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viernes, 23 de mayo de 2025

477/ Sempiterna reminiscencia

Hoy, no por casualidad sino por continuidad (releo Idilios, de JRJ, poemario en que las composiciones se suceden unas a otras respetando un inamovible orden; por qué será), me he topado con estos versos:


     No te he tenido más en mí,

     que el río tiene al árbol de la orilla;

     yo, pasando, me estaba siempre en tu alma;

     tú, estando en mi alma siempre, nunca te venías…

     Bastaba un cielo vago, un pobre viento,

     para que desaparecieras de mi vida.


     Mejor diré: he vuelto a toparme con… <<La Chica de la Perla>>. Con sus ojos marinos. Con su cabello soleado. Con su piel lunática. Con su olor a hembra joven… Pero no iré por ahí… Quiero, más deseo, dejar constancia ahora y aquí del valor de anclaje (psíquico) que posee la poesía; sobre todo, la de carácter erótico y amoroso. Bastan dos versos, ¡sólo dos versos!, para que en nuestra mente (¡en la mía!) se desate toda una cascada de recuerdos. Recuerdos que no tienen porqué sustentarse en lo erótico (en lo amoroso) sino que, por el contrario, cabrían en lo superficial o epidérmico. Quiere decirse: el lector (un servidor de casi nadie. ¡Yo!) se ve a sí mismo leyendo los versos que acaba de leer ahora, veinte años atrás. Ve, además, el espacio copado por la tarea de leerlos. Y la luz blanquecina de la tarde tornasolada en que los leyó. Y el presentir de los pájaros que, más allá de la ventana de su cuarto, gritan desesperados por la venida de la primavera… Sí, el lector (¡yo!; un servidor, ya, de nadie) los leyó en primavera… Y todo ello, como digo, tras toparse con los dos primeros versos: <<No te he tenido más en mí,/ que el río tiene al árbol de la orilla>>.

     <<La chica de la perla>> no tuvo al lector (¡a mí!) más en sí que <<el río tiene al árbol de la orilla>>. Esto es un hecho. Pero el lector (¡yo!) tampoco la tuvo a ella, es más: el <<viento pobre>> de la incomprensión y el <<cielo vago>> de la depresión anímica impidieron que la fusión de almas se produjera. Esto es, por malaventura, otro hecho. Mejor no meneallo.

     Siempre <<La chica de la perla>> estará, sin embargo, en el espíritu memorístico del lector (¡en el mío!). Y esto, otro hecho incontrovertible, basta para singlar el mar del amor frustrado leyendo a JRJ como si no hubiese un mañana. Se llama (lo dije antes) <<anclaje psíquico>> de la poesía. Y debemos aprender, todos, a convivir con ello. No es, ¡voto a bríos (ay)!, fácil. 

jueves, 15 de diciembre de 2022

393/ Pasada de frenada...

Hace una pila de años que no sé nada de Luis Antonio de Villena. Le perdí la pista allá por los noventa. Lo veía yo aparecer fugazmente por la caja tonta en programas ñoños de dudosa solvencia. Y también en uno que otro informativo. En puridad, más que informativo, Telediario. Por aquellos tiempos la oferta mediática televisiva no era la que tenemos hoy. Yo lo juzgaba un tipo raro. Siempre me atrajo lo raro. <<Rareza>> era igual a <<diferencia>> que era igual a <<originalidad>>. Quién podía criticar, digo: visceralmente, a alguien original. Los tipos así tenían merecido besar la Gloria. Hoy sigo pensándolo. Creo que falta originalidad a raudales. La literatura actual bebe y bebe, y vuelve a beber, de la fórmula más acertada para crear productos de consumo (comerciales) cuya finalidad es divertir a las masas de lectores: la intriga. Vicente Vallés lo ha expresado claramente (cito de memoria, por ello, puede registrarse algún error en la literalidad de las palabras que asigno a Vicente): <<Mi objetivo [el de la novela que ha escrito] no ha sido otro que lograr que el lector se divierta leyendo mi libro>>. Quiere decirse: “No sabiendo qué va a ocurrir en la página siguiente”. Su libro, <<Operación Kazán>>, ha sido galardonado con el <<Premio Primavera de Novela 2022>>. Dicho queda.  

    Pero no pretendía yo hablar del bueno de Vicente Vallés sino de Luis Antonio de Villena (presunto maldito nuestro). Y todo por una cuestión fácil de justificar: la mentada <<originalidad>>. Los autores barrocos parecen más dados a ser originales que el resto. Ignoro el motivo. Escritores barrocos de trapío vivos, en España, hay muy pocos. Digo <<barrocos>> de verdad; no <<barroquillos>>. Solo se me ocurren tres: Luis Antonio de Villena, Fernando Sánchez Dragó, Juan Manuel de Prada. Los demás no andorrean ese terreno plagado de metáforas, retruécanos, paralelismos y todo tipo de neologismos y préstamos lingüísticos exóticos tan desconocidos por el populacho. Ah, y de latinajos, que ya se me olvidaba… Como si retorcer la frase y culturizarla derivara necesariamente en novedad cuando, en realidad, lo novedoso sería expresar lo mismo con menos palabras y recursos. <<Minimalismo>>. Minimalismo versus Barroquismo. El caso es que leyendo <<Mitomanías>> (Luis Antonio de Villena) me he topado con una originalidad a mi juicio brillante. El libro atesora muchas originalidades pero a mí me ha llamado la atención una por encima de todas. La transcribiré aquí: <<Ese acierto iconizó a Almodóvar, por lo que alguien pudo decir (no sé si yo mismo en una crítica antigua), que la indudable modernidad de Pedro podía resumirse en la imagen de un cofrade de la Macarena metiéndose rayas de coca una tarde…>> (op. cit. Planeta. Barcelona, 2002. Pág., 152). 

