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miércoles, 11 de enero de 2017

248/ Un micro-cuento

Nathaniel Hawthorne es padre de La letra escarlata. Vino, aquí, el 4 del siglo XIX para irse el 64. En variados e irrepetibles instantes de esos sesenta años tuvo el buen tino de apuntar argumentos de cuentos fantásticos. El que sigue constituye, de suyo, un micro-cuento íntegro. Su título: El testamento. Veámoslo: “Un hombre rico deja en su testamento su casa a una pareja pobre. Ésta se muda ahí; encuentran un sirviente sombrío que el testamento les prohíbe expulsar. Este los atormenta: se descubre, al fin, que es el hombre que les ha legado la casa”. Tan inquietante relato suscita algunas ideas. Una: que toda recompensa exige al recompensado pagar un precio. Otra (derivada de la anterior): que no existe la gratuidad. Otra: que el destino puede ser irónico. Lo asombroso es que un hombre fabrique una narración provista de los atributos de su género creyendo haber fabricado un apunte de la misma. A veces la literatura emerge del instinto (y no del azar). A veces del sueño (y no del ingenio). A veces del deseo (y no del interés).          

jueves, 18 de febrero de 2016

220/ A batallas de amor, campo de...

Parafrasearé a Caballero Bonald. Hummm, no, mejor lo dejaré para el final. Decidido.
     Nadie se altere. No voy a poetizar. Únicamente deseo poner al aire un poso de reflexiones de La señora Dalloway que es vasija de extraordinaria porcelana inglesa. Una navaja. Una navaja simboliza el afán del hombre por vivir al borde de sí mismo. O de sus emociones. Lo que, al caso, viene a ser ídem. ¿La abro o no la abro? ¿La cierro o no la cierro? El miedo de una mujer a sentir lo que siente (o a volver a sentir lo que sintió) cabe convertirse en el sueño del hombre que propicia en ella tales sentimientos. Con un añadido: la creencia de que el potencial soñador es superior a quien desencadena su sueño. O sea: él quedaría por encima de ella. Justamente eso cree la mujer. Inquiero: ¿Vivir la vida verdadera o la inventada por nosotros? Acaso la primera nos depare felicidad enclaustrada en tanto que la segunda, no. La segunda podría acarrearnos una infelicidad libre. ¿Solo podría? Léase, si no, lo que sigue:     
     “Qué costumbre tan singular, pensó Clarissa; siempre jugueteando con una navaja. Y consigue además, como antaño, que me sienta frívola, con cabeza de chorlito, una simple parlanchina estúpida. Pero ahora me toca a mí, pensó; y, empuñando de nuevo la aguja, llamó en su auxilio –como una reina cuya guardia se ha dormido, dejándola desprotegida (la visita de Peter la había desconcertado por completo, trastornándola), de manera que cualquiera puede acercarse y verla donde está tumbada con las zarzas formando una bóveda–, llamó en su auxilio las cosas que hacía, las cosas que le gustaban, a su marido, a Elizabeth, todo lo que era ella, en resumen, y que Peter apenas conocía ya, para que se congregara a su alrededor y pusiera en fuga al enemigo”.
     Y aquí entronco con mi propio ser. Porque todo viene de atrás (pongamos dos años)... Y también porque todo puede enmarcarse en una amistad profunda e intensa... Y entonces, ¡oh!, se complica todo... Y todo se dispara... La navaja se abre. Con ella se tajan las briznas del tiempo. 
     Pero no quiero poetizar. Solo convenir las bases de un diálogo interior conmigo mismo y con la novela de Virginia Woolf. Con Ella (aquí Ella no es La Joven de la Perla). Digo Ella, la mía. No la otra. Es decir: esa que no me pertenece. Esa que queda fuera del ámbito de mi imaginación. De este modo tan prosaico funciona la mente de aquel que sueña: le duele lo real, le place lo fantástico, lo literario. La hipersensibilidad (cercana, ésta, al sueño) es muy puñetera. Cualquier rocetón con alguien puede derivar en un melodrama psíquico y aún físico. No así su imagen mental (la del rocetón). Ésta siempre es positiva por muy difuminado que quede el borde de la misma. Y por mucho que sintamos hastío o dejadez o sueño a la hora de representárnosla. Por mucho y por muy. Sí. Por mucho y también por muy. Y ahí está otra vez la imagen de la mujer (o del hombre) que suscita todo eso en la mente del pobrecito soñador. Qué grande delicadeza tocar con los dedos de la fantasía el sentimiento puro. Pero no quiero poetizar. Léase, mejor, lo que sigue:  
     “Al repasar su larga amistad –treinta años casi–, la teoría de Clarissa encontraba, hasta cierto punto, confirmación. Aunque sus entrevistas habían sido breves, fallidas, a menudo dolorosas, a lo que había que añadir ausencias (las de Peter) e interrupciones (aquella mañana, por ejemplo, se había presentado Elizabeth –bien parecida, muda, semejante a una potranca de largas patas–, precisamente cuando empezaba de verdad a hablar con Clarissa), el efecto sobre su vida era inconmensurable. Había un misterio en ello. Se recibía una simiente cortante, puntiaguda, incómoda, la entrevista misma, terriblemente dolorosa la mitad de las veces; con la ausencia, sin embargo, en los lugares más insospechados, germinaba, se abría, perfumaba el ambiente; era posible tocarla, gustarla, situarla, sentirla y entenderla, después de años de olvido. De esa manera Clarissa había vuelto a él a bordo de un buque, en el Himalaya, sugerida por las cosas más extrañas (de la misma manera que Sally Seton, aquella boba generosa y exaltada, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Clarissa había influido en su vida más que ninguna otra persona. Y siempre presentándose cuando él no la buscaba, fría, señorial, crítica; o seductora, romántica, evocadora de un prado o de las mieses en Inglaterra. La veía casi siempre en el campo, no en Londres. Una tras otra, las escenas en Bourton…”.
     Ahora sí parafrasearé a Caballero Bonald. Y lo haré del siguiente modo: A batallas de amor, campo de olvido. Y no de pluma
     Ea. Dicho queda. ¡Ojalá no tenga que arrepentirme! 

