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lunes, 9 de marzo de 2026

503/ No más que talento

La maldad puede generar apego y felicidad si, por lo que sea, permanece enmascarada. La víctima será feliz mientras dure el disfraz. Lo que no es tan común (por índices estadísticos pírricos) es que la víctima caiga y recaiga, una y otra vez, en las garras y fauces del malvado de turno. Justo lo que acontece al protagonista de Travesuras de la niña mala (Alfaguara. Madrid, 2011), de Marito Vargas LLosa; por nombre (el del protagonista, digo): Ricardo Somocurcio. También victimario él. Nadie lo olvide.

     Lo verdaderamente prodigioso de la novela más arriba mentada no es el argumento, la trama, el perfil de los personajes… No. Lo verdaderamente prodigioso es que el lector asume la tensión y distensión interior del protagonista masculino (el femenino no es sino la propia <<niña mala>>) y vuelve, una y otra vez, a caer en las fauces sedientas de vísceras y en las garras afiladas de aquélla (aunque Somocurcio, en un momento dado, también suelta la zarpa…) con el corazón abultado de amor (desde la perspectiva de este servidor de casi nadie: <<defectuoso amor>>. ¡No se pega a quien se quiere!). O, tanto monta: sintiéndolo, todo, en carne viva y propia. No se trata de ninguna personalidad definida y propensa a aceptar desmanes y abusos. No. Se trata, más bien, del gigantesco talento literario del autor. Botón de muestra:

     <<–Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, ¿cuanto hubiéramos durado, Ricardito?

     –Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.

     Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva:

     –Qué ingenuo y qué iluso eres –silabeó, desafiándome con sus ojos–. No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.

     –¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?

     –Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricardito. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar.

     Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor.

     –Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más>> (op.cit. Págs., 100-101).   

     Una novela que ha dejado a este servidor de casi nadie con el lastre del personaje protagonista pegado a la piel sin poder deshacerse de él, víctima, así, de la víctima-victimario. ¡Una inconveniencia literaria en toda regla!

viernes, 26 de abril de 2024

448/ De la matraca de la utilidad (o inutilidad) del arte

De un tiempo a esta parte pienso un punto en exceso en la utilidad (o inutilidad) del arte. Más concretamente: en la utilidad (o inutilidad) de la literatura. Marito (a saber: Mario Vargas Llosa) dedicó un prólogo entero a esa inquietud del alma que anida en todo fabulador sensitivo; su título: <<La verdad de las mentiras>>. No entraré, ahora, en análisis vanos. Sólo apuntaré brevemente un convencimiento: la sinrazón grande de endosarle al arte (a la literatura) la obligación de ser útil. No, no, literatura y utilidad no siempre van de la manita (refiero la literatura pura o de ficción; la otra, ensayística y/o carente de fantasía e imaginación, chapotea en aguas con un pH espiritual diferente).

     En <<Crítica de la razón estética: el ejemplo de J.R.J.>> (Arturo del Villar. Los libros de Fausto. Madrid, 1988) hallo un fuerte espaldarazo a la percepción de la literatura (de la poesía, en este caso, juanramoniana) como algo en última instancia inútil. Y es el abajo transcrito: 

     <<No hace falta explicar que el artista sublima sus impulsos instintivos por medio de proyecciones simbólicas. Las inquietudes, las preocupaciones, los complejos y los temores pasan al objeto artístico para liberar a su autor de las tensiones acumuladas en su vida. Los conflictos habituales en toda relación vital piden dirigirse contra la salud psíquica en determinadas personas consideradas predispuestas naturalmente a ello, o bien compensarse gracias a la creación artística.

     De esta manera, el artista modula sus sueños diurnos para presentar simbólicamente sus pulmones, y si lo realiza con la suficiente habilidad consigue una obra capaz de consolar o producir goce estético a otros. Así, las represiones quedan grabadas en ella, y basta examinarla con atención un momento para descubrirlas>> (op. cit. Pág., 74).

     La obra de arte útil per se. No existiría, así, una sola obra de arte que no aportase valor a la vida espiritual o psíquica del Hombre. Juzgo esplendorosa la idea. Pero enseguida me asaltan incertidumbres: ¿Será, la inutilidad, una invención del ser humano? Llegado el caso podríamos afirmar: <<Toda acción produce una reacción>>. ¿Es, esto, suficiente para considerar a pie juntillas que el arte (que la literatura) acaba siendo siempre verdaderamente útil? 

     Que el lector indague, si lo desea, la respuesta. 

