martes, 20 de enero de 2026

500/ Una distopía utópica

Permítaseme que, hoy, empiece por el final: Lean a Carmen Guaita Fernández (Cádiz, 1960); lean sus libros, sus ojos, su claridad mental. Repetiré, ahora y aquí, su nombre (para los olvidadizos): Carmen Guaita Fernández. Improbable (cuando no imposible) no emocionarse hasta el tuétano con las historias que narra esta maestra de niños y filósofa y novelista y miembro de la ONG Delwende, que desarrolla proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica. Emoción e idea inextricablemente unidas en una literatura humanista (¡esto sin dudarlo!) por los cuatro costados. Fáciles, sencillas letras; belleza menos formal que de fondo y todo en contextos cercanos a lo social (cuando no sociales, directamente); rebosantes, todos ellos, de Conditio humana (o Condición humana).

     El 19 leí Todo se olvida (Khaf). El 26 leo La ventana (Khaf). Obras diferentes ambas, con un nexo común: las luces y las sombras del ser humano alienado, ciego, (o por decirlo amablemente) distraído. Entonces, en el 19, yo me dije: <<He de seguir leyendo, sí o sí, a Carmen Guaita>>. Hoy, felizmente, lo he cumplido. 

     Las historias de Carmen no dejan indiferente a nadie. Es más: inmiscuyen a todo quisque en la problemática tratada; tratada, se entiende, literariamente. Yo hablo de novela, no de ensayo; de ficción, y no de otra cosa. Aunque lo narrado tenga visos de realidad y acapare análisis y reflexión (y aún experiencia personal, de la autora, claro); también belleza, intuición creadora, inspiración de raíz divina acapara…

     Y en todo ello hay, desde luego, compromiso con el ser humano.

     La ventana versa sobre la alienación del hombre (de la mujer. Del niño y de la niña) que, fatalmente, ha acabado siendo absorbido por la Inteligencia Artificial. Una distopía no tan distópica. Más utópica que distópica la valoro. 

     ¡Salgan (o entren. Eso depende…) y vean! La calle es el mejor escaparate.


     Continuará…            

jueves, 15 de enero de 2026

499/ Páginas tempestuosas

Hombre reseco da literatura reseca; hombre liviano, literatura liviana. Juan Goytisolo no era liviano: su literatura es pesada, de calidad (mucha. Infinita calidad), pero pesada como ella sola. El ejemplo perfecto: Paisaje para después de la batalla (Espasa, 1999). Novela experimental, según algunos; obra maestra, según otros. Como si tanteo y excelencia no pudiesen ir de la mano. En fin. Novela infumable. Novela lingüísticamente maravillosa, mas, ay, intelectualmente soporífera (entre sus páginas de viento y arena y pedrusco incluye temas arduamente sensibles que harían vomitar a una cabra: pederastia, abuso sexual, pornografía infantil…). ¡Basta! Suficiente tuve ya con Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025), de Mariana Enriquez, para ahora y aquí sumar y seguir con un tema tan perturbador (y oscuro) como ese. ¡Quita! ¡Luz clara (aún transparente) es lo que yo necesito aquí y ahora! Sea. Pero antes…

     …antes he de apuntar algo al respecto del libro de Goytisolo.

     Goytisolo pone de manifiesto en Paisaje para después de la batalla algo, para mí, primordial: en qué consiste la misantropía más enojosa, al otorgarle protagonismo a un misántropo pedófilo cuyo perfil psicológico (tres palabras más adelante lo hallarán) no tiene desperdicio: <<El solitario vecino del Sentier no sólo ha reducido la comunicación con su mujer a una serie de notas que desliza a diario bajo la esterilla de su apartamento –por no hablar ahora de otros medios clandestinos, inconfesables y perversos–, sino que ha dejado de frecuentar a la totalidad de sus antiguos colegas y amigos desde la muerte de su compatriota músico y compositor: no descuelga el teléfono, no responde a recados ni cartas, ha desactiva el timbre de la puerta y, cuando algún visitante obstinado golpea esta última con los nudillos, retiene el aliento, se hace el muerto, escucha con una sonrisa satisfecha el crujido del entarimado y las pisadas que se alejan por el pasillo, camino del ascensor. Si por desgracia da en la calle con algún osado, se cala el sombrero, acelera el paso, finge no escuchar su llamada y si el pelmazo insiste, corre tras él, pronuncia su nombre, acerca su jeta odiosa, le contesta sin ladear la cabeza ni tomarse la molestia de cambiar la voz: se equivoca usted, señor mío; la persona que busca no soy yo>> (op.cit., pág., 59).  

