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lunes, 11 de agosto de 2025

485/ Genial y otro (o él mismo)

<<Decía ayer>> (pero es un decir “leonino”; mejor aún: falsamente “leonino”) que: <<No me fío del marqués de Iria Flavia>>. Ahora y aquí reitero lo dicho: no me fío del marquesucho de Iria Flavia. ¡Mirad con lo que sale ahora!: <<Hay gentes a quienes agrada el sufrimiento. Son de dos clases: sufridoras y mortificantes. Las sufridoras gozan en la propia desgracia con un aplomo que espeluzna; las mortificantes gustan de hacer sufrir a los demás, de decir la palabra hiriente, la segunda frase venenosa, de ensayar el gesto displicente, la mueca que lastima. Tanto las unas como las otras suelen ser violentos y alucinados espíritus religiosos; inventan mitos y nuevas y difíciles devociones, mistifican eternos e inmutables conceptos, tergiversan señales y augurios hermosos y sencillos…>> (Camilo José Cela: Pabellón de reposo. RBA Editores, S.A. Barcelona, 1992. Págs., 102-103).

     Yo sé que narrador y autor no tienen porqué coincidir. Pueden hacerlo; es, creo (tratándose de Cela), el caso. De creerlo (y juro por Dios que así lo creo), estaría descubriendo desde un prisma nuevo la tantas veces negada <<humanidad>> de Camilo José Cela; negada por muchos (por mí negada). No considerándolo, al Nobel, un ente inhumano; sí, uno supra-humano. Alguien que se sitúa por encima del bien y del mal, de los <<hunos>> y los <<hotros>>, de los mequetrefes y de los juiciosos. Insisto: no me fío de quien parece que baja peldaños cuando sube laderas o sube faldas cuando baja sardineles. 

     El lector de Pabellón de reposo se percata de la sutileza con la que don Camilo José destapaba el tarro de las esencias de su yo auténtico. ¿Cómo? Mostrando aquí y allá un hedor fugaz del mismo y no de su álter ego. Quiero decir: una frase corta pero certera de veneno ácido y corrosivo para según qué individuo o colectividad o causa o fenómeno de que se trate; todo con visos de denuncia o de humanismo altruista de fondo… ¡Tralalá! 

     Botón de muestra: <<Apretaríamos el paso para correr más y más, y tiempo llegaría en que, aún más adelante, nos encontrábamos con días más antiguos, con las fechas por las que, todavía en el sanatorio, y tratándole respetuosamente de usted, la doncella sonreía a los requiebros del médico residente con una sonrisa que era toda ella una segura promesa de sumisión>> (op.cit. Pág., 104). El subrayado es mío. 

     <<Genio y figura hasta la sepultura>> y aún más allá de la sepultura: Cela sigue siendo leído, destripado, hasta las últimas consecuencias del destripado y de la lectura. Una de esas rara avis que cuando crea un personaje sólo está recreándose a sí mismo. Esta es mi impresión de lector que sopesa lo que lee con lo que ve y escucha en entrevistas televisivas en profundidad a don Camilo José. No tuve la (seguramente) desdicha de conocerlo en persona. ¡Eso que me agencio! No hay un solo juicio de Cela que no despierte en mí la nausea, un sí pero no ético, un aquí te he pillado so insensato y manipulador de libro (¿y no: plagiador de libros?; ¿de un solo libro?); etcétera. Un cuentista (esto nadie podrá negarlo). Una careta con patas. Un narcisista encomiable. Un fraude humano.  

