viernes, 31 de julio de 2020

332/ Cantad, cantad, benditos...

Su Divina Gracia A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada reflexiona sobre la ley de acción y reacción en el libro Samsara (La rueda del destino). Su Divina Gracia es fundador de la Asociación para la Conciencia de Krisna. Ello no le resta una pizca de credibilidad. Tampoco se la da. Este señor es (o fue. Falleció en 1877) quien es o fue y yo, lector, soy quien soy exclusivamente. Todavía vivo y coleo. ¡Y que sea por muchos calendarios! Jesús de Nazaret me oiga.
     Entre los estantes de mi librería solo hay un libro cuya autoría pertenece a Su Divina Gracia: el mencionado más arriba. He dicho: “Pertenece”, como si la autoría fuese algo material, y no. ¡Pero re-no! Es algo espiritual. Justo sobre esto escribe el autor del libro traído, aquí, a colación: lo material y lo espiritual eternamente enfrentados. Recurriré al latín (más bello): lo material y lo espiritual enfrentados per saecula saeculorum. Parece cierto que toda evolución lleva consigo aparejada algún tipo de involución. O dicho de otro modo: que todo progreso produce retroceso. 
     Veamos qué dice al respecto Su Divina Gracia…

     KARMA, LA LEY DE ACCIÓN Y REACCIÓN     

     Cuanto más se canta, más se disipa la oscuridad de muchas vidas. (…) Por el hecho de cantar, podemos limpiar el polvo del espejo de la mente y percibir las cosas de forma muy definida. De esa manera, sabremos lo que somos, lo que es Dios, lo que es el mundo, cuál es nuestra relación con Dios, sabremos vivir en este cuando, y cómo será nuestra siguiente vida. Esa clase de conocimientos no se enseña en las escuelas; ahí solo se enseña a fabricar o a adquirir productos para la complacencia de los sentidos. Existe una ardua lucha constante, la lucha del hombre por dominar la naturaleza material. Sin embargo, por cada comodidad que logra producir, hay un inconveniente que la acompaña. (…) De modo que estamos desperdiciando nuestro tiempo en construir muchísimos dispositivos que nos brindan una comodidad temporal y artificial al precio de una cantidad proporcional de inconvenientes. Todo esto es parte de la Ley del Karma, la ley de acción y reacción. Para todo lo que hacemos hay una reacción por la cual nos enredamos.
     
     Me lo temía: lo que parecía cierto es, en realidad, verdadero. A cada paso que damos hacia adelante le siguen dos hacia atrás. Esto en lo espiritual. No en lo material. Nuestra saca está rebosante por momentos (la que lo esté. Ay). Nuestro corazón, no. Y nuestra alma, menos. Tendríamos que hacer algo para arreglar tan horrible situación. ¡Tate! Su Divina Gracia A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada lo dice alto y claro: cantar.
     Cantemos, pues, y bailemos al son del cante.
     Yo propongo esta aria de Mimí en La Bohème de Puccini: “Vivo sola, solita, en una habitación pequeña/ desde donde miro el cielo,/ mas cuando llega el deshielo,/ el primer sol es mío,/ el primer beso de abril es mío…”.
     Aquel que posee “el primer beso de abril” y “el primer sol” posee, ya, mucho. Incluso más de lo imaginable. Posee, por así decir, la vida. 

