viernes, 30 de diciembre de 2022

395/ Cartas juanramonianas (II)

Hoy me he dado de boca con una carta de Juan Ramón dirigida a un médico en quien el poeta deposita toda su esperanza con vistas a la curación de su dolencia nerviosa. El <<Andaluz Universal>> no menciona el nombre del doctor. Pero le escribe con proximidad y amistad aparentes. Juzgo esta carta vital para aquellos que deseen estudiar a fondo la obra de Juan Ramón y también su personalidad. En ella (en la carta) el poeta declara su hipocondría. Temeroso de verse un mal día (o en un instante nefasto) desasistido, médicamente hablando, solicita al innominado doctor que le busque dónde poder instalarse pero que sea cerca de una <<casa de socorro>>. Juan Ramón ubica la residencia ideal e idealizada <<en la calle de Almirante, Tamayo o paseo de Recoletos, cerca de la Policlínica>>. Yo supongo que se trata de la Villa y Corte de Madrid. Él no necesita los servicios del mentado centro médico. Solo es <<para estar tranquilo>>. Pone otras condiciones: <<Una familia poco ruidosa, sin huéspedes, dos habitaciones –dormitorio y despacho–, buena comida e higiene (Juan Ramón escribe: <<hijiene>>; no me avendré yo jamás con su peculiar ortografía)>>.

     Juan Ramón padeció durante gran parte de su vida un miedo visceral a la muerte prematura. Este miedo se lo suscitaría la sufrida por su padre, menos sorpresiva que dolorosa. Continuamente requería el auxilio de médicos. No debía ser fácil para estos (ni pertinente siempre) tramitar las solicitudes del <<andaluz universal>> con garantías de éxito. Sin embargo lo hacían (auxiliarle con éxito) todos todas las veces que fueran necesarias. Mi tesis es clara: el poeta se rodearía de gentes con una sensibilidad puntiaguda similar a la suya; gentes del mundo de la ciencia y la cultura; gentes estudiosas (letradas) poco o nada dadas a la intransigencia y a las exigencias, por otro lado, tan cursadas por él mismo. Hoy nadie aguantaría tamaña desvergüenza (dicho sea en sentido no peyorativo) o, si se quiere, tamaño atrevimiento. Es lo que yo digo: al médico no hay que importunarlo más de lo justo y necesario (no sea que haga un aspaviento o suelte algún exabrupto que pueda herirnos en lo más profundo de nuestro ser)… No. Al médico hay que dejarlo en clave de paz. Que haga su trabajo lo mejor que pueda o sepa (o le dejen). Que no se vea sometido, jamás, a nuestras presiones de hipocondríacos ansiosos y depresivos sin vuelta atrás. Que recete lo estipulado y nos envíe derechitos al colega de turno que estime oportuno si no se ve con las competencias suficientes para emitir un diagnóstico, por arriesgado, poco fiable.

     La ciencia médica puede ser infalible; los médicos, no. Estos son humanos y, hasta que se demuestre lo contrario, nada humano es inequívoco. Juan Ramón tendría fe ciega en los galenos. Con o sin razón. No lo sé. Hoy esa actitud está anticuada. Hoy, salvo excepciones muy contadas, en cada uno de nosotros se ha encarnado un facultativo: la araña (Internet) extiende sus tentáculos por todas partes. Yo me atrevo a decir: ¡Ni calvo ni <<mil>> pelucas! Serenémonos y hallemos la curación menos fantástica a nuestras dolencias más auténticas. Las de los escritores son las del alma; y sus doctores, la literatura, la filosofía, la música, el arte... ¿Estaré yo, pues, en buenas manos? 

     Lo diré sin rebozo y veladamente: ¡Albricias!

viernes, 23 de diciembre de 2022

394/ Cartas juanramonianas (I)

En varias ocasiones he anunciado en esta bitácora mi reticencia hacia la publicación de cartas del tipo que sean. Ello (la publicación de tales) no es algo que me satisfaga como hombre a secas pero sí (he de decirlo y a las claras) como lector, también, a secas. ¿Habemus contradicción? Leer textos del género epistolar me ha parecido una gozada desde que tengo uso de razón; leer cartas que no tienen voluntad de estilo, ni predisponen al deleite lector, no tanto. Dicho lo cual: publicar una carta, insisto: del tipo que esta sea, se me antoja radicalmente distinto. Y delicado. En <<sopitipandos>> haberlas haylas. El motivo de su aireo no es otro que el examen, literario, de las mismas. O, en el peor de los casos: la crítica literaria de su carácter (estilo, sintaxis, intencionalidad…). En modo alguno narrarán las mismas episodios de una intimidad abochornante para el autor. Esto, al menos, es lo que he procurado cada vez que una de esas misivas ha sido <<subida>> aquí. Ignoro si lo habré logrado (o no) a perpetuidad.

     Voy, a continuación, a romper una lanza en favor de aquellos antologistas de cartas de escritores laureados por la historia de la literatura universal. Valga como ejemplo extensible a otros el de Francisco Garfias (recopilador y editor). El año 1992 Garfias reunió en un solo volumen más de un centenar de cartas de Juan Ramón Jiménez dirigidas a diversas personalidades del mundillo literario y cultural de la época. <<Espasa Calpe>> editó el libro. A lo que iba: en el <<Prólogo>> de este puede leerse lo siguiente: <<Este volumen incluye una selección de cartas generales, muchas de ellas rigurosamente inéditas hasta ahora. Se han omitido las dirigidas a Zenobia, interesante correspondencia amorosa que algún día de publicará –ya lo hizo en parte Ricardo Gullón– con el título de “Monumento de amor, epistolario y lira”. También se han apartado las familiares y algunas cuyo contenido hubiese herido susceptibilidades de personas vivas o memorias de muertos, aunque en todas ellas exista, como contrapeso, una sinceridad desconcertante y una gran valentía en el ataque>> (Juan Ramón Jiménez. <<Cartas: Antología>>. Espasa Calpe. Madrid, 1992. Pág., 20). Y más abajo: <<Queremos hacer constar también que, en todo momento, hemos contado con la aprobación y el estímulo de la familia del poeta y, sobre todo, con la colaboración de su sobrino Francisco Hernández-Pinzón Jiménez>> (op.cit. Pág., 21).  

     ¿Convencido Garfias de la pulcritud ética de su labor recopiladora? No lo creo. Al no estarlo (digo: convencido; si no lo estuvo, claro) aclara que deja fuera de la antología de marras aquellas cartas que de una u otra manera puedan suponer una ofensa (o similar) a vivos y muertos. Quedaría coleando el apartado de las misivas estrictamente amorosas (como las destinadas a Zenobia). Pregunto: ¿Cabría publicarlas sin el menor melindre? Quiero decir: sin el menor escrúpulo hacia autor y destinatario. Juan Ramón no era tiquismiquis en este aspecto a juzgar por su intención, manifestada en reiteradas ocasiones, de hacer un libro de cartas (suyas todas) al que incluso se aventuró a ponerle uno que otro título menos lírico de lo que a priori cabría esperar: <<Carta pública>> (tengo entendido que ideaba un título distinto cada vez que le aguijoneaba el afán de corrección en pos, es claro, de la búsqueda de perfección. Luego, daría con la piedra filosofal de ese ideal de perfección que tanto le atormentaba: <<espontaneidad>> y <<sencillez>> unidas).

     Las cartas de Juan Ramón que hasta ahora llevo leídas no me parecen ni espontáneas ni sencillas. No especialmente. Eso sí: todas pertenecen a la primera época del poeta (más intrincada de conceptos e ideales). 

     Veremos lo que venga en adelante…

jueves, 15 de diciembre de 2022

393/ Pasada de frenada...

Hace una pila de años que no sé nada de Luis Antonio de Villena. Le perdí la pista allá por los noventa. Lo veía yo aparecer fugazmente por la caja tonta en programas ñoños de dudosa solvencia. Y también en uno que otro informativo. En puridad, más que informativo, Telediario. Por aquellos tiempos la oferta mediática televisiva no era la que tenemos hoy. Yo lo juzgaba un tipo raro. Siempre me atrajo lo raro. <<Rareza>> era igual a <<diferencia>> que era igual a <<originalidad>>. Quién podía criticar, digo: visceralmente, a alguien original. Los tipos así tenían merecido besar la Gloria. Hoy sigo pensándolo. Creo que falta originalidad a raudales. La literatura actual bebe y bebe, y vuelve a beber, de la fórmula más acertada para crear productos de consumo (comerciales) cuya finalidad es divertir a las masas de lectores: la intriga. Vicente Vallés lo ha expresado claramente (cito de memoria, por ello, puede registrarse algún error en la literalidad de las palabras que asigno a Vicente): <<Mi objetivo [el de la novela que ha escrito] no ha sido otro que lograr que el lector se divierta leyendo mi libro>>. Quiere decirse: “No sabiendo qué va a ocurrir en la página siguiente”. Su libro, <<Operación Kazán>>, ha sido galardonado con el <<Premio Primavera de Novela 2022>>. Dicho queda.  

