Permítaseme que, hoy, empiece por el final: Lean a Carmen Guaita Fernández (Cádiz, 1960); lean sus libros, sus ojos, su claridad mental. Repetiré, ahora y aquí, su nombre (para los olvidadizos): Carmen Guaita Fernández. Improbable (cuando no imposible) no emocionarse hasta el tuétano con las historias que narra esta maestra de niños y filósofa y novelista y miembro de la ONG Delwende, que desarrolla proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica. Emoción e idea inextricablemente unidas en una literatura humanista (¡esto sin dudarlo!) por los cuatro costados. Fáciles, sencillas letras; belleza menos formal que de fondo y todo en contextos cercanos a lo social (cuando no sociales, directamente); rebosantes, todos ellos, de Conditio humana (o Condición humana).
El 19 leí Todo se olvida (Khaf). El 26 leo La ventana (Khaf). Obras diferentes ambas, con un nexo común: las luces y las sombras del ser humano alienado, ciego, (o por decirlo amablemente) distraído. Entonces, en el 19, yo me dije: <<He de seguir leyendo, sí o sí, a Carmen Guaita>>. Hoy, felizmente, lo he cumplido.
Las historias de Carmen no dejan indiferente a nadie. Es más: inmiscuyen a todo quisque en la problemática tratada; tratada, se entiende, literariamente. Yo hablo de novela, no de ensayo; de ficción, y no de otra cosa. Aunque lo narrado tenga visos de realidad y acapare análisis y reflexión (y aún experiencia personal, de la autora, claro); también belleza, intuición creadora, inspiración de raíz divina acapara…
Y en todo ello hay, desde luego, compromiso con el ser humano.
La ventana versa sobre la alienación del hombre (de la mujer. Del niño y de la niña) que, fatalmente, ha acabado siendo absorbido por la Inteligencia Artificial. Una distopía no tan distópica. Más utópica que distópica la valoro.
¡Salgan (o entren. Eso depende…) y vean! La calle es el mejor escaparate.
Continuará…
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