     Y todavía más adelante: <<La cultura a la que pertenezco acaba de ser barrida por un azar de la historia –una posible hecatombe natural, quizá una malhadada explosión atómica–, y yo soy su único representante y testigo>> (op.cit., pág., 124).

     Léase: el ombliguismo del indecente encerrado en sí mismo.

     Pregunto: ¿Se inspiraría Goytisolo en Richard Burton Matheson?

     Muchos en la piel de toro se verán retratados en estas soberanas líneas. Entre 

bostezo y bostezo hay algún destello de luminosa ejemplaridad.

martes, 16 de diciembre de 2025

498/ Los patinazos de un Nobel

¿Era Rudyard Kipling buen conocedor de España (o mejor aún: de lo español)? Permítaseme que lo dude… En el libro Viaje al Japón, el Nobel anglo-indio menciona España (mejor diré: lo español) una que otra vez, no sin patinazo. Dos (dos patinazos), para ser exactos, sufrió. Helos aquí; uno: <<<–Yo diría que la frente arqueada, la nariz ganchuda y los ojos juntos (el tipo español) son la cepa de los rajputs, mientras que el japonés con cara de alemán es el khattri, la clase más baja>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 109), y dos: <<España es artística, pero también ella se ve perturbada a intervalos>> (op.cit. Ediciones Folio, S.A., pág., 153).

     Apuntaré, primero, algo sobre el último patinazo. Qué quiso dar a entender Kipling con el término <<perturbada>> es materia de misterio. ¿Acaso España perdió el juicio? En algunos ámbitos, sí. Pero, ¿en el arte? No sé, no sé. Tal vez Kipling se refería (con ese término) a los ramalazos de razonamiento lógico que, de vez en cuando, irrumpen e interrumpen el discurso artístico de rigor (nadie olvide que España es el país del Realismo: una forma aburrida y gris, como cualquier otra, de hacer literatura).

     En cuanto al primer patinazo, ¿hay un tipo humano por cada nación? Puede ser, pero…, ¿la nariz ganchuda no es patrimonio de los romanos? Y los ojos juntos, ¿no lo es (patrimonio, digo) de los asiáticos?

     Los patinazos de un Nobel tienen su intríngulis. Concedámosle el beneficio de la admiración. Señor Kipling (doquiera que esté usted): ¡Mi gratitud!        

jueves, 4 de diciembre de 2025

497/ Un "dudoso" prólogo

Flaco favor el que hace Emili Olcina a Kipling y, por extensión (no por contracción; pues, de ser así, situaría yo el sello editorial por encima del autor…; cosa, esta, necia de solemnidad), a <<Laertes SA de Ediciones>> (2001) y a <<Ediciones Folio S.A.>> (2004). Yo no había leído jamás un prólogo (para el caso: firmado por Emili Olcina) que dejase en peor lugar la obra prologada (para el caso: Viaje al Japón, de Rudyard Kipling).

     Ejemplo de lo apuntado (en referencia a Viaje al Japón): <<Obtiene un texto de una amenidad extraordinaria, compuesto de fragmentos vivos y coloristas que, sin embargo, no están lo bastante bien cosidos, por la inconsistencia de los hilos narrativos; no hilvana bien porque está desorientado… (…)>> (op.cit., pág., 27).

     Otro ejemplo de lo apuntado (en referencia al autor de Viaje al Japón): <<(…) de ahí que, como un beodo, perciba dos Japones contradictorios allí donde un japonés vería un solo Japón que hierve de contradicciones; tan sólo con esa visión única y conflictiva, desde dentro tanto de sí mismo como del Japón, su texto podría adquirir una cohesión interna sin la cual le faltará la fuerza necesaria para subir a los niveles más altos de la creación literaria>> (op.cit., pág., 29).