    Pero no pretendía yo hablar del bueno de Vicente Vallés sino de Luis Antonio de Villena (presunto maldito nuestro). Y todo por una cuestión fácil de justificar: la mentada <<originalidad>>. Los autores barrocos parecen más dados a ser originales que el resto. Ignoro el motivo. Escritores barrocos de trapío vivos, en España, hay muy pocos. Digo <<barrocos>> de verdad; no <<barroquillos>>. Solo se me ocurren tres: Luis Antonio de Villena, Fernando Sánchez Dragó, Juan Manuel de Prada. Los demás no andorrean ese terreno plagado de metáforas, retruécanos, paralelismos y todo tipo de neologismos y préstamos lingüísticos exóticos tan desconocidos por el populacho. Ah, y de latinajos, que ya se me olvidaba… Como si retorcer la frase y culturizarla derivara necesariamente en novedad cuando, en realidad, lo novedoso sería expresar lo mismo con menos palabras y recursos. <<Minimalismo>>. Minimalismo versus Barroquismo. El caso es que leyendo <<Mitomanías>> (Luis Antonio de Villena) me he topado con una originalidad a mi juicio brillante. El libro atesora muchas originalidades pero a mí me ha llamado la atención una por encima de todas. La transcribiré aquí: <<Ese acierto iconizó a Almodóvar, por lo que alguien pudo decir (no sé si yo mismo en una crítica antigua), que la indudable modernidad de Pedro podía resumirse en la imagen de un cofrade de la Macarena metiéndose rayas de coca una tarde…>> (op. cit. Planeta. Barcelona, 2002. Pág., 152). 

     Como se ve, Luis Antonio no escatimó en elegancia expresiva. Observo que todos aquellos que se auto-definen <<progres>> o se comportan como el tópico típico <<progre>> ordena, manifiestan un rencor a lo sacro un punto cargante, creo. Como si lo sacro fuera responsable único de todas sus cuitas. No seré yo quien niegue algo así: cada hijo de vecino sabe sus cuentas; pero de eso a considerar siempre a lo sacro responsable solidario (o no) de las desventuras personales de cada quisque me parece algo desorbitado. Habría que distinguir entre lo generalísimo (la institución sacra por excelencia: la Iglesia) y lo particularísimo (el colectivo sacro por excelencia: el clero). Y, de paso, tampoco estaría de más chequear el concepto de <<Regla Áurea>>. 

     He dicho.

martes, 13 de diciembre de 2022

392/ Una pifia monumental

Hacía mucho que un libro no me decepcionaba tanto. Hacía mucho que una entrevista televisiva y televisada no me confundía a un nivel cuasi escandaloso. Hacía mucho que no me topaba con el tratamiento superficial, hasta la náusea, de un tema interesante a más no poder: la inclinación de la cultura japonesa al cuidado del individuo con vistas a que este logre convertirse en centenario cuando no traspasar, con holgura, la barrera psicológica y biológica de los cien calendarios. No suelo toparme, de ordinario, con textos donde al lector se le considere necio y no persona cabal. Ocurre esto cuando el autor hace uso (y abusa) del <<ñoñeo>>: una lacra de la post-postmodernidad. Los autores (pues son dos), en el caso que nos ocupa, lo hacen a diestro y siniestro. Yo diría: atontando (intentando atontar) a cuanto incauto se aproxima a las páginas de la pifia que han escrito con verdadera maestría. 

    Así lo he reconocido, lector curioso que soy, desde las primeras líneas del libro <<Ikigai>> (Urano. Madrid, 2016). Lleva, el paginado, veinte ediciones en su haber. Yo, francamente, no lo entiendo. Entre sus toneladas de polvo y paja hallo lo siguiente (voy a enumerarlo). Uno: verborrea (básica, infantil, a veces. Poco ambiciosa siempre). Dos: superficialidad (deriva de lo anterior). Tres: inexactitud (puede verse aquí: <<Desde su fundación, uno de los objetivos, tanto del budismo como del estoicismo, es el control de los placeres, deseos y emociones. Aunque ambas filosofías son muy diferentes, tienen como objetivo común reducir nuestro ego y controlar las emociones negativas>>); hasta donde se me alcanza, el budismo no trata de controlar nada, más al contrario: aboga este por la observación (y flujo) de los pensamientos y las emociones sin oponer resistencia lógica alguna en ese proceso de observación libre de ataduras juiciosas... Cuatro: postergación inútil de lo principal que, en todo caso, queda soterrado bajo lo accesorio. Cinco: consideración de <<soluciones>> obvias como si de la panacea universal se tratase. Un despropósito todo.

     Botón de muestra:

     <<Nos compramos “agua de la longevidad” y la bebimos en el aparcamiento del mercado mirando al mar, con la esperanza de que aquel botellín que parecía contener una poción mágica nos diera salud, larga vida y nos ayudara a encontrar nuestro Ikigai>>.

     Dicen que <<La esperanza es lo último que se pierde>>...

     Que esperen. Ellos que esperen…

     Otro botón de muestra:

     <<Si aún así tienes dificultades para conciliar el sueño en la cama, respira profundamente contando cada inhalación y exhalación hasta llegar a cien>>. Por alguna extraña razón este consejo no sería válido si el bello durmiente reposa sobre un sofá o cuenta sus respiraciones hasta un número distinto de cien... 

     La entrevista a Héctor García y Francesc Miralles, autores de <<ikigai>>, la vi en la 2 de TVE. Corrió, esta, a cargo de Antonio Gárate. Decepción doble. Admiro el trabajo televisivo y televisado del bueno de Gárate. No sé qué pudo pasársele por la cabeza el día que concertó semejante bodrio de entrevista (tan equivocada idea del libro promocionado ministró esta. Pues más se trató de una promoción bienintencionada que de un examen breve y objetivo de una obra escrita. ¡Oh, mores!). Vaya, ahora, una aclaración. <<Idea equivocada>>: `que no se ajusta a la realidad real (o, al menos, no a mi realidad) sino a otra distinta´. ¿Cuál? Lo ignoro. Si un libro procura autoayuda y solo de vez en cuando se erige en precursor de lo ensayístico (y no al revés, como se le da a entender al televidente en la entrevista de marras), que lo digan a las claras quienes corran con esa responsabilidad para mí moral. Y que no manipulen con palabras de artefacto y envoltura de papel satinado e, incluso, provisto de lazada... 

     (¡So sonsos!).    

     Japón, como país y como tema de ahondamiento intelectual, se presta a una complejidad maravillosa. Juzgo <<Ikigai>> una ofensa a aquellos que dedican su vida a estudiar este fantástico (léase el término <<fantástico>> en su acepción más literaria) lugar de Oriente que tanto ha aportado (y seguirá aportando) a la humanidad. Una ofensa y, ya de paso, un despropósito (otro más): sus autores residen o han residido (aún no lo tengo claro) allí.

     Borges escribió: <<(…) Entiendo que esa disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco, muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce (…)>>. (<<Otras inquisiciones>>).

     Juzgue, si lo desea, el lector. Y a otra cosa.

jueves, 17 de noviembre de 2022

391/ Los derroteros

La novela de la inmigración bien podría pasar por la novela de la violencia. Suena raro. Hasta un punto xenófobo suena. <<Una tarde con campanas>>, de Juan Carlos Méndez Guédez, indaga esta línea discursiva. Los ojos de un niño venezolano cuya familia ha emigrado a España, recalando al cabo esta en Madrid, acaban constituyéndose en dos faros formidables que alumbran el espacio (sórdido) y el tiempo (congelado) a que tendrá que enfrentarse impepinablemente el lector. El lector no será otro que este niño venezolano. El lector (dondequiera y comoquiera que este respire) será llevado por el autor a mirar el mundo que le ha tocado en suerte como lo mira un niño de yo no sé cuántas primaveras. Era hora de que esto acabase produciéndose. <<Planicio>> (José Luis Olaizola) y <<El miedo de los niños>> (Antonio Muñoz Molina), por ejemplo, caminan sobre esa línea en ocasiones difusa que separa la manera ingenua (y, por qué no, despierta) de mirar del niño y la sofisticada y pamplinosa y embustera del adulto. El caso que nos atañe nada tiene de pamplinoso ni de embustero. Más al contrario: la crudeza de la inmigración (cuando no está, esta, bañada en oro. La inmensa mayoría de casos no lo están: hay dolor, hay penuria, hay escasez: nada sobra más allá de lo mentado) permanece sin velo que valga durante el curso de toda la narración. Yo diría: en estado puro. Yo diría todavía más: en estado honesto. La novelita de marras desprende honestidad a raudales. 

     El niño narrador, un mal día, presencia lo que sigue: 

     <<Justo enfrente, un hombre estaba dándole una patada a Ismael. Lo empujaba, lo cacheteaba, lo pateaba. Augusto salió al balcón a gritarle a aquel hombre que dejara en paz al chico, pero él respondió que era el padre y que se fuera a tomar por culo.