martes, 5 de mayo de 2015

182/ Un sueño

Esta madrugada he tenido un estrambótico sueño. Dialogaba yo con un escritor reconocido acá (y allá). Exactamente ignoro sobre qué parlamentábamos. Solo recuerdo una palabra: prosopopeya. Y que yo confundía esa figura retórica con la etopeya. Creo que aleccionaba sobre ello, pretencioso de mí, al escritor… Él (es varón), que lo es siempre (varón y pretencioso), asintió y más tarde reaccionó. Se rebulló y contraatacó con otra pretenciosidad. Reflexiono sobre esta tara de los escritores. No me gusta. No la comparto. La pongo en práctica, subyugado a mí (¿liberado de mí?), con no poca perseverancia. Motor esta (la perseverancia) de mi escritura. No de mi oralidad. Habla Jekyll. Escribe Hyde. Moneda literaria… Podía haber confundido el hipérbaton con la hipérbole, o la anáfora con la anástrofe, lo que deviene más común. En la vigilia, y he aquí lo extravagante del caso, nunca confundo prosopopeya con etopeya. Será que mi yo dormido baja la guardia mientras mi yo vigilante la alza. Este mismo post resulta pretencioso al contener términos que designan figuras retóricas. Mi intención, sin embargo, no es la pretenciosidad. A veces Hyde regurgita a Jekyll.        

viernes, 17 de octubre de 2014

161/ Sépalo el mundo...

A mis amigos comunistas y a todo aquel que escribe versos. 

Un poeta fue encarcelado durante veintitrés años. Su nombre: Fernando Macarro Castillo. Alias Marcos Ana. Lo fue, encarcelado, por comunista. Nació en una aldea salmantina: Alconada. El año del feliz alumbramiento, 1920, un extraordinario cantor vino al mundo. Leo Poemas de la prisión y la vida de Fernando/Marcos y me deleito con la belleza que atesoran sus versos. Un botón de muestra es el poema titulado Voy soñando. Dice así: “Soñar, siempre soñar,/ con banderas y besos;/ la libertad y el aire/ soplando en mi cabello.// Campo y aire sin fin/ –oh luz–, sin otro cerco/ que el amor de unos brazos/ enlazando mi cuello.// Soñar, siempre soñar,/ con los ojos sin sueño,/ que soy un hombre vivo/ siendo tan solo un preso.// Hay árboles y un río/ fijos en mi recuerdo;/ una infancia salvaje,/ un dulce amor ingenuo,/ y dos nombres grabados/ en el chopo más viejo.// `El cielo aquella tarde/ era como un espejo./ El choperal tendía/ para el amor senderos./ Todo era luz, la gloria/ de mayo iba en mi pecho./ Un vilano de plata/ se enredó en sus cabellos./ Acudí tembloroso/ y con mis dedos trémulos…/ Sus ojos me invadieron/ de aroma y sol./ El viento inmóvil, nos miraba:/ fue aquel mi primer beso.´// Soñar, siempre soñar/ que vuelvo a todo aquello,/ lo que dejé y ya nunca/ encontraré al regreso.” El poema transliterado fue escrito en el presidio (junto al resto que conforma la obra). Lo enuncia el propio autor en una nota preliminar: “Estos poemas fueron escritos en una prisión, cuando la noche era más profunda, a la macilenta luz de un extraño candil, construido con un viejo tintero, un poco de alcohol que conseguía en la Enfermería y una mecha trenzada con la cinta de unas alpargatas. Esa luz podía apagarla de un solo soplo a la menor alarma”. Ruego por los poetas. Déjeseles hablar tranquilamente. Que canten libres y a su aire. A nadie asuste su compromiso. Suficiente tienen con lo que les ha tocado en suerte en la vida: escribir para no morir. Porque, sépalo el mundo, el poeta nunca calla.     