lunes, 27 de julio de 2020

331/ Extremos irreconciliables

A veces en la vida hallamos dos actitudes enfrentadas entre sí: la de quien lo quiere todo y la de quien no quiere nada. Entre ambas cabe un mar de posibilidades actitudinales. Sin embargo el interés a menudo recae en los extremos. En el caso que nos ocupa, estos: el del individuo agonía y el del espléndido. Ejemplo de agonía: el especulador. O aquel que teniendo dinero a escala industrial quiere más y más y más y para ello no duda en perjudicar al prójimo con el propósito último de beneficiarse él. Así consigue amasar una fortuna. Ejemplo de espléndido: el misionero. O aquel que lo da todo en favor del prójimo sin pedir nada a cambio. Este es el santo actual. Lo digo con la extraña certeza de que no puedo equivocarme. Los misioneros (y los científicos) merecerían todas las condecoraciones y premios habidos y por haber. Y no (y no solo) el artista o el actor o el escritor o el periodista de turno. ¡Bah!
     Pregunto: ¿Por qué no se premia al misionero? ¿Por qué no, a quien aporta a la sociedad en un día más de lo que cualquier artista (o periodista. O escritor. O actor) llega siquiera a soñar con poder aportar no ya en uno sino en muchos (en muchísimos) años? Las manos del misionero más mediocre rivalizan en dignidad con las del mejor intelectual y con las del mejor obrero. En algo aventaja aquel a estos dos: su intelecto está al servicio de la comunidad de que no forma parte natural y de toda la humanidad que sufre de soledad, de hambre, de frío. El misionero alfabetiza. Él aporta modelos “nuevos” de ética que en determinadas sociedades tienen capacidad para preservar alientos. También, de organización social. También, de vida. Él predica…
     (Lo sé. Pero en este caso la Iglesia lleva a cabo una labor admirable. África e Hispanoamérica tendrán algo que decir al respecto).
     Cambiando, ahora, de tercio (pero no de tema) diré: quiero creer que para mi admirado Joaquín Sabina negar es desprenderse. Canta Joaquín: “Lo niego todo, aquellos polvos y estos lodos. Lo niego todo, incluso, la verdad”. Abro paréntesis. Tengo entendido que la letra de esta maravillosa “coplilla” corre a cargo de Joaquín Sabina, José Conejero y Benjamín Prado, quedándome yo al saberlo más planchado que un pañuelo. Cierro paréntesis. Y quiero creer que para Javier Gomá Lanzón quererlo todo es afirmar. Javier escribió en el micro-ensayo titulado ¡Lo quiero todo! e incluido en el libro Filosofía mundana (Galaxia Gutemberg) lo siguiente: “Y entonces se me ocurrió lo que dice determinado personaje de una novela de Jane Austen: que `por haberme comportado prudentemente en la juventud, me voy haciendo romántico con la edad´. Por supuesto, no tengo intención ni mucho menos de renunciar a cuanto ya he elegido, ¡no tengo intención de renunciar a nada! Pero recuerdo que la gente me decía: `No lo puedes tener todo; tienes que elegir´, y ahora estoy en condiciones de responder a la gente y responderme a mí mismo con potente voz: No, no quiero elegir. ¡Yo lo quiero todo! (…) Lo grande y lo menudo, la ebriedad y la rutina, la pasión y la felicidad, el placer y la virtud, la vulgaridad y la ejemplaridad, la vocación y la profesión, esta vida y la otra, la altura y el peso, la gravedad y la gracia, la ingenuidad y la lucidez, la experiencia y la esperanza, la altura [¡pero ya lo sabemos!] y la profundidad, el norte, el sur, el este y el oeste (…).
     Aquí Gomá está, creo, sembrado. En estas líneas da muestras de una actitud contraria a la exhibida en otros micro-ensayos y deja en entredicho algunas de mis palabras a contra-Gomá (de corazón, Lanzón, de corazón lo digo). Justo es reconocerlo y así lo hago. Bravo, Javier, por este cambio de aires. Como suele decir nuestro “Loco de la colina”: “Mi gratitud, hermano, sea contigo”. De “hermano” en adelante es añadido mío. Me parece. 
     Yo milito en el equipo de Joaquín. Por consiguiente: lo niego todo. O sea: no quiero nada. Solo vida. Solo tiempo. Solo amigos…
     Solo literatura.
     Y en esas seguimos.

martes, 14 de julio de 2020

330/ No te lo crees tú ni harto de "Malafollá"

A colación del micro-ensayo (pero no tan micro) Visión culta y corazón educado. Lecciones de la crisis, encastillado en el libro Filosofía mundana (Galaxia Gutenberg), de Javier Gomá Lanzón.