     Luego creo que mamá llamó a la policía, pero durante todo ese tiempo a Ismael lo estuvieron batiendo contra el suelo y su cabeza sonaba como un coco lleno de agua. Traca, trac, traca, trac. A mí me parece que Ismael tenía los ojos muy abiertos, como si pensara que así le dolerían menos los golpes. Pero después de un rato parecía como dormido y uno de los brazos le quedó colgando entre la rejas del balcón>>.

     El niño narrador, otro mal día, decide acosar a Ismael: 

     <<Algunas veces, los otros chicos de la calle me aplauden cuando le acierto a Ismael en medio de la cabeza. Entonces yo los saludo y después en el recibo de la casa hago un avioncito como esos futbolistas que marcan el gol en el último minuto>>. 

     El niño narrador, después de todo, tampoco se libra: será acosado.

     A veces la narración adquiere rasgos benévolos de ternura, de fantasía, de regocijo. A veces. 

     Siempre, ¡siempre!, el sometimiento a la cruda realidad será un hecho.      

jueves, 10 de noviembre de 2022

390/ Leer para creer

A veces la imaginación se solapa con la realidad y es entonces cuando el imaginativo corre un riesgo importante: confundir ambos planos (el ficticio y el real). Si el imaginativo no es más que un niño, el episodio puede adquirir tintes siniestros, tremendamente dolorosos. Una imaginación infantil recurrente es la del <<Hombre del Saco>> en sus múltiples variantes. Una de estas variantes múltiples aparece descrita en el libro <<El miedo de los niños>> (Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2020). Y es: el pedófilo que rapta a un niño para abusar de él. Horripilante.

     Botón de muestra:

     <<–Ese maestro no tenía que haberlo dejado salir solo. Con lo tranquila que estaba yo sabiendo que iba a la escuela y volvía con Esteban.

     […] Quizá Bernardo se había perdido, porque se ponía a pensar en sus cosas y se despistaba con facilidad […]. Quizá se había perdido o se había puesto a jugar a las cristalas o a las estampas con alguien. […].

     Eran las diez de la noche y Bernardo no había aparecido. […]>>. (op. cit. Págs. 64-65).

     Decía que confundir planos puede acarrear una tragedia en toda regla. Cuando en la mente del imaginativo lo real pasa por ficticio, si lo ficticio ordinariamente es considerado algo inofensivo, la realidad de que se trate pierde entidad (o tanto monta: peligrosidad). Justo lo que le sucede a uno de los protagonistas del <<Miedo…>> (de nombre Bernardo). Sin embargo Bernardo sabe defenderse y logra escapar a tiempo. Es lo que interpreta el lector optimista de este fantástico cuento largo. Otro, pesimista, podría interpretar algo muy distinto. Se llama ambigüedad de la obra de arte: o riqueza que atesora la literatura de alto vuelo.

     Otro botón de muestra:

      <<–Qué patada le di, primo. Con lo grande que era se cayó redondo al suelo. Se derrumbó como una vaca cuando le parten las patas de delante en el matadero. La cabeza le rebotó en el suelo como una pelota. […] Le vi el pelo empaparse de sangre. Se quedaron pelos pegados en la punta de la bota pero yo no me paré a limpiarme y salí corriendo>> (op. cit. Pág. 78).

     Cómo el cuento fue escrito usando una sintaxis que no irrita, no aburre, no deja <<neutro>> al lector (sobre todo viniendo de quien viene: Antonio Muñoz Molina) me parece digno de mención y de alabanza. ¡Bendito sea el Señor, Dios del Universo, por iluminar al autor de <<La noche de los tiempos>> (Seix Barral. Barcelona, 2009) cuya lectura se me antojaba estimulante al principio y soporífera después (al cabo, por suerte, logré finiquitarla) y eso que empezó prometiendo tanto tanto! En fin. <<La noche…>> pudo ser obra maestra (acaso lo sea) pero quedó en una macro-descripción del final de la II República y comienzo de la guerra incivil española del 36. Esto a mi juicio. <<El miedo…>>, también a mi juicio, pudo no serlo (obra maestra) pero acabó siéndolo. Del <<Minimalismo>>, claro.  

     Señoras y señores: leer para creer.

     Antonio: mi gratitud.           

jueves, 27 de octubre de 2022

389/ Un deslumbramiento (VI)

<<NO SE PUEDE MIRAR>>


Lean <<La noche de los tiempos>> (Antonio Muñoz Molina. Planeta. Barcelona, 2009) quienes deseen tener nociones fidedignas de la guerra. <<Fidedignas>>: una suposición; el autor no ha estado en ninguna guerra, al menos, que yo sepa. Y, de paso, tomen conciencia del monumental error que supone desencadenar o apoyar una (incluso, justificarla, antes o después: anunciación y estela suelen acarrear tanto dolor como la propia guerra). Hay quien se jacta de objetivo y razona a su favor. Ese la interpretará como hito evolutivo de la humanidad. Yo la juzgo una involución en toda regla, un cortocircuito neuronal, una huida hacia adelante (peor: hacia ninguna parte).

     Goya acertó el clavo concibiendo y pariendo luego la serie <<Los desastres de la guerra>>. Véanla. Un personaje de la novela arriba mentada, Moreno Villa, dice al respecto: <<Goya se acercó más que nadie, pero hasta a él le faltaba valor [para dibujar con exactitud los dramas de la guerra]. Me acuerdo muchas veces de ese título que puso en uno de los desastres: “No se puede mirar”. Usted por lo menos ya no tendrá que hacerlo>> (op. cit. Planeta. Barcelona, 2009. Pág., 815).

     Así es: ni usted ni yo tendremos que hacerlo. Pero tanto usted como yo tendríamos que hacerlo. Refiero no mirar hacia otro lado. El derecho a mirar hacia otro lado, con todo, me parece inobjetable e inalienable. ¡Libertad de conciencia, oh témpora, oh mores! No todo quisque posee la misma perspectiva de las cosas. Esto, por suerte. 

     He dicho.

lunes, 17 de octubre de 2022

388/ El ilustre ideologizado

Algo que siempre me ha intrigado es cómo se forja un mito. Yo me cuestiono: ¿Por qué se extenderá a lo largo y ancho del mundo una historia con tintes de ficción, no siempre inverosímil, repetida hasta el hartazgo? ¿Qué induce al hombre a fabricar semejante <<disparate colectivo>>? ¿Inventamos ficciones para sanar? ¿Son las ficciones un mero pasatiempo sin más chicha, ni intríngulis, que la otorgada por la imaginación de quien las inventa? Ignoro la respuesta a tales interrogantes. Estos no podrían responderse con garantías de acierto al centro de la diana sino de tiro errado, y hasta errabundo, me parece.

     Lo cierto es que, de vez en cuando, nos topamos con mitos distantes (pero no distintos) en tiempo y espacio. Una de esas veces es hoy. Pondré en situación al lector de esta bitácora. Abro el libro <<Historia de España contada para escépticos>> de Juan Eslava Galán, el ilustre, y leo en la página 185 (en su nota al pie): <<La princesa [Kristina, hija del rey Hâkon Hâkonsson] murió […]. En 1952 abrieron su tumba […], y apareció “la momia de la princesa bella y hermosa, con su cabellera rubia intacta, como la bella durmiente”. Cada año peregrinan a su tumba turistas noruegos con flores frescas>>.

     Con la inmediatez de un relámpago o de un flash rememoro otro libro, esta vez, de Gabriel García Márquez: <<Del amor y otros demonios>>. Lo leí el año 2013. En él se cuenta la truculenta y bella historia del cuerpo incorrupto de una adolescente. La contraportada reza: <<En 1949 el reportero Gabriel García Márquez cubrió el derribo del antiguo convento de Santa Clara. Durante el vaciado de las criptas funerarias, la sorpresa saltó al destapar la tercera hornacina del altar mayor: se desparramó una cabellera de color cobre, de veintidós metros y once centímetros de largo, perteneciente a una niña. “Mi abuela me contaba de niño la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto de mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día y el origen de este libro”>>.  

    Juzgo ambas historias idénticas. Yo las entreveo enredadas en el mismo mito: el del cuerpo incorrupto que viene a comunicarnos no sabemos muy bien qué. Al principio de los tiempos el monarca (como el emperador) era elegido por voluntad divina. Una marquesa (o princesa: caso que consigna Eslava) no quedaría demasiado lejos de ese privilegio. ¿Blanco, pues, y en botella (de vidrio fino. Transparente este)? <<De tratarse de alguien pobre otro gallo del corral de la mitología cantaría>>, parece querer decirnos el Ilustre, tan lógico (¿tan ideológico?) él. ¿Tendrá razón?…  

miércoles, 12 de octubre de 2022

387/ Un deslumbramiento (V)

EL INCONSCIENTE DEL LECTOR


Un ruido flota, alto y lejos, en el cielo de Madrid. <<¡De Madrid al cielo!>>. Un ruido que se asemeja al del viento enloquecido que arrolla con todo dejando a su paso una estela, inconmensurable, de destrucción y muerte. <<No, hombre, no; no se trata de destrucción y muerte sino de algo muy distinto: salvaguarda y libertad>>. El ruido es (sigue siendo, hoja tras hoja, ¡si será por calendarios!) atronador. No decae. No coge <<perla>>. No muestra, al oído fino del pueblo (también del populacho), vacíos. 