     Yo, por hartazgo…, ¡a otra cosa!      

martes, 4 de julio de 2023

423/ "¡Todo por la patria!" (o un hartazgo)

No hace mucho sostuve, aquí, que Mario Vargas Llosa nunca defrauda. Con <<nunca defrauda>> quise decir: la obra literaria de Mario Vargas Llosa nunca defrauda. No así el autor: Mario Vargas Llosa. Aquel día hablaba yo del <<genio creador de Vargas Llosa>>. Pues bien: me reafirmo en lo manifestado en esta bitácora no hace mucho... Juzgo <<Pantaleón y las visitadoras>> (Alfaguara) obra maestra del escritor peruano. Confiesa este en el <<Prólogo>> de la misma que no le costó trabajo escribirla. El lector medio no le cree. Yo, lector ávido, no le creo. ¿Por qué? Porque la novela rezuma dificultad en el lenguaje, en el tono, en la construcción de los personajes y no menos de la trama y en el espacio-tiempo manejado por los distintos narradores de esta historia políticamente incorrecta e incorrectamente (¿acaso existe la corrección política en algo así?) machista. Ojo: de un machismo brutal. Contextualizado, de un realismo brutal, también. No obstante se trata de una historia basada en hechos reales. De igual modo el autor confiesa su intención de, al principio, escribirla <<en serio>>. No lo logró finalmente. El lector no lo tiene tan claro. Yo, lector voraz, no lo tengo tan claro. No veo el humor por ninguna parte (salvo en contadísimas ocasiones). Sí veo, con ojos de hoy, la ridiculez (diré mejor: el absurdo) de las situaciones narradas a lo largo y ancho de la novela. Lo uno, desde luego, no quita lo otro. Una historia puede ser absurda y realista al mismo tiempo a más no poder. No todo lo absurdo mueve a risa al lector. Es más: la mayoría de anécdotas de la novela mueven a disgusto al <<pobrecito>> lector. Y a repulsa. Incluso, a impotencia. También, a aventura. A instintiva humanidad. A naturaleza acaso varonil y heterosexual… Creo que esta obra, hoy, no pasaría el filtro de la corrección política. Quizá ni se publicaría. Vayan ustedes a saber… ¡Muy mal por los tiempos que corren! El tema estrella y acaso estrellado es el que sigue: la prostitución femenina financiada con fondos públicos por el Ejército del Perú para el desfogue de sus <<soldados>> y <<clases>>. Algunos críticos tendrán como tema principal los límites de la obediencia. O tanto monta: de la lealtad. Todo en la vida tiene (eso dicen) un límite. Me mojaré: yo creo firmemente en el límite de la lealtad que, de ordinario, es marcado por la ética personal del leal (el mismo que pasa a convertirse en desleal desde el momento en que decide salirse del redil). O sea: yo creo en el valor de la deslealtad. Deslealtad y libertad de acción, de pensamiento o de expresión, desde mi punto de vista no quedan demasiado lejos. Así de simple y así de llano lo digo. Y llana y simplemente diré, ahora, lo que sigue: hay que ser muy valiente para escribir algo así. Sobre todo habría que serlo hoy, cuando el feminismo trasnochado (Monteros y Belarras haciendo de las suyas, a golpe de soberbia) campa a su libre albedrío. El machismo trasnochado (Abascales jodiendo la marrana a todo trapo y quisque) no es, ¡conste en acta!, menos rechazable desde las tripas. Y, ¿Vargas LLosas, haciendo por doquier humor de un tema tan sensible hoy…? Lea y juzgue el lector de la novela. Yo ya no me mojo más. Yo ya estoy, para los restos, mojado. Yo, pese a quien le pese, pienso con y desde la libertad. Y eso no me lo va a quitar ya <<naide>>. Conque…

     Atención a este diálogo entablado entre el general Scavino y el capitán Pantoja (protagonista de la novela) miembros en la ficción, ambos, del ejército peruano:

     <<–¿Diez mil semanales?– arruga la frente el general Scavino–. Es una exageración delirante, Pantoja.

     –No, mi general– se colorean las mejillas del capitán Pantoja–: Una estadística científica. Mire estos organigramas. Se trata de un cálculo cuidadoso y, más bien, conservador. Aquí, vea: diez mil prestaciones semanales corresponden a la “necesidad psicológico-biológica primaria”. Si intentáramos cubrir la “plenitud viril” de clases y soldados, la cifra sería de cincuenta y tres mil doscientas prestaciones semanales>> (Op. cit. Pág., 140).

