar, luego, ese ideal en una realidad adversa. ¿Uroboros? No. Todo escritor es humano. Aunque existen, ya, novelas escritas por robots. Todo humano no es escritor necesariamente. La obviedad viene a cuento. Los quisquillosos somos legión. El escritor piensa y siente distinto y distinto actúa o sobreactúa. Sus personajes hacen lo mismo.
     Léase lo que sigue: “Pensó que tendría que adoptar medidas urgentes para sobrevivir, pero cuáles, comenzando por dónde, puesto que todo el mundo adoptaba máscaras, sonrisas, pieles de ovejas, y ni siquiera supo, de pronto, si Demetrio Paredes, el escultor, era su amigo, o si era otra versión, hipócrita, de su enemigo. Se le vino a la cabeza, entonces, la idea extraña de que la única persona en el mundo a quien podía recurrir era Gertrudis, la de carne y hueso, pero descartó esa idea de inmediato, con una sacudida brusca de la cabeza, como si se tratara de una insinuación demoníaca. Con la instalación de su réplica en el salón de música, Gertrudis Velasco, la de carne y hueso, había sido suprimida de la realidad. Ése, por lo menos, había sido el propósito del marqués de Villa Rica. Había procurado confinar la realidad en la reproducción en cera, y reducir el personaje vivo a la condición de fantasma. Pero ese fantasma, ahora que los demás lo habían dejado solo, empezaba a revolotear en su cerebro con inusitada fuerza, haciendo que crujieran las paredes y que volaran plumas por todos los rincones” (El museo de cera. Jorge Edwards). El subrayado es mío. 
     Un proceso paralelo al arriba expuesto...
     Uno: perder la confianza en alguien. Dos: temer su deslealtad. Tres: sospecharla. Cuatro: corroborarla. Cinco: ahogar el resquemor producido por tal deslealtad en uno que otro texto “líquido”. Seis: renacer a modo de Fénix. Siete: hacer poesía con el mentado resquemor. Ocho: despejar las dudas suscitadas por el desleal (por la desleal). Nueve: hallar soledad en ello. Diez: hallar calma. Once: hallarse uno a sí mismo (a posteriori). Doce: perdonar la deslealtad. Trece: perdonar al desleal (a la desleal). 
     Fin del proceso.
     La amistad no es el eje sobre que gira la trama en la novela de Edwards. Sino el amor. La amistad dinamiza el argumento. El amor lo agrava. Gravedad deslucida. También el humor (culto. La ironía) está y se le espera. Acaso las líneas que preceden sean irónicas. Acaso ni tuve amiga ni fui traicionado ni rechacé, idealizándolo, nada luego.     

jueves, 26 de julio de 2018

284/ Un soneto magistral

¿Quién no ha experimentado lo que expresan los versos inmortales abajo transcritos?:

Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.
Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aqueste es el deseo que me lleva,
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.

    Pregunto: ¿quién no ha padecido, alguna vez, tan brutal conflicto interior? Sorprende (deleita) la perfección formal de los endecasílabos. También el equilibrio logrado entre la ¿caprichosa? forma y el ¿reflexionado? fondo. Pero lo que zamarrea fuertemente al lector es la verdad que grita, a los cuatro vientos, el poeta. He dicho: la verdad. No es, la suya, poesía particular. Es universal. La del más grande sonetista español de todos los tiempos (sus iguales en la élite fueron Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Miguel Hernández y José Antonio Muñoz Rojas. Opinión personal): Garcilaso de la Vega. Escribió este yo no sé cuándo ni dónde el soneto traído aquí (nº XXVI) de fácil y bella factura y de no menos bella y fácil lectura que, me da a mí, no deja indiferente a nadie. 
     Daría lo que fuera por haber presenciado, in situ, la escena: Garcilaso escribiendo Echado está por tierra el fundamento y lo que sigue.
     Me postro ante el poeta perito. 

domingo, 31 de diciembre de 2017

277/ Habla, poeta

Parece, creo, de recibo despedir 2017 con un pasaje de la Égloga I de Garcilaso. Amor y Navidad casan como desamor y melancolía o reencuentro y júbilo. Lo uno se eterniza. Lo otro se posterga. El resto se olvida: ese malvado al que llaman “amor”. ¿Quién lo trajo a la luz? Más largo que ancho, desde luego, se quedaría el sujeto (¿o debería decir predicado?): un estropicio causó. Siempre lo digo: más vale querer que amar. Más besar y abrazar y acariciar que amar. A los respondones: lo mentado no es amar. El amor trae disgusto. Lo trae aquí: es pasional. Allí, en Oriente, no lo es. Por algo los Magos vienen de Oriente…
     Lo prometido es deuda. La Égloga I (vv. 352-379):

“Tengo una parte aquí de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno se me apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño                   
enternecer me siento que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se hartan.
Sin que de allí se partan,
con sospiros calientes,
más que la llama ardientes,                        
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.                   

