jueves, 27 de febrero de 2020

314/ Alta metaliteratura

Contaba yo dos decenas de abriles cuando leí un libro de Carmen Martín Gaite. Han caído chuzos de punta. La lista unimembre ha engrosado: son, ya, dos libros de Gaite. Impresión mía: fascinación sin tacha. El segundo es este: El cuarto de atrás (obra maestra). El primero fue este: Irse de casa (una obra más).  
    El cuarto de atrás no es hacedero. Entraña el mismo la dificultad de manejar (no manosear. ¡Buda me libre!) la propia biografía para ejecutar arte con ella. Un riesgo veo: la posible (no probable) falta de interés del lector. ¡Oh! 
     Escribir auto-ficción es arriesgado desde diversos flancos. Uno: la incomprensión ajena. Otro: la vulnerabilidad del autor ante la sandez ajena. Otro: la indiferencia ajena. La vida de los escritores no interesa a todo quisque. Cuando esa vida se cifra en pensamientos y sentimientos (no en acciones) todo adquiere otro cariz. 
     Merece la pena (creo) pasar el Rubicón.
     Permítaseme una apostilla (no quisiera sembrar la duda en el corazón de nadie): juzgo El cuarto de atrás una agudeza de la auto-ficción y de la metaliteratura. Nada más (nada menos). Cada párrafo genera un cúmulo de ideas y sensaciones difícilmente “maleable” para el lector medio. Otro riesgo es este: perderse en desvaríos espacio-temporales que a ningún sitio (y a todos. ¡Hablamos de alta metaliteratura!) conducen. Un viaje psicodélico (casi) en toda regla.  

jueves, 30 de enero de 2020

313/ El asombro

A Gabriel Cruz

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. 
     Viajaron al sur.
     Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
     Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad del mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
     Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
     –¡Ayúdame a mirar!” (Eduardo Galeano).
     El texto arriba copiado me ha conducido al mágico terreno de la ambigüedad. Hay gente que no lee (¿por qué?). Literatura y belleza casan. Aquella no rehúsa lo pluralmente significativo, ni la música, ni la pintura. Ni el deleite. Ni el conocimiento. Este (el conocimiento) no es prerrogativa suya (de la literatura). Tampoco debe serlo. Quizá el ensayo se haga eco de ello. Y qué. Estaría, el conocimiento digo, cojo. Por subjetivo (¿no es así?).
     Cuántas veces he sentido el asombro de Diego ante la inmensidad de la vida. Juzgo inefable lo que, para mí, supuso abrir la puerta de la literatura. Accedí a la dependencia que tras ella sucede y ya no quise partir de ahí nunca.   
     Eduardo (dondequiera que estés. Y como dice el Loco): mi gratitud.
     Gabriel (dondequiera que estés, ángel, ángel blanco): tú juega…  

lunes, 30 de diciembre de 2019

312/ El camino del "adulante"

Lo digo a veces y repito ahora: alabo la literatura infantil. Esta supera a la otra en calidad. Acaso lo idóneo no sea situarse en la infancia. Tampoco en la adultez. Sí, en la adulancia: estado del alma de algunos artistas y escritores. No lo experimentan quienes sueñan dormidos. Juzgo impropio del niño no saber qué camino seguir. No así del adulto. Adulto: babieca preocupado eternamente y ajeno a la alegría (aunque él crea lo contrario. ¡Bah!). 
     A juzgar por este archiconocido pasaje... 
     
     “–¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
     –Eso depende de a dónde quieras ir – respondió el gato.
     –Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde… – dijo Alicia.
     –Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas– contestó el gato.
     –… siempre que llegue a alguna parte– añadió Alicia tratando de explicarse.
     –Oh, te aseguro que llegarás a alguna parte– dijo el gato– si caminas lo suficiente”.

