lunes, 11 de mayo de 2026

507/ Post a tiempo real (o traicionero impulso)

(Ahora mismo)


El exceso de aplauso, a veces, hace dudar al lector-crítico. Refiero el que prodiga un autor a otro u otros autores y el lector-crítico lo lee. Más aún tratándose de un biógrafo. Es el caso de Ian Gibson y de su libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca. Yo no hablo de un exceso de aplauso a mi Federico (algo inconcebible. ¡La grandeza de la obra del poeta de Fuente Vaqueros merece todos los aplausos habidos y por haber!). No. Yo hablo del prodigado a Federico García Rodríguez (padre, yo no sé si de genio, del genio absoluto de la Vega granadina). Gibson, en un pasaje de la obra mentada, describe con fervor desmedido y no sé si con visión trasnochada a Federico García Rodríguez, que era (se ha apuntado) el padre de Federico García Lorca. Algo me rechina en ese retrato. ¿Puede un ser humano rozar, siquiera, la perfección? ¿Puede un ser humano asemejarse a Dios?

     Escribe Gibson en ese pasaje: <<García Rodríguez era tolerante, sensato, moderado en sus juicios, dispuesto siempre a echar una mano a quien le hiciese falta y dotado de una dignidad innata, de un buen sentido del humor y de una total ausencia de presunción. No es sorprendente que, con tales cualidades, llegaría a ser muy respetado en toda la comarca. También se le admiraba por excelente jinete y por manejar bien la guitarra, que tocaba con sentimiento en las reuniones en las que se recreaba aquella numerosa familia>> (op.cit. Pág., 28).

     

(Después de <<ahora mismo>>)

     

     Uy, reparo en que junto a la palabra <<familia>> han colocado un 57. Este 57 remite a una nota recogida en el índice de notas de la obra de Gibson (volumen II). La nota reza: <<Mora Guarnido (1958), p. 18; Francisco García Lorca, p. 56; conversación con doña Isabel García Lorca, Madrid, 16 de marzo de 1983; OC, III, p.496>> (op.cit. Pág., 601). Inmediatamente, pienso: ¡Tate! Esto no lo firma Ian. ¡Lo firma Isabel! Enseguida, me he arrepentido del primer párrafo de este post, pero no lo he borrado (a las pruebas me remito). He hecho examen de conciencia y, después, he sentenciado: ¡Algo así no puede volver a suceder!

     No, no hay que lanzarse a la <<pileta>> sin antes cerciorarse de que en ella hay agua. El calamorrazo se presume monumental (de no haber agua, o haberla escasamente). Menos mal que, en el último instante, me ha dado por aproximarme al borde y echar una ojeada al fondo…

     Vayan, ahora y aquí, mis más sinceras disculpas a Ian Gibson. 

     Federico, seguro estoy, sonreirá con mi pifia dondequiera que esté.             

miércoles, 29 de abril de 2026

506/ Amor no escuchado

A MJ Bullock


El mejor elogio: <<Hablas como un personaje lorquiano>>. Y, ¿por qué es el mejor elogio? La respuesta se me antoja simple. Los personajes de Lorca son, en potencia, poetas magníficos. Y son líricos. Todos, desde el hombre de campo acostumbrado a trabajar la tierra, hasta la muchacha ingenua que sirve en la casa de un terrateniente, pasando por el propio terrateniente o su esposa o sus hijos; da lo mismo. La poesía se mastica entre mendrugos de pan, se la enfunda uno a modo de chaquetilla flamenca cuando cae la noche en el terruño, salta de su conejera como un gazapo sensual en busca de una cópula infinita… 

     Poesía fundamentada en la imagen, en la metáfora, en el símbolo. En la pasión. 