Mas luego a la memoria se me ofrece
aquella noche tenebrosa, escura,
que siempre aflige esta ánima mezquina
con la memoria de mi desventura
Verte presente agora me parece.                     
en aquel duro trance de Lucina,
y aquella voz divina,
con cuyo son y acentos
a los airados vientos
pudieras amansar, que agora es muda,               
me parece que oigo, que a la cruda,
inexorable diosa demandabas
en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?”.
     
     La muerte para pies, aniquila rencores acumulados, dice: “¿A qué estás jugando? Perdona y a otra cosa”. Lástima que solo lo diga ella.

miércoles, 15 de marzo de 2017

257/ Los cerdos de Orwell

El principito es uno de mis libros de cabecera. Muchas veces lo he frecuentado. Leído ha sido por mí como un niño y como un hombre. La primera lectura me encandiló. La última la cursé ayer. Y me salió al paso esto (Cap., IV): “Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo”. También esto otro (Cap., XXI): “He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y todavía esto (Cap., XXV): 
     “–En tu tierra –dijo el principito– los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
     –No lo encuentran…– respondí. 
     –Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…
     –Seguramente– respondí. 
     Y el principito agregó:
     –Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.  
     Hay una sentencia que aireo y que hallé, a modo de rótulo del pórtico del templo de El camino del corazón (Fernando Sánchez Dragó. Éste la rescata del Popol-Vuh), que dice: “Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca”. Cierto. Doy fe. Puede ocurrir, además, que el amigo no elija el mentado camino. Lo desprecie. Opte por otro. El de la propia conveniencia. El de la tranquilidad inter pares. El del ocultamiento de sentimientos (e ideas) en aras de esa tranquilidad inter pares. Alguien sufre. Sí. Alguien sufre. Ese alguien puede reaccionar y abandonar el camino del Popol-Vuh. Obviarlo. Elegir uno distinto... 
     Ouroboros. 
     Y así transcurren horas. Días. Semanas. Meses. Años. Y así llega a término una amistad.
     ¿Quién es culpable de ello? Yo no sé. Pero acción-reacción-repercusión es tríada con, me parece, sentido. Enuncio: nos revolcamos por el piso de la porqueriza de nuestras ideas y de nuestros sentimientos como los cerdos de Orwell.

miércoles, 8 de febrero de 2017

251/ Fascinado soy, luego divago

Epicuro otorgaba gran importancia a la amistad. Yo (con él) divago sobre el placer. Arribo a una conclusión inamovible: amistarse es placentero. Tras la amistad, a menudo, aguarda la decepción. Pregunto: ¿nos decepciona el amigo o las expectativas que en él depositamos? Un amigo es una motivación y decepción hecha carne. Mi amigo (y esto es lo crucial) es yo. Yo (y esto no es menos crucial) soy mi amigo. No refiero, con ello, una suerte de narcisismo. Nada más lejos de mi intencionalidad. Quiero decir: un hombre es todos los hombres. El amigo decepciona. Yo también. El amigo motiva. Yo también. El amigo sufre. Yo también. El amigo goza. Yo también. Obviamente los mecanismos que, en tales circunstancias (de gozo. De sufrimiento. De motivación. De decepción), se activan en él y en mí son exactamente los mismos. Él y yo encastillamos células y átomos. Él y yo encastillamos descargas cerebrales. Él y yo encastillamos linfa. La tontada radica en no ver (o en creer que no vemos) por sus ojos. Y sí (de un modo exclusivo) por los nuestros. Nadie se figure una vida sin amigos. ¡Falacia total! ¡Bobería insuperable! ¡Soberbia mezquina! Solo la muerte materializa esa figuración: al desaparecer yo, desaparece mi amigo, que también nace cuando yo nazco. Concluyo (para mí). A): dolerme de la decepción ocasionada por la acción u omisión de mi amigo es del todo absurdo. B): dedicarle a mi amigo más atención que a mí mismo es del todo absurdo y de todo punto imposible. C): querer creer que mi amigo me estima más que a sí mismo es del todo absurdo y del todo imposible. No hay la amistad ideal. Ésta es llevarse bien uno consigo mismo. No agredirse. No violentarse. No racionarse felicidad. El corolario es fácil: somos nuestro amigo.
   A modo de escolio: quien dice “amigo”, dice “amiga”…        

