miércoles, 27 de enero de 2016

218/ Las fuentes

¡EJEM!

Pasaje del cuento de Rudyard Kipling cuyo título reza: Sin pasar por la vicaría… 
     “La madre bajó las escaleras arrastrando los pies y, en su ansia por hacer acopio de los enseres domésticos, se olvidó de llorar su pérdida. Holden se quedó junto a Amira mientras la lluvia golpeaba en el tejado. El ruido le impedía pensar con claridad, por más que lo intentaba. Cuatro fantasmas con sábanas blancas entraron en la habitación, chorreando, y lo miraron fijamente a través de sus velos. Eran los encargados de lavar a los difuntos. Holden salió de allí y fue en busca de su caballo. Reinaba en el exterior una calma asfixiante y muerta, y Holden se hundía en el barro hasta lo tobillos. El jardín se había convertido en una charca azotada por la lluvia y repleta de ranas; un torrente de agua amarilla corría por debajo del portón, y el viento rugía, disparando la lluvia como perdigones contra las paredes de adobe. Pir Jan tiritaba en su cabaña, junto al portón, y el caballo no paraba de piafar con inquietud bajo el aguacero”.
     Instintivamente he pensado, al leerlo, en Gabriel García Márquez. En su estilo. La lluvia golpeando el tejado. La calma asfixiante y muerta de la calle. El jardín convertido en charca. Las ranas de esa charca. El caudal de agua amarilla corriendo bajo el portón. La lluvia o un arsenal de granos de plomo que impactan contra paredes de adobe. 
     Pregunto: ¿bebería el colombiano del británico? ¿O, como sostiene Borges en alguno de sus ensayos (me refiero a la idea, y no al de Bombay, y no al de Aracataca), justificaría Márquez el advenimiento de Kipling?
     ¡Ejem!    

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