     Hay múltiples ejemplos de esto que digo en la obra de Federico. Esos personajes viven consumidos por el fuego (pasional) de la tragedia. Podría pensarse que alguno escapa de ésta por la puerta trasera: la de lo tangencial, accesorio o marginal. ¡Nada más lejos! Todos (casi sin excepción) sufren íntegra, trágica, poéticamente. Cierto es que, dentro de esa cuasi-totalidad, hay algunos que sólo rozan el dolor (por ejemplo: la vieja alegre de Yerma) de modo episódico. Rozar el dolor no es, en modo alguno, darle esquinazo sino más bien allegársele con el alma entornada y no abierta de par en par. Otro ejemplo: la muchacha que anuncia la llegada de los novios a una tienda donde compran lo que necesitan para la boda, pues tienen posibles, en Bodas de sangre; acaba llorando, momentos después de la anunciación, por una brusquedad de Leonardo. 

     El caso de Bodas de sangre no es particular. El personaje que, a mi juicio, más sufre (la madre del novio) no muere a lo largo del desarrollo de la obra. Esto se aprecia en otras tragedias de Federico. Una manera como cualquier otra de rizar el rizo (de subrayar una idea esencial): no hay sufrimiento mayor que el que no se extingue con la muerte. Al espectador (al lector) le queda la ardua sensación de que lo trágico, al concluir la obra, sigue estando presente y no va a desaparecer de fácil manera. También, una visión estoica como otra cualquiera. Los personajes lorquianos son trágicos y son estoicos: soportan el dolor con suma entereza. No se derrumban a las primeras de cambio. Luchan contra la sociedad, contra sí mismos (caso de Yerma en Yerma y de la novia en Bodas de sangre), contra el sistema. Y todo ello (por así decir) desde el plano de la heroicidad: el del mantenimiento, a rajatabla, de la honra. De este modo se aseguran de que nadie pueda hablar de lo que hablar nadie debe. No siempre les sale bien la jugada (recuérdese el rol de las lavanderas, en Yerma).  

     Escribió Federico (Bodas de sangre; acto segundo, cuadro primero):

     <<LEONARDO. Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

     NOVIA. (Temblando). No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás>>.  

     Matrimonio por conveniencia; amor no escuchado. De resultas: tragedia viva. Hechos reales llevados a la ficción, a la literatura, al teatro con visos de arte supremo. Amor no escuchado: el peor amor imaginable por encima, incluso, del estorbado. Ay.                   

lunes, 13 de abril de 2026

505/ El corazón en el tiempo

Un nasciturus es <<un pájaro vivo apretado en la mano>>. Vale. Un consejo para una embarazada es no andar mucho y respirar suave <<como si [tuviera] una rosa entre los dientes>>. Vale. ¿Y qué? ¡¿Cómo <<y qué>>?! Dos imágenes éstas (soberbias. Todo hay que apuntarlo) que Federico fabricó y aireó, después, en Yerma como dos soles de primavera. Dos ejemplos, palpables, de una singular sensibilidad humana. Dos rasgueos de guitarra en la Andalucía profunda al desmayar el sol. Dos sorbos robustos de limonada en una cantina de pueblo, en España, en el 36. Y la puerta de la esperanza abierta de par en par. Y el miedo acechando…

     Yerma (Cátedra. Madrid, 2025) prefigura, por así decir, <<aspectos>> de un pasado lejano aunque no remoto. Y, también, <<aspectos>> de La casa de Bernarda Alba. Yerma, mujer neurotizada, lleva a un extremo las consecuencias de su dolor de madre en potencia (pero sólo en potencia: quid de la trágica cuestión) y eso la libera idealmente. El mantenimiento de la honra hace veces de desencadenante brutal. Lo mismo sucede con Bernarda que, por amor desmesurado a la honra, conduce hasta un final trágico a quienes en teoría más ama ella: sus hijas.

     Escribió, libérrimo, Federico: <<¡Calla, calla, si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver a atrás ni la luna llena sale al mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré. ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme para que nunca me hables más. Yo no busco>> (op.cit. Pág., 112).