     ...la Alicia de Carroll, me parece, no era tan niña.     
     Y el adulto de Rodari, por su parte, no lo era tanto si nos atenemos al siguiente cuento:

     "TAXI PARA LAS ESTRELLAS

     Una noche el taxista Compagnoni Peppino, de Milán, terminado su turno de servicio, iba conduciendo despacito para llevar el coche al garaje, abajo, por la zona de Porta Genova. No se sentía demasiado contento porque había hecho pocas carreras y tuvo más de un cliente caprichoso (…). Y en esto un señor le hace una señal.
     –¡Taxi, taxi!
     –Entre, señor– el Compagnoni Peppino frenó rápidamente–. Pero voy hacia abajo, hacia Porta Genova, ¿le viene bien?
     –Vaya donde quiera, pero deprisa". 

     Lo dicho: seamos "adulantes" (o tanto monta: soñadores vigilantes).  

martes, 19 de noviembre de 2019

311/ Joan Margarit

Infinitamente satisface mi anhelo que hayan concedido el Cervantes a Joan Margarit. Lo merecía. Por altura poética. Por honestidad poética. Por humanismo poético. Pocos especímenes reúnen la tríada mencionada (altura, honestidad, humanismo). Legión son quienes alardean de poetas (sin serlo). ¿Qué está pasando? Yo no sé. Pero yo sé algo: que, hoy, proliferan poetas y falta poesía. O tanto monta: abundan los textos poéticos que aspiran a ser poemas (sin lograrlo). Diré más: los “poetas” que no saben lo que dicen (Señor, ay, perdónales) rebosan el vaso de la tolerabilidad lectora. 
     Sí: el lector ostenta más paciencia que Job. 
     Joan no solo sabe lo que dice, por añadidura, lo dice bien y poesía es cuanto dice. 
     Un botón de muestra:

     ÚLTIMO PASEO     

     Ya no comía. Y se me caía el cabello.
     Estaba todo el día con los ojos cerrados.
     Pero salí al balcón de madrugada
     y alguien desde la acera, bajo un árbol,
     me habló con una voz como la de mi madre,
     que dormía en su cama junto a mí.
     De repente no estaba ya cansada
     y bajé sin muletas a la calle.
     Nunca había podido andar así.
     Sentí que me volvía la alegría:
     cayó la enfermedad como una piel
     sudorosa, dejada allí en la calle.
     Nunca pude sentirme tan ligera.
     Miré hacia atrás, a mi balcón,
     la baranda como una partitura.
     Dije adiós a mi padre y a mi madre.

     La vida me eligió para su amor.
     También la muerte.

     Creo que la honestidad debería erigirse en rasgo principal de la poesía. Ciertamente yo no se la exijo al poeta. ¡Mal hecho! Tampoco el humanismo. ¡Muy mal! Sí, la altura poética.
     Verbum Dei.

lunes, 28 de octubre de 2019

310/ "Yo, señora, soy de Quevedo"

Tengo a bien ponderar la maestría verbal de Quevedo. No deja esta de sorprenderme por más que mis ojos descifren, línea tras línea, cualquier texto del autor (quiero decir: quien mucho abarca… errores halle…). Baste este botón de muestra extraído del Buscón para verificarlo: “No lo había acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas, con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto de ante debajo de una rodilla suelta y llena de cintas, zambo de piernas, a lo águila imperial, la cara con un per signum crucis de inimicuis suis, la barba de ganchos, con unos bigotes de guardamano, y una daga con más rejas que un locutorio de monjas (…)”.
     Me agencio el subrayado. Definámoslo ahora:
     1. Mulatazo: rufián y, también, experimentado con la espada. 
     2. Presas: “colmillos”, aquí, usado en un sentido metafórico (`la espada´). 
     3. Coleto: prenda de vestir semejante a un chaleco. 
     4. Per signum crucis de inimicuis suis: expresión tomada de la fórmula para persignarse que significa `con una cicatriz que le habían causado sus enemigos´. Es un ejemplo de la jerga del hampa de la época.
     5. Guardamano: adorno (o guarnición) de la espada. Quevedo, aquí, lo emplea en un sentido hiperbólico.
     En resolución: una metáfora, una hipérbole, un giro de germanías en ocho renglones. Unos y otros se encabritan y arremeten con la cantinela de que El Buscón es forma y no fondo o forma con fondo difuso y, a veces, claro. Yo sostengo lo segundo. Léanlo y comprueben si me asiste o no razón.