Dice un viejo proverbio chino: “Nunca mates una mosca sobre la cabeza de un tigre”. Hablar mucho y sin control, hacer o deshacer a nuestro antojo, capitanear un barco o salir sin un rasguño de una pelea a muerte: aventuras y desventuras del hombre. Ojo: del hombre (no del robot). Quien nunca lanza ganchos a izquierda y derecha ni ordena que alguien agarre el timón de un barco ni da rienda suelta a la verborrea de bocachancla trasnochado no sabrá, a su pesar, lo que es vivir. Hay un caballero Gomá de la estirpe de los Lanzón que parece metido en salmuera a juzgar por la frialdad y el falso autocontrol de que hace gala y que, casi siempre, conduce a la represión mudada en zambombazo. Seguro estoy: este caballero no mataría una mosca sobre la cabeza de un tigre ni tampoco sobre la punta de un iceberg.
     Pienso. 
     Léanse estas líneas de don Javier referidas a la penúltima crisis económico-social sufrida por todo hijo de vecino: “La educación del corazón se ha manifestado en la ausencia de violencia callejera, el estoicismo crítico entre los recortes sociales, el perfecto funcionamientos de densas redes de solidaridad con los perjudicados o la admirable superación empresarial (…) Lo cual tiene aún mayor mérito si se tiene en cuenta la negligencia de una opinión pública dominada por el histerismo atolondrado y el papel desempeñado por el estamento intelectual, la gran decepción del drama”.
     ¿Ausencia de violencia callejera? ¿Redes solidarias perfectas? ¿Admirable superación empresarial? ¡Cáspita! Estaría alto el guindo…
     Pero todo no van a ser bofetadas con la mano abierta (en sentido metafórico). También hay caricias que de vez en cuando se materializan en el careto del intelectual de turno. Venga, Javier, vaya ahora para ti una merecidísima por estos renglones tuyos tan ilustradores (e ilustrados. ¡Albricias!):  “Hemos visto cómo (…) el coro de intelectuales que surcaron con júbilo y desenfado las olas de la prosperidad, al llegar las horas malas, olvidados del éxito colectivo, se abandonaron a una orgía de censura en todas las direcciones, censura de cortas miras y condicionadas por la posición ideológica y la circunstancia personal del opinado de turno, quien, con las enormidades enfáticas que profería, aumentaba la angustia y la desesperación de la desconcertada ciudadanía alentándola a buscar chivos expiatorios en los que tomarse venganza”.
     Chapó. La ideología no es buena. Totalmente de acuerdo.
     Ahora otra bofetada. Escribe el caballero Gomá: “De súbito, se disparó el índice de culpabilidad de los otros (…) Primero, las instituciones: partidos, sindicatos, comunidades autónomas, la Unión Europea, el mercado o Alemania. Pero siempre que se pudo se prefirió la personalización del odio: la casa real, los funcionarios, lo políticos, los banqueros”.
     Sí, hombre, sí. Lo que tú digas. No te lo crees ni harto de Malafollá, crianza de 2009, un tinto granadino de lo mejorcito que ha dado la tierra del moro Boabdil.
     Aquí, Javier, la has pifiado ¡pero bien! Ay de ti.
     Haré un alto en el camino en esos tres nobilísimos caserones: a) La casa real, b) los políticos, c) los banqueros. Los funcionarios son unos mandados. Dejémosles hacer su trabajo lo mejor que sepan o puedan. Y a los flojos ¡que les zurzan! Yo no sé si será la mayoría o no.
     a) La casa real víctima del odio. ¿De qué odio? ¿De quien no llega a final de mes? ¿De quien no es tontaina y se da perfecta cuenta de cuanto sucede en este país (¡se dice España!)? Si yo fuera el “ciudadano Borbón” (frase acuñada por un comunista republicano que vestido con un impecable trajecito y una formidable corbatita aplaudió alegremente al monarca no hace mucho: Alberto Garzón) haría mi maletita forrada en piel de cordero e intentaría imitar al señor Fox. Eso sí son unas vacaciones con gastos pagados como Dios manda. Y no las que tiene ahora, también con gastos pagados, pero no tan buenas porque debe hacer como quien trabaja un poco…
     b) Los políticos víctimas del odio. ¡No me lo puedo creer! ¿Han hecho algo merecedor de semejante sentimiento autodestructivo? ¿Han sido corruptos? ¿E inmorales? ¿Sí?… ¿Una miaja?… Vaya. Yo a los políticos les aconsejaría que fuesen al Instituto de Pensadores Orientales. Un poquito de Lao Tsé por acá, un poquito de Confucio por allá, un poquito de Xiaoping por acullá y ya tenemos hecho el milagro de la Iluminación. Estoy seguro.
     c) Los banqueros víctimas del odio. Cuidado: “banquero” no es sinónimo de “empleado de banca”. Mucho anestesiado hay, ahí fuera, que así lo cree. En granaíno: Animalico. Mi recomendación para los banqueros es que viajen a países del África profunda o de Latinoamérica en(red)ada. Yo no he viajado a ninguno de esos lugares. El hecho inobjetable de que no soy banquero me justifica. De ese modo se curarían de espanto. Como los españoles nos hemos curado, alguna vez, gracias a ellos. ¿Serán los banqueros unos mártires de la posmodernidad?
     Yo no sé en qué mundo vive Javier Gomá Lanzón. Yo sí sé que debe ser uno muy alejado del de otros muchos mortales como el menda lerenda: incultos, sí, pero de corazón educado. No helado. Y es que no hay ejemplo más palpable de lo que, de un tiempo a esta parte, vengo tratando de decir en este sacrosanto espacio para la libertad mía (que no liberticidio mío. O eso espero. Sopitipandos): la decepción grande que me ha supuesto descubrir a un pensador que me fascinó en una entrevista televisiva y al que, una vez leído, no hallo más gracia que la del lenguaje elevado al servicio de unas ideas (que diría mi amiga Analba) insulsas de toda insulsez.
     Estimado lector: no te dejes convencer por las apariencias de momento y vistazo cortos. Ponles freno. Echa mano del refranero español: “Aunque la mona se vista de seda…", del Opus Dei se queda, o similar.