     Voces de admiración y jolgorio corroboran la emoción colectiva suscitada un día como hoy: 12 de octubre. Los niños están felices por la constatación del asueto académico y la previsión del juego ya, casi, inminente. No son ellos los únicos que juegan…

     Entretanto, en un contexto puramente novelesco e histórico a la vez (mejor diré: verosímil), el narrador cruel de <<La noche de los tiempos>> (Seix Barral) de Antonio Muñoz Molina enuncia lo siguiente: <<De nuevo la siniestra charlotada española, (…), la interjección cuartelera y el cornetín de órdenes, los desfiles castrenses a ritmo de pasodoble, la mugre eterna de la fiesta nacional>> (op. cit. Barcelona, 2009. Pág., 618).

     Tampoco, creo, conviene olvidar algo crucial: que la libertad de los pueblos hay que lucharla. Y esto alguien, quién lo duda, tiene que hacerlo sin temor a que llueva o ventee...

     Como diría un personaje de ficción con voz atiplada y a todas luces inocente: <<Ni confirmo ni desmiento>>. Yo solo digo lo que digo y, de paso, lo que no digo quedará serigrafiado (conjeturo) en el inconsciente del lector. O no.

miércoles, 5 de octubre de 2022

386/ El ilustre clava el clavo

La supuesta <<tontura>> de los Borbones debería ser cuestión de Estado. No lo sostengo yo. La propia Historia lo deja entrever. Yo quiero pensar que con Urraca (hija de Alfonso VI y madre de Alfonso VII) se planta la semilla que contendría el embrión de la necedad borbónica. Ciertamente la cosa empieza a torcerse con el matrimonio habido entre Juana la Loca y Felipe el Hermoso. En el libro <<Historia de España contada para escépticos>> lo registra Juan Eslava Galán: <<Otro matrimonio que traería cola fue el de las hijas de Alfonso VI, Urraca y Teresa. Las dos se casaron con sendos príncipes de Borgoña, Raimundo y Enrique, y sus hijos fundarán las dinastía de León y Portugal. Con el hijo de Urraca, Alfonso VII, entra en los reyes españoles el prognatismo mandibular de la casa de Borgoña que luego se reforzará, siglos andando, cuando Juana la Loca se case con otro príncipe de aquella casa, Felipe el Hermoso. Aquí comienzan las degeneraciones de la sangre de las casa reales de Austria y de los Borbones, fruto de repetidos enlaces consanguíneos que tantos reyes bobos, tontos y tarados ha dado a la historia de España>> (Planeta. Barcelona, 2021. Págs., 162-163).

     Situémonos, ahora, en las tripas del actual Borbón reinante. En realidad no creo que algo así sea hacedero... Hagamos, no obstante, el esfuerzo. Y bien: no parece que Felipe VI sea tonto; el padre (Juan Carlos I), sí. El padre tuvo la suerte que el listo desea: hizo una bien y esa le sirvió de renta vitalicia. ¡Menuda puntería! Para puntería la del nietísimo (Felipe Juan Froilán de Todos los Santos de Marichalar y Borbón) que se descerrajó un tiro certero en el pie…

     Lo dicho: Felipe VI parece un <<zagal>> avispado. Pero yo no me fiaría de tan benevolente impresión. El <<niño>> sabe idiomas. Sí. El <<niño>> pronuncia mejor que el padre. Sí. El <<niño>> cursó estudios de mayor rango que los del padre. Sí. Pero el <<niño>> es, como el padre, incapaz de desprenderse del papel de marras cuando lee un discurso (probablemente escrito por otro). Y digo yo: podría hacer un breve esfuerzo memorístico, de vez en cuando, para aparentar que sabe lo que dice. Pero no: ¡Pellejo hueco es esa bota! El <<niño>> lee maravillosamente y a ello se consagra cada vez que sube a un estrado para ese exclusivo menester. Lo único que habría que agradecerle al <<niño>>, sin tapujos, es que no arenga a las masas.

     Algo me dice que será cuestión de tiempo (y no de Estado) que Felipe VI acabe cometiendo la falta histórica de los Borbones: una sonada tontería. Esto, si no la ha cometido ya y nosotros andamos en la inopia y nos hemos enterado de la Misa la mitad. Dicen que <<A rey muerto, rey puesto>>. Yo prefiero esta otra expresión: <<A rey puesto, rey depuesto>>, por aquello de la <<tontura>>... No caerá, ay, esa breva.   

martes, 4 de octubre de 2022

385/ El ilustre en su laberinto

El humor de que hace gala Juan Eslava Galán me parece rancio, viejuno, maloliente. Todo él expele un tufillo suspendido a media altura que impide al lector <<moderno>> respirar a gusto. Yo ignoraba semejante agravio lector. Al ilustre jienense lo he frecuentado, varias veces, en entrevista y nunca he vislumbrado su afición al bufoneo intelectual. Cuidado: no digo humor, tal cual, sino <<bufoneo intelectual>>. No es lo mismo. El bufoneo se combate con buen humor. Lo cierto es que el populacho ríe con su vertiente <<Gracita Morales>> a la inversa y algo tergiversada: ni Gracita, sino falta de gracia, ni Morales sino (mejor aún) amorales chanzas. Todo viene a colación del siguiente pasaje: <<Entre los traficantes de “carne femenina” no faltaban los mercaderes desaprensivos que daban gato por liebre vendiendo musulmana libre por esclava cristiana. (…) El cliente, obnubilado por tanta y tan exótica belleza, paga lo que le piden por la diosa rubia (de bote) y se la lleva a casa. Aquí piden ocurrir dos cosas. Si la falsa cristiana queda satisfecha del trato y de las comodidades de su nuevo hogar, “engatusa” a su dueño para que la libere y la despose. En caso contrario, se deja de disimulos, y le advierte en correcto árabe que es musulmana y, por tanto, jurídicamente libre. El estafado comprador no tiene más remedio que dejarla en libertad pierde su dinero>>. (Juan Eslava Galán: <<Historia de España contada para escépticos. Planeta. Barcelona, 2019. Pág., 143-144). El entrecomillado me lo agencio.

     ¡Pobre hombre, <<apaleado>> por tan desaprensiva esclava!

     El lector menos juicioso se preguntará: ¿Y dónde está el problema? Entonces yo le responderé: en el tono de burla volcado, como saco de cemento armado, sobre la mujer. Juanito hace esto sistemática e insistentemente en el libro arriba mentado. No es tanto lo que dice cuanto cómo (y dónde. Y cuándo) lo dice. La coletilla <<rubia de bote>> está tan manida por el uso varonil (y mujeril) indiscriminado que ya resulta cargante recurrir a ella una vez más. Juanito la acomete de mil amores. La expresión <<carne femenina>>, perfectamente plástica, en según qué contexto puede llegar a ser hasta punzante. Juanito eleva el brazo ejecutor que clavará la punta con absoluta determinación. Que la esclava sea la que <<engatuse>> a su dueño deja bastante despejado el tufillo de que más arriba hablaba yo…

     Siempre lo he dicho y lo diré siempre: defiendo la libertad de expresión en todas sus formas y en cualquier circunstancia y contexto que se precie. Ello no me impide exigir (¡ya puestos!) un poco de elegancia a quien mal que bien lanza al espacio-tiempo mensajes verbales de diversa índole. Y, de paso, también un poco de empatía. No creo que esto atente contra la libertad de decir lo que a uno le dé la real y soberana gana sobre el asunto de que se trate. Yo procuro abrazar el Humanismo (no el feminismo, no el machismo, no el juancarlismo…). Valga, ya que de humor hablamos, la anterior humorada. 

     Así pues: ¡<<Vade retro>>, Juanito Eslava! ¡<<Vade retro>>!

miércoles, 28 de septiembre de 2022

384/ Un deslumbramiento (IV)

DEL CINE


A Ignacio Abel lo hemos dejado en el cine. El <<casquivano>> está, allí, acompañado de su hijo Miguel. Muñoz Molina escribe en <<La noche de los tiempos>>: 

     <<Miguel se ponía nervioso cuando le gustaba mucho una película, no sabía estarse quieto, se echaba hacia delante en el asiento como si quisiera estar más cerca de la pantalla, sumergirse en ella, se moría de risa o temblaba de miedo, pellizcaba a Lila, le daba puñetazos, tan embebido en la película que cuando salía del cine iba mareado, aturdido, y esa noche no había manera de que se callara cuando apagaban las luces, porque quería seguir comentando con Lila las escenas y los personajes, y cuando ella se quedaba dormida él ya estaba demasiado nervioso para rendirse al sueño, reviviendo la película, imaginando variaciones en las que él mismo actuaba como protagonista>> (Seix Barral. Barcelona, 2009. Pág., 312). 

