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lunes, 2 de octubre de 2023

432/ Conjeturando un punto

Ayer escribí lo que sigue…

     

     Es el ensayo un género que, por momentos, me seduce más y más. Refiero el literario. Lo apostillo porque no todos los ensayos devienen literatura. Muchos participan más de la naturaleza científica que de la literaria. Y eso acaba hastiándome. O aburriéndome. O, incluso, irritándome. No me sucede esto con aquel cuyo lenguaje deleita y cuyas bases de composición son la creatividad y el afán divulgativo filosófico (o de cualquier otro tipo) pero sin caer nunca el autor en la obsesión científico-técnica. No sé si me explico. Montaigne es, como todo el mundo sabe, el Hombre Hecho Ensayo. No digo: el Ensayista (así, en mayúsculas). Digo: el Hombre Hecho Ensayo. Signo, el suyo, de absoluta calidad literaria. Pero con Montaigne no principia y termina el ensayo. Fernando Sánchez Dragó también fue un ensayista de pro. Igualmente Rosa Montero se echó al monte del ensayo con mayor o menor fortuna. Lo atestigua, en parte, su libro <<El peligro de estar cuerda>>. Esto en lo que respeta a escritores patrios próximos al aquí y ahora. Hay, por supuesto, otros. Otros muchos hay. Virginia Woolf, Franz Kafka o Charles Baudelaire (junto a otros), no desmerecen en lo relativo a ensayistas foráneos. Sucede que pocas veces escritores de tan alta alcurnia sorprenden, al alza, al lector cuando ensayan. Sus novelas superan de largo sus ensayos. Y como el lector ya es avezado en esas lides narrativas del novelista de turno, no queda ojiplático, entusiasmado ni arrebatado por el genio ensayístico de ese o esa plumífera de alto vuelo. Pero la vida siempre se guarda un naipe bajo la manga ancha del <<mal>> menor. Sería (este) el caso. Por ello exclamo ¡hurra! a los cuatro vendavales. Sería este, como digo, el caso de Ramón J. Sender. Y el ensayo en cuestión: <<Por qué se suicidan las ballenas>> (Ediciones Destino. Barcelona, 1979). Título a priori repulsivo, a posteriori (quiero yo suponerlo así) lleno de sentido filosófico o humanístico. Comienza Sender hablando de León Tolstoy y acabará haciendo lo propio con yo no sé qué todavía. Y en medio todo un maremagno de frases directas y plenas de sentido hasta donde se me alcanza (pág. 55 de un total de 155). El sentido de este libro, en efecto, se me antoja arduo. <<Dadme una frase ajustada y moveré el mundo>> parecía querer decirnos J. Sender. O bien (esto ya lo digo yo): <<Las cosas claras y el chocolate espeso>>. Más aún: a qué tanto circunloquio si lo que se desea expresar cabe, al fin y a la postre, en un renglón. Yo, sinceramente, no lo entiendo. Uno de los mejores ejemplos de derroche verbal sería el reflejado en el libro <<El ser y la nada>> de Jean-Paul Sartre. Otro ensayista (Sartre) de pro. Probablemente llamar ensayista de pro a Sartre constituya herejía. El grupo de filósofos puros, creo, no lo acepta entre los suyos sin algún remilgo. Intuyo que a Ramón J. Sender no le sucedió esto jamás. El de Chalamera de Cinca (Huesca) no abandonaría bajo ningún concepto su rol de literato. <<Yo no soy hombre de ciencias (…)>> (op.cit. Pág., 42). La diferencia entre un literato y un sabio estriba en la cuota de búsqueda de deleite que emplea el primero a la hora de enunciar una idea por escrito y la imaginación que, de suyo, impulsa el lenguaje empleado por éste. Habrá especímenes híbridos. Rara vez el literato va a hacer concesiones al conocimiento en detrimento del deleite lector (y, por ende, escritor). O sea: en detrimento del estilo. Einstein: <<La imaginación es más importante que el conocimiento>> (somera explicación: la imaginación sería ilimitada en tanto que el conocimiento no). A Sender le ocurriría algo así. De lo que yo, con franqueza, me alegro. 

     Nada como leer un texto divulgativo en buen castellano manejado por un literato y no por un científico-técnico que hará del lector alguien más sabio (esto sin duda) pero también más infeliz. O, al menos, no más feliz de lo que ya era antes de descifrar el texto de marras. Cuando arribe al final de <<Por qué se suicidan las ballenas>> comprobaré si estoy o no en lo cierto. 

     Ejercicio arriesgado este de escribir un post previo a la lectura (salvo por esas 55 páginas cursadas) del libro que se desea comentar. Y qué. El ars scribendi no entiende de tiempos. 

     Pues eso.