jueves, 9 de julio de 2020

329/ Las Hermanitas de la Caridad Mediática

OPINIÓN

Haré de mi capa un sayo. Desde que amanece apetece. Pero, primero, dos aclaraciones no por sabidas menos pertinentes. Una: No estoy a favor del insulto. Y dos: No estoy en contra del insulto. Ahora una tercera aclaración referente a las dos anteriores: No trato de tomarle el pelo a nadie. Cuanto voy a decir, aquí, va a misa de ocho. No admito que se dude de mi palabra escrita por una sencilla razón: Porque es imposible que se la lleve el viento malo de la hipocresía. Lo juro: ¡Por estas! De modo que atiéndanse a las tres negaciones arriba apuntadas (una: No al insulto. Dos: No al no al insulto. Y tres: No a la tomadura de pelo). ¿Está clarita el agua? Pues eso.
     Voy ya, pues, al meollo del insulto. Perdón: Del indulto. Perdón otra vez: Del asunto. Se me encasquilla el sustantivo. Después de todo el asunto es el del insulto. Una pregunta previa: ¿Por qué la gente se indigna tanto cuando alguien (que hace gente) la insulta? Y otra: ¿Qué es eso de insultar? El DLE (Diccionario de la Lengua Española. Desarrollo las siglas traídas a cuento aquí porque, de seguro, habrá quien las desconozca) dice que insultar es lo mismo que ofender. Vale. ¿Y qué con eso? Pues que insultar equivaldría a humillar el amor propio o la dignidad de alguien o ponerlo (a ese alguien), de hecho o de palabra, en evidencia. Muy bien. ¿Y por esta insignificancia tanto `tonto´ con micrófono delante o pegado al pecho rasurado la tarde antes protestando como si no hubiera un mañana? Yo no creo que sea para eso. Digo: Para tanto (acaso propio de `tontos´). El insulto es una palabra resguardada bajo la capa de una evolución etimológica tan digna de estudio como la de cualquier otro término biempensante. En el fondo embarrado de la cuestión hay un ego sublimado (la expresión se la debemos a Alejandro Jodorowsky. El chileno se la aplicó a su buen amigo Fernando Sánchez Dragó). Nada más. Pero nada menos. Nadie está por encima del bien y del mal. Cualquiera puede caer en las garras del insultador. Y, claro, salir fuertemente arañado. Ay, qué pupita mala me han hecho insultándome, por qué a mí: ¡Por qué! Eso no significa que el insultador no esté haciendo un uso legítimo, y hasta rico-riquísimo, del español. Si español es. O si en español habla y/o escribe. Sin embargo se le acribilla (sobre todo en los medios: Nidos de `chupópteros´ creciditos que pasaron por la Facultad de Comunicación o de Empresariales o de Economía o váyase a saber de qué y se consideran a sí mismos salvadores del mundo: Articulistas y columnistas y otras criaturas de lomo un punto (con be) basto y pelaje a modo de alfileres en punta. Dragó (tan periodista él) llama a estos últimos `tertuliasnos´. Nótese la ocurrencia: Una composición con dos términos (tertuliano y asno). Da eso: `Tertuliasno´. Algún bloguero hay también por ahí que no se escapa