     Qué fuerza arrolladora exhibe el cine. Logra, con ella, desestabilizar por completo un organismo humano. Impresiona saberlo; más, experimentarlo. Pareciera que uno desertara de sí mismo con un objetivo único: regresar a sus propias filas exánime y sin una idea demasiado clara de quién es. ¿Fulano? ¿Mengano? ¿Zutano? La película ha finalizado ya y uno no tiene la certeza plena de haber tomado posesión de sí. Todo se remueve en su interior: intereses, quehaceres, valores. Todo se remueve internamente pero sin desencajarse de su sitio. Certitud, esta, a la que uno llega tiempo después de irrumpir en el azogue de la pantalla la palabra <<Fin>>. Ese tiempo puede adquirir atributos de eternidad o de todo lo contrario: transitoriedad. Más lo primero: un tiempo, eterno, en que el cine se ha transformado en un arma de doble filo. Ese arma es, al par, homicida y defensora (por así decirlo). Esto no solo acaece en la infancia. También en la adultez tiene lugar semejante zamarreo y no digamos en la adolescencia. Quizá sea esta última una etapa del crecimiento humano proclive al <<apego evitativo>> (si hay autoconocimiento y la criatura se sabe vulnerable a las bravas oleadas emocionales que suscita el cine en el pobrecito espectador). Capítulo siguiente al mentado es el del sueño (cómo cuesta conciliarlo después de una velada cinematográfica de alto voltaje, sea de noche o de día, en sesión matutina o golfa: un suplicio). Pero aún quedaría otro capítulo por visionarse: el de las posibles (y probables) pesadillas. La trama y los personajes se han transformado en escenas mentales oníricas de un valor surrealista fuera de lo común que, al siguiente despertar, ya no serán recordadas (o sí). Lo cierto es que, caso de ser estas recordadas, introducirían en uno la sospecha de que tal vez haya nacido para convertirse en cineasta. Cosas más extravagantes se han visto bajo la bóveda celeste. 

     Y así se van sucediendo los días (con sus noches) del pobrecito espectador, entre sala y sala, entre crisis y crisis identitaria trivial y gozosa siempre. El inconmensurable poder del cine.

lunes, 26 de septiembre de 2022

383/ El ilustre dolorido

Juan Eslava Galán se duele en el libro <<Historia de España para escépticos>> (Planeta) del imperialismo; del imperialismo en general y del romano en particular. El escritor también se duele de la Iglesia a la que define como <<multinacional imperialista>> en un pie de página (concretamente la 89 de la edición que manejo: Barcelona, 2021), desde luego, para enmarcarlo. ¡Cuántas calamidades! Sin embargo escarbando en lo hondo, muy hondo, de su dolor halla el hombre (¡albricias!) un tesoro. Y nos dice, entonces, que los romanos nos legaron su bella lengua. ¡Ahí es nada! Yo agradezco tan generoso gesto (a los romanos y al ilustre jienense. Ya empezaba a hastiarme tanto pesimismo, tanto derrotismo, tanto… ¿izquierdismo? Ay, Juanito, ¿tú también? ¿Pero es que no hay nadie bajo la bóveda celeste capaz de sobreponerse al fenómeno ideológico? Para qué seguir). Lo curioso del tema es que Juanito se olvida, vaya usted a saber por qué, de la encomiable obra social que la Iglesia católica desempeña en buena parte del mundo. Se llama <<Misiones>>. Se llama <<Visitas a enfermos>>. Se llama <<Cáritas Diocesana>>. Se llama <<Asistencia desinteresada a los menesterosos>>. Obras, estas, que caminan de la mano de la Iglesia (esa <<multinacional imperialista>>) y sin la cual tal vez corporeizarían una ONG (a veces nido de chupópteros y malandrines de dudoso pelaje. ¡Ojo! He dicho: a veces).

     En la nota a pie de página nº 34 (de la nota, no de la página) hallamos otra carnavalada. Esta es: <<Y lo que te rondaré, morena, porque a ver qué Gobierno, por muy de izquierdas que se pregone, tiene las gónadas de aplicar la Constitución (Estado laico) y poner a la Iglesia en su sitio. No hay cojones>> (op. cit. Pág. 102).

     Juanito da por sentado que ser de izquierdas conlleva no creer en Dios. ¿Hemos, pues, de colegir que ser de Derechas conlleva lo contrario: creer en Dios? Afilada inteligencia la que nos conduce a semejante inferencia. ¡Bravo, Juanito!

     Otra perlita que suelta el insigne escritor, relativa esta vez a la religión (generalizando a todo trapo y sin pizca de vaselina), es la siguiente: <<Como las religiones monoteístas se caracterizan por no respetar a nadie que piense de manera distinta, pronto estalló un conflicto entre católicos sometidos y arrianos sometedores>> (op. cit., pág. 98).

     Resulta cuantos menos curioso que don Juan caiga de bruces en el socavón que enuncia y denuncia: la falta de respeto. Yo lo digo muy a menudo: reconozcamos que faltamos al respeto (como todo hijo de vecino) al que no piensa igual que nosotros, y ya está, con eso y un bizcocho… 

     Juanito Eslava Galán sigue erre que erre con su matraca ideológica. Yo, a colación de esto, exclamo: ¡Con su pan se lo coma! Ahora, eso sí, qué requetebién escribe el <<joío>>.              

miércoles, 21 de septiembre de 2022

382/ La Estepa "numantina"

Andalucía es tierra de valientes. Y Estepa es tierra de corajudos. Romperé una lanza en favor del sacrificio colectivo (nadie se escandalice: lo haré exclusivamente en un contexto legendario. Creo que el suicidio hay que combatirlo con apoyo psicológico y con ternura y con compasión y comprensión y sin estigmatizar a quien, fatalmente, lo lleve a efecto. El sufrimiento, mal que nos pese, a veces supera el umbral humano de tolerancia al dolor). Espero no se me malinterprete. Ahí va mi lanza rota: juzgo acto de valentía (no de cobardía) la auto-aniquilación de una sociedad para evitar ser sometida por sus invasores. Refiero el archiconocido caso de Numancia pero, también, los muy poco o nada conocidos de Calahorra y Estepa. Lástima que las tres gestas hayan sido empañadas por una realidad machacona: el interés de salvapatrias que le iba en ello al Régimen del enano, con voz de castrado, del Pardo. Grandemente convenía al Generalucho y sus secuaces extender la versión heroica de lo sucedido en vez de hacer lo propio con la otra (la vulgar): que estas sociedades fueron pasadas a cuchillo, mordieron el polvo, hincaron las rodillas en tierra y pidieron a gritos clemencia sin que esta les fuera concedida. Tal es la versión del historiador Apiano. La otra, la heroica, es la de Floro y Orosio. 

     Lean, si no, lo que sigue: “A los lectores que peinan canas (…) les resulta familiar el nombre de Sagunto y lo asocian al de Numancia, otra ciudad cuya población prefirió suicidarse en masa antes que rendirse a los romanos en -133. Entrambas gestas se mitificaron en nuestros libros de texto en los primeros tiempos de Franco, cuando el Régimen dio muestras de exacerbado nacionalismo y son hoy lugares comunes y gloriosos monumentos de la fidelidad hispánica y de la fiereza indomable del pueblo español. Como para muestra valía un botón solo se promocionó la imagen heroica de esos dos poblaciones, con olvido de otras que la igualaron y hasta las superaron. Por ejemplo, los habitantes de Astapa, hoy Estepa, (…) también prefirieron destruir la ciudad y suicidarse en masa antes que rendirla a Roma. la admirable hazaña de la Numancia celtíbera, cuyos defensores llegaron a alimentarse con carne humana, fue incluso superada en Calagurris, hoy Calahorra, donde además salaron la carne humana para comerla acecinada” (Juan Eslava Galán: <<Historia de España contada para escépticos>>. Planeta. Barcelona, 2021. Pág., 66).

     Imaginaré, ahora, que la versión verdadera de lo que sucedió en los tres parajes mentados es la heroica. Pasar el Rubicón del suicidio no está al alcance de cualquiera. Hace falta tener redaños para detener un mercancías nocturno y tan lóbrego como ese, lanzado ya, y con el solo cuerpo. O como acaso dirían los taurinos viejos: <<A puerta gayola>> (y sin pistola, añado yo). Adentrarse sin temblequeo en lo más recóndito puede ser un error pero no un mero acto de cobardía. ¿Qué razón habrá llevado a los historiadores, a los <<tertuliasnos>> (tomado de Dragó), a los politicastros de variado pelaje a ningunear unos hechos tan conmovedores como legendarios? ¿Merecen la sin par Andalucía y La Rioja menos cuota de heroicidad que Castilla y León? ¿Hay maledicencia en ese <<injustificado olvido>>? ¿La charanga y pandereta andaluzas no pueden congraciarse con el valor y el coraje humanos? ¿De verdad que no pueden? La reciedumbre castellana es harto conocida. ¿Y el <<quejío>> andaluz? ¿No es este, de sobra, viajado? El <<duende>> engendra el <<quejío>>. Sin duende, por lo demás, una sociedad estará abocada al vacío existencial. El <<duende>> es el responsable de la bravura del flamenco. Y no habrá flamenco cobarde sin menosprecio de su raza. Digamos las verdades descamisadas. Una, por ejemplo, es esta: que no todos los andaluces son flamencos. Sepa esto el mundo de una <<puñetera>> vez. Y otra: que no todos los valientes son patrióticos. La tercera en discordia es que para ser valiente, primero, hay que frecuentar el miedo. El resto son pamplinas.

viernes, 16 de septiembre de 2022

381/ Un deslumbramiento (III)

NARRADOR CRUEL


A José Moreno Villa lo leí por vez primera el año 2012. El año 2014 fue de re-lectura de una antología poética suya ofrecida por cortesía del Centro Andaluz de las Letras, vía Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, prologada por Rafael de Cózar Siervet a quien de vez en vez me cruzaba en los corredores sombríos de la antigua fábrica de tabacos de Sevilla (concretando aún más: en la Facultad de Filología de la US). Todos supimos, luego, su final fatal: Rafael feneció en el incendio que se produjo en su domicilio de Bormujos y al que, con toda probabilidad, contribuyó su copiosa librería personal. ¡Siniestra pira de libros asesinos! Cuanto menos, creo yo, loco.