     Huelga aclarar que <<prestaciones>> equivale a: <<servicios de prostitución>>. Y así todo el rato. Uf.

viernes, 16 de junio de 2023

421/ El tiempo obliterado

El tiempo obliterado. El tiempo obstruido. El tiempo, sí, detenido. ¡Pero de todas todas! Miren… Abro <<El hablador>> de Mario Vargas Llosa (autor que no defrauda nunca. No ya la persona. No ya el personaje. El autor, digo, sólo. Afinaré un punto: el genio creador de Vargas Llosa) editado por Alfaguara (Madrid, 2011) y empiezo a leer: <<Vine a Firenze para olvidarme por un tiempo del Perú y de los peruanos y he aquí que el malhadado país me salió al encuentro esta mañana de la manera más inesperada>> (me agencio el subrayado de <<tiempo>>). De igual manera (inesperadamente) me salió al encuentro a mí la idea de tiempo obliterado conforme avanzaba en mi lectura de la mentada novela de Vargas. Miren… La fecha de publicación de <<El hablador>> es 1987. Treinta y seis años, pues, hace. Ni uno más ni uno menos. ¡36! Va. Lo importante del asunto: la novela trata un tema de potentísima actualidad. A saber: el <<Desarrollo sostenible>>, el medioambiente terciando… Y, yo me pregunto, ¿cuándo no es de oportunísima actualidad este tema? Pues eso. 

     En la página 34 (visión aristocrática de la cuestión) leo: <<¿Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partes de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor? ¿Debíamos ignorar las posibilidades agrícolas, ganaderas y comerciales de la región para que los etnólogos del mundo se deleitaran estudiando en vivo el potlatch, las relaciones de parentesco, los ritos de la pubertad, del matrimonio, de la muerte, que aquellas curiosidades humanas venían practicando, casi sin evolución, desde hacía cientos de años? No, Mascarita, el país tenía que desarrollarse. ¿No había dicho Marx que el progreso vendría chorreando sangre? Por triste que fuera, había que aceptarlo. No teníamos alternativa. Si el precio del desarrollo y la industrialización, para los dieciséis millones de peruanos, era que esos pocos millares de cálanos tuvieran que cortarse el pelo, lavarse los tatuajes y volverse mestizos –o, para usar la más odiada palabra del etnólogo: aculturarse–, pues, qué remedio>>.

     En la página 37 (visión ecologista de la materia), por contra, leo: <<Me habló largamente de las prácticas de los viracochas y serranos bajados de los Andes a conquistar la selva, de desbrozar el bosque mediante incendios que carbonizan inmensas extensiones de tierras, que, luego de una o dos cosechas, por la falta de humus vegetal y la erosión causada por las aguas, se volvían estériles. Y nada se diga, compadre, del exterminio de animales, la codicia frenética de cueros que, por ejemplo, había hecho de jaguares, lagartos, pumas, serpientes y decenas de animales, rarezas biológicas en vías de extinción. (…). De los árboles y los peces volvía siempre en su perorata al motivo central de sus alarmas: las tribus. También ellas, a este paso, se extinguirían>>.

     Concluyo. Que me digan a mí, ahora, si es o no es de actualidad este tema. Si estamos o no estamos ante el tiempo obliterado. Si hemos avanzado o no hemos avanzado una miaja en aquello que en estas páginas se defiende, a capa y espada, o se denuncia con la fruición propia de un chamán ebrio. Y nada: eso. Que me digan a mí.         

domingo, 25 de diciembre de 2016

245/ Avanzadilla en la guerra de los dones

Otro hito de mi lectura de Diario de Irak: “(…) llegamos a la antesala del embajador. Quince minutos después compareció un amable coronel, adjunto militar del procónsul, que nos preguntó si veníamos a cubrir la entrevista que el embajador Bremer tendría con el premio Nobel. ¿Se había inventado el espléndido Miguel Moro Aguilar, encargado de la Embajada de España, que me gestionó esta cita, semejante credencial para que Bremer no pudiera decir no? Cuando expliqué al decepcionado coronel que no había ningún premio Nobel a la vista y que la cita era, apenas, con un novelista del Perú, aquél murmuró, con desmayado humor: `Si usted le cuenta toda esta confusión al embajador, me despide´” (Mario Vargas Llosa. 2003. Diario de Irak. Págs., 103-104. Madrid: Alfaguara).
     ¿Se jactaría de adivino el tal Miguel Moro Aguilar? Siete años después del embuste le otorgarían el Nobel de Literatura a Marito. Parece, éste, sorprendido por la coladura. ¿No se veía capaz de ganar tan laureado galardón? Pregunto: ¿sabe un genio que lo es? ¿Tiene un (por decirlo al modo sport) crack idea de que es precisamente eso y no otra cosa? La duda me corroe. ¿Y el feo? ¿Y el tóxico? ¿Lo saben? ¿Lo sabemos?… Lo contrario (la afabilidad. La hermosura. La mediocridad) peca de soberbia. Y no se paran mientes en ello. Cuando el mediocre sabe que lo es, al par, es tildado de humilde. Cuando el feo sabe que lo es, al par, es tildado de gracioso. Cuando el tóxico sabe que lo es, al par, no es tildado de nada distinto de raro. Tres cualidades benignas. Lo otro (la excelencia a la vanguardia) acapara una multitudinaria ojeriza. No se soporta al mejor. Al que todo lo ejecuta bien. Al que destaca por sobre el resto. Ése merece dar de bruces con la arena del foso de los leones: ser devorado por ellos. Ése no merece siquiera vivir.
     Mal vamos. Peor, si ofrecemos el espinazo a la sublimidad. El crack hace veces de modelo. No hay que temerle. No es un monstruo. Tal vez por esta idea sesgada que de él (o de ella) nos forjamos nunca llegue a saber lo que es: excelso inimitable e imitado (por muchos). O: avanzadilla en la guerra de los dones.
     Los mediocres somos responsables del sufrimiento de los elevados. Alguien dijo: “sólo el mediocre puede progresar”. Ése era de los nuestros. Un resentido. Por mucho que progresemos, la mediocridad no se cura, se abate de por vida sobre el mediocre. El excelso no requiere progresar. No. Porque él (o ella) encarna el progreso: una unidad. Y es sabido que si la unidad se divide (por ejemplo: en dos partes) se altera su esencia. Ya no sería lo mismo. No. El excelso es refractario al progreso. Vive en la cima. No así nosotros: que lo hacemos en la base. Legión son los de nuestro linaje… Naturaleza (la mediocridad) que no es, a priori, mala. Tampoco buena. Es lo que es. Y punto. De ahí a encelarse… Yo grito a voz en cuello: ¡Viva la excelencia! En Música: Mozart. En Literatura: Borges. En Pintura: Velázquez. En Cine: Fellini. Sin ella yo sería más mediocre de lo que ya soy. Por eso la vitoreo.          