     La imposibilidad de lo que por natura se presume insoslayable (la concepción y el parto), creencia desaforada ésta, amarga el corazón y envenena la razón de Yerma: mujer neurotizada y <<energuménica>> (Ildefonso-Manuel Gil dixit); pero también mujer incomprendida y vapuleada por una cuestión espaciotemporal que escapa a su humano control: la honra. 

     Hoy Yerma no habría caminado, la planta de los pies en carne viva (pies, por cierto, volátiles), por ese vía crucis de excitado anhelo (peor aún: de enajenación secular). Hoy Yerma habría conservado la razón gracias a una emancipación del statu quo imperante menos radical que imprescindible. Hoy Yerma habría olvidado el trágico asunto y desempeñado otros menesteres. Y, ¡menos mal! Porque de no ser así, hoy, Yerma no tendría el corazón en el tiempo…

martes, 24 de marzo de 2026

504/ El mejor párrafo de la literatura universal

Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!

     Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).

     Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo: 

     <<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).

     Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!

lunes, 9 de marzo de 2026

503/ No más que talento

La maldad puede generar apego y felicidad si, por lo que sea, permanece enmascarada. La víctima será feliz mientras dure el disfraz. Lo que no es tan común (por índices estadísticos pírricos) es que la víctima caiga y recaiga, una y otra vez, en las garras y fauces del malvado de turno. Justo lo que acontece al protagonista de Travesuras de la niña mala (Alfaguara. Madrid, 2011), de Marito Vargas LLosa; por nombre (el del protagonista, digo): Ricardo Somocurcio. También victimario él. Nadie lo olvide.

     Lo verdaderamente prodigioso de la novela más arriba mentada no es el argumento, la trama, el perfil de los personajes… No. Lo verdaderamente prodigioso es que el lector asume la tensión y distensión interior del protagonista masculino (el femenino no es sino la propia <<niña mala>>) y vuelve, una y otra vez, a caer en las fauces sedientas de vísceras y en las garras afiladas de aquélla (aunque Somocurcio, en un momento dado, también suelta la zarpa…) con el corazón abultado de amor (desde la perspectiva de este servidor de casi nadie: <<defectuoso amor>>. ¡No se pega a quien se quiere!). O, tanto monta: sintiéndolo, todo, en carne viva y propia. No se trata de ninguna personalidad definida y propensa a aceptar desmanes y abusos. No. Se trata, más bien, del gigantesco talento literario del autor. Botón de muestra:

     <<–Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en París, ¿cuanto hubiéramos durado, Ricardito?

     –Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.

     Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva:

     –Qué ingenuo y qué iluso eres –silabeó, desafiándome con sus ojos–. No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo serás, por desgracia.

     –¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?

     –Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricardito. De lo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar.

     Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor.

     –Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más>> (op.cit. Págs., 100-101).   

     Una novela que ha dejado a este servidor de casi nadie con el lastre del personaje protagonista pegado a la piel sin poder deshacerse de él, víctima, así, de la víctima-victimario. ¡Una inconveniencia literaria en toda regla!

viernes, 20 de febrero de 2026

502/ Pájaros cantores

Yo soy lector empedernido de Federico García Lorca. Con él compartí, con él, parajes de infancia. Yo olí el mismo aire de chopos que él olió. Yo degusté el mismo sabor del lomo en orza y de la morcilla y del chorizo que él degustó. Yo palpé el mismo hervor helado de la Sierra Nevada que él palpó. Y, ahora, yo leo la misma prosa temprana y talentosa que él leyó (porque, claro, antes la escribió. Risas). Una joya literaria y editorial. Un tesoro que pocos acabarán poseyendo. Federico García Lorca nunca falla. Federico García Lorca habla, en sordina (sin estrépito), al mundo. Y yo, cómo si no, de Mi alma no cabe en mí (Altamarea, 2025). 

     Qué huella maravillosa dejó en tales páginas mi Federico. <<Mi pueblo>>, <<mi escuela>>, son hitos que al lector (es decir: a un servidor de casi nadie) evocan un pasado afín al del poeta; al lector (como un servidor de casi nadie) que haya compartido la nieve y el lomo y el chopo y el paraje con él, con el poeta. Otro no tendrá ese privilegio.