lunes, 16 de junio de 2014

147/ ¿La vida es sueño?...

Una ¿personificación? esta: “(…) sí, cara de niño desgraciado, ojos al suelo, manos desesperadamente hundidas en los bolsillos, palabras de obrero que echa de menos el trabajo los domingos, y, por dentro, la bola del orgullo que se agranda y agrieta entre chasquidos (…)” (José María Requena. El cuajarón. P. 131. Biblioteca al Sur. Barcelona, 2002), leitmotiv de la mentada novela. Poco más cabe añadir. Ópera prima construida con la argamasa del monólogo interior. Obra maestra de Requena, publicada el año 1972, galardonada con el Nadal: catapulta a la gloria de la fama y del prestigio gremial de tantos y tantos escritores. Uno llega a odiar al héroe (pero también antihéroe) con similar fruición con que, a la postre, lo amará. Destacable resulta el dominio pleno del espacio-tiempo narrativo. El cual deviene onírico. Más de pesadilla que otra cosa. La sombra de la locura es alargada. Aquí hace acto de presencia repetida veces. El esfuerzo que el lector debe ejecutar en la lectura halla sobradas recompensas. Verbigracia: conocer un análisis (discursivamente pormenorizado) del alma de quien está abocado a la soberbia desde la cuna. Constituyéndose ésta (la cuna) en detonante fundamental de aquélla (la soberbia). Reléase, si no, la ¿personificación? copiada arriba. Lectura laboriosa. Lectura recomendable e inexcusable para aquellos que anhelan zamparse el mundo sin percatarse de que es el mundo el que probablemente acabe por zampárselos a ellos. 

viernes, 28 de marzo de 2014

131/ De JRJ (IV)

Y hasta aquí, por ahora, Idilios. Hoy pregunto a Juan Ramón desde el sosiego más absoluto: ¿Qué haces, maestro? Y el poeta de Moguer se mini-explaya en clave de final de título. Dice: “Echado en la baranda de la vida,/ mira mi alma pasar el largo/ río del tiempo.// Echo al agua una flor,/ le pienso/ una duda más bella,/ le contemplo/ una luz más divina,/ la dejo/ pasar, sin verla./ Me duermo…// En sueños, oigo el agua/ correr, correr, correr./ La sueño./ Y entonces ella me ve a mí/ corriendo, cada noche, muerto…”. Muerto, no. Vivo. Vivo y bien vivo. Mejor: requetevivo.

     Tus versos, JR, resollarán siempre y su corazón palpitará con una diástole y una sístole no de break beat o latido roto sino de vals armonioso y melodioso y brumoso y (por qué no) fastuoso. En ellos me hundiré yo con Ella, que es tuya y es mía. O sea: con Zenobia y con… ¿Para qué subrayar lo que ya fue y será subrayado en esta bitácora más de una y de dos y de tres y de no sé cuántas veces? No. Incurriría en revelar una realidad; no en desvelarla. Quien desee conocerla (la realidad intangible de que hablo) que ojeé al trasluz los negativos de esta antigualla fotográfica en que se ha convertido mi pobre memoria escrita en electrónico negro sobre blanco acristalado… ¡Oh, Dios mío! ¿Seré, a la postre, como Florentino Ariza?…

jueves, 27 de marzo de 2014

130/ De JRJ (III)