jueves, 22 de diciembre de 2016

244/ Granada mía

Por la busca arbitraria de un libro a que poder aferrarme tras la lectura de El Aleph (el volumen de cuentos. No El cuento) arribo a Diario de Irak. Autor: Marito. Aquí leo: “A pesar de no saber árabe, yo entiendo todo lo que oigo a mi alrededor gracias al traductor de lujo que tengo: el Dr. Bassam Y. Rashid. Es profesor de la Universidad de Bagdad y dirigió en un tiempo el Departamento de Español, que tiene más de 800 alumnos. Se doctoró en La Universidad de Granada, con una edición crítica de un tratado de Astrología de Enrique de Villena, que le tomó siete años de trabajo erudito y feliz. Allí nació su hijo Ahmed, quien vive todavía soñando con su infancia granadina como otros sueñan con el paraíso” (Mario Vargas Llosa. 2003. Diario de Irak. Págs., 33-34. Madrid: Alfaguara).
     El subrayado es mío. 
     Firmemente me he identificado con Ahmed. También yo vivo soñando con mi infancia granadina como otros sueñan con el paraíso. Conjeturando que otros sueñen con el paraíso. Lo cual no es claro. Sí lo es que vivo, impertérrito, en la adulancia. Adulancia: estado intelectivo y sensible que participa de los rasgos característicos de la adultez y de la infancia (al par) de un individuo. A Granada fui, de Granada vine, a Granada vuelvo. Siempre. A su espléndida luz. A su (cada vez más) achicada Vega. A sus “tísicos” chopos. A su simbólico Genil. A su portentosa Sierra Nevada. A su onírica Alhambra. O mejor: a su onírica e inmortal Rosagralhambra. Rosagralhambra: amalgama de tres recuerdos en mi memoria (Rosalinda: mi primer amor. Granada: mi inspiración perpetua. Alhambra: la maravilla de las maravillas). El navío de mi vida echó anclas en el puerto de Boabdil...
     Yo no fui a la Universidad de Granada. Sí a la de Sevilla. Y yo fui a la escuela en Granada. No en Sevilla. La escuela (¿quien lo duda?) enseña a vivir. Reitero: mi vida subsistió en Granada. Y no en Sevilla. En Sevilla, hoy, prosigue. En Granada, ayer, explosionó (e implosionó): ¡salpicó todo de felicidad!
     Cada vez que regreso a Granada lo hago al (con mayúscula) Paraíso. Escribió Garcilaso (Égloga III): “En el silencio solo se escuchaba/un susurro de abejas que sonaba”. Lo parafraseo así: En Granada solo se escuchaba un susurro de vidas (las de los míos y la mía) que sonaba. Que sonaba por toda la eternidad.                    