     Escribe de Cózar al final del mentado prólogo: “La importancia de Moreno Villa, que tuvo admiradores entre los principales intelectuales españoles del siglo XX, no se ha correspondido con la repercusión que parecería merecer, con lo que este homenaje del Centro Andaluz de las Letras resulta oportuno” (el subrayado es mío).

     Sentencio sin piedad: la segunda expresión en cursiva (`resulta oportuno´) queda, a mi juicio, invalidada por la primera (`parecería merecer´). Podríamos concederle a de Cózar el beneficio de la duda. Erraríamos el tiro. Yo no sé por qué a Moreno Villa se le utiliza como blanco de un desprecio literario menos cruel que generalizado.

       El narrador de <<La noche de los tiempos>> no ayuda una pizca. Este enuncia: “Se veía a sí mismo [Moreno Villa] como un hombre sin ambición que había deseado demasiadas cosas, demasiado distintas entre sí. Hace falta ambición para que se cumplan los deseos: no puede uno dejar que la incredulidad y la desgana lo carcoman por dentro. Otros habían sabido concentrar sus fuerzas. Él se había dispersado, había ido de una tarea a otra como un viajante que no pasa más que unos días en cada ciudad y acaba hastiado de su nomadismo (…). Le daba tristeza no estar a la altura de lo mejor de sí mismo; no conformarse con el noble estoicismo del personaje que imaginaba, otro Moreno Villa igual de desengañado pero con el corazón mucho más sereno, poeta ya casi secreto (…)”. 

     Ya no bastaría con pardear su poesía: se requiere hacer lo propio con su personalidad. Pobre don José. Y digo yo: ¿Tan deficientes son sus versos? Algo ostenta el mediocre que no está al alcance del exitoso: su lucha, continua, contra sí mismo. Lucha de la que, sin duda, derivará un conflicto poético original. Que los demás filosofen. O que se psicoanalicen. O que se jacten de su genio verbal (como, según Borges, hacía Quevedo). Moreno Villa recurría a su mediocridad para parir hermosuras. ¿Hay algo más `humano´ que esto? Lo malo es que el Surrealismo le giró la cabeza. Y ya, con eso, se contamina cualquier fresco nacimiento acuífero poético que podamos imaginar. 

     A los posmodernos les encantará Moreno Villa… 

     Ahora, un botón de muestra de la poesía no surrealista (o sea: la chachi) del malagueño:

     

     COINCIDENCIAS


     Tiene la luna

     Belleza y frío:

     en ambas cosas

     está contigo.

     Tiene el infierno

     fuego y suplicio:

     en ambas cosas está conmigo.


     El narrador de <<La noche de los tiempos>> enuncia que Moreno Villa se aisló, vivió aislado del resto del mundo, en la Residencia de Estudiantes. Conjeturo: no solo viviría aislado sino, también, postrado. Léase el siguiente poema (más que notable) de don José:


     POSTRACIÓN


     ¿A qué seguir

     en el engaño viejo?

     ¿Por qué decir

     que el sol es viajero?

     ¿Mentiré también

     al pensar que se fueron

     madre, hermana, novia,

     juventud y ardores primeros?

     ¿No seré yo

     quien se aleja de ellos?

     Vivo,

     en efecto,

     bajo la techumbre de un hogar nuevo.

     Vivo,

     en efecto,

     bajo el dosel

     de un hogar nuevo.

     Vivo,

     en efecto,

     bajo la inminencia

     de un cambio perpetuo.

     Sigo mi órbita,

     huyendo

     de los cariños

     que me quieren sujeto.

     Todos vivimos

     huyéndonos.

     La vida es

     la careta del miedo.

     Cada hora

     es un crepúsculo nuevo.

     Cada hombre, cada cosa,

     un viajero

     que, por salvar su órbita,

     huye triunfante o maltrecho.


     “La vida es la careta del miedo”. Terrible. Escalofriante. Acaso desorbitado.

     Así, ay, sería Moreno Villa. Así, ay, no sabemos si fue Moreno Villa.

martes, 13 de septiembre de 2022

380/ Un deslumbramiento (II)

SIN CAUTELA


Ignacio Abel es un caminante que tiene miedo. Y es, por lo demás, protagonista de <<La noche de los tiempos>> (Muñoz Molina). Así lo dejan entrever las magníficas páginas que llevo cursadas de tan descomunal novela. Impresión primera y mía que más adelante podrá ser, o no, transfigurada. Esto está por comprobarse aún. Verlo a Ignacio Abel en actitud resolutiva se me antoja harto difícil. Quizá el miedo bloquee la animosidad necesaria para actuar y resolver dificultades finalmente (o para actuar, a secas, sin esa meta de la resolución en el horizonte mental del actuante). Yo no sé. Sí sé que soy conocedor a ultranza de la vida interior de este hombre. De la vida interior: manera de ser, de sentir, de pensar y de hacer. Todo, en apenas ochenta páginas. Virtud no mía sino del autor. Muñoz Molina ha fabricado, creo, un artificio narrativo muy superior a casi todos con los que hasta ahora me he topado. En esta línea cabría mencionar <<La montaña mágica>> (Thomas Mann) y <<Cien años de soledad>> (García Márquez) como arquetipos novelísticos próximos al milagro que encierra, en sí misma, la obra de Muñoz Molina. No hay prosa mejor. No hay mejor `salpimentación´ del tiempo y del espacio narrativos. No hay penetración mejor efectuada en la psique a veces triturada (por ideologizada) de los personajes y hasta del narrador. No hay, tampoco, mejor ambigüedad en la identidad de este último. Yo quisiera que este magno novelón no acabase nunca. No pretendo exhibir un juicio, por prematuro, equivocado. O desacertado. Pero se me hace imposible de toda imposibilidad no airear mi absoluto deslumbramiento tras cursar la primera línea de esta novela enorme (de esta enorme novela) del genial y humilde jienense.

     Antonio, mi gratitud (por adelantado).

viernes, 9 de septiembre de 2022

379/ Un deslumbramiento (I)

EN RED


Antonio Muñoz Molina ha escrito: “El alma de las personas no está en sus fotografías sino en las cosas menudas que tocaron, las que tuvieron el calor de las palmas de sus manos” (<<La noche de los tiempos>>. Seix Barral. Barcelona, 2009. Pág., 21). 

     Así, en efecto, es. El calor humano deja huella indeleble en todo aquello que toca. Como si perdurase su esencia en la superficie de un tejido, de un objeto, de un espacio. No solo lo palpable tiene la prerrogativa de recibir esa esencia humana en estado puro. Lo intangible, por suerte, también la tiene. Si alguien entra y se marcha de una habitación muy raramente no percibirá su presencia, en diferido, quien le vaya en zaga. Quien le vaya en zaga tendrá que poseer una especial sensibilidad para tal fin: sentir la presencia de quien ya no está (pero estuvo) presente en la habitación.

     Pocos hombres y mujeres estarán capacitados para ese milagro. Provistos de una idoneidad en la afilada captación de sutilezas, y de una breve intuición dictaminadora de certidumbres, detectarán que el espacio en que se hallan fue conquistado por una o varias almas antes de embanderarlo ellos. Esto sucede, por ejemplo, con los libros viejos: espacio tangible. Sí pero, con todo, espacio. Uno lee un libro viejo, adquirido en una librería de viejo, y `siente´ que otro lector está ahí presente entre sus páginas descoloridas. Y que lo observa. Y que, al cabo, le dice saber con exactitud lo que está pensando: no en vano él ha pasado por los mismos vericuetos literarios (un pasaje, una frase, una palabra redentora o mortificadora). Entonces uno `siente´ que está profanando un lugar, esta vez, intangible: la mente del lector que le precede. 

