martes, 27 de julio de 2021

357/ "Mente clara, corazón tierno..."

A mi Pepa, fantastic six

por `no dudar´ (eso espero. Risas

de mí ni de tan esenciales cosas…


El Dalai Lama hizo un comentario al libro Las etapas de la meditación, de Kamalashila, que acabó convirtiéndose en este otro libro: La meditación paso a paso (Debolsillo). Este último lo leí hace varios años. Hoy, lo releo. Repetidamente constato la busca de la felicidad que profesa el Budismo desde una perspectiva racional, lógica, científica. No hallo fuegos artificiales en la doctrina budista. Más al contrario: raciocinio puro hallo. Yo me alegro de que así sea. La espiritualidad no es la ciencia de los necios sino la `esencia´ de una razón bien anclada en la sima más profunda del mar de los fenómenos abstractos.

     El siguiente pasaje de Las etapas de la meditación deleitará al más escéptico:

     “Si cada uno de nosotros se dedicase a cultivar el deseo de ayudar a los otros desde el fondo de su corazón, experimentaríamos un sentimiento de confianza que pondría nuestra mente en un estado de tranquilidad. Cuando nuestra mente goza de esta clase de tranquilidad, el mundo entero podría volverse contra nosotros y hacérsenos hostil, y eso no afectaría a nuestra calma mental. Por el contrario, cuando nuestra mente está agitada y perturbada o mostramos mala voluntad hacia los otros seres, nuestra propia actitud nos hará que los percibamos como negativos y severos con nosotros. Esto es el reflejo de nuestra actitud interior, de nuestros sentimientos íntimos y de nuestra manera de sentir. Por esta razón viviremos constantemente en el miedo, la contrariedad, la ansiedad y la inestabilidad. Podremos ser prósperos y disponer de muchas comodidades materiales, pero mientras seamos presa de las perturbaciones, no encontraremos la paz. Podremos estar rodeados de nuestros allegados y de nuestros mejores amigos, pero nuestra actitud interior nos impedirá ser felices. Por lo tanto, nuestra actitud profunda desempeña un papel extremadamente determinante. Si poseemos la calma y el control sobre nosotros mismos, aun cuando todo se vuelva hostil a nuestros alrededor, nada nos perturbará. De hecho, para una persona así, todo el entorno es amistoso y contribuye a su calma mental” (Dalai Lama. Op. Cit. Pág., 69-70).

     Llevar a la práctica lo más arriba apuntado es tan difícil como “llevar a la vida lo que se aprende en la Eucaristía” (palabras, las entrecomilladas, del párroco de mi diócesis). Pero también se trata de algo tremendamente sutil. Toda sutileza (creo) engendra verdad en cantidades industriales. Y, a su vez, toda templanza es un acopio de sutilezas que de otro modo pasan desapercibidas para el espíritu y la conducta acaba resintiéndose. Esto lo aprendemos en el Eneagrama de la personalidad (traído a la luz por Claudio Naranjo. Traído a mi luz por ti, querida amiga, pues ambos teníamos que cruzarnos en el jardín de senderos que `no´ se bifurcan…). En el fondo somos un saco, sin fondo, de sutilizas. En ocasiones ni nos enteramos. Ellas están, no obstante, ahí: dentro del saco. Atendamos, pues, al detalle (a lo sutil) si ambicionamos la calma mental. He dicho: `ambicionamos´. Mejor diré: `valoramos´. La ambición no pertenece a la órbita budista. Siddhartha Gautama pronunció una frase que vale tanto para un roto como para un descosido y todavía más que el oro de Moscú: “Mente clara, corazón tierno…”. Yo no conozco mejor filosofía. 

lunes, 19 de julio de 2021

356/ Las máscaras

A mi amiga querida, Agostina Lute, 

sin cuya complicidad y compañía 

yo andaría un poco cojo. 

A riesgo de poder caerme...  


Dar con una novela existencialista de talla sublime no es del todo excepcional. Tampoco, acostumbrado. La caída, de Albert Camus, no deja indiferente ni al más novato en la tarea de leer y comprender novelas existencialistas. El motivo: un discurso humano y humanístico que cualquiera compraría para sí. El lector, aquí, se convierte en narratario. O sea: ese a quien va dirigido el discurso del narrador. Sirva como ejemplo el vuesa merced del Lazarillo de Tormes. No hay libro de Camus que no me rente un reguero de reflexiones humanísticas y un regusto a excelente literatura en el paladar del alma. La caída sembró polémica cuando fue publicada el año 1956. Camus sabía que estaba colocando ante la sociedad europea de posguerra un espejo atiborrado de reflejos que no todos sabrían identificar. Recordadora de El inmoralista, de André Guide, quizá no llegue a extremos de un pensamiento perverso y repugnante pero sí demencial. La psicopatía y el síndrome obsesivo-compulsivo no quedan demasiado lejos del narrador-protagonista. Se afana, este, en auto-analizarse hasta llegar a un cinismo rayano en indolencia. De ahí que sienta una mezcla entre repulsa hacia sí mismo y vanagloria de ser como es. Un caso típico de desequilibrio interior generado por un sentimiento de culpa que, en el fondo, él rechaza. La culpa vuelve vulnerable al poderoso. Los demás no deben saber esto.