ni con alas de avioneta. Más ahora que son los propios periodistas (yo lo soy: Me titulé en Periodismo) quienes soportan el peso y poso de las palabrejas de turno que otros lanzan como lanzas envenenadas al prójimo. No oigo yo a estos hacer autocrítica cuando sueltan por el micrófono o en negro sobre blanco una (en andaluz) jartá de imbecilidades ideológicas con el fin único de derrocar a quien esté moviendo los hilos de no sé qué empoderamiento. Este es el periodismo que tenemos hoy. No busca él, no, la verdad. Quédese eso para la Filosofía. Ahora lo que se estila es el buenismo, la corrección política, el ensanche del ego y vaya usted a por uvas si no le gusta lo que digo o escribo. Graciosísimo todo. Para mondarse de risa. Y no menos repugnante de toda repugnancia. Yo (miope) lo entreveo así: Un periodista puede hacer uso de la libertad de expresión pero un nini, carne de red social, no. Que alguien me lo explique.
     Diariamente “veo” a periodistas hacer política en vez de periodismo. Esto para mí es insultante. Diariamente “veo” a periodistas utilizar el insulto fino como medio para lograr un fin. Ejemplos de este tipo de insultos son: `Hortera´, `ruin´, `zopenco´. Ejemplo del fin que persigue el insulto es este: Echar por tierra o arrojar cuchilladas traperas a alguien. 
     Yo tengo el insulto por ejemplo vivo de riqueza lingüística independientemente del significado que arrastre. La capacidad de insultar no la tiene la palabra o expresión en sí. Esa debe otorgársela el insultado. No insulta quien quiere sino quien puede. Mis disculpas: Retiro la soplapollez que acabo de escribir. El periodista no es Dios. Los Medios de Comunicación de Masas no son el Olympo. Por consiguiente (así diría el muchacho que, me dicen, iba a la antigua Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla con la zona de carga de la furgoneta atestada de cántaras de leche allá por la década del sesenta. Un tal Felipe González Márquez) no son intocables y no son, desde luego, Hermanitas de la Caridad Mediática. Ojo: Tampoco los políticos lo son. Cada palo aguante su vela
     (Una lista de insultos maravillosos podría ser la siguiente: 1. `Mamacallos´; 2. `Abrazafarolas´ (su padre fue periodista: José María García. Alias `Butanito´. Un `enterao´ muy crack); 3. `Gaznápiro´; 4. `Besugo´; 5. `Mentecato´; 6. `Estulto´; 7. `Chiquilicuatre´. ¿Sigo?).
     Los medios y sus biempensantes a sueldo se rasgan las vestiduras sin razón. Yo no utilizo insultos en mi día a día. Y no me quedo a gusto. Para compensarlo diré que me aplico los de `piltrafilla´, `gazmoño´ y `tocapelotas´, así: A secas. ¿Habrá algo más liberador en el mundo que insultar y que le insulten a uno para acabar desembocando en la realidad de las cosas (o de la cosa asignada)? Quien haya buscado en el DLE `mamacallos´ y `gazmoño´ estará en el buen camino (el de apreciar el valor del insulto elegante). ¡Mi enhorabuena!

