Leer cualquier novela esperpéntica de Valle Inclán tira por tierra la convención literaria más extendida desde que el mundo es mundo: el Realismo puro y duro (demasiado puro, a mi parecer, y ya que estamos: duro no, durísimo). Y lo hace desde el efectismo más duro y puro (poco duro me parece, la verdad) que hay: la dramatización. La novela se convierte, así, en puro (pero no duro) teatro. Y ya ahí todo es felicidad (dentro del drama, se entiende); quien lo probó lo sabe (Fernando de Rojas, por ejemplo, lo supo…). ¡Qué absoluta maravilla del retablo de las maravillas literarias es El trueno dorado, de Valle! Novela teatralizada, sí, pero más que teatralizada plástica. O mejor todavía: palpable. El lector palpa con sus propias falanges a los personajes sintiéndolos ennoblecerse o degenerarse (más lo segundo, quizá) conforme la trama avanza. ¡Gozoso itinerario lector!
Leer a Valle no es leer a un autor más, diré, del montante de los buenos. No. Leer a Valle es leer al más grande manejando el léxico y la sintaxis del español (con el permiso de Borges). Yo lo catalogaría a Valle (y permítaseme la sinonimia) así: Saltimbanqui del lenguaje y funambulista de la escena. Esto cuando escribía en clave esperpéntica. Las obras ajenas al esperpento, siendo sobresalientes, no alcanzan la excelencia literaria de aquellas otras que muestran la realidad deformada de los espejos cóncavos (no <<con clavos>>; aunque, un poco, sí) y convexos (no <<con besos>>; aunque, se diría, siempre arrojan alguno al aire).
Escribió Valle el mejor párrafo de la literatura universal. Este de más abajo:
<<El moribundo arañaba el cobertor, y aquella cotilla se levantó oficiosa para cruzarle las manos. Experimentó un sobresalto supersticioso al descubrir las verdes pupilas del gato inmóviles en lo alto del ventanillo. Corretona y furtiva volviose adonde estaba. Desde allí dirigió una mirada al camastro. El moribundo, bajo las lucientes pupilas del gato, desenredaba los dedos con torpe lentitud, y otra vez arañaba el remendado cobertor. Respiraba con anhelante ronquido (…)>> (op.cit., textos.info. Pág., 49).
Mera pincelada, el párrafo arriba expuesto, de lo que en esencia (y no menos en presencia) es El trueno dorado: novela teatralizada desternillante y ferozmente crítica con el liberalismo imperante en España en la época isabelina. Acaso menos desternillante que crítica; acaso menos crítica que formalista. ¡Literatura, nadie lo olvide, es (ante todo y sobre todo) forma! Forma que, en el caso que nos ocupa, se reviste de exageración. ¡Caricatura en estado (pero esta vez sin acotación que se precie) puro y duro!
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