     Pero hete aquí que, de golpe y porrazo, cambia de estrategia y pasa a confesarlo todo. Todo lo confiesa al lector. Lo confesado es una descripción de la cara oculta del hombre: su psicología más lunática. El siguiente paso consiste en sustituir el “yo” por el “nosotros”. Y lo hace para recordar a todo quisque que ellos son como él: despreciables. Algo le sobrepone al resto: el conocimiento pleno de la naturaleza humana. Esto le otorga derechos. Por ejemplo: a criticar y juzgar al prójimo. El narrador-protagonista es abogado y un mal día no auxilió a una suicida. Tal vez esto explique semejante mentalidad tóxica y, a la vez, certera. O no. Camus volvió a dar en el clavo de la condición humana. O de una de las condiciones humanas: la manía, tan nuestra, de usar máscaras.

     Léase el siguiente pasaje:

     “(…) Ejerzo mi útil profesión en el Mexico-City. (…) Consiste en primer lugar en practicar la confesión pública lo más frecuentemente posible. Me acuso a mí mismo de arriba abajo. (…) Pero yo no me acuso (…) con grandes golpes de pecho. Yo navego con ligereza, multiplico los matices, las digresiones también, y, en suma, adapto mi discurso a mi oyente y le llevo a que suba la apuesta. Mezclo lo que me concierne a mí con lo relativo a los demás. Tomo rasgos comunes, experiencias que hemos padecido juntos, debilidades que compartimos, el buen tono (…). Con eso fabrico un retrato que es el de todo el mundo y el de nadie en particular. Una máscara, en resumen, bastante parecidas a las de carnaval, a la vez fieles y simplificadas (…). Cuando he terminado el retrato, como esta noche, se lo muestro lamentándome: `¡Ay! ¡Así es como soy!´. La acusación está terminada. Pero, al mismo tiempo, el retrato que presento a mis contemporáneos se convierte en un espejo.

     Cubierto de cenizas, arrancándome lentamente el cabello, con el rostro rasgado por las uñas pero con la mirada penetrante, me alzo frente a la humanidad entera, recapitulando mi vergüenza, sin perder de vista el efecto producido (…). Entonces (…) paso en mi discurso del `yo´ al `nosotros´. Soy como ellos (…). Sin embargo yo tengo una superioridad, la de saberlo, lo cual me otorga el derecho a hablar. Cuanto más me acuso, más derecho tengo a juzgarle. (…) Somos unas extrañas y maderables criaturas, y, por más que reflexionáramos sobre nuestras vidas, no faltarían las ocasiones de asombrarnos y de escandalizarnos a nosotros mismos” (Albert Camus. La caída. Debolsillo. Barcelona, 2021. Págs., 118-119).

     Y, pues, amén.  

jueves, 8 de julio de 2021

355/ "[Melancolía], tú que tienes la luz..."

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.

(Melancolía. Rubén Darío).


Un conflicto existe, creo, entre la información y la esperanza. O tanto monta: entre el poder y la felicidad. Dicho así pudiera parecer exagerado. En modo alguno lo es. La información puede menoscabar la inteligencia emocional. Precisaré y repetiré, ahora, un punto: un exceso de información puede menoscabar la inteligencia emocional. Todo hijo de vecino no está preparado para procesar un número de datos que excede de lo previsible. Y el que sí lo esté que se dé con un canto en los dientes: ese no sabe lo que tiene. Sin rechifle: entre saber demasiado y entristecer no hay un gran trecho. Y si el torrente informativo cae de golpe sobre la tierra reseca del hombre masa, entonces apaga y vámonos, y sécate con el albornoz sin que se te vean las casas colgantes de Cuenca… 

     José Enrique Ruiz Domènec ha escrito: “La sociedad europea se precipita sobre la información, que es tanto como decir en aquellos años sobre el bulo o el rumor, y, si eso no basta, sobre la calumnia, sostén de la mentira; y a la vez confía en el saber médico para que este le libere de las supersticiones y de las enfermedades. Dos líneas de acción paralelas durante cien años, que dan lugar a la gran paradoja del `largo siglo XX´ que sitúo entre la gripe de 1918 y el coronavirus del 2020: el siglo del más importante desarrollo científico de la historia de la humanidad es, al mismo tiempo, el de las mayores atrocidades en política con los totalitarismos, en las relaciones internacionales con las guerras civiles, y en el orden moral con el holocausto” (El día después de las grandes epidemias. De la peste bubónica al coronavirus. Taurus. Barcelona, 2020. Pág., 88).

     Sigue sin satisfacerme la actitud de los Medios y, menos aún, la de los políticos. Los (con hache) hunos inventando datos e informaciones o bien conduciendo a un extremo la semántica del titular de turno. ¡Puag! Los otros, tomando decisiones sin consultar suficientemente a expertos en la materia y saltándose a piola restricciones y recomendaciones porque yo lo valgo. ¡Doble puag!

     ¡Ven, Mafalda, arregla tú el mundo! Pero, ¡¿dónde te has metido, Mafaldita?! Ay.