jueves, 5 de enero de 2023

397/ Cartas juanramonianas (IV)

SER DE OBJETIVIDADES


Las cartas de Juan Ramón Jiménez (incluidas aquellas en las que el poeta da rienda suelta a su ira, como él mismo dice, en respuesta a algún agravio de terceros) me parecen deliciosas. Y, de entre todas ellas, especialmente las que hablan de su patria chica: Moguer. Su (mi) querido Moguer. Cuatro años imborrables pasé yo en <<la luz con el tiempo dentro>>: los del bachillerato, los de la amistad, los del amor adolescente desbocado y lleno (a rebosar) de ensoñaciones de escritor en ciernes…

     No abundaré en ese tema.

     Hoy traigo a escena dos pasaje breves de las cartas de JRJ. Es sabido por todos que Juan Ramón nunca tuvo pelos en la pluma. Siempre dijo cuanto creía que debía escribir. Sin remilgos de ninguna clase. Sin temores que se precien. Tampoco su pueblo escapó a la crítica encarnizada (quizá no tanto en el caso que nos ocupa) que el mejor de nuestros líricos cursó una vez sí y otra también contra todo y contra todos. Y, de paso, mostraré una vanidad del escritor sabedor de su preponderancia en el mundillo literario de la época y de cada época…     

    La crítica (extracto de una carta a Luis Bello fechada en Madrid, el 7 de diciembre de 1927):

     <<No sé si piensa usted insistir sobre Moguer, aunque me figuro que si llegó usted por Huelva, le quitarían allí las ganas, según vieja costumbre de la capital choquera que le viene anulando día tras día y en todas formas desde hace muchos años. Moguer, a pesar de su actual y lamentable decadencia, de la que le corresponde parte a algunos moguereños, sigue siendo a mi juicio el pueblo más interesante, hermoso y atractivo de la provincia, incluyendo, naturalmente, a su anodina capital>>.

    La vanidad (otro extracto de la carta mentada más arriba):

     <<(…) Mi libro [“Platero y yo”] circula por escuelas, colegios y universidades de España y del extranjero –y gracias a ello mi Moguer es amado en el mundo (…)>>. 

    Juan Ramón: hombre de contrastes brutales. Tan fiero como tierno. Tan amoroso como odiador. Tan libre de los demás como esclavo de sí mismo. Genio y, desde luego, figura. No figurón, nadie se equivoque: figura rotunda y absoluta de los ruedos literarios.     

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