miércoles, 23 de marzo de 2016

226/ "La vida secreta de las palabras"

Lo que más reconforta es el perdón valorado y la promesa posterior cumplida. Lo que más reconforta es la aceptación, sin miedo, de la culpa. Lo que más reconforta es besar y abrazar el entusiasmo. Lo que más reconforta es no cometer falta alguna y no recibir, por ello, ningún puntapié. Lo que más reconforta es enterrar la semilla del cariño para recoger el fruto del aprecio. Lo que más reconforta es no verse obligado a dejar ir con la finalidad de no ser esclavo de las emociones. Lo que más reconforta es percatarse de que alguien es quien se creía que era. Lo que más reconforta es saberse a salvo de la propia ignorancia. Lo que más reconforta es darse al ciento por ciento a quien solo se da al veinte o al treinta, pero ¡qué veinte!, pero ¡qué treinta! Lo que más reconforta es la paz entre los sexos. Lo que más reconforta es el encanto producido por un comportamiento inmaduro e inocente. Lo que más reconforta es la felicidad que se deriva de verlo y de oírlo todo y hacer pensar al par que no se oye ni se ve nada. Lo que más reconforta es querer sin el artificio del querer querer por el hecho de que las circunstancias sean desfavorables. Lo que más reconforta es la voluntad aplicada a la búsqueda de un compromiso. Lo que más reconforta es la perturbación que se erige contra la imperturbabilidad. Lo que más reconforta es el respeto. Lo que más reconforta es la confianza. Lo que más reconforta es subir peldaños hasta el rellano de la última planta del bloque de pisos de las relaciones humanas. Lo que más reconforta es la vida secreta de las palabras que, al cabo, se muestra con cada gesto. Lo que más reconforta es la comunicación. Lo que más reconforta es una mirada que no rehuye (pudiendo rehuir) y una palabra que se pronuncia (pudiendo no pronunciarse). Lo que, con diferencia, más reconforta es la lealtad de una amiga.  

jueves, 3 de marzo de 2016

222/ Montaña rusa de los primaverales

A María José Bullock

Pau Donés: “Primavera que no llega…”. Sí. No llega. Pero llega. Ésta es un estado de ánimo. No una estación meteorológica. Vivo yo en impertérrita primavera. No digo que sea bueno. Más al contrario: acaso sea malo. ¿Por qué? Por la inestabilidad que caracteriza a dicho estado interior. Por sus claroscuros. Por sus ángulos muertos. Por su luz y su olor. Mortecina la primera. Desde luego. Agridulce el segundo. También. Por su atmósfera suspicaz. Por su aire ansiolítico. Me explico: produce, ella, en el individuo una hecatombe sentimental y una abulia terribles. Nadie escapa a su influjo. Quienes cumplen primaveras en primavera saben a qué me refiero. Ineluctablemente marca el día del nacimiento. Los arrojados al aire en primavera somos gentes dadas al altibajo emocional. Montaña rusa de los primaverales. Vivimos en continuo conflicto con nosotros y con los demás. Con la vida. Nos encanta la vida. Amamos la vida. Tememos a su antagonista. Me corrijo: a su adlátere. No otra cosa es la muerte que una parte de la vida. Aún así le tememos. Grande incoherencia. Rezumamos vida por los cuatro costados de nuestro ser. Al mismo tiempo caemos en picado por la montaña más arriba enunciada. Somos así. No podemos evitarlo. Nos hallamos en continua exaltación poética. Aunque nada sepamos de poesía. La poesía somos nosotros. Nuestros actos son los versos del ayer y del hoy y, quizá, del mañana. Escribió Pedro Salinas: “Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos/ pulsas el mundo, le arrancas/ auroras, triunfos, colores,/ alegrías: es tu música./ La vida es lo que tú tocas”. Y en medio de esa alegría, la primavera. Su aire ansiolítico. Su atmósfera suspicaz. Su agridulce olor. Su mortecina luz. Sus ángulos muertos. Sus claroscuros. En resolución: su inestabilidad. Que me digan, ahora, quién dijo que lo contrario es vida y esto no y quién que las tardes de prímula no cercenan los convencionalismos individuales de un solo tajo. Ya sé: las cifras de suicidio suman dígitos en primavera. También sé que te escribo (que te seguiré escribiendo) porque te quiero. Y que eres mi amiga del alma gemela. Y que tal vez nunca leas estas líneas. Y que te debo mi voz.  