    Resulta extraño. La cita de Muñoz Molina no revela el motivo por que las cosas tocadas por la persona de turno deben ser menudas para que estas atesoren su esencia humana. Conjeturaré algo: la vida del protagonista, en ocasiones, dependerá de no extraviar pequeños enseres si lo que pretende es preservarla a toda costa. Acaso este hecho ayude a congraciar la menudencia del objeto con la idea de la esencia humana transmitida al mismo. Intuyo dos zonas corporales no erróneas que poseen la mayor destreza imaginable para transmitir naturalezas de este tipo: las manos y los labios. Las unas palpando, los otros, rozando. Algo restan labios y manos cuando entran en contacto con una superficie. Algo, no sé bien qué, queda en ese plano sempiternamente. Y sería impostergable. Y entonces ya nada, ni nadie, podrá jamás borrar esa huella de un rostro o del pomo de una puerta o de una camisola de seda holgada o del accionador del freno de una bicicleta o del volante de cuero repujado de un coche o de las gastadas y entintadas y manoseadas páginas de un libro. También los pensamientos del lector primero (y de los sucesivos lectores hasta llegar a nosotros) podrían estar pululando en nuestra atmósfera mental sin ni siquiera darnos cuenta…

     En esto me he quedado pensando a medida que avanzo (lo hago a buen ritmo) en mi formidable lectura de <<La noche de los tiempos>>. Preveo una obra maestra sin parangón. Veremos.          

miércoles, 7 de septiembre de 2022

378/ Desarraigo o la felicidad intranquila

Lanzo una pregunta al éter: ¿Cabe una muerte feliz? Y otra: ¿Puede alguien prefigurar la suya (su propia muerte, su propia felicidad, digo)? Federico García Lorca lo hizo: previó su último aliento en el libro <<Poeta en Nueva York>>. Esto es sabido por todos. "No me encontrarán" (o algo así: cito de memoria), escribió el poeta. ¿Y Albert Camus? Camus falleció en accidente automovilístico el año 1960. Su primera novela lleva por título <<La muerte feliz>>. Entreveo, en ella, una especie de obsesiva repetición del "coche" como motivo narrativo subyacente a la idea para mí central de la obra: una muerte dichosa en el interior de una vida apesadumbrada. El protagonista, Patrice Mersault, lucha descarnadamente entre esas dos fuerzas (muerte, vida, o tanto monta: final y principio). Puede comprobarse esto que digo en los siguientes apuntes extraídos, sin piedad, de la novela mentada: 

     Uno: "Se oyó pasar un auto por delante de la puerta […]".

     Dos: "Un coche daba una vuelta de campana […]". 

     Tres: "Le gusta conducir un coche, ¿verdad?". 

     Cuatro: "En la carretera que había enfrente los coches corrían como ratas relucientes. Uno dio un bocinazo prolongado y, cruzando el valle, el sonido hueco y lúgubre amplió aún más los espacios húmedos del mundo hasta que incluso su recuerdo se le convirtió a Mersault en un componente del silencio y del desvalimiento del cielo".

     Cinco: "Por la carretera, los coches iban más despacio".

     Seis: "[…] había perdido esa seguridad maravillosa que proporciona […] el volante de un coche".

     Siete: "[…] entre […] el deslizamiento prolongado de los coches […] la muerte resulta dulzona e insistente […]".

     Ocho: "Y eso sin contar […] con que tiene que pisar a fondo el acelerador".

     Nueve: "[…] el auto de Marsault […]". 

     Diez: "[…] el ruido de animal feliz del motor […]". 

     Once: "[…] el ruido de la velocidad". 

     Doce: "[…] el coche salía a una carretera libre […]". 

     Trece: "[…] el auto a toda velocidad".

     Catorce: "[…] soledad que […] encuentra en el coche".

     Quince: "Mersault […] llegaba a Argel en coche". 

     Dieciséis: "Mersault, entre frenazo y frenazo, […] iba a mucha velocidad".

     Diecisiete: "Cuando uno de ellos compraba un coche, elegía el más caro".

     Dieciocho: "[…] había llegado a Argel en un […] Bugatti de carreras". 

     Diecinueve: "[…] les enseñó los coches […]".      

     <<Muerte feliz>>, o sea, vida en soledad que no es nada distinto de muerte en vida. Una muerte en vida, feliz para determinados caracteres (caso del protagonista), e infeliz para otros. Y, ¿quiénes son esos otros? Fácil: aquellos para quienes la felicidad no <<implica una elección y, dentro de esa elección, una voluntad organizada y lúcida>>; o bien, <<saber humillarse y ordenar el corazón al ritmo de los días, en vez de doblegar ese ritmo a la curva de nuestra esperanza>>. Todo ello resaltando la siguiente idea truculenta: que <<hace falta un mínimo de ausencia de inteligencia para alcanzar la perfección de una vida de felicidad>>. Esto también es, así quiero yo creerlo, sabido por todos.

     

     Resignación.             

viernes, 26 de agosto de 2022

377/ El buen autor

Siempre que leo a Millás acabo topándome con una pesadilla. Juanjo parece dado a esta más que al sueño apacible. Ello, claro, si emparentamos al buen autor con sus narradores neuróticos. No sé por qué emparentar al autor con su narrador es práctica acomodaticia en el caso de Juanjo. Quizá por su aparente carácter melancólico. O por su nula vida más allá de las entrevistas y de las columnas opinantes que escribe en diversos medios (esto desde la perspectiva del lector). ¿Por qué razón pensamos que los escritores no tienen vida más allá de sus libros? El quid de la cuestión estriba en que las novelas de Millás están tan bien escritas que una vida paralela a la que ellas describen se me antoja una desfachatez iluminada y un punto cruel. O un contrasentido necio. Uno quisiera vivir esa vida aún tratándose de una pesadilla. Esto independientemente de que la suya, la real, sea rica en experiencias vivificadoras o no. La que reflejan las novelas de Millás siempre superará a la verdadera del lector.

     Un caso representativo de lo anterior: <<La soledad era esto>>. Novela de inacción. Novela, también, de tesis (no filosófica. Psicológica). Entiéndaseme: toda la trama (o casi toda la trama) transcurre en la mente de los personajes. Estos deambulan, unos, otros simplemente desplazan su cuerpo. Todos piensan todo el rato. La atmósfera psicológica es opresiva. El lector es testigo de la vuelta de tuerca progresiva, insistente, en apariencia inacabable a la que se ve sometida la protagonista antes de su ansiada reconvención. Una vuelta de tuerca emocional, además de vital, quiere decirse. La tristeza acaba invadiéndolo todo. Todo, sin embargo, es excusable en aras de un lenguaje tremendamente literario: bello y rítmico y plástico.

     <<La soledad era esto>> fue galardonada con el Nadal el año 1990. No es de extrañar que así aconteciera. La buena literatura hace al buen autor. Podría tratarse de una obra maestra en toda regla. Utilizo el condicional (no suelo agenciármelo a menudo) por una razón, creo, de peso: quién dicta hoy lo que es o no es `maestro´. No voy a mentir: el final, vago, me impide catalogar la novela como obra maestra. El resto sí se aviene a esa `etiqueta´ benigna que sin duda hará veces de llamado impostergable a su lectura. 

     Sic erat.               

lunes, 22 de agosto de 2022

376/ "Y así sucesivamente"

Y así sucesivamente, de Silvina Ocampo, me ha rentado un regusto agridulce en el paladar. Quisiera haber comprendido el libro. Me cuesta creer que lo haya comprendido finalmente. Este volumen de cuentos, veintitrés, no deja indiferente a nadie: carece de anclaje realista en los puntos de inflexión de cada ejercicio narrativo que lo forma. Quiere decirse: todo cuento de este volumen exhibe un fenómeno que escapa a la lógica pero cuya inverosimilitud no percibirá el lector sino suavizada y mediatizada por la verosimilitud de los componentes “extras” del mismo (la lógica del narrador incluida). Parece contradictorio. No lo es. La falta de comprensión lectora pierde relevancia si el lector considera tanto el lenguaje como la lógica, interna, de cada enunciado. Que un hombre de oficio jardinero, por ejemplo, introduzca la mano en la tierra y ya no pueda extraerla y por efecto del agarre y del arraigo quede convertido en árbol es un hecho extraordinario. Ese hecho extraordinario nada tendrá de extraordinario en la mente imaginativa del lector que, también discursiva, ha entendido los preliminares narrativos del cuento. Y así, dale que dale, la autora va hilvanando casi dos docenas de historias sin historia con el hilo conductor de un anclaje narrativo secundario: los elementos “verdaderos” que rodean al fenómeno ilógico. Con ello se basta y sobra Silvina. Mención especial merece, me parece, el lenguaje empleado: frases cortas y musicales y muy literarias (léase: donde dije `prisa´ digo `premura´ y donde `bondad´, `benevolencia´, por citar dos casos no inventariados en el libro). El lenguaje acaba resultándole delicioso al lector. La sintaxis es fluida pero rompedora. El léxico, de una elevada literaturización. Creo que el lenguaje salva a estos cuentos. Solo uno de ellos es comprensible a la luz de la razón. Refiero el titulado El destino. No es difícil, para el imaginativo, sacarles punta a estos veintitrés ejercicios de inconmensurable amor al género literario por antonomasia: el cuento. Sacar punta no significa necesariamente entender. 

