miércoles, 15 de marzo de 2017

257/ Los cerdos de Orwell

El principito es uno de mis libros de cabecera. Muchas veces lo he frecuentado. Leído ha sido por mí como un niño y como un hombre. La primera lectura me encandiló. La última la cursé ayer. Y me salió al paso esto (Cap., IV): “Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo”. También esto otro (Cap., XXI): “He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y todavía esto (Cap., XXV): 
     “–En tu tierra –dijo el principito– los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
     –No lo encuentran…– respondí. 
     –Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua…
     –Seguramente– respondí. 
     Y el principito agregó:
     –Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”.  
     Hay una sentencia que aireo y que hallé, a modo de rótulo del pórtico del templo de El camino del corazón (Fernando Sánchez Dragó. Éste la rescata del Popol-Vuh), que dice: “Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón, no se equivoca nunca”. Cierto. Doy fe. Puede ocurrir, además, que el amigo no elija el mentado camino. Lo desprecie. Opte por otro. El de la propia conveniencia. El de la tranquilidad inter pares. El del ocultamiento de sentimientos (e ideas) en aras de esa tranquilidad inter pares. Alguien sufre. Sí. Alguien sufre. Ese alguien puede reaccionar y abandonar el camino del Popol-Vuh. Obviarlo. Elegir uno distinto... 
     Ouroboros. 
     Y así transcurren horas. Días. Semanas. Meses. Años. Y así llega a término una amistad.
     ¿Quién es culpable de ello? Yo no sé. Pero acción-reacción-repercusión es tríada con, me parece, sentido. Enuncio: nos revolcamos por el piso de la porqueriza de nuestras ideas y de nuestros sentimientos como los cerdos de Orwell.

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