Todavía más Idilios. ¡Habla, Juan Ramón: dime, dile y diles algunos versos representativos! Y el poeta habló: <<Al encontrarte, Amor, hallé el Idilio (…)// ¡Ay! ¡Ojos del Idilio/ claros, marinos, entre tiernos tallos/ que colgaban de verde (para mí azul) aquellas trenzas (para mí guedejas a su aire)/ de oro, sobre los finos hombros blancos!>>. Y qué digo, si puede saberse, yo ahora… Inmerso estoy en una pesadilla: Ella me persigue noche y día y tarde y… ¿es que me dejo yo atrapar? Pues sí. Me dejo. Demasiado se está alargando ya la agonía en carne (la mía) propia. Aunque lo es, digo: la agonía, mental y solo mental… Lo juro. Pero de pensamientos vive el escritor. ¿Y de palabras? No, no. Éstas se las acaba llevando el viento. Más vive de su alma (la de las palabras), de su esencia (la del alma de las palabras), de su contenido (el de la esencia del alma de las palabras). Entonces oigo una voz…: ¿Es que las palabras se las lleva el viento? Y otra…: Un, dos, tres… ¡Despierta!

     Nada: sigo embelesado en los brazos de Morfeo feo y embrutecido por los dislates comunes de los sueños agónicos y alegóricos… <<Pero qué diantres digo>>, digo yo ahora.

viernes, 21 de febrero de 2014

124/ Tras Omar... (I)

Quien me desincruste de estos poemillas milagroso desincrustador será: y es que incrustado hasta el tuétano me hallo en Rubaiyat (Omar Khayyam), y de ahí ya no me sacan ni con agua borbotando. Transcribiré, ahora, dos poemas suyos.

     Uno: <<Nuestro tesoro es el vino y nuestro palacio la taberna. La sed y la embriaguez son nuestros fieles compañeros. Ignoramos el miedo porque sabemos que nuestras almas, nuestros corazones, nuestros cálices y nuestras ropas manchadas, nada tienen que temer del polvo, del agua ni del fuego>> (VII).

     Y dos: <<Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!”>> (XXXV).

     Me desgañito gritando: ¡Bravo, bravísimo!

     Ahora, haré míos estos sabios renglones del no menos sabio (cuando no malabarista lingüístico) y preclaro Fernando Sánchez Dragó: <<Las palabras son como el vino: necesitan pátina y poso, hay que sobarlas y resobarlas, tienen que fermentar y decantarse en cubas de roble viejo>> (Sentado alegre en la popa. Barcelona, 2004. Planeta. P. 27). Todo un paralelismo óptimo y muy bien avenido con la causa lectora (o eso creo yo).

     La palabra embriaga y salvaguarda del miedo a la Muerte. ¡Correcto! Leer confronta la diminuta muerte diaria que es el sueño. No sé, no sé. Dormir es a morir lo que a vivir es leer. ¡Vaya, hombre, siempre tan incisivo mi querido y respetadísimo Omar!: como una vaharada de rosas silvestres en mitad de un prado seco. Incisivo y, ¡oh, Alá mío!, barbudo y no menos aturbantado. Y, ¿es que el angelito era persa?…

     Pues eso.

jueves, 28 de febrero de 2013

59/ Nos

Yo transmigro a ti. Releo Soledades y Galerías, de Machado, y "sueño caminos en la tarde". Con Ella sin mí. Conmigo sin Ella. Ambos sin nosotros. Traspongo, mía sobre tuya, la 1ª y 2ª persona del singular. Arribo a la 1ª del plural. Aquí, me aquieto. Yo ponderaba soledades. Hoy, enaltezco colectividades. Hoy, postergo individualidades. Tan honda y caliginosa galería hollaron mis pies. Tú habitaste (Ella habita) el mágico valle de Orfeo. Y yo con Ella. Y Tú conmigo. Y Nos con nosotros.

lunes, 10 de diciembre de 2012

44/ Vetusto Freud

Experimento, me parece, las tres fuentes freudianas de la desdicha. Son las que siguen. Una: la supremacía de la Naturaleza. Dos: la caducidad del cuerpo. Tres: la insuficiencia metodológica de las relaciones personales.

     Buda engulle al psicoanalista. La primera fuente freudiana de la desdicha enuncia la realidad que nos circunda. La segunda preconiza la no perdurabilidad de los fenómenos. La tercera destila ignorancia sobre la meditación trascendente… 

     Pregunto: ¿Ponderaría Sigmund Freud las enseñanzas de Siddharta Gautama? ¿Toleraría el aguijoneo del budismo a la ilusión (y al delirio y al sueño)? 

     Cavilo: Calderón habría elevado a Siddharta al Olimpo de los dioses.

martes, 20 de noviembre de 2012

38/ Detonante borgiano (IV)

Confesar algo es desprenderse de ello. 