miércoles, 31 de agosto de 2016

233/ Coincidencias

“Nos sentamos y estuvimos conversando cerca de dos horas. Le conté toda mi vida, no la pasada sino la que tendríamos en el futuro, cuando viviera en París y fuera escritor. Le dije que quería escribir desde que había leído por primera vez a Alejandro Dumas, y que, desde entonces, soñaba con viajar a Francia y vivir en una buhardilla, en el barrio de los artistas, entregado totalmente a la literatura, la cosa más formidable del mundo. Le conté que estudiaba Derecho para darle gusto a la familia, pero que la abogacía me parecía la más espesa y boba de las profesiones y que no la practicaría jamás. Me di cuenta, en un momento, que estaba hablando de manera muy fogosa y le dije que por primera vez le confesaba esas cosas íntimas no a un amigo sino a una mujer” (Mario Vargas LLosa. La tía Julia y el escribidor. Alfaguara. Madrid, 2011. Pág., 125).
     El anterior párrafo podía haberlo escrito yo. Con dos permutas. Una: que quise ser escritor a raíz de leer, no a Alejandro Dumas, sino a mi maestro primero: Gabriel García Márquez. El franchute quedaba muy lejos (para ser más exacto: extramuros de la adultez. Lo que, en efecto, era territorio distinto y distante). Y dos: que soñaba con viajar a Latinoamérica (no a París) e imbuirme de su mágico español. La capital de Francia me la repampinflaba entonces y me la repampinfla hoy. ¿Seré un bicho raro? ¿Lo diré solo de boquilla? ¿O (con toda sinceridad) lo diré a boca llena? Créanme que no lo sé.

martes, 7 de junio de 2016

230/ Tres citas

Vayan, aquí, tres citas extraídas de La verdad de las mentiras (Alfaguara. Madrid, 2011).
     Una: “Eran años de bonanza y francachelas, de alegre inconsciencia y espléndida creatividad. Florecían todas las vanguardias estéticas y los surrealistas encantaban a los modernos con su imaginería poética y sus `espectáculos provocación´.”
     ¿Y no es esto lo mismo que sucede hoy a cuento de los gustos e ideas y perspectivas tristemente derivados de la post-modernidad? Por ejemplo: los que atesoran aquellos poetas veinte y treintañeros que publican en sellos humildes. Todos geniales.  
     Dos: “(…) en él [en Nabokov], como en Borges, había un escéptico, desdeñoso de la modernidad y de la vida, a las que ambos observaban con ironía y distancia desde un refugio de ideas, libros y fantasías en el que permanecieron amurallados, distraídos del mundo gracias a prodigiosos juegos de ingenio que diluían la realidad en un laberinto de palabras y de imágenes fosforescentes”. Y como cola: “En ambos escritores, tan afines en su manera de entender la cultura y practicar el oficio de escribir, el arte eximio que crearon no fue una crítica de lo existente sino una manera de desengranar la vida, disolviéndola en un fulgurante espejismo de abstracciones”. 
     Celebro que así fuera. La vertiente crítica me la repampinfla. En la abstracción (con lógica) radica el divertimento. Ella exalta la imaginación del lector. Hay que buscarle los tres pies a cada pasaje. Y no lo que fabrican los post-modernos. A saber: abstracciones sin pies ni cabeza cuyo sentido se oculta porque no existe. ¡Bah! Reniego de esa ralea. Tan urbanista ella. Tan superficial. Tan afín al "postureo" intelectual y artístico. Tan “cultureta”.  
     Y tres: “Espejismo, no espejo de la vida, una novela puede (…) traicionar la realidad que conocemos embelleciendo alguno de sus aspectos y ennegreciendo otros, embrollando sus jerarquías y otras manifestaciones. Ese espejismo nos enriquece pues aumenta nuestras vidas y haciéndolas soñar (…) empobrece la vida que vivimos y nos enemista con ella. Sin esa enemistad que agudiza nuestras antenas hacia los defectos y miserias de la vida, no habría progreso y la realidad sería (…) un hermoso paisaje inmóvil”. 
     La tesis central del libro. También es mala pata (de palo) que no podamos progresar si no descreemos de nuestra propia vida. Qué dolor. Ay.
     La primera cita transliterada se encastilla en la página 166. La segunda en la 333. La tercera en la 348. El autor de tamaño ensayo no es otro que Mario Vargas Llosa. Éste desgrana en él treinta y cinco comentarios metaliterarios. Cada uno de ellos se refiere a una novela escrita (o publicada) entre 1902 y 1994. Abre la lista El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad). La cierra Sostiene Pereira (Antonio Tabucchi). ¿Y en medio? Un mundo. 
     Leyendo esta obra he visto, de nuevo, la luz. Ya empezaba a descreer de la literatura “moderna”. Tanto cliché. Tanto tópico. Tanto entretenimiento. Tanta historia. Tanto vampiro. Tanto Grey. Tanto espectáculo. Tanta vaciedad. Tanta nimiedad. Tanta espontaneidad. Uf. Qué hartazgo. 
     Menos mal que siempre nos quedará París. El de las letras (¿cuál si no?). Lo conjeturo. No: lo espero. Mejor: lo deseo fervorosamente.   