     Y, ahora, voy yo y pienso: ¡Deseando leer Viaje al Japón! (Risas). No. Diré que aún sabiendo lo que Emili Olcina escribe en el <<falso>> prólogo haré el esforzado intento de leer Viaje al Japón. Según Olcina, el autor anglo-indio era racista, otro incentivo para leer Viaje al Japón. Aún sabiendo también esto último, haré el voluntarioso esfuerzo de leer la obra de Kipling. 

     Alabo la valentía de Olcina (y de las dos editoriales más arriba mentadas); reniego del lugar elegido para verter crítica literaria: un prólogo. El prólogo debería ser espacio de análisis reflexivo e introductorio de una obra; y no, en modo alguno, tribuna de opinión; por muy bien escrita (es el caso, en forma, no en fondo) que esté esa tribuna. 

jueves, 20 de noviembre de 2025

496/ Terror, no. Crudeza

Erra generosamente quien coloca etiquetas a la literatura. Erra generosamente quien registra géneros literarios. Al lector antiacadémico, sin embargo, todo esto le trae sin cuidado. Ahora dicen que Mariana Enriquez <<hace>> Terror. Yo no sé si lo que Mariana Enriquez <<hace>> o deja de <<hacer>> es esto o aquello de más allá; yo sí sé que su prosa, sencilla y lúcida, linda con lo repulsivo (apelo, aquí, a lo <<repugnante>> sólo); mejor aún: describe, sin lindezas, lo repulsivo. Un botón de muestra de su libro Cómo desaparecer completamente (Anagrama, 2025): <<Él no había estado en el momento del tiro, pero había visto la sangre después y… parecía que hubieran descuartizado animales en la habitación. Todo salpicado de sangre: la pared, las sábanas, la mesita de luz, el espantoso detalle de los rostros de dientes y hueso de la mandíbula por el suelo, eso sí lo había visto>> (op.cit., pág., 48). Que a esto se le pueda llamar <<Terror>> es, me parece, más un ejercicio de libertad expresiva e imaginativa que otra cosa. Del mismo modo podría llamársele <<Gore>>. O: <<Mal gusto>>. O: <<Decir las cosas como son>>. O: <<Valentía>>. O: <<Incorrección política>>. O: <<Escrupulosa, pura, observación externa>>. O, por qué no: <<Crudeza>>; así, a secas.  

     Lo que Mariana Enriquez <<hace>> es, <<sin género>> de duda, escribir bien. El gallego tóxico metía todo en el mismo saco y lo denominaba así: <<Literatura>>. Le concedieron el Premio Nobel; algo del tema sabría… Dejémonos de pamplinas academicistas y enfrentémonos a la prosa o al verso desde una postura des-encorsetada (libre). En ningún momento me ha embargado la sensación, leyendo a Mariana Enriquez, de estar ante un texto encajonado en el género <<Terror>>. ¿Invalida mi sensación la generalizada (por uso masivo…) etiqueta? Posiblemente, no; pero la deja en entredicho (para mí; solo para mí…). ¿A alguien se le ocurriría describir el cine de Tarantino (cine y literatura están íntimamente emparentados; nadie lo olvide…) como <<de Terror>>? 

     Únicamente vislumbro una justificación loable de esa etiqueta: que la vida sea, en última instancia, terrorífica. Ese es el tipo de vida que Mariana Enriquez describe en su libro Cómo desaparecer completamente; pero dentro de la vida terrorífica, a veces, brilla un haz de luz. Lo subrayaré: <<Lucía se empezó a reír y Matías se dio cuenta de que a él también le daba mucha risa, así que se rió también, y los dos terminaron agarrándose la panza, dejando los cigarrillos en el cenicero para non quemar la cama, tan flojos los ponía reírse>> (op.cit., pág., 114). Botella de oxígeno para el lector sensible. O: Suspiro de alivio. Tanto monta.

     Leer a Mariana Enriquez se me antoja sufrido. Algo hay, sin embargo, en su prosa que obliga a seguir enfrentándola con ojos incrédulos a la vez que llorosos; o expectantes a la vez que <<de párpados desmayados>>. Delinear esa intrínseca realidad con palabras (excusas por mi egoísmo) es lo que trataré de hacer en sucesivas lecturas de Mariana Enriquez. Veremos si, al cabo, acabo lográndolo o todo lo contrario...