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domingo, 16 de mayo de 2021

353/ El Mesías no era esto

El hombre es vaina. Siento ser tan directo (o no). Toda la vida esperando la llegada de un salvador para luego darse de bruces con el uso y abuso de poder. Yo no hablo de la venida de Dios. ¡Líbreseme de ello! Tampoco, de la venida del profeta. Yo hablo de un hombre de mucha carne y poco hueso, con uno que otro cartílago, y atributos divinos y proféticos cuya principal capacidad consistiría en dirigir a la masa hacia su bienestar o su perdición independientemente de permanecer situado en la moralidad o en la inmoralidad o en la amoralidad. ¡Quita! Lo sustancial es la venida del supuesto líder. Es decir: alguien superior al resto de la humanidad, por carácter, por personalidad, por saber hacer. ¡Ptrrr!

     En esto soy contrario al dictamen de los noventayochistas. 

     Veamos… 

     Maeztu: “Sí, es preciso que surja un hombre-idea que sea al mismo tiempo el hombre-voluntad: el hombre omnipotente, mago hipnotizador que agrupe en torno suyo a cuantos anhelamos una vida más grande”.

     Ortega: “Pudo ocurrírsenos acaso, tras de alguna lectura, la sospecha de si habría en nosotros dos de esos grandes hombres que fabrican historia, señeros y adamantinos, más allá del bien y del mal”.

     Pío Baroja: “Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que, aunque sea mentira salida de nosotros mismos, parezca una verdad llegada de fuera”.

     Salaverría: “Todo el turbio ondular del río de la muchedumbre se dirige a un solo fin, que es el crear un hombre cúspide, como César, como Cristo, o como Borgia, bueno o malo, pero siempre alto. Pero toda idea de mejoramiento, de aristocracia, de dominio y perfección requiere un impulso de combate. El hombre es un animal de guerra”.

     Estas pamplinas pueden degenerar y acabar produciendo monstruos…     

     Hitler: “La providencia me ha designado para ser el gran libertador de la humanidad. Yo librero al hombre de la opresión de una razón que quería ser un fin en sí misma; lo libero de una envilecedora quimera que se llama consciencia o moral y de las exigencias de una libertad individual que muy pocos hombres son capaces de soportar”.

     Nota: las citas arriba copiadas han sido extraídas, sin piedad, del libro Biografía de la humanidad (Historia de la evolución de las culturas).

     En resolución: Sumo cuidado con lo que decimos y con lo que escribimos. Los escritores (y algunos periodistas) solemos soltar bastantes lindezas porque nos dejamos influir por el sacrosanto estilo. La forma nos forma y nos conforma. ¡Craso error! Pero, ¡divino error! Cuidado, pues, con ir uno por ahí de intelectual cuando es creativo e imaginativo sin podas ni añadidos. No crean nada de lo que digo sin contrastarlo una miaja. Contrástenlo y, posteriormente, si hallan algo de autenticidad (quiero creer que esto no es improbable) asimílenlo o deséchenlo con libertad.

     Abel Martín tenia razón cuando, según Juan de Mairena, dijo: “Limpiemos nuestra alma de malos humores antes de ejercer funciones críticas”.

     Pues eso.               

viernes, 11 de septiembre de 2015

201/ Reflexiones quijotescas VI

DEL CRITICÓN

Don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo XVI. Edición de Francisco Rico. 
     Pido permiso a la torre de control del lector para, de manera inminente, iniciar despegue con destino incierto. Ignoro adónde irá a parar este post-aeronave del demonio. Antes de alcanzar altura y velocidad de crucero aceleraré con unas palabras del Caballero de los Leones (así se hace llamar, ahora, el de la Triste Figura) al hidalgo Diego de Miranda. 
     Nota: ¡Amárrense los machos mis colegas columnistas (que no comunistas)! ¡También mis colegas poetas (que no coletas)! ¡Incluso mis colegas blogueros (que no santeros)! ¡Y no menos mis colegas criticones (que no Borbones)! Háganlo sean o no profesionales. Y vivan o no del cuento o dispongan o no de cuenta (digo: corriente). 
     La perorata a que aludo es la que sigue: “Sea, pues, la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama, que siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las ciencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mismo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales también parecen en un caballero de capa y espada y así le adornan, honran y engrandecen como las mitras a los obispos o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciera sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas; pero si hiciera sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, (…), alábele, porque lícito es al poeta escribir contra la envidia, y decir en sus versos mal de los envidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna; (…) Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos (…)”.
     Trata aquí Quijote, escribe Rico a pie de página, del ideal renacentista de la educación. A saber: la lengua y la literatura como fundamentos de la formación académica y vital. Y apunta que el criticón no debe mentar, a la hora de criticar, el nombre propio del criticado. Fulano y mengano deben quedarse en el limbo de la ocultación. 
     Ay, si Quijote levantara la cabeza… ¿Cuántos seríamos, llegado el caso, blanco de su punzante discurso? O (tanto monta), ¿cuántos destrozados por su afilada labia? No quiero pensarlo. Sobre todo por lo que a mí me toca: criticón soy, también pobrecito hablador, y por ello deslenguado y un punto impertinente. En verdad no puedo (o no quiero) evitarlo. Juzgo más divertida la incorrección política que su contraria. Acaso ésta (la, sin el prefijo “in”, corrección política) tenga algo que ver con el pensamiento único. 
     ¿Será pose? Y si lo es, que lo sea, qué más da. Y si no lo es, pecharé con las consecuencia presentes o futuras, diciendo para mí: ojalá no vaya derechito a la hoguera de Satán. Ahora que lo pienso: lo que no es nombrado, no existe. ¿A qué tanto jaleo entonces? 
    Hay otra norma de las virtudes coloquiales (que no teologales) que dicta no criticar a difuntos. Por criticables que éstos hayan sido cuando en vez de difuntos eran vivos. Es que no pueden, pobres, defenderse… No acabo de comprender esto. No lo suscribo. Y no lo suscribiré. Pregunto: ¿y si sus obras, en vez de amores, han sido o fueron odios? A pelo viene la que forjó Hitler. O Mussolini. O Stalin. O Franco. O la que aún forja (¡¿hasta cuándo?!) Fidel Castro. Que es un vivo muerto. O un muerto vivo. Como su ideal. No voy a entrar en ese jardín. Me aburre. Sólo diré para acabar que siempre censuraré a quien o lo que, a mi juicio, deba ser censurado. Esté vivo o muerto. Llega a ser necesario para mi salud mental. Y, pues, lo haré. De suyo me anima a escribir más y mejor. Y también porque me da la gana. Tres razones de peso para no dejar de hacerlo. ¿Y conmigo qué? Si nadie me critica, me critico yo solito, que es medida de oxigenación del ego. Para muestra otro botón: me tengo por el más inocentón de la corte española de los plumillas. Ea. Dicho y auto-criticado queda y quedo respectivamente. ¡A otra cosa!