     Venero la prosa de Federico García Lorca, su cadencia, su plasticidad, su léxico a la vez sencillo y profundo. Vayan dos botones de muestra…

     Uno: <<En esas noches los hombres sienten más los bordoneos sangrientos de una guitarra. En esas noches las viejas sentadas en sus puertas cuchichean historias pasadas y aconsejan a alguna muchacha en su amor. En el invierno los chopos están sin voces y el olor es de agua estancada y de paja quemada en los hogares…>> (op.cit., pág., 10).

     Y dos: <<Encima de la chimenea brillaba el cobre y el burdo cristal. Olía a membrillo y a morcillas que estaban opuestas a secar en la lumbre. Todos los gañanes llegaban muy despacio y sentándose gallardamente liaban dos cigarros con solemnidad de reyes. Como entonces no había luz eléctrica la cocina era iluminada por un velón de cuatro mecheros puesto sobre una mesa donde se dormían los gatos>> (op.cit., pág., 19).

     La emoción se desborda; pero no suelta, esta, de la mano al intelecto; al contrario: lo lleva asido (y al lector, transido). ¿A dónde? A lo profundo, a lo hondo, a <<donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora…>> (Cernuda dixit). 

     Pero en esos años infantiles que rememora el poeta en el librito mentado los jardines no solo tenían aurora sino que, además, permanecían rebosantes de gritos… 

     ¡Los de los pájaros cantores!             

jueves, 5 de febrero de 2026

501/ Una distopía utópica (II)

Decíamos ayer…

     Eso: que la calle es el mejor escaparate de la condición humana. Y que, también, lo es de la alienación del hombre (y de la mujer, del niño y de la niña). Mujeres y hombres (y niñas y niños) como castillos, a punto están de tropezar con otros (o con cualquier cosa), por ir literalmente metidos en la pantalla del teléfono móvil mientras andorrean por la calle. ¿Qué sentido tiene algo así?

     Si solo fuera eso…

     Carmen Güaita, asomada a La ventana, avista un panorama dantesco: el ser humano <<movido por hilos>>. La Inteligencia Artificial provee esos hilos. El ser humano vulnerable, el que menos recursos dinamiza porque carece de ellos. Un ser humano (diríamos hoy) de segunda fila. El otro (el perteneciente a la élite social), no. Ese se libra de todo mal. Ese se sitúa por encima del bien (Derechos humanos) y del mal (vulneración de los Derechos Humanos). A él nada, o eso parece, le afecta; salvo una cosa: la <<Resistencia>> del oprimido que, en realidad, no es sino su alter ego.

    ¡Qui resistit, vinci! 

martes, 20 de enero de 2026

500/ Una distopía utópica

Permítaseme que, hoy, empiece por el final: Lean a Carmen Guaita Fernández (Cádiz, 1960); lean sus libros, sus ojos, su claridad mental. Repetiré, ahora y aquí, su nombre (para los olvidadizos): Carmen Guaita Fernández. Improbable (cuando no imposible) no emocionarse hasta el tuétano con las historias que narra esta maestra de niños y filósofa y novelista y miembro de la ONG Delwende, que desarrolla proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica. Emoción e idea inextricablemente unidas en una literatura humanista (¡esto sin dudarlo!) por los cuatro costados. Fáciles, sencillas letras; belleza menos formal que de fondo y todo en contextos cercanos a lo social (cuando no sociales, directamente); rebosantes, todos ellos, de Conditio humana (o Condición humana).

     El 19 leí Todo se olvida (Khaf). El 26 leo La ventana (Khaf). Obras diferentes ambas, con un nexo común: las luces y las sombras del ser humano alienado, ciego, (o por decirlo amablemente) distraído. Entonces, en el 19, yo me dije: <<He de seguir leyendo, sí o sí, a Carmen Guaita>>. Hoy, felizmente, lo he cumplido. 

