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miércoles, 9 de diciembre de 2015

210/ Definición de la alegría

La que sigue: “(…) agradable emoción del alma que consiste en el gozo que siente [ésta] por el bien que las impresiones del cerebro le presentan como suyo”. Me agencio el subrayado. Lo que con ello pretendo significar es que Descartes (autor de las líneas definitorias que anteceden a la que en estos momentos barre con sus ojos el lector) diferenció entre alegría pasional y alegría intelectual. Respecto a la segunda escribió que “llega al alma solo por la acción del alma [sin objeto que valga, o medie, ni mucho ni poco ni regular]”. Y concluye: “(…) tan pronto nuestro entendimiento descubre que poseemos algún bien, (…), la imaginación no deja de causar alguna impresión en el cerebro, de la que se deriva el movimiento de los espíritus que excita la pasión de la alegría”.
     Lo anterior es cuerpo de artículo, el 91 para más señas, de Las pasiones del alma que pergeñara tan insigne franchute. Lógicamente, resumido, signado y subrayado… El texto original es muy soso. O por decirlo a la manera bachiller de mi época: infumable.
     Dos tipos, pues, de alegría. Y más de lo mismo: emoción e idea. Sentimiento y pensamiento. Blanco y negro. Vida y muerte…
     O tanto monta: Eros (“amor que se fue”) y Thanatos (“callada y solitaria sombra que se queda”). 
     Javier Sardá confeccionó una novela titulada así: Eros, Thanatos y su puta madre. Tal cual. No la he leído. Pero con ese título siento el ansia, viva, de devorarla. Conjeturo que en el transcurso de su lectura hallaría yo la carcajada. Es verdad que no lo sé a ciencia cierta. Tampoco creo que se trate de un dramón. Mi tocayo es un cachondo cerebral. Aunque con Thanatos, por ahí, haciendo de las suyas… 
     La alegría pasional es gozo. Vale. ¿Vale? ¡En absoluto! La pasión requiere algo a cambio (más de sí misma) y eso es fuente de sufrimiento. La alegría intelectual es gozo suscitado por la propiedad de un bien. Esto sí que sí. Pero… 
     ¡Tate! Ahora que lo pienso…, ¿no alberga sentimientos de propiedad el amor acostumbrado, al uso, desgastado por éste y tan pasional como condicionado?
     Evitemos hablar, aquí, del amor. Carece, el mismo, de hueco. La alegría (por pasional o intelectual que ésta sea) lo supera de corrido y también de firme.
     Parafraseando el refrán, diré: ande yo alegre, ríase la gente. La alegría es contagiosa.
     Y al amor que le den cicuta.      

martes, 5 de marzo de 2013

60/ Mi hermetismo

Releo por quincuagésima vez: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Amén de: “Me gustas cuando callas y estás como distante”. Y a más de: “(…) como quejándote, mariposa en arrullo”. 

     Empleé la magia de este poema para, allende los tiempos, escribir “Eros”. Cavilo: ausente permanece lo distante. Y a un palmo de mí se erige el ensimismamiento. La cuarta cuarteta del poema 15 de los Veinte de amor…, de Neruda, comienza: <<Déjame que te hable también en tu silencio>>. El desgarro se aireó en Zig Zag, num. 985, la jornada quinta del mes de enero del año 1924. Aducía este rótulo: Poesía de mi silencio. Permítaseme, por si alguien se obnubila, que puntualice: Poesía de "mi hermetismo". Subrayado e interrupción incidental, aquí, conllevan alma (la mía). A buena entendedora…

lunes, 5 de noviembre de 2012

33/ El espejo

Recién he finiquitado mi lectura de la tríada de amor de Pedro Salinas. Tres poemarios leídos tres veces cada uno y en tres efemérides distintas: 12 de junio, 30 de julio, 4 de noviembre (del 12). Seis años (no tres) requirió su autor para parirlos. ¡Que injusto oficio el de la literatura! 

     Y son: La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936), Largo lamento (1939). En el primero se canta al Eros ideal. El segundo deviene una prospección especulativa por el amor correspondido. El último vivifica a Cupido, y a la flechada, desde la memoria. 

     Un signo de éste (Largo lamento) me ha deleitado sobremanera: El espejo. En él, con ella, se vio una jornada reflejado el sujeto poético. Luego, sólo escrutará ahí sus propios fantasmas… Una fugaz cavilación lo devasta entonces: que ella acechará su figura con ojos que en los suyos se revelaron… ¿Cabe, pues, mayor lirismo (ni vislumbrarlo mejor y más hondamente)? 

     Don Pedro: mi gratitud.

martes, 4 de septiembre de 2012

21/ Ofrenda amorosa

Un río, un amor (Luis Cernuda). ¡Cuántos apelativos postergados! Topo, a pie de página, con Buddy Van Arlen (actor). El poeta le ofrendó Duerme, muchacho. El título de la composición era: A Little River, A Little Love. Se publicó en <<Nueva Revista, núm. 6.>> (14 de mayo de1930). 