miércoles, 25 de mayo de 2016

229/ Un lumbrera (ya difunto)

John Gardner escribió la siguiente soplapollez: “La escritura amanerada –como el sentimentalismo y la frigidez– surge (…) de un carácter defectuoso. En los círculos críticos se considera un error trazar relaciones entre los defectos literarios y un carácter defectuoso, pero para el profesor de Escritura Creativa esas relaciones son imposibles de pasar por alto. Si un alumno varón se pone a atacar al género femenino en pleno, escribiendo una ficción que incluso avergüence al resto de la clase, el profesor no estará a la altura de las exigencias de su trabajo si limita sus críticas a comentar el empleo excesivo de los `detalles góticos´, la tendencia sentimentaloide que presenta el ritmo de la frase o el efecto de distracción que pueda tener su dicción por ser sumamente escatológica. Lo máximo que se puede conseguir con esas críticas timoratas es una pieza de ficción revisada y libre de errores técnicos, pero no por ello menos vergonzosa. Para ayudar al escritor, ya que ese es su cometido, el profesor ha de capacitarle para ver –en parte enseñándole cómo delata su ficción la visión distorsionada que tiene de las cosas (tal como sucede siempre con la ficción cuando se examina a fondo)– que su carácter personal cojea bastante” (El arte de la ficción. Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Madrid. 2001. P., 153).
     John confundía los términos del binomio autor-narrador. ¿Quién se habría creído él para determinar que el carácter de alguien es (o no es) defectuoso? ¿No sería su cerebro, por patinador y colador y por vaina quien lo portaba, el defectuoso? ¿Y qué es esa tontuna de que una ficción puede llegar a avergonzar? ¿Es que toda ficción “vergonzante” (no por la calidad que atesore o deje de atesorar. Sino por su contenido “escatológico”) es inútil? Yo habría aconsejado a este profesor de Escritura Creativa de tres al cuarto de chóped que leyese (y que aprendiese de memorieta) La verdad de las mentiras. Genial ensayo (pero metaliterario) de Mario Vargas LLosa. Quien en esta ocasión no aburre. No a mí. De justos es reconocerlo. Y que no sirva de precedente. Leyéndolo habría podido percatarse de lo zopenco que podía ser y del valor de la buena literatura. ¿Cuál? Por ejemplo: “avergonzar” al lector. ¿El motivo? Conocer éste la condición humana frecuentando novelas y poemas y ensayos y exorcizar sus fantasmas. Los rasgos de éstos. Sus cortapisas. Su materia intramolecular.
     Lo más maravilloso del arte literario es la visión “distorsionada” de la realidad que airea quien lo ejecuta. La literatura no emula a aquélla. Solo la recrea. De re-crear. O sea: volver a crear. ¿Cómo? Según el libre albedrío sensible e imaginativo de quien la fabrique. Debía haberse metido esto en la mollera y dejar en paz a tantos (¿y tan apocados?) alumnos y alumnas. No reventar futuros proyectos humanos de escritor y de escritora. Los reventaría usted. Seguro estoy de ello. Pobres criaturas y creaturas (repárese en la “e” de este segundo término) aquellos que recalasen y aquellas que fuesen concebidas, respectivamente, en sus magistrales clases. De todos ellos y ellas me apiado. ¿Habrán logrado ser escritores? ¿Ser leídas? No añadiré nada. Le dejo (tranquilo. Ojalá) en el empíreo. Y excúseme el atrevimiento.   