jueves, 2 de julio de 2020

328/ Perimengano

Hoy me ha dado en pensar que no somos tan libres como querríamos. Parece que todo estuviera fijado de antemano. Una comida. Un paseo nocturno bajo la luz de la luna (o del tendido eléctrico público. Total…). Una cita. Un lío. Una discusión. Un campo de amapolas. Una alegría. Una sinrazón. Un reloj de cuarzo suizo. Ah, el tiempo, qué de sinsabores nos provoca el tiempo. Y, algo todavía peor, la originalidad. La lista podría ser infinita. Quién sabe.
     Haré un alto en el último apunte: la originalidad. Pregunto: ¿adónde fue? ¿Qué ha sido de ella? Yo no sé hasta qué punto existe, ha existido, existirá. No tengo la más remota idea. Hay quien afirma que existe. Estos la habrán visto. Otros dicen que solo existe a medias. Otros la niegan rotundamente: jamás existió. Y lo que no existe no puede llegar a existir. Obviamente estos no la habrán visto ni por casualidad. Pregunto: ¿qué está pasando con la originalidad literaria? ¿Es tan difícil de conseguir como pronostican algunos lumbreras (yo entre ellos)? ¿O resulta más fácil hallarla de lo que nos creemos? No sé, no sé, no debe ser muy fácil cuando nadie (o casi nadie) la pone en práctica. Sin el “casi”. Últimamente tengo la impresión de que todas las novelas que leo son la misma novela. La coincidencia va más allá del ámbito de la forma (con ser este, ya, agobiante). Ideas que se repiten hasta el hartazgo. Argumentaciones simples y mega extendidas. Tramas clonadas. Personajes “espejo”. Caracteres igualitarios (o igualados). Anécdotas semejantes cuando no idénticas. Como diría Jodorowsky: para qué seguir. Un despropósito todo.
     Antonio Gaudí, dicen, dijo: “La mejor originalidad es la vuelta al origen”. Tenía razón. El mejor arquitecto de la Historia de la Arquitectura tenía razón. Una novela es un entramado de elementos que debidamente ensamblados acaban conformando una construcción en construcción. ¿Se imaginan un pueblo o una ciudad o un país con los mismos edificios a todo lo largo y ancho? Antes he dicho que pertenezco al grupo de lumbreras que “intuye” que la originalidad no existe. Diré, ahora, que ella posee algo de lo que enorgullecerse grandemente: ha existido. A todos se nos vienen a la cabeza títulos de novelas originales (las novelas. No los títulos). Vale. ¿Qué pasó después? Pues un tren con aspecto de veloz (tan aerodinámico él) y una maquinaria fabricada en China y ruidosa y lenta y contaminante a más no poder: la Posmodernidad. Me desahogaré un punto: ¡al cuerno con ella! Fue entonces cuando las novelas empezaron a clonarse unas a otras hasta extremos insospechados. Yo no hablo de plagio. Yo hablo de intertextualidad. Lo que me quita el sueño es: ¿llega a ser esta (la intertextualidad) reflejo de falta de capacidad del novelista o, por el contrario, de su conocimiento libresco? Yo no sé. Me rasco el cogote. Miro al cielo. Suspiro. Me pregunto: ¿será la época? ¿Será la globalización? ¿Será, en definitiva, el realismo? Uf. Qué desidia.
     De todo esto da cuenta en el libro Cumpleaños el único novelista cuya obra íntegra es original: César Aira. ¿Cómo lo consigue? Obvio: dando la espalda al sacrosanto Realismo. No solo al Realismo en sí. También al sistema que soporta el Realismo en sí: el de los “rasgos circunstanciales”. Lo explica el propio Aira en este pasaje de su novela: “A la larga me di cuanta de dónde estaba el problema: en la que se ha llamado la invención de `rasgos circunstanciales´, es decir, los datos precisos del lugar, la hora, los personajes, la ropa, los gestos, la puesta en escena propiamente dicha (…).
     En realidad no tengo nada contra los rasgos circunstanciales. No tienen nada de malo, al contrario, les agradezco casi todas mis mejores lecturas. (…). El autor inventa un personaje, y para hacerlo actuar en la ensoñación consiguiente, la ensoñación-novela, tiene que hacerlo caminar por una calle, o quedarse sentado en un sillón, entrar a una casa, seguir el vuelo de una mosca, sentir frío o calor, en ese momento ladra un perro, canta un gallo, la ventana está entreabierta, o abierta de par en par, o cerradla corbata es… verde… Muy bien, muy bien. Todo eso, y mucho más. hay que hacerlo, no queda más remedio. ¡Pero que lo haga otro! (…)”.
     Sí. Que lo haga otro. Y que nosotros hagamos otra cosa. Aventurémonos. No agachemos la cerviz para que nos pongan el yugo del Realismo. A estas alturas de la película (de Charlotte) no creo sea muy hacedero pero dicho queda. Somos la copia de Jim Carrey en El show de Truman.
     Señores novelistas: imaginen, fantaseen, jueguen. Háganlo, por amor de Buda, de una vez. Sabemos cómo vive y piensa y qué siente Fulano y Mengano y Zutano porque nosotros mismos somos Zutano y Mengano y Fulano. Inventen ustedes a Perimengano. Para ello no es necesario desembocar en la ciencia-ficción ni en las utopías. Basta con eso: querer jugar. La mejor literatura de todos los tiempos, la infantil (no la juvenil. La infantil), juega e invita a jugar al lector continuamente. Imítenla. Digo: ya que la originalidad no es posible. Qué hartura (que no altura), Padre cura, ¡qué soberana hartura!