     Con todo, ¡qué bien escribía el terrible gallego! Pabellón de reposo es obra temprana de un Cela <<jovenzuelo>>, todavía, intuyo, no maleado suficientemente por el narcisismo como para hacer el ridículo en público (no sé si en privado; no sé si con las mujeres cultas). ¡La genialidad no se la quita, ya, nadie! No se trata de una genialidad verbal (quédese eso para Quevedo, para Góngora, para Borges… La de Borges era, me parece, íntegra). No. Don Camilo sin don era un genio de la ironía, del doble sentido, del chascarrillo literario que hace gala del machismo y de la homofobia (por poner dos ejemplos ilustrativos) a la mínima oportunidad. ¡Una corte de rientes le iba (aún le va) en zaga! El caso es que los textos de Cela (la mayoría; no todos…) se leen con sumo placer. Ignoro si don Camilo José escribió alguna vez auxiliado de la maquina de escribir o de la computadora…

     Don Camilo José, por cierto, no emulaba a Francisquillo Umbralillo. A Francisquillo Umbralillo no se le entendía (o se le entendía mal; a trompicones). A Camilo José, en cambio, no habrá nadie que no lo entienda (nadie, digo, con un manejo solvente de la ironía literaria). Porque don Camilo José era muy suyo; pero no, en modo alguno, un teórico abstracto. La prueba está en que por el ano era capaz de absorber litro y medio de agua (¿ojiplático te has quedado, ahora, lector, eh?). Amenazó al público de RTVE y también circunstante del programa <<Buenas noches>>, presentado por Mercedes Mila (1982), con hacerlo delante de todos si se le proveía de una palangana. Nada más práctico o más literario (digo yo) que exponer el culo en público para que, al día siguiente, todo quisque hable de si lo tenías esponjado como el de Sancho Panza o escuchimizado como el de don Quijote. Don Camilo José: <<Genio y figura hasta la palangana>>, en todo caso. 

     En fin.                 

lunes, 1 de mayo de 2023

412/ Una reminiscencia irritante

Sabido es que muchos escritores imitan a otros escritores al comienzo de su carrera literaria. O al final de la misma. O durante su curso completo. Diría yo mejor: tratan de imitar. Pero diría yo también: hay quien escribe de forma tan similar al imitado que al lector le cuesta la vida diferenciar la copia del original. En literatura lo que no es tradición acaba siendo plagio. Yendo al fondo de la cuestión nos percatamos de que, por lo general, la similitud no es tanta como se previó en un principio. ¡Sólo faltaba! Dicho todo lo anterior: llevo dos semanas sin salir de mi asombro precisamente por esto de los parecidos estilístico-literarios. No mencionaré el nombre del autor causante de mi desvelo. Quiero (deseo) salvaguardar su intimidad. Sí, el modelo en que este parece inspirarse: Francisco Umbral. Gran pista para el lector curioso. Diré, por otra parte, que el cazador del <<umbralismo>> es periodista. Y diré algo más: pertenece a la micro-generación Xennials. Es, por lo demás, español. No diré dónde exactamente fue arrojado a la luz. Escribe artículos de opinión y no sé si novelas y cuentos (y no sé si poemas. Tengo entendido que sí) porque no he leído ni uno solo de sus libros. Lo que se me figura <<umbraliano>> son sus artículos. Inconfundibles todos ellos. Esto si con <<inconfundibles>> nos atenemos a lo que convertía en <<inconfundibles>> los pergeñados por Francisquillo Umbralillo. Él mismo, el <<imitador>>, ha confesado públicamente que uno de sus maestros es Umbral. Y cómo acuden a mi memoria sensitiva aquellos minutos de placentera lectura cuando Francisquillo publicaba en ABC sus columnas heterogéneas. Y cómo (subrayo ahora) me enojé con el correr del tiempo y de la vida por la oscuridad gratuita de una prosa en ocasiones vanguardista y (nadie se ofenda) hasta fea. ¡Acabó sacándome de quicio Francisquillo Umbralillo de los mil demonios! Yo no sé qué cambio operó en mí pero todo acaeció paulatinamente y no sin un suspiro de alivio por mi parte: ya empezaba a resultarme cargante tanto la prosa como la ética teatral de Francisquillo Umbralillo. Dejé sobrada constancia de ello aquí. A lo que iba: este escritor y periodista Xennials recuerda a Umbral pero sin el agravante de Umbral. Parece que lo que escribe (refiero sus artículos) llegan a ser medianamente inteligibles. Parece. Y un mínimo reflejo de moral convencional aflora en ellos. O eso creo. Es, incluso, más normativo (¡ojo al adjetivo!) que Umbral. Esto sin dubitación alguna. Yo me congratulo de ello. He leído cinco artículos de este autor y alguno más caerá en el fondo de mi conciencia. No puedo asegurar que no me hastíe. De un tiempo a esta parte todo lo reminiscente acaba irritándome.              