     Dejo aquí las primeras líneas del mentado relato:

     “El Destino era una de las panaderías más limpias y ordenadas del barrio. Mejor hubiera sido no conocerla nunca.

     Esa mañana que fue el comienzo de mi desventura, fui como siempre a comprar pan con la canastilla que me regaló Ada para las compras. Me detuve en el mostrador hasta que vino Roque para atenderme con la cara empolvada de harina, con el guardapolvo almidonado, buen mozo como siempre. Yo tenía el pañuelo celeste con enanitos anudado a la cola de mi pelo. En ese momento llegó Silvio y, sin mirarme, ordenó a Roque:

     –Dame un pan casero, tres sacramentos– sobre el taco del pie izquierdo giró, se acomodó al mostrador y me clavó los ojos–. Somos compañeros de siempre, yo y Roque. A vos, a veces, siempre, te veo aquí. ¿Cómo te llamás?

     Me hice la tonta, miré para otro lado, como si creyera que no me dirigía esa frase.

     –¿El gato de comió la lengua?

     Me trataba como a una nena”.

     Lo que viene después es la perpetración de un crimen.        

miércoles, 27 de julio de 2022

375/ El `canto´ de Estela

A través de "El Aleph" 

veo tu sonrisa al recibir este libro. 

¡Que lo disfrutes, amigo!

(Agostina, Buenos Aires, 

24 de enero de 2022)


Leer un libro descatalogado supone, para mí, un acto de rebeldía. Si ese libro raya a una altura sobresaliente, su extracción del catálogo del que un día formó parte se convierte en infamia, y yo en justiciero. Estos olvidos editoriales son restos de carne quemada. La piel engurruñada, encostrada, ya no vuelve a ser la misma. Pero se trata de una quemadura gozosa. No es fuego literal que abrasa. Es fuego simbólico, alegórico, estrambótico. Y si ese libro descatalogado versa sobre el mejor escritor de la historia de la literatura universal, aquí hay que pararse, tomar aire y mentalizarse de que uno está adentrándose en un mundo que puede depararle una que otra sorpresa de zamarreo y tente tieso bravos. Yo no idolatro. Yo admiro y esto, hay que decirlo, a pocos congéneres. Especificaré ahora: a tantos como dedos tiene una mano. El espécimen que inspira esta nota siempre generó, en mí, asombro. Y una especie de estética alegría no exenta de juguetona complicidad. Quién podría sostener, hoy, que Jorge Luis Borges no era un hombre felizmente cómplice.

     Borges a contraluz (Espasa Calpe. Madrid, 1989), de Estela Canto, reúne un privilegio. El libro es, en sí mismo, un privilegio. Y el lector, que lo enfrenta, un privilegiado. Yo debo este apelativo a una de mis amigas del alma (indispensables): Agostina Lute. Representa, ella, la generosidad inusitada. No tuve más que hacerle partícipe de mi deseo de hallar un ejemplar de la obra de Canto en algún lugar del mundo, y sugerirle que ese lugar podía ser la patria `chica´ de Borges (Buenos Aires), para que se consagrara a la tarea no siempre fácil de buscar una aguja en un pajar. Ella, bonaerense de pro (del Plata), acudió a una librería de viejo de la megalópolis y entonces se hizo realidad el prodigio. Yo no daba crédito. Hacía años que mi mente rondaba la posibilidad, improbable, de leer en formato libro la obra de Canto. Agostina no solo me agenció el libro sino, además, una primera edición del mismo (de la <<Colección Austral>> de Espasa Calpe) con la dedicatoria arriba copiada. Solo una falla hallo: el lomo cuarteado y roto en su área inferior izquierda. Dentro, prima la buena salud del papel y de la tinta (erratas aparte), todavía impolutos. 

     Treinta y tres calendarios atesora el volumen y sigue legible e imperturbable. Justo lo contrario de quien se aventura por sus páginas sepias: podrá, este, quedar perturbado. Cómo zamarrea el libro. Cómo aniquila el ideal el libro. Cómo sugiere nuevas y, acaso, alocadas perspectivas el libro. Cómo empuja a indagar caminos poco trillados sobre la vida y obra de quien <<no fue feliz>>, acaparando el mayor talento literario conocido, aunque hiciera lo posible e imposible por serlo finalmente. 

     La prosa de Estela Canto es limpia, directa y cadencial, con una que otra resonancia borgiana. Esa resonancia borgiana no resta un ápice de mérito a las líneas maestras que le dan consistencia. El fondo es, por momentos, irónico. La forma, seductora. Un ensayo apto para ensoñación fina y afilada capacidad de nostalgia. También, para una extensa amplitud de miras. En él he descubierto una fenomenología no intuida por mí, años atrás, sobre Borges: no tengo motivos para dudar de la palabra de Estela. Yo podría achacarle varios despropósitos. Sin duda, serían conjeturales. No iré por ahí.

     Juzgo la sección `Cartas´, sencillamente, iluminadora. Sin embargo podría acarrear culpa al lector escrupuloso de su intimidad (por empatía con el ilustre bonaerense). Me explicaré. Nunca antes había tenido ocasión de leer una sola misiva de Borges. Ahora, he leído catorce, cada cual más breve y contemporánea: pareciera que el autor las acabara de escribir. Algo me ha llamado poderosamente la atención: escapan al estilo personalísimo de Borges. Yo pensé que hallaría una prosa similar a la exhibida en sus relatos y, tal vez, en sus artículos. Nada que ver. A estas cartas les falta complejidad, musicalidad (aunque Estela tildase al autor de inepto musical), originalidad… Esto me lleva a pensar que el bonaerense se esforzaba en dar forma y curso a un estilo acaso alejado de su verbo cotidiano. Ello lo humanizaría. Y lo apearía del pedestal del super-escritor y convertiría en un esforzado, como tantos, que llegó a la genialidad vía disciplina lectora y escritora. Me gusta pensarlo así. Puedo estar equivocado.

     No voy a reproducir, aquí, ninguna línea de tales cartas de amor. En esta bitácora he manifestado, a veces, mi aversión a la publicación de cartas de esa índole. Quiero decir: no intelectuales (o carentes de tesis), sí emocionales, que dejan a su autor en situación de absoluta vulnerabilidad. Cartas, estas, develadoras de la intimidad profunda de un ser humano que escribe cuentos y poemas como nadie. Si lo hiciera, reproducirlas aquí, traicionaría a Borges y a mí mismo. Tampoco voy a juzgar la decisión de publicarlas tomada, en su día, por Estela Canto (o por quien fuera). Allá cada cual con sus resoluciones. Solo he cometido un acto impúdico: leerlas con fruición.

     Que Borges me perdone.

jueves, 23 de junio de 2022

374/ "Gente necesaria"

A veces uno se topa con lo extraordinario sin haberlo buscado conscientemente. Otras veces, habiéndolo no solo buscado sino también requerido, lo extraordinario se le escapa a uno de entre los dedos de las manos como un rebelde pez que luchara por sobrevivir y consiguiera al fin su propósito. Buscador incansable, este, de su recién arrebatado hábitat: el agua dulce (o salada). 

     Hoy quiero dar muestra del primer caso mentado: un descubrimiento. Precisaré, por enrevesar un punto la cosa, lo que sigue: que menos se trata de un descubrimiento (siéndolo) que de un reafirmarse en las ironías de la vida con absoluto goce. O que un conocimiento olvidado y desvirtuado por puro egoísmo. O que una enseñanza arrumbada en el trastero de la conciencia, arrinconada entre cachivaches inútiles, entre miedos y olvidanzas y angustias… 

     Hablo de una perogrullada que no por serlo debería someterse a la indiferencia del homo sapiens. Y hablo, por supuesto, de un poema de Hamlet Lima Quintana cuyos versos sencillos (no simples) nos recuerdan la envergadura ética que atesoran algunos de nuestros congéneres. No estaría de más reconocer su valía driblando, por una vez, el maldito olvido que acaba tachando y tergiversándolo todo sin esfuerzo aparente. Y es que, aunque a menudo nos cueste aceptarlo o pase inadvertido, hay en el mundo gente necesaria…

     El poema arriba aludido es este:


     GENTE NECESARIA


     Hay gente que con solo decir una palabra

     enciende la ilusión y los rosales,

     que con sólo sonreír entre los ojos

     nos invita a viajar por otras zonas,

     nos hace recorrer toda la magia.


     Hay gente que con solo dar la mano

     rompe la soledad, pone la mesa,

     sirve el puchero, coloca las guirnaldas.

     Que con solo empuñar una guitarra

     hace una sinfonía de entrecasa.


     Hay gente que con solo abrir la boca

     llega hasta todos los límites del alma,

     alimenta una flor, inventa sueños,

     hace cantar el vino en las tinajas

     y se queda después, como si nada.


     Y uno se va de novio con la vida

     desterrando una muerte solitaria,

     pues sabe, que a la vuelta de la esquina,

     hay gente que es así, tan necesaria.


     Chapó. 

     Y Amén.