     Las historias de Carmen no dejan indiferente a nadie. Es más: inmiscuyen a todo quisque en la problemática tratada; tratada, se entiende, literariamente. Yo hablo de novela, no de ensayo; de ficción, y no de otra cosa. Aunque lo narrado tenga visos de realidad y acapare análisis y reflexión (y aún experiencia personal, de la autora, claro); también belleza, intuición creadora, inspiración de raíz divina acapara…

     Y en todo ello hay, desde luego, compromiso con el ser humano.

     La ventana versa sobre la alienación del hombre (de la mujer. Del niño y de la niña) que, fatalmente, ha acabado siendo absorbido por la Inteligencia Artificial. Una distopía no tan distópica. Más utópica que distópica la juzgo. 

     ¡Salgan (o entren. Eso depende…) y vean! La calle es el mejor escaparate.


     Continuará…            

jueves, 15 de enero de 2026

499/ Páginas tempestuosas

Hombre reseco da literatura reseca; hombre liviano, literatura liviana. Juan Goytisolo no era liviano: su literatura es pesada, de calidad (mucha. Infinita calidad), pero pesada como ella sola. El ejemplo perfecto: Paisaje para después de la batalla (Espasa, 1999). Novela experimental, según algunos; obra maestra, según otros. Como si tanteo y excelencia no pudiesen ir de la mano. En fin. Novela infumable. Novela lingüísticamente maravillosa, mas, ay, intelectualmente soporífera (entre sus páginas de viento y arena y pedrusco incluye temas arduamente sensibles que harían vomitar a una cabra: pederastia, abuso sexual, pornografía infantil…). ¡Basta! Suficiente tuve ya con Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025), de Mariana Enriquez, para ahora y aquí sumar y seguir con un tema tan perturbador (y oscuro) como ese. ¡Quita! ¡Luz clara (aún transparente) es lo que yo necesito aquí y ahora! Sea. Pero antes…

     …antes he de apuntar algo al respecto del libro de Goytisolo.

     Goytisolo pone de manifiesto en Paisaje para después de la batalla algo, para mí, primordial: en qué consiste la misantropía más enojosa, al otorgarle protagonismo a un misántropo pedófilo cuyo perfil psicológico (tres palabras más adelante lo hallarán) no tiene desperdicio: <<El solitario vecino del Sentier no sólo ha reducido la comunicación con su mujer a una serie de notas que desliza a diario bajo la esterilla de su apartamento –por no hablar ahora de otros medios clandestinos, inconfesables y perversos–, sino que ha dejado de frecuentar a la totalidad de sus antiguos colegas y amigos desde la muerte de su compatriota músico y compositor: no descuelga el teléfono, no responde a recados ni cartas, ha desactiva el timbre de la puerta y, cuando algún visitante obstinado golpea esta última con los nudillos, retiene el aliento, se hace el muerto, escucha con una sonrisa satisfecha el crujido del entarimado y las pisadas que se alejan por el pasillo, camino del ascensor. Si por desgracia da en la calle con algún osado, se cala el sombrero, acelera el paso, finge no escuchar su llamada y si el pelmazo insiste, corre tras él, pronuncia su nombre, acerca su jeta odiosa, le contesta sin ladear la cabeza ni tomarse la molestia de cambiar la voz: se equivoca usted, señor mío; la persona que busca no soy yo>> (op.cit., pág., 59).  

     Y todavía más adelante: <<La cultura a la que pertenezco acaba de ser barrida por un azar de la historia –una posible hecatombe natural, quizá una malhadada explosión atómica–, y yo soy su único representante y testigo>> (op.cit., pág., 124).

     Léase: el ombliguismo del indecente encerrado en sí mismo.

     Pregunto: ¿Se inspiraría Goytisolo en Richard Burton Matheson?

     Muchos en la piel de toro se verán retratados en estas soberanas líneas. Entre 

bostezo y bostezo hay algún destello de luminosa ejemplaridad.