martes, 24 de marzo de 2026

504/ El mejor párrafo de la literatura universal

Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!

     Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).

     Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo: 

     <<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).

     Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!

lunes, 9 de marzo de 2026

503/ No más que talento

La maldad puede generar apego y felicidad si, por lo que sea, permanece enmascarada. La víctima será feliz mientras dure el disfraz. Lo que no es tan común (por índices estadísticos pírricos) es que la víctima caiga y recaiga, una y otra vez, en las garras y fauces del malvado de turno. Justo lo que acontece al protagonista de Travesuras de la niña mala (Alfaguara. Madrid, 2011), de Marito Vargas LLosa; por nombre (el del protagonista, digo): Ricardo Somocurcio. También victimario él. Nadie lo olvide.

     Lo verdaderamente prodigioso de la novela más arriba mentada no es el argumento, la trama, el perfil de los personajes… No. Lo verdaderamente prodigioso es que el lector asume la tensión y distensión interior del protagonista masculino (el femenino no es sino la propia <<niña mala>>) y vuelve, una y otra vez, a caer en las fauces sedientas de vísceras y en las garras afiladas de aquélla (aunque Somocurcio, en un momento dado, también suelta la zarpa…) con el corazón abultado de amor (desde la perspectiva de este servidor de casi nadie: <<defectuoso amor>>. ¡No se pega a quien se quiere!). O, tanto monta: sintiéndolo, todo, en carne viva y propia. No se trata de ninguna personalidad definida y propensa a aceptar desmanes y abusos. No. Se trata, más bien, del gigantesco talento literario del autor. Botón de muestra:

     <<–Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, ¿cuanto hubiéramos durado, Ricardito?

     –Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.

     Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva:

     –Qué ingenuo y qué iluso eres –silabeó, desafiándome con sus ojos–. No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.

     –¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?

     –Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricardito. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar.

     Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor.

     –Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más>> (op.cit. Págs., 100-101).   

     Una novela que ha dejado a este servidor de casi nadie con el lastre del personaje protagonista pegado a la piel sin poder deshacerse de él, víctima, así, de la víctima-victimario. ¡Una inconveniencia literaria en toda regla!