jueves, 16 de abril de 2020

316/ Francisquillo Umbralillo

Yo leía a Umbral. Yo, ya, no leo a Umbral. Yo, ya, leo textos trabajados desde la facilidad a la postre compleja en vez de la complejidad finalmente inútil. Creo que Francisquillo recalaba en lo complejo con base en una facilidad vomitiva. Léase “vomitiva” en sentido escatológico y en otro: fluida. Francisquillo “El terrible” enlazaba metáforas para fabricar alegorías. Francisquillo "El terrible" fabricaba alegorías y las apoyaba en nombres y fechas y acontecimientos históricos. Juzgo esto insustancial. ¡Todas las flores del jardín de la idolatría para Francisquillo!
     La prosa de Umbralillo la entreveo como traca de petardos que silban y emiten colorines en un aire atosigado. Escarbo y hallo esto: burradas y erudición pasadas por el tamiz de una ironía cubierta de paja. He leído (he intentado leer) Los helechos arborescentes. Qué libro extraordinario. Francisquillo podría haberlo escrito con gracejo. No sabría gracejar. Sus páginas atufan a escritura automática: “¡Suuu-rrrea-liiis-mooo!” habría sentenciado Dalí. Santo (el surrealismo) de la devoción de posmodernos hoy. Ay, Francisquillo Umbralillo, con ser uno de los escritores españoles más “modernos” (¡ja!) y menos traducidos de la historia de nuestras letras (doble ay) no escribiste con gracejo. 
     Si Francisquillo hubiera restado hojarasca a su ironía otro gallo del corral de la literatura se habría desgañitado. He conseguido llegar a la nonagésima página. Resuelto: ¡carpetazo y a otra cosa!
     Addenda. Para muestra un botón o primer párrafo de la novela mentada: “Inmensos bosques de coníferas y helechos arborescentes cubrían los continentes, purificando la atmósfera de anhídrido carbónico, y el lechero de la caída de la tarde pasaba con su carro de fuego y el jaleo de la leche sonando fresco dentro de los cántaros, y yo me quedaba en suspenso, mirando quieto a la nada de la calle, a la calle de la nada, en un resol tardío, que era cuando pasaba el moro de Franco, el moro de la guerra, el muro Muza, con sus grandes bragas hasta las rodillas (los chicos de la banda decían que hacía sus necesidades dentro de las bragas caqui, y que lo llevaba todo allí, oloroso a letrina y heroísmo), y con su turbante de moro Muza, que tenía prendido un escudo de España, un escudo de Alá, una sangrienta luna y el retrato de carnet de una valenciana que le había querido mucho”. 
     Ea. Se quedó a gusto Francisquillo Umbralillo. 
     Gabo habría escrito: “Emitió un sonoro eructo, y expiró”. Amén.

martes, 26 de noviembre de 2013

115/ ¿Una ventaja?

La narrativa de Umbral raya en lo (maravillosamente) obsceno. Memorias borbónicas ejemplifica lo que digo. Más allá de la página ochenta esa obscenidad empalaga. La novela aludida rezuma maestría en el uso de la hipérbole y del porno-erotismo; no de la magia. Hecho que dispensa a su autor el dudoso privilegio de desparecerse a Gabriel García Márquez. Éste exagera y ¿porno?-erotiza poéticamente; aquél, socialmente. Nada que ver. 