domingo, 5 de julio de 2015

192/ Una fatal incomprensión

Dos plumillas ilustres me aburren sobremanera: Mario Vargas LLosa y Antonio Muñoz Molina. En ese orden. Ambos creadores son de recorrido largo y de altos vuelos. Pero auténticos tostones. Su manejo del lenguaje deviene excelente. Su aptitud para el arte de la escritura y actitud como forjadores de tramas y montadores de estructuras, creo, es suma. Un servidor de nadie quisiera escribir como ellos. Emularlos en aspectos que guardan parentesco con la calidad más que con la cantidad y que, de ordinario, se supeditan al número de páginas. Excesivo éste. Pienso en Borges ahora. Maestro que con unas cuantas frases gestaba una pieza maestra. Los dos novelistas que atañen a este capítulo de Sopitipandos se sitúan en el extremo opuesto. Mucho cascarón y poca nuez. Más Muñoz Molina que Vargas. Éste, reconozcámoselo, ha gestado un obrón en lo que respecta a las líneas interpretativas divergentes de sus textos. Aquél no tanto. Muñoz ha sentado las bases de una escritura correctísima sin chispa ni ángel porque carece de gracejo. Un oasis hay en el desierto antoniano: Los misterios de Madrid. Una de sus primeras novelas. Ignoro si ópera prima. Entiendo que la aireó, por entregas, en no sé qué cabecera. Disfruté leyéndola. Contaba yo quince abriles. A partir de ahí, nada, o mejor: poco. Vargas impresionó mis entendederas con Los cuadernos de don Rigoberto. Novela ésta en que abundan pasajes de regocijo, otros soporíferos, y algunos (pocos) de zamarreo interior. Apelo al verbo “zamarrear” para referir pasajes literarios que cambian la vida al lector. Lo inverso lo representa la expresión “ni fu ni fa”. Pues entre zamarreo y zamarreo, ni fu ni fa (ni chicha ni limoná), y la dolorosa tentación de abandonar el libro. Tal es mi aventura lectora vargasiana. No acabo de comprender cómo escritores tediosos, los aquí mentados lo son, militan en la primera línea de la política literaria. Vargas tiene estilo. Muñoz, no. Me corrijo: lo tiene, pero semejante al de los otros, plano. Una prosa plana. Solo se me ocurren dos plumas (una ya sin tinta) que jamás defraudan: Jorge Luis Borges y Fernando Sánchez Dragó. También en ese orden. De tan reducido cómputo no forman parte uno que otro poeta. Lo sé. Deberían. Éstos, huelga aclararlo, a perpetuidad colman las expectativas de cualquiera que lea sus libros. A ellos dedicaría otro post más complaciente si no fuera porque toda complacencia desemboca en un lugar común de mi desagrado: la envidia. Y, ya puestos, vaya aquí un jarro de agua helada. ¿O me callo? ¿Y que el agua se caliente con los primeros haces de sol y cree verdina? No. Echaré el jarro: la envidia sana, lector, no existe. Es una bobería monumental. Ea. Dicho queda. Y perdón por el “ea” (interjección pos-moderna donde las haya).                  

martes, 30 de junio de 2015

191/ Anverso y reverso de la literatura

Las dos orillas del Rubicón literario entrañan riesgo. Me refiero a la escritura y a la lectura. Yo lo intuía. Hoy lo corroboro. En la mañana me he dado de bruces con un texto brutal datado en 2011. Me ha abordado (el texto) en el blog de F.S.D. y remitido a otros dos no menos inactuales: una noticia de prensa y un artículo rubricado por Vargas LLosa. El eje vertebrador de tales escritos es un suceso lastimero. A saber: el suicidio de Pilar Donoso. Ella fuera hija (adoptiva) del novelista chileno José Donoso y de María Esther. Acaeció el hecho el año 2011. Mi impresión ha tomado cuerpo a raíz de saber que el escritor prefiguró el trágico final de su hija. Tenía aquél un proyecto de novela que la muerte le impidió desarrollar (se constata en sus diarios. Los mismos que leyera su hija. Ella descubrió en ellos una suerte de barbaridades que no le permitirían seguir inhalando y exhalando oxígeno: pensamientos y sentimientos deleznables agavillados en torno a la depresión, el alcoholismo, la histeria y la paranoia. Atributos, todos, de sus progenitores). Ese proyecto de novela no cursado encastillaba a un personaje protagonista: la hija de un escritor que resuelve matarse tras leer los diarios se su padre. La literatura, me parece, es un jardín de plantas medicinales y también venenosas. Leer obras de autores depresivos (tal vez deprimentes) puede desencadenar uno que otro malestar al sistema nervioso. No leerlas es estar en la inopia. Al lector se le plantea una lógica controversia: leerlas, al cabo, o no leerlas. Yo no sé cuál decisión es la más correcta. F.S.D. menciona en su post los pájaros de Hitchcock, los cuervos de Poe, las sombras de los hombres. Yo me he anegado de tales sombras, cuervos y pájaros, en infinitas lecturas. De un tiempo a esta parte he optado por obviarlos. Los textos referidos han rentado un regusto acibarado a mi paladar lector. Me hastía que el arte se incursione, en exceso, por la pesadumbre y por la muerte. Otros caminos son transitables y no desmerecen un ápice. Somos como asnos: nos dirigimos, empecinados, tras la misma zanahoria una y otra vez. Lo peor es que nuestros lectores nos van en zaga. Cambiemos el rumbo. Cambien el rumbo quienes nos leen. Corremos el riesgo de incurrir en el homicidio imprudente o en la inducción al suicidio. Mis amigos pos-modernos, pobres, saben mucho de esto. Dicho sea sin guasa. Y dicho sea con absoluta tristeza. Casi todos ellos, ay, son muy jóvenes.    