     Este juicio toma asilo en la página 126 (Debolsillo) de El informe de Brodie. Cavilo: Expulsar sustancias nocivas (de un modo catártico) deviene necesario. Qué sería, si no, de los narradores, de los poetas, de los actores… (Egos). 

     Acaso deberíamos escribir la vida con renglones oníricos (no necesariamente <<torcidos>>). De esa forma la ejecutaríamos y no narraríamos. Tampoco la poetizaríamos ni representaríamos… Dejaría ésta, sencillamente, de escocer; y la catarsis, de tener sentido.

     Tómese como veleidosa conjetura lo enunciado. De lo contrario (si se toma como certeza) nos abocaría a un mundo comandado por robots; psicopático. Y un mundo así no es deseado (ni deseable) por nadie. Pero un mundo así, sin embargo, está por venir. O mejor aún: ha llegado. Oh tempora, oh mores.

martes, 13 de noviembre de 2012

35/ Detonante borgiano (I)

Nélida es nombre de mujer…

     Leo a Borges. En la pág. 101 (Debolsillo) de El informe de Brodie se recoge tal nombre. El estómago me ha dado un vuelco al examinarlo. Siempre anhelé escribir: <<Nélida, mi amor…>>; <<Tus ojos, Nélida, son…>>; <<Te amo tanto, Nélida…>>. 

     La escritura es autobiográfica o nada es. Jamás frecuenté a ninguna Nélida. Ni aún indirectamente. De mentas conozco a Nélida Piñón (escritora brasileña) y a su homónima Quiroga (actriz argentina). Con ninguna tuve la dicha de compartir. 

     El otro nombre de mis desvelos: Amalasunta. De resonancias novelísticas sudamericanas adolece; al igual que Amaranta: Gabriel García Márquez me lo ofrendó decenas de páginas adentro. De varón: Maimónides y Bosco deleitan mi hedonismo verbal (acaso barroco). A todos ellos sobrepasa Nélida. 

     Sueño con ella, Nélida, a quien atribuyo rasgos de <<Ella>>; con su verbo (arrebatado a otra); con su cuerpo de sílfide (transmigrado). No deviene, a mi pesar, en Nélida. El nombre propio no puede trasvasarse a ajenos. Un interrogante me despabila la conciencia: <<¿Dónde estás, amor mío?>>. Es entonces cuando me consagro a mi rutina.

jueves, 8 de noviembre de 2012

34/ Trinitrotolueno

Don Rigoberto deflagra en sus Cuadernos como el trinitrotolueno. Huye de la colectivización como alma que llevase el diablo. De su desventura responsabiliza a la Verdad. Fabular le depara bienaventuranzas. Ídem, leer y escribir. Lo funesto es que toda misantropía (libros, grabados, cuadros) acarrea padecimientos. Padece en su divagar el narrador; el poeta, en su torre de marfil; el pintor, en sus coloristas dicotomías. Y, asido al buril, el artesano. La tríada de creadores se opone a la burocracia gestora y racionalista. Pregunto: ¿Por qué escribimos? ¿Por qué grabamos? ¿Por qué pintamos? Vale decir: ¿Por qué soñamos? Y, ¿para qué?…

     Arriesgaré una respuesta: para no morir de amor.

viernes, 5 de octubre de 2012

29/ Parca misiva

Áulico Yago: voy a relatarte qué mundo habitamos. Resulta sutil. Deviene inhóspito. Destila uno que otro regocijo. Enarbola el estandarte de las concomitancias: él nos habita a nosotros. Y, si cosmos real e inventado convergen, ambulamos con pájaros en las ramas… La frustración se actualiza. Lo fabulado resplandece. Lo fáctico se opaca. Podría (lo fáctico) ser virtuoso. Es reprobable. Podría (lo fáctico) ser verdadero. Es la Verdad. 

     Tú no barruntas nada de esto: eres cándido. Comparte (lo verdadero) contigo un rasgo: Me envuelve sobremanera. Quienes lo habitan dejan de existir si clausuro sus tapas. Uno que otro requiere de mi somnolencia para conciliar el sueño. Duermo escasamente; tú, en demasía. Mucho debe desgastar “Azulandia”… 

     El orbe al que has arribado, áulico Yago, no es diferente del que yo frecuento. ¿Evocarás, tal G.G.M., la vida para contarla? Tú vívela sin empacho y sin aflicciones. Ambos batallamos con indios y vaqueros y, a perpetuidad, salimos airosos. El mundo es una deleitosa flor. Líbala.


     Te apretujo, pequeño.