     Al leer las “Memorias” de Paco he pensado en los libros de Gabriel: lo social emborrona lo mágico. Si Márquez me fascina, Umbral me anonada. Quisiera escribir como el primero, ambientar mis novelas como el segundo, imaginar la vida como ambos y como ninguno acabarla: conocer el destino de alguien puede devenir suficiente para estar uno en paz consigo mismo. Ignoro si esto último es vituperable.

viernes, 19 de julio de 2013

77/ "Eaminiñoea"...

Descifrar la obra de quien sobrevivió leyendo se torna recordatorio. ¿De qué? De lo imprescindible que resulta la literatura para vivir. O para soñar e indagar lo incognoscible. Hoy he acabado mi lectura de Mortal y rosa: diario íntimo de Paco Umbral (o elegía a su hijo “Pincho”). En la pág. 67 (Austral. Barcelona, 2011) se lee: “Los ojos pastan en el libro y a veces (…) se quedan dentro, (…) sin ver el mundo”.

     Descifrar la obra de quien sobrevivió escribiendo se torna corroboración. ¿De qué? Del carácter afirmante que posee la literatura en el alma del escritor. Afirmante y reforzador del ser. Contrariamente (si no escribiera; si no leyera) el autor se desmoronaría como casa en ruinas (no apuntalada). El descalabro sobrevino a Umbral (apuntalada el alma…) por el óbito del chiquillo. En la pág. 70 (op.cit.) se lee: “Niño mío, hijo, fruta fugaz, (…) estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti (…)”. 

     Descifrar la obra de quien sobrevive adolorido se torna lección. ¿De qué? De vida, de esfuerzo, de oficio: el de la literatura. Afilo el rictus. Aligero el gesto… 

     Concluyo: el árbol de la vida da frutos para la infelicidad del Hombre (inclusive los pírricos o en agraz). Lo que de reflexiva tiene Mortal y rosa, superado es por el amor (irreflexivo) al hijo. El acabose de un retoño por enfermedad deviene contra natura. En tal dislate, como enuncia Umbral, <<la vida se suicida a sí misma>>. <<Pincho>>: ya estás, por fin, con papá.

jueves, 25 de octubre de 2012

31/ Contraste

Los cuadernos de don Rigoberto (Mario Vargas Llosa). El Nobel de Arequipa airea, aquí, la teoría sexual de Anne Fausto-Sterlin. Indáguese… Erotismo y perversidad devienen, en este haraquiri, conceptos semejantes. El ídolo rebate el discurso feminista de la colectivización; a saber: que clítoris y gónadas femeninas son preferentes, en abstracto, a falo y testículos… 

     Desde la respeto más absoluto: me hastía el arte escritural de Vargas; juzgo insufrible su discurso estético. Los libros que pare destilan oficio (sin duda alguna). Adolecen, todos, de una impecable ejecución; instruyen. Ahí, lamentablemente, acaba todo. Los juzgo, no sé…, faltos de gracia. E ineptos (Vargas me perdone. Su prosa, al fin y a la postre, es elevada. Yo lo sé y grito a los cuatro vendavales…) para el narcotismo. Y su musicalidad la entreveo (la <<entre-escucho>>) arrítmica. Discúlpeseme: he de ser sincero.  

     Convengo con el dictamen de Umbral: <<El bien y el mal son clónicos, eternos, y la vida transcurre en un espejo>>. Donde dice <<bien>>, léase: deleite; donde <<mal>>, aburrimiento; donde "espejo", quimera…

     Insisto: sé que la prosa de Vargas es elevada, técnica, académica e inspiradora. Yo no acabo de experimentar deleite enfrentándome a ella… Ciertamente no conozco su obra íntegra. 

     Acaso (y esta es mi socorrida esperanza) me aguarde, subyacente bajo tanto páramo sensitivo, algún sustrato nutritivo que me reconcilie con Vargas y con su pluma…