     Como se ve, Luis Antonio no escatimó en elegancia expresiva. Observo que todos aquellos que se auto-definen <<progres>> o se comportan como el tópico típico <<progre>> ordena, manifiestan un rencor a lo sacro un punto cargante, creo. Como si lo sacro fuera responsable único de todas sus cuitas. No seré yo quien niegue algo así: cada hijo de vecino sabe sus cuentas; pero de eso a considerar siempre a lo sacro responsable solidario (o no) de las desventuras personales de cada quisque me parece algo desorbitado. Habría que distinguir entre lo generalísimo (la institución sacra por excelencia: la Iglesia) y lo particularísimo (el colectivo sacro por excelencia: el clero). Y, de paso, tampoco estaría de más chequear el concepto de <<Regla Áurea>>. 

     He dicho.

miércoles, 6 de marzo de 2019

300/ Defensa del Barroco (y que no sirva de precedente)

Asiento, aquí, una columna fascinante cuya firma (“Fernando Aramburu”) es del todo conocida: https://www.elmundo.es/opinion/2019/02/17/5c681901fdddff9f4f8b45f6.html. No parece, esta, exenta de una malicia buena. La razón es de plomo: silencia nombres de escritores barrocos cuyo estilo es ponderado por colegas de oficio. ¡Mal, don Fernando, muy mal! 
     Un tocayo del artífice queda en descarte: el apellidado Sánchez Dragó. Barroquísimo él. El mejor escritor español vivo. Esto último a mi juicio. Otro descartado es Juan Eduardo Zúñiga. El Buddha me libre de insinuar siquiera que este comete el deplorable crimen de ser barroco. No. Zúñiga tiene voluntad de estilo. Mi opinión al respecto es la que sigue: todo autor que carezca de la mentada voluntad no pasará de ser un mero narrador o redactor o componedor de versos. Eso es todo. Eso no es poco. Pero eso es insuficiente. Este jamás será artista, jamás poeta, dado que literatura y arte van de la mano de manera inexorable. Lo sé: no siempre. Pío Baroja tenía poco (muy poco) de artista. Como poco (muy poco) de ello tenía Galdós. No así (otros descartados) Azorín o Pedro Antonio de Alarcón. Abro paréntesis. Perdón por la rima. Cierro paréntesis: maravilloso romántico el de Guadix (apunte necesario. Acaparó grandes dosis de realismo). Maravillosa romántica (descartada igualmente) fue Rosalía de Castro: tenía voluntad de estilo. 
     ¡Tirón de orejas a don Fernando!
     Permítaseme una aclaración: yo no recurro, aquí, al estridente timbre de ninguna ideología política. Yo recurro, aquí (y en cualquier lugar. Siempre), a la literatura. También a la filosofía. Punto. 
     Los descartados eran escritores re-pensantes de palabras y frases y dinamizadores de efectos y todo lo que convierte a la literatura en un artificio formidable. Justamente lo contrario de lo que siente (a veces hasta piensa) el lector cuando lee textos de tantos (no tontos) autores que parecen decir lo mismo con palabras insulsas. Juzgo verosímil que la insulsez radique en un mal ejecutado arte combinatorio de las mismas (de las palabras). La conjetura, me parece, no es infundada. 
     ¿Existe algo superior al aburrimiento “literario” que desprende el libro Últimas tardes con Teresa? No quiero (con Cervantes) recordar aquellas horas de tediosa lectura. Lo que escribe Marsé podría escribirlo Manolo Pérez o Antonio López (no el pintor). ¿También lo que mal que bien garrapatea Juan Manuel de Prada? ¿Y lo que Enrique Vila Matas (barroco a su modo. O sea: con base en un estrangulador encadenamiento de referencias eruditas, librescas, infinitas)? 
     A los quisquillosos: solo hablo de literatura. Y de filosofía. Punto.    
     Los alquimistas dijeron: Obscurum per obscurius, ignotum per ignotius ("A lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido”). Discúlpenme mis amigos posmodernos por haber recurrido al latín. 
     Machado escribió: "Oscuro, para que todos atiendan. /Claro como el agua, claro,/ para que nadie comprenda”.
     Vivimos tiempos de elefantiásica mediocridad literaria. ¿Tendrá algo que ver en ello la industria editorial? ¿Y la escuela? ¿Y las nuevas (menos de apoco) tecnologías? Cada quisque que piense lo que quiera. Probablemente, ahora, tendría que disculparme por haber empleado la palabra “quisque”. No lo haré. Quien quiera saber que arreé. Y perdón, tercera y última disculpa ya en lo que va de post, por la rima. 
     Ea. A otra cosa.