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miércoles, 8 de enero de 2014

120/ Tres reflexiones

Esbozaré tres reflexiones inducidas por un interrogante. He aquí la primera: ¿Qué es el tiempo? Una sucesión de instantes que son materia temporal… Cada milésima de segundo engloba un mundo de instantes; la vida de cualquiera, desde el nacer hasta el morir, una eternidad de tiempos. La eternidad no traspasa lo que la engloba: su propio tiempo de instantes; ni el suyo, la eternidad de la eternidad; ni el suyo, otro tiempo de instantes mayor: la eternidad de la eternidad de la eternidad. Creo que Berkeley y Hume congregaron en algunas páginas esta metafísica. Desconozco si esencialmente fueron felices o vivieron atormentados por la ignorancia.

     Quiero determinar el presente como único tiempo que fluye; e ilusorios, el pasado y el porvenir. Por ello, Ella no está en mi memoria y no está en mi esperanza, sino Aquí y Ahora. Un Aquí y Ahora simultáneo a su Aquí y Ahora. Simultáneo y acaso contingente. 

     La segunda reflexión inducida por un interrogante es la siguiente: ¿Es infalible la etimología? Gustavo Bueno opina que quien no sabe latín tiene vedado el paraíso del filosofar. Otros entienden lo inverso: las transformaciones sufridas por una palabra, a lo largo del tiempo, diluyen su raíz: el sentido primigenio de que gozaba se extingue. Quisiera pensar que al final de una serie combinatoria (atribuciones de sentido a una palabra) aguarda el azar y el gusto y la repetición. A despecho de esto, yo estoy con Bueno.

     Y, finalmente, la tercera reflexión inducida por un interrogante es: ¿Corroe el desencanto? Tras muchos años como lector no soy deleitado por cualquier texto (refiero el nivel del escrito). Cada vez siento más apremiante la necesidad de escribir aquello que los otros no escriben. O aquello que los otros no pueden escribir porque aún no existe. Calculo que quizá los otros ofrezcan todo lo que es dable ofrecer al mundo. A la vuelta, se ubica el lugar común (la Literatura está plagada de lugares comunes) y el tedio. Sin obviar que mis textos no alcanzan la cualidad de originales (en el sentido de novedosos). Los juzgo deficientes y desafortunados. Por eso, me parece, continúo leyendo a quienes no ofrecen más que lo acostumbrado; vale decir: lo heredado.

     El espíritu de un escritor se imbuye de quienes le preceden y afecta a quienes le sucederán. Ocurriendo, por qué no, que el pupilo elucide al maestro y no a la inversa. He leído y comprendido y no sé si compartido tal opinión porque carezco de pruebas fehacientes. La afirmé en un post anterior. Podría, ahora, retractarme de ella. El snobismo consiste en agenciarte el argumentario de otro para airearlo como propio. No seré yo quien curse semejante barbaridad (“propio” me disuade…). A veces no es evitable coincidir con el modelo: la afinidad <<opinativa>> opera y nos persuade con razón. No hay que pedir, por ello, excusas a nadie. Sino demostrar que lo sostenido se fundamenta en algo con que comulgamos y no en axiomáticas creencias. Un axioma deja de serlo cuando lo refuta otro axioma. Es indemostrable que yo ame a Ella porque el amor es abstracto e intangible. Definirlo no serviría de nada. Únicamente en la memoria del recordador deviene cierto un recuerdo. Lo demás es ilusión: la de quien se sabe recordado. Igual sucede con lo intangible-importante en la vida. Se vuelve tangible y liviano, escribiéndolo. La trivialidad de un deseo escrito deja paso a otro deseo menos trivial por inconcebible. Es el síndrome del folio en blanco…

     ¡Lagarto, lagarto!

viernes, 25 de octubre de 2013

103/ Cuenta Borges... (XVII)

(...de Inquisiciones)



Cuenta Borges su impresión sobre una teoría metafísica sustancial e inquebrantable: la de Berkeley. Ésta refiere que solo existen las cosas en tanto son advertidas; latinizándola: esse rerum est percipi. Luego cita al filósofo: <<(…) Todo el (…) cielo y (…) la tierra (…) no tienen subsistencia allende las mentes; su ser estriba en que los noten y mientras yo no los advierta o no se hallen en mi alma o en la de algún otro espíritu creado, hay dos alternativas: o carecen de todo vivir o subsisten en la mente de algún espíritu eterno>>. El maestro elucida que Berkeley no era solo pensador sino también teólogo. 

     Spencer objetó la doctrina mentada. Y adujo que a resultas de la premisa principal cabría argüir que la conciencia no es sino ilimitada en su esfera. Borges recusa: <<Cuanto acontece es de orden espiritual; (…) calidad que no afecta (…) a la cantidad de sucesos (…) [del] vivir>>. Spencer no se da por vencido. Razona que siendo la conciencia ilimitada en su esfera, lo es también en el espacio. A lo que Borges contrapone que <<el espacio, según los idealista, no existe en sí: es un fenómeno mental, (…) y siendo parte de la conciencia no puede (…) decirse que ésta hállase enclavada en él>>. Pero Spencer...: La conciencia, además, es infinita en el tiempo. Por lo que Borges...: <<[La] infinitud del tiempo no abarca necesariamente una dilatadísima duración. Suponed (…) que solo existe un sujeto y que todo cuanto sucede no es sino una visión desplegándose ante su alma. El tiempo duraría lo que durara la visión, que nada nos impide imaginar como muy breve>>. Y, por fin, Spencer…: <<Faltando ajenos existires que podrían limitarla en el tiempo o en el espacio, la conciencia debe ser incondicional y absoluta. Todo en ella es autodeterminado; la continuación de un dolor, la cesación de un placer, obedecen únicamente a condiciones impuestas por la misma conciencia>>. Entonces, Borges...: <<El artificio de tal argumentación descansa en el sentido instrumental, personal, (…) mitológico, que [usted, Spencer], introduce en la palabra “conciencia", proceder que nada justifica>>. A salvo queda Berkeley. Quién mandaría al bonaerense, pregunto, meterse en tales berenjenales...