jueves, 18 de febrero de 2016

220/ A batallas de amor, campo de...

Parafrasearé a Caballero Bonald. Hummm, no, mejor lo dejaré para el final. Decidido.
     Nadie se altere. No voy a poetizar. Únicamente deseo poner al aire un poso de reflexiones de La señora Dalloway que es vasija de extraordinaria porcelana inglesa. Una navaja. Una navaja simboliza el afán del hombre por vivir al borde de sí mismo. O de sus emociones. Lo que, al caso, viene a ser ídem. ¿La abro o no la abro? ¿La cierro o no la cierro? El miedo de una mujer a sentir lo que siente (o a volver a sentir lo que sintió) cabe convertirse en el sueño del hombre que propicia en ella tales sentimientos. Con un añadido: la creencia de que el potencial soñador es superior a quien desencadena su sueño. O sea: él quedaría por encima de ella. Justamente eso cree la mujer. Inquiero: ¿Vivir la vida verdadera o la inventada por nosotros? Acaso la primera nos depare felicidad enclaustrada en tanto que la segunda, no. La segunda podría acarrearnos una infelicidad libre. ¿Solo podría? Léase, si no, lo que sigue:     
     “Qué costumbre tan singular, pensó Clarissa; siempre jugueteando con una navaja. Y consigue además, como antaño, que me sienta frívola, con cabeza de chorlito, una simple parlanchina estúpida. Pero ahora me toca a mí, pensó; y, empuñando de nuevo la aguja, llamó en su auxilio –como una reina cuya guardia se ha dormido, dejándola desprotegida (la visita de Peter la había desconcertado por completo, trastornándola), de manera que cualquiera puede acercarse y verla donde está tumbada con las zarzas formando una bóveda–, llamó en su auxilio las cosas que hacía, las cosas que le gustaban, a su marido, a Elizabeth, todo lo que era ella, en resumen, y que Peter apenas conocía ya, para que se congregara a su alrededor y pusiera en fuga al enemigo”.
     Y aquí entronco con mi propio ser. Porque todo viene de atrás (pongamos dos años)... Y también porque todo puede enmarcarse en una amistad profunda e intensa... Y entonces, ¡oh!, se complica todo... Y todo se dispara... La navaja se abre. Con ella se tajan las briznas del tiempo. 
     Pero no quiero poetizar. Solo convenir las bases de un diálogo interior conmigo mismo y con la novela de Virginia Woolf. Con Ella (aquí Ella no es La Joven de la Perla). Digo Ella, la mía. No la otra. Es decir: esa que no me pertenece. Esa que queda fuera del ámbito de mi imaginación. De este modo tan prosaico funciona la mente de aquel que sueña: le duele lo real, le place lo fantástico, lo literario. La hipersensibilidad (cercana, ésta, al sueño) es muy puñetera. Cualquier rocetón con alguien puede derivar en un melodrama psíquico y aún físico. No así su imagen mental (la del rocetón). Ésta siempre es positiva por muy difuminado que quede el borde de la misma. Y por mucho que sintamos hastío o dejadez o sueño a la hora de representárnosla. Por mucho y por muy. Sí. Por mucho y también por muy. Y ahí está otra vez la imagen de la mujer (o del hombre) que suscita todo eso en la mente del pobrecito soñador. Qué grande delicadeza tocar con los dedos de la fantasía el sentimiento puro. Pero no quiero poetizar. Léase, mejor, lo que sigue:  
     “Al repasar su larga amistad –treinta años casi–, la teoría de Clarissa encontraba, hasta cierto punto, confirmación. Aunque sus entrevistas habían sido breves, fallidas, a menudo dolorosas, a lo que había que añadir ausencias (las de Peter) e interrupciones (aquella mañana, por ejemplo, se había presentado Elizabeth –bien parecida, muda, semejante a una potranca de largas patas–, precisamente cuando empezaba de verdad a hablar con Clarissa), el efecto sobre su vida era inconmensurable. Había un misterio en ello. Se recibía una simiente cortante, puntiaguda, incómoda, la entrevista misma, terriblemente dolorosa la mitad de las veces; con la ausencia, sin embargo, en los lugares más insospechados, germinaba, se abría, perfumaba el ambiente; era posible tocarla, gustarla, situarla, sentirla y entenderla, después de años de olvido. De esa manera Clarissa había vuelto a él a bordo de un buque, en el Himalaya, sugerida por las cosas más extrañas (de la misma manera que Sally Seton, aquella boba generosa y exaltada, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Clarissa había influido en su vida más que ninguna otra persona. Y siempre presentándose cuando él no la buscaba, fría, señorial, crítica; o seductora, romántica, evocadora de un prado o de las mieses en Inglaterra. La veía casi siempre en el campo, no en Londres. Una tras otra, las escenas en Bourton…”.
     Ahora sí parafrasearé a Caballero Bonald. Y lo haré del siguiente modo: A batallas de amor, campo de olvido. Y no de pluma
     Ea. Dicho queda. ¡Ojalá no tenga que arrepentirme! 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

