miércoles, 2 de abril de 2025

473/ Sólo Moguer...

La última entrega en forma de aliento poético que hizo a la humanidad Juan Ramón Jiménez fue Moguer. Moguer: librito de versos y prosas, no pueblo, no patria chica del poeta; pero, también, Moguer patria chica del poeta y pueblo y todo lo imaginable del corazón del hombre. Un libro que es pueblo que, a su vez, es libro. ¡Cuántas horas y días y semanas y meses y años no pasaría yo en Moguer pueblo…! Valga la especificación: cuatro ensoñados años. Más concretamente: los de la Secundaria y el Bachillerato. Cuatro ensoñados años de compañerismo puro y de amistad enseñoreada de la alegría individual y, por supuesto, de conjunto. Como el poeta, cuando me asomaba a la azotea de mi piso de San Juan del Puerto, veía lo que él veía cuando a la suya se encaramaba. Escribe el Nobel: <<Veía por encima de las casas de enfrente la Rábida embozada en pinares verdeoscuros y el mar espadeando entre ellos; Huelva con sus cabezos granas, sus vapores y sus muelles negros; los montes suaves, perlas, de la sierra de Aracena, lejos, por encima de las marismas inmensas; San Juan del Puerto, largo, con su estación del tren entre los eucaliptos; Beas chiquito, Lucena tapado, Bonares después, casi Niebla (…)>> (op.cit. Fundación JRJ. Huelva, 1982. Pág., 196).

     Todos y cada uno de los enclaves mencionados por Juan Ramón en el poema en prosa titulado Granadilla, tú… tuve yo el buen tino de pisar con mis pies de plomo. Repito: todos. Con mis pies de plomo de adolescente casi onubense e inigualable y pleno de sol de abril de Sevilla la llana. Remembranzas, sí… Memoria de un adolescente soñador y enamoradizo, como lo fue el poeta, respirador absoluto de un aire oloroso a marisma y a celulosa acentuadas… Y el azahar al fondo, a unos ochenta o noventa kilómetros de allí, donde se erige Sevilla embellecida (esplendorosa).

     Compartí con Juan Ramón atmósfera espiritual, sensual, quinceañera y resplandeciente. Él recaló, luego, en Hispalis (como yo. Apostillaré, ahora, algo: yo salí <<de>> y recalé <<en>> Hispalis. Aquí acaban nuestros paralelismos). Más tarde, el poeta arribó a Madrid, ciudad literaria entre las ciudades literarias; sólo Buenos Aires se le arrima un ápice. A veces pienso que Juan Ramón escribió todos sus versos para que los leyese un servidor de (casi) nadie; y, esto, sólo. Tal es la fusión <<mágica>> que experimento con la obra del <<Andaluz Universal>>. Me ocurre lo mismo con Federico y la suya (su obra); no así con Rafael y la suya (más marinero, éste, que hortelano); Miguel Hernández era, creo, el verdadero hortelano; con todo y que la obra del poeta del Puerto de Santamaría la juzgo sublime. El último en discordia sería Antonio Machado (con él comparto <<recuerdos de un patio de Sevilla...>>. Eso es todo. No es baladí).

     Moguer libro ha supuesto para mí un nuevo (y gozoso) encadenamiento a la obra sin par de Juan Ramón. O, por mejor decir, un recordatorio sentimental y espiritual ha supuesto para mí leer la obrita con alas (pero desprovista de pico torvo) Moguer. Más en esta época del año (<<Abril, sin tu asistencia clara, fuera/ invierno de caídos esplendores…>>) en que visito regularmente el campo por circunstancias que no vienen a cuento. Situarse en pleno campo uno y no representársele mentalmente la lectura juanramoniana de rigor, de hace un rato, resulta poco menos que imposible. Un calorcillo visceral recorre, entonces, el fuero interno del lector… Es como si la habitual melancolía juanramoniana fuese subsumida por la no menos habitual, y juanramoniana, belleza. Sólo por esto habrá merecido la pena leer Moguer o cualquier otro título del <<Andaluz Universal>>; ése a quien tanto gustaban las minorías… Reténgase, un momento, bien en la memoria esto: campo, silencio, soledad lírica...


     ¡Moguer!