lunes, 15 de junio de 2015

188/ Amor y odio

Cuando un título de libro propicia que se ericen los vellos de un antebrazo, cuando el propietario del antebrazo conecta esas palabras con un recuerdo, claudica y piensa: he aquí el valor de la literatura. Del amor al odio hay un breve trecho. Lo que se censura y vapulea es amado y, por amado, odiado. Y por odiado, es claro, amado. Uno se pregunta para qué sirve la literatura. Por qué la escribe y por qué la lee. Al fondo borbota un remordimiento: escribir o leer en vez de hacer lo que sea por el otro. Obviando el hecho, a todas luces fidedigno, de que leer y escribir ya es hacer algo por el otro. Verbigracia: por uno mismo. ¡Pero uno escribe para que le quieran! Cierto. Concluiré: atizo aquello que más amo por un puro melindre intelectual. Concibo contraproducente que el novelista o el poeta acabe siendo laureado en tanto que el científico o investigador no lo es (no lo será) jamás. Que aquél se convierta en adalid de masas y éste en menesteroso del favor popular. La literatura cura el alma. Lo sé. Como también sé que a ciencia cierta no sé si el alma existe o no existe. Qué incertidumbres terribles. Digo: la del alma y la de la literatura. Descoyuntan el armazón vocacional y uno piensa en "La verdad de las mentiras”, de Vargas LLosa, como texto que no le rentó convicciones lógicas suficientes para justificar con ellas lo que más ama. Y a ese intríngulis de adentro se ve uno abocado, lúcido, descontaminado de sí mismo. Después de la tormenta de interrogantes llega la calma del agotamiento mental. Y un día uno lee un título de libro que reza: Cuentos al amor de la lumbre, o El hombre que se volvió relativo, o Un lugar parecido al paraíso, o El bosque de los sueños… Pertenecientes, todos ellos, a obras literarias (apostillo: premiadas) de Antonio Rodríguez Almodóvar. Y los vellos del antebrazo se le erizan como agujas. Y piensa: he aquí el maravilloso valor de la literatura. Léase: vivificar mente y espíritu. Léase también: emocionar. Hasta el día siguiente en que, de nuevo, se manifiestan los interrogantes de su desvelo. Y así pasa los días. Sin dejar, ni uno solo, de leer y de escribir. Y se pregunta: ¿hasta cuándo? Y se responde: hasta que no encuentre una sola tesis a favor de no hacer esto que hago. Y sigue uno eternamente a lo suyo...     

jueves, 8 de noviembre de 2012

34/ Trinitrotolueno

Don Rigoberto deflagra en sus Cuadernos como el trinitrotolueno. Huye de la colectivización como alma que llevase el diablo. De su desventura responsabiliza a la Verdad. Fabular le depara bienaventuranzas. Ídem, leer y escribir. Lo funesto es que toda misantropía (libros, grabados, cuadros) acarrea padecimientos. Padece en su divagar el narrador; el poeta, en su torre de marfil; el pintor, en sus coloristas dicotomías. Y, asido al buril, el artesano. La tríada de creadores se opone a la burocracia gestora y racionalista. Pregunto: ¿Por qué escribimos? ¿Por qué grabamos? ¿Por qué pintamos? Vale decir: ¿Por qué soñamos? Y, ¿para qué?…

     Arriesgaré una respuesta: para no morir de amor.

jueves, 25 de octubre de 2012

31/ Contraste

Los cuadernos de don Rigoberto (Mario Vargas Llosa). El Nobel de Arequipa airea, aquí, la teoría sexual de Anne Fausto-Sterlin. Indáguese… Erotismo y perversidad devienen, en este haraquiri, conceptos semejantes. El ídolo rebate el discurso feminista de la colectivización; a saber: que clítoris y gónadas femeninas son preferentes, en abstracto, a falo y testículos… 

     Desde la respeto más absoluto: me hastía el arte escritural de Vargas; juzgo insufrible su discurso estético. Los libros que pare destilan oficio (sin duda alguna). Adolecen, todos, de una impecable ejecución; instruyen. Ahí, lamentablemente, acaba todo. Los juzgo, no sé…, faltos de gracia. E ineptos (Vargas me perdone. Su prosa, al fin y a la postre, es elevada. Yo lo sé y grito a los cuatro vendavales…) para el narcotismo. Y su musicalidad la entreveo (la <<entre-escucho>>) arrítmica. Discúlpeseme: he de ser sincero.  

     Convengo con el dictamen de Umbral: <<El bien y el mal son clónicos, eternos, y la vida transcurre en un espejo>>. Donde dice <<bien>>, léase: deleite; donde <<mal>>, aburrimiento; donde "espejo", quimera…

     Insisto: sé que la prosa de Vargas es elevada, técnica, académica e inspiradora. Yo no acabo de experimentar deleite enfrentándome a ella… Ciertamente no conozco su obra íntegra. 

     Acaso (y esta es mi socorrida esperanza) me aguarde, subyacente bajo tanto páramo sensitivo, algún sustrato nutritivo que me reconcilie con Vargas y con su pluma…