     

     Hasta aquí. Hoy me desdigo, en parte, de lo arriba apuntado y atisbo una inminente posibilidad de error en mis planteamientos de ayer…

     

     Continuará.                    

jueves, 19 de enero de 2017

249/ En el corazón de Ana cabe El Universo

Así es. La conocí el cuatro. Desde entonces me acompaña a todas partes. A la panadería. A la peluquería. A la guardería (cuando el Príncipe de Azulandia se esparcía allá). A la entidad bancaria donde mis números tienen el color de un atardecer de San Jacinto. Al supermercado. Al figón (el sábado en la noche). A dormir. Ella despierta, se despereza como yo, me deja que le prodigue un sonoro beso en la mejilla… 
    He dicho que en el corazón de Ana cabe El Universo. Quiero imaginar El Universo a la manera borgiana: como una biblioteca infinita. Ana es espléndida (léase: generosa). No deja de quererme desde la distancia física y heterogénea y un punto malévola. No hay la otra (la moral. La inmaterial. La del alma…). Yo me solapo con ella. Ella se solapa conmigo. ¿Dónde? En, con mayúsculas, El Libro. Ambos amamos los libros. Ayer (es un decir) le aireé que me gustaría sobremanera releer Confesiones de un comedor de opio inglés (de Thomas De Quincey) y Las flores del mal (de Charles Baudelaire). Hoy (es otro decir: fue anteayer) he recibido un envoltorio de Amazon con sendos volúmenes vírgenes en su interior. El de Baudelaire es florido. El de De Quincey es sepia y re-lindo. De pasta blanda los dos. Cuerpo once. O diez. O nueve. Tales páginas estarán impregnadas de mi imagen mental de Ana sempiternamente. Todavía más. Leí estas obras el uno. O el dos. O el tres. No recuerdo la fecha exacta. Por entonces estudiaba yo Filología Hispánica. Un compañero de clase melómano y, a ratos, poeta (Jesús) tuvo por bien instruirme en Baudelaire y su afición al opio. Mostré interés en lo que dijo: me prestó la obra mentada sin dudarlo. Leyendo Las flores del mal, a modo de añadido (creo), hice lo propio con el librito de De Quincey. Quedé sugestionado en el acto. No sin consternación restituí el libro a su dueño.
     El dieciséis recupero aquellas lecturas. La vida ha querido que yo no las adquiera mediante transacción económica. Ello pensé ejecutarlo muchas veces. Dos motivos me condujeron a no hacerlo. Uno: me amparé en el recuerdo todavía fresco de esas líneas inmortales. Y dos: erróneamente consideré que jamás se marchitaría la flor de mi retentiva (regada con indestructible admiración lectora). La vida ha querido que Ana mercadee y me obsequie con ellos. Ella (Ana. También la vida) me ha regalado tiempo emulsionado (de “emulsión” en su acepción fotográfica: Suspensión coloidal de bromuro de plata en gelatina que forma la capa sensible a la luz del material fotográfico). Y no aniquilado. Me ha regalado la memoria de aquellos días en que fatigaba libros en los corredores de la Facultad de Filología mientras soñaba con ser escritor. La muchacha de ojos grandes, limpios y un punto melancólicos, de cabello de cobre y piel de luna y carácter diamantino y mente erotizada que conociera en la Facultad de Magisterio es (y será) la que fue porque a sus actos los rige una verdad irreprochable: que me quiere y que yo la quiero y que no dejaremos de querernos mientras (en vida o no) nos encontremos en libros… Ella conocerá el significado que encierran los puntos suspensivos. 
     Hay, anexo al envoltorio, el siguiente mensaje de Ana: "Por esta pasión que nos une desde que nos conocimos: la belleza de los libros; que nos acompaña y nos une a través de los años y a pesar de la distancia. Ósculos sentidos, sinceros y profundos. De: Ana". Ella vive en la bota de Europa. De ahí lo de la distancia.             

miércoles, 2 de noviembre de 2016

237/ Aphra: la inglesa lucida y olvidada

Una mujer destrozadora de barreras culturales. Bien habría podido añadírsele al sustantivo “mujer” el siguiente complemento: “por venir”. Se ganó la vida con la escritura. Lo hizo cuando ninguna de su género lograba siquiera imaginar tal empresa. Fue modélica. Porque las otras generaciones de escritoras escoltaron sus pasos. Fue dramaturga, poetisa, traductora. Porque no sabía (conjeturo) desempeñar otros trabajos. Refiero: Aphra Behn. Nació en 1640, en Londres, y falleció (también en Londres) en 1689. ¿Quién la invoca hoy? Nadie. ¿Quién refiere sus versos hoy? Nadie. ¿Quién se inspira en ella (en su obra) hoy? Nadie. Todos leemos otras insignificancias. Más exactamente: Literatura post-moderna. Cuentos y poemas banales. Una frase por acá. Un versito por allá. Y en medio: mucho juego. Palabras que se entretejen para, luego, soltarse. O caerse de la memoria. Se desvanece su rastro, dejando humo, heredando polvo...  
     Amigos post-modernos: ¿no os cansáis de hacer el ganso? Leed a Juan Ramón. A Federico. A Poe. A Baudelaire. A Kafka. Observaréis que su quehacer no estaba demasiado alejado del vuestro... Ellos no ganseaban. Al contrario: se acogían al ardor y rigor a la hora de cincelar (de esculpir) un texto. Uno solo de sus versos (o de sus frases) bastaría para ensombrecer toda vuestra obra. Hacedme caso. Prestadme oído: leedlos. No os arrepentiréis. Aprenderéis a escribir. ¿Y quién rehúsa esto?