     Destila desamor. El primer verso alude a la tortura física del retozo; el tercero, recaba el vocablo “impotencia”; el decimosegundo, la locución “árbol crecido”. No había, hasta hoy, prestado oído al citado apelativo. Eros se sobra y se basta para inmortalizarlo. O corre a cargo de Luis en todo este asunto; tanto monta. ¿Y qué decir de la música?… 

     Duerme, muchacho adolece de una musicalidad a la vez extraña y atrayente; reseca y húmeda, como piedra de río moribundo, todavía sonoro (e incluso sonántico). Un <<río>> que no es <<amor>>. Un <<amor>> que es <<río>> reseco…

     Compadezco infinitamente a Luis.

martes, 14 de agosto de 2012

6/ Sucinta hermosura

Benedetti insertó en Despistes y franquezas el micro-cuento más hermoso del mundo: Su amor no era sencillo (léase éste más abajo). Yo lo aireé en las ondas (más concretamente: en <<S.F.C. Radio>>). Hay un Aleph en que Eros y yo convergemos… Se llama: <<evocación>>.

     Evocaré, ahora y aquí, la palabra de Benedetti:

     <<Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales>>.

     Un micro-cuento sencillamente perfecto.

     Sin apenas palabras, cuánto dice… ¡Cuánto!

     Mario: Mi gratitud.

lunes, 13 de agosto de 2012

3/ Tributo

Amistad: Perita dulce. Entre el clavel y la espada, de Alberti, homenajea a Filias. Eros es sobrevolado por ella. Cavilo: debiera erigirse estandarte del hombre medio. Atestiguo: empuja (Filias) a la vida. Cotejo: aquel (Eros), a la muerte. Ergo: vengan peritas.

     Pero ¡ojo!: perita dulce es, a veces, perita podrida. No, más bien: Perita indigesta. Demasiada azúcar… Pero, ¿es (Filias) nunca demasiada? Yo no sé. Hay quien la juzga, de ordinario, de esa guisa: excesiva. Y hay quien, al contrario, la juzga extraordinaria; o fuera de lo ordinario. Por supuesto, hay quien (ni lo uno ni lo otro) no la juzga desmedida ni insuficiente, sino justa y equilibrada. Yo engroso esa lista de sibaritas.

     Al primer bocado el dulzor me embarga; no diré que no. Pero, igualmente, al primer bocado ya sé que no comeré en exceso. ¿Por qué? Por una razón sencilla: porque el hartazgo engendra rechazo. Y perita dulce puede verse relegada al confín de la nevera; al hondo confín del olvido, que es el frío, un frío polar. Y, ahí, en el Polo frío perita dulce puede pudrirse; y aparecerle algún habitante indeseado que fabrica galerías húmedas y carnosas entre tanto dulzor…

     Ignoro si Alberti tuvo o no presente semejantes divagaciones cuando escribió Entre el clavel y la espada. Quiero pensar que sí. Sobre todo, porque Rafael (si no lo tengo mal entendido) paladeó peritas dulces que acabaron pudriéndose, como pudriéndose acabó la ideología política cuando (arrancada de su centro) fue motor de poesía. Un desastre. Un desatino. Qué fiasco.

     Todo esto me ha sugerido el librito de Alberti. Y yo, ahora, me arrepiento de no haberlo exprimido más; de no haberlo, siquiera, estrujado un punto entre mis manos… a ver si salía jugo de limón o de naranja.

     Se me van, sí, las mejores.

jueves, 9 de agosto de 2012

2/ Alcance inmaculado

Kant afirmó que los sentidos y la intuición narcotizan la inteligencia. Por la percepción (o similar). Por no sé qué caminos interiores… La idea toma asilo en: Cómo orientarse en el pensamiento.

     Indago: ¿Dónde radica, Eros, tu sacrosanta esencia? Dicho sea con rencor. Porque tú (Eros), quisquillosa partícula, has penetrado hasta lo más hondo de este exaltador de ausencias y de no sé qué más. Y lo has hecho de manera impecable; pura. Y eso me encorajina hasta extremos insospechados.

     Leo el párrafo anterior y observo que quizá podría encuadrarse en el género de la prosa poética Craso error sería ése. Por ello, a partir de este otro párrafo, voy a tratar de no divagar por alturas de poeta (ni de filósofo). Lo que pretendo decir, Eros, es que atinaste con el dichoso dardo de un modo tal que yo nada habría podido hacer en contra. Y eso, precisamente, es lo que desata mi encono. No apruebo imposiciones. Ni siquiera las venidas de un Dios como tú, Eros, tan proclive al tedio…

     Leyendo a Kant, terrorífico Eros, me ha dado en pensar que el filósofo alemán se equivocó; que el filósofo alemán se equivocaba. Por esto: no se puede pensar desde la libertad si tú medias entre el pensador y lo pensado. Kant (lo sé) escribió: <<Sin libertad de pensar no hay razón>>. Yo, en cambio, escribo: Libertad de pensar no es pintiparado a pensar en libertad; o mejor: desde la libertad. ¿Tiene esto sentido? Comprendo que tú, Eros, no se lo darás. Sé que tú, siempre, te revuelcas en mieles ajenas…

     En fin. He vuelto a divagar por alturas de filósofo (o de poeta). Me callo ya. Lo tengo merecido.