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jueves, 30 de enero de 2020

313/ El asombro

A Gabriel Cruz

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. 
     Viajaron al sur.
     Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
     Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
     Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
     –¡Ayúdame a mirar!” (Eduardo Galeano).
     El texto arriba copiado me ha conducido al mágico terreno de la ambigüedad. Hay gente que no lee (¿por qué?). Literatura y belleza casan. Aquella no rehúsa lo pluralmente significativo, ni la música, ni la pintura. Ni el deleite. Ni el conocimiento. Este (el conocimiento) no es prerrogativa suya (de la literatura). Tampoco debe serlo. Quizá el ensayo se haga eco de ello. Y qué. Estaría, el conocimiento digo, cojo. Por subjetivo (¿no es así?).
     Cuántas veces he sentido el asombro de Diego ante la inmensidad de la vida. Juzgo inefable lo que, para mí, supuso abrir la puerta de la literatura. Accedí a la dependencia que tras ella sucede y ya no quise partir de ahí nunca.   
     Eduardo (dondequiera que estés. Y como dice el Loco): mi gratitud.
     Gabriel (dondequiera que estés, ángel, ángel blanco): tú juega…  

viernes, 16 de marzo de 2018

280/ "Niños, Gabriel no vendrá más..."

A Gabriel, pescadito azul, traslúcido

Otro Gabriel (Celaya por apellido) ha escrito:

     Educar es lo mismo
     que poner un motor a una barca...
     Hay que medir, pensar, equilibrar...
     y poner todo en marcha.

     Pero para eso,
     uno tiene que llevar en el alma
     un poco de marino...
     un poco de pirata...
     un poco de poeta...
     y un kilo y medio de paciencia concentrada.

     Pero es consolador soñar,
     mientras uno trabaja,
     que ese barco, ese niño,
     irá muy lejos por el agua.

     Soñar que ese navío
     llevará nuestra carga de palabras
     hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

     Soñar que, cuando un día
     esté durmiendo nuestra propia barca,
     en barcos nuevos seguirá
     nuestra bandera enarbolada.

     Pienso, ahora, en tu maestro o maestra. 
     Las estrofas 3ª y 4ª son para ti, alma blanca, entre almas blancas (con este añadido al verso decimoséptimo: “islas lejanas” del reencuentro con tus papás...).
     Sic erit.