Yo no soy lector asiduo de ensayos. Empiezo a dar tímidos pasos en ese terreno pantanoso del querer y no poder literario (o sea: de la búsqueda de belleza y descripción, a la vez y por escrito, de la triste condición humana; también, oralmente… ¡Más por escrito! Así entiendo yo la literatura de alto vuelo) o de un sí pero no constante y quejumbroso: el de la consecución de un estilo y, por extensión, de un arte (la <<escritura absoluta>>). Juzgo crucial el tema del ensayo; más, el estilo del autor. No puedo (ni quiero) quitarme de encima el sambenito, mega-utilizado por todos, de: <<Letraherido>>. Diré: ¡A mucha honra!
Los ensayos carentes de una propuesta estética determinada me interesan poco. ¡Muy poco! Los libros de conocimiento (ayer, sapienciales) exigen, al lector, una predisposición escasamente estética. Yo esto no lo concibo. Leer, para moi, es disfrutar (perdón por la rima). Extasiarse. Deleitarse con palabras bien hiladas. Todo eso es (¿idealmente?: <<Tiré al ideal y no le di...>>) leer. También hay quien lee de oídas… El caso es que yo requiero placer estético cuando leo (o releo) literatura. No todos los ensayos cumplen con tan personal e intransferible requerimiento.
Ignoro si Letras torcidas (Debate. Barcelona, 2026), de Juan Cristóbal Peña, cumple o no con el requerimiento personal e intransferible más arriba mentado. Apenas llevaba leídas sesenta páginas y, todavía, no alcanzaba a discernir lo uno (el conocimiento) de lo otro (el arte). Acaso porque lo evidente es el conocimiento y lo invidente (¡por ninguna parte <<evidente>>!) el arte. Una cosa es escribir bien; otra muy diferente, hacer literatura. Yo no sé si Juan Cristóbal Peña hace o no hace literatura. Letras torcidas atufa, en todo caso, a literatura comercial (o tanto monta: superficial. De pasatiempo). Un fiasco.
Léase a modo de patrón: <<Un día después, cuando ya estaban de regreso en Santiago, felicitándose por el éxito de la operación, la prensa informó que un pintor de brocha gorda había sido encontrado muerto por asfixia en Concepción, amarrado de pies y manos, en el contexto de lo que parecía ser el robo de equipos electrónicos fiscales. Los tres fueron llamados de urgencia a dar explicaciones por un enviado de la directiva del movimiento>> (op.cit. Pág., 83).
Algo del libro me ha llamado vigorosamente la atención. Y es: la inclusión en su cuerpo (tatuaje forzado) de la descripción del fondo (no de la forma) de unos cuentos escritos por Mariana Callejas (protagonista del ensayo) que desconozco si el lector agradece o rechaza de plano. Yo, lo segundo. De qué me sirve a mí (lector cauto) conocer el argumento de un cuento incrustado en el discurso de un ensayo cuyo subtítulo reza: La doble vida de Mariana Callejas: escritora y agente de Pinochet. Uno pudiera pensar: aireando el autor del ensayo los argumentos de esos cuentos, el lector podrá hacerse una idea fidedigna del carácter de la protagonista del mismo. Sin rebozo: esto es y no es así. ¿Qué está, pues, pasando en este vallado?
Pasa que Juan Cristóbal Peña muestra, a ojos del lector, un atisbo de la supuesta sensibilidad de quien aparte de escribir se dedicó al crimen organizado. ¿Una paradoja (nunca mejor dicho) de libro? ¡No hay tal paradoja! A cuento de este cuento se me vienen a la cabeza varios nombres ilustres aquejados de un gran lastre ético: Camilo José Cela (¿pederasta apologeta y empedernido?); Charles Bukowski (¿maltratador machista?); Juanito Manuel de Prada (¿burlador mayor de la República de las Letras españolas, cuando no universales? Permítaseme que me ría…); Anne Perry y Pauline Parker (ya sin interrogantes que valgan: asesinas, ambas).
Esto abre un jugoso melón y lo pone encima de la mesa de debate literario. ¿Las narraciones de ficción son reflejo del carácter del autor? La respuesta se me antoja difícil. Yo diría: Depende. ¿De qué? De si se trata de un autor consciente o inconsciente de su obra. ¿De perogrullo? No. Sí, ¡la eterna encrucijada! Lo último: el ensayo se lee como una novela mala de espías, de pistoleros, de terroristas y demás gente selecta. Ni lo uno (ensayo) ni lo otro (novela) es; ¡ojo!, no en su poso (el que escasamente deja, dejará, en el lector sibarita) ni en su arte.
¡Un <<Muy deficiente>> para Letras Torcidas! Sin más.