213/ Aquel 21

2015 ha sido, para un servidor de casi nadie, un año intenso de principio a fin. Es verdad que habría de hacer especial hincapié en su segunda cuota: esa que abarca los meses comprendidos entre junio y diciembre. Subrayo, ahora, los tres últimos: octubre, noviembre y diciembre. Lo hago por razones varias que no voy a airear aquí. Circunscribo el último: diciembre. Y marco con una equis el día 21. Jornada, ésta, en que crecí exponencialmente. Reflexioné. Temblé. Me inmolé (simbólicamente hablando). 
     Al cabo me alegré.
     Difícil día aquel 21 y día, por lo demás, espléndido. El olvido no podrá hacer de las suyas con él. Queda, pues, grabado a fuego en mi memoria. Dije “te quiero” y no mentí. Exalté la belleza de una sonrisa de mujer y no exageré ni una pizca. Recriminé cierta actitud y lo hice porque sentía lo que decía y lo que se siente va a misa de ocho. Aquella sonrisa, por cierto, fue tildada por mí de “maldita”; siempre desde el cariño.
     Hoy tengo el pensamiento desembarazado y el ánimo a flor de conciencia. He dormido siete horas. Lo cual, creo, se entenderá como algo significativo. Cuando uno confiesa un sentimiento avasallador, y es respetuosamente escuchado, uno sabe del vacío. De lo que significa liberarse. También sabe de la “resignación”… 
     Lo bueno sería que ésta, la resignación, fuera acompañada de conmutadores de juegos verbales que accionaría quien te obligó a resignarte. A veces (común es) en forma de mensajes de texto contradictorios que, por serlo, dan alas a la desalada esperanza. Esto, como digo, es lo mejor. Lo conozco de primera mano. Me ha sucedido. 
     ¡C`est la vie! Lo sé, lo sé. Y ahora, ¡no queda otra!, a otra cosa. Esperaré 2016 a puerta gayola. ¡Y que Krishnamurti me pille confesado!

