miércoles, 29 de abril de 2026

506/ Amor no escuchado

A MJ Bullock


El mejor elogio: <<Hablas como un personaje lorquiano>>. Y, ¿por qué es el mejor elogio? La respuesta se me antoja simple. Los personajes de Lorca son, en potencia, poetas magníficos. Y son líricos. Todos, desde el hombre de campo acostumbrado a trabajar la tierra, hasta la muchacha ingenua que sirve en la casa de un terrateniente, pasando por el propio terrateniente o su esposa o sus hijos; da lo mismo. La poesía se mastica entre mendrugos de pan, se la enfunda uno a modo de chaquetilla flamenca cuando cae la noche en el terruño, salta de su conejera como un gazapo sensual en busca de una cópula infinita… 

     Poesía fundamentada en la imagen, en la metáfora, en el símbolo. En la pasión. 

     Hay múltiples ejemplos de esto que digo en la obra de Federico. Esos personajes viven consumidos por el fuego (pasional) de la tragedia. Podría pensarse que alguno escapa de ésta por la puerta trasera: la de lo tangencial, accesorio o marginal. ¡Nada más lejos! Todos (casi sin excepción) sufren íntegra, trágica, poéticamente. Cierto es que, dentro de esa cuasi-totalidad, hay algunos que sólo rozan el dolor (por ejemplo: la vieja alegre de Yerma) de modo episódico. Rozar el dolor no es, en modo alguno, darle esquinazo sino más bien allegársele con el alma entornada y no abierta de par en par. Otro ejemplo: la muchacha que anuncia la llegada de los novios a una tienda donde compran lo que necesitan para la boda, pues tienen posibles, en Bodas de sangre; acaba llorando, momentos después de la anunciación, por una brusquedad de Leonardo. 

     El caso de Bodas de sangre no es particular. El personaje que, a mi juicio, más sufre (la madre del novio) no muere a lo largo del desarrollo de la obra. Esto se aprecia en otras tragedias de Federico. Una manera como cualquier otra de rizar el rizo (de subrayar una idea esencial): no hay sufrimiento mayor que el que no se extingue con la muerte. Al espectador (al lector) le queda la ardua sensación de que lo trágico, al concluir la obra, sigue estando presente y no va a desaparecer de fácil manera. También, una visión estoica como otra cualquiera. Los personajes lorquianos son trágicos y son estoicos: soportan el dolor con suma entereza. No se derrumban a las primeras de cambio. Luchan contra la sociedad, contra sí mismos (caso de Yerma en Yerma y de la novia en Bodas de sangre), contra el sistema. Y todo ello (por así decir) desde el plano de la heroicidad: el del mantenimiento, a rajatabla, de la honra. De este modo se aseguran de que nadie pueda hablar de lo que hablar nadie debe. No siempre les sale bien la jugada (recuérdese el rol de las lavanderas, en Yerma).  

     Escribió Federico (Bodas de sangre; acto segundo, cuadro primero):

     <<LEONARDO. Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

     NOVIA. (Temblando). No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra, y sé que me ahogo, pero voy detrás>>.  

     Matrimonio por conveniencia; amor no escuchado. De resultas: tragedia viva. Hechos reales llevados a la ficción, a la literatura, al teatro con visos de arte supremo. Amor no escuchado: el peor amor imaginable por encima, incluso, del estorbado. Ay.                   

lunes, 13 de abril de 2026

505/ El corazón en el tiempo

Un nasciturus es <<un pájaro vivo apretado en la mano>>. Vale. Un consejo para una embarazada es no andar mucho y respirar suave <<como si [tuviera] una rosa entre los dientes>>. Vale. ¿Y qué? ¡¿Cómo <<y qué>>?! Dos imágenes éstas (soberbias. Todo hay que apuntarlo) que Federico fabricó y aireó, después, en Yerma como dos soles de primavera. Dos ejemplos, palpables, de una singular sensibilidad humana. Dos rasgueos de guitarra en la Andalucía profunda al desmayar el sol. Dos sorbos robustos de limonada en una cantina de pueblo, en España, en el 36. Y la puerta de la esperanza abierta de par en par. Y el miedo acechando…

     Yerma (Cátedra. Madrid, 2025) prefigura, por así decir, <<aspectos>> de un pasado lejano aunque no remoto. Y, también, <<aspectos>> de La casa de Bernarda Alba. Yerma, mujer neurotizada, lleva a un extremo las consecuencias de su dolor de madre en potencia (pero sólo en potencia: quid de la trágica cuestión) y eso la libera idealmente. El mantenimiento de la honra hace veces de desencadenante brutal. Lo mismo sucede con Bernarda que, por amor desmesurado a la honra, conduce hasta un final trágico a quienes en teoría más ama ella: sus hijas.

     Escribió, libérrimo, Federico: <<¡Calla, calla, si no es eso! Nunca lo haría. Yo no puedo ir a buscar. ¿Te figuras que puedo conocer otro hombre? ¿Dónde pones mi honra? El agua no se puede volver a atrás ni la luna llena sale al mediodía. Vete. Por el camino que voy seguiré. ¿Has pensado en serio que yo me pueda doblar a otro hombre? ¿Que yo vaya a pedirle lo que es mío como una esclava? Conóceme para que nunca me hables más. Yo no busco>> (op.cit. Pág., 112).

     La imposibilidad de lo que por natura se presume insoslayable (la concepción y el parto), creencia desaforada ésta, amarga el corazón y envenena la razón de Yerma: mujer neurotizada y <<energuménica>> (Ildefonso-Manuel Gil dixit); pero también mujer incomprendida y vapuleada por una cuestión espaciotemporal que escapa a su humano control: la honra. 

     Hoy Yerma no habría caminado, la planta de los pies en carne viva (pies, por cierto, volátiles), por ese vía crucis de excitado anhelo (peor aún: de enajenación secular). Hoy Yerma habría conservado la razón gracias a una emancipación del statu quo imperante menos radical que imprescindible. Hoy Yerma habría olvidado el trágico asunto y desempeñado otros menesteres. Y, ¡menos mal! Porque de no ser así, hoy, Yerma no tendría el corazón en el tiempo…