miércoles, 25 de noviembre de 2015

208/ Post enigmático

“–Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?
     –Seguro que es un brazo, señor.
     –¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!
     –Seguro que la llena, señor. ¡Y, sin embargo, es un brazo!
     –Bueno, sea lo que sea no tiene por qué estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!”.
     El diálogo arriba transliterado pertenece a Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll debió ser un tipo inteligente. Hay que serlo para escribir esas líneas. Parecen simples. Y claras. Lo sé. Pero, ¡insinúan más de lo que dicen!
     También son (a mi entender) quijotescas. En ellas comparecen Sancho y don Quijote. 
     ¡Cuántas veces miramos sin ver! ¡Cuántas, vemos lo que no existe!
     Algunos escritores son aficionados a decir entre líneas lo que con éstas no pueden (o no quieren. O no les conviene. O no les da la gana) decir. Yo entre ellos. Disfruto, como un niño, diciendo A donde escribo B y viceversa: escribiendo B donde digo A. 
     Disfruto, digo, garrapateando trampantojos… 
     Permítaseme que, ahora, añada: y escribiéndoles. ¿A quienes? ¡A ellas: mujeres, hembras, féminas de variado pelaje! Pero sin que se aperciban del hecho de que son el acicate de tales textos. Los que sean. Los que toquen. Este de aquí.
     Este de aquí va dirigido a una de ellas. Le digo tanto yo (¡y lo que te rondaré, morena!)... Ve ella tan poco… 
    Creo que seguiré escribiéndole y ella, entretanto, seguirá viendo poco. 
    Ella, en este caso, no es La joven de la perla. Es otra.
    Y, ¿por qué escribirle de este modo? Porque me divierto haciéndolo. Porque el escritor que lo es de verdad vive insinuando e insinuándose a los otros (yo solo a ellas). Suyo es el mérito: enseñan y uno, a veces, aprende. Son, ellas, tan misteriosas. Aluden. Sugieren. Coquetean. Aparecen. Desaparecen. Reaparecen. Vuelven a desaparecer… 
     Juego yo con sus mismas armas. No lo hago aposta. Lo juro. Soy así. Una especie de misterio: esa puerta por que acceden todas las maravillas.
     Vayan estas líneas a ti, mujer oculta, sin pedirte ni exigirte nada a cambio.
    ¿Te desvelaré? ¿Te pillaré en un renuncio? ¿Te desnudaré? Soy, advertida estás, de estirpe guerrera. Conque…
    ¿Conseguiré mostrarte? ¿Lograré revelarte? ¿Podré desenmascararte?
    Incertidumbre.

domingo, 9 de agosto de 2015

196/ Reflexiones quijotescas III

¿Amor? No. Sexo

A María José Bullock.


Parte de la primera parte del Quijote es la novela del Curioso impertinente. En ella puede leerse lo que sigue: “El amor no tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasión: de la ocasión se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios. Todo esto sé yo muy bien, más de experiencia que de oídas, y algún día te lo diré, señora, que yo también soy de carne, y de sangre moza”. Habla Leonela. Escucha Camila.
Protestaré: ¿Amor? No. Sexo.
Sexo y amor estaban emparentados en el XVII. Tranquilidad: no se me ha volado la cabeza. Podría. Pero no es el caso. Lo juro: ¡por éstas! La consigna entonces era: ¡Al fornicio por el estado de idiotez transitoria (léase: el amor)! Nadie fornicaba, bajo la pena de sufrir pena, si no era dentro de la legalidad canónica vigente: el matrimonio. O como dice uno a quien yo leo y releo: el martirimonio. Neologismo éste resultante de unir martirio y matrimonio. La fogosa (también cachonda) Leonela argumenta que basta una ocasión dada para que mister Tentetieso explore la cueva. Pregunto: ¿el hombre se enamora a la primera oportunidad? Una cosa es ser enamoradizo a todo trapo (yo lo soy. Cada vez más...) y otra distinta es ser transitoriamente idiota a tiempo completo.
Acojámonos a (que no acojonémonos de) las cuatro eses del buen amante. Y son… 
Una: (s)abio. Dos: (s)olo. Tres: (s)olícito. Y cuatro: (s)ecreto.
Habría que bordarlas en seda con hebras de oro y plata. Y enmarcarlas. Hoy apenas dan que hablar. Salvo la última. Ésta queda relegada (¡mecachis!) al olvido. O al menosprecio. Lástima. Pero no hay mejor manera de vivificar algo que empeñarse en ignorar que existe. Lo secreto incomoda (¡maldita sea!). Es la única, de las cuatro eses mentadas, que pica con gusto (¡ándele, ándele!) al paladar del enamorado. O sea: del amante. O sea: del fornicador. ¡Y va ella y no gusta! Concluyo: habría que rendirse más al secreto. Al ocultamiento. A la prohibición. ¡Echa el freno, Javielito! Prohibición para quien lo sea (me refiero a la libertad de copular con quien uno desee. O lo que, dicho de un modo cursi, viene a ser lo mismo: amar a quien uno quiera). No lo es para mí (digo: una prohibición). No de momento. Por eso grito a voz en cuello: ¡Alabado sea Buda! Y me quedo tan a gusto en agosto.