lunes, 24 de agosto de 2026

512/ La mudanza

Es llamativo cómo un libro cambia con el paso de las hojas del calendario. No todos los libros cambian; algunos. No todos los lectores cambian; algunos. Lo que cambia no es el lector, ni el libro, sino la impresión de lectura del libro que el lector leyó (que el lector lee o relee) y que, ahora, parece otro libro. Un sentimiento arduo aflora ahí. Un sentimiento de difícil digestión: el libro fue juzgado obra de arte y, ahora, borrador defectuoso de un incipiente escritor. No es el caso que nos ocupa, ¡lo juro! Pero es el caso que nos ocupa: ese libro (Juan Ramón Jiménez. Pasión perfecta) fue leído por un servidor de (casi) nadie con el gozo de quien lee una obra sobresaliente, sin serlo. Hoy, no me lo parece (sobresaliente); ayer, no lo era, pero me lo parecía… ¿Quién lo entiende?  

     Sigo. No es el libro. No es el lector. La impresión lectora íntima e intransferible del lector es la que ahuyenta el goce pretérito de la lectura. El regusto agrio, dulce o agridulce que le renta al lector una lectura que antaño le fascinó y que, hoy, le rasguña el paladar con latigazos de insipidez. Arriesgaré una tesis: no se trata tanto de una biografía al uso cuanto de una descripción más o menos exhausta de bibliografía en desuso; quiere decirse: el biógrafo (Rafael Alarcón Sierra) no se adentra en la vida íntima o pública del Andaluz Universal, anecdotario y remembranzas incluidos; el biógrafo (Rafael Alarcón Sierra) elabora una lista de libros escritos por Juan Ramón Jiménez con sus fechas y sus vaivenes de corrección obsesiva y sus podas y agregados y todo lo que el poeta hacía para fabricar un texto (según él y, también, yo) perfecto. Esto, unido a una que otra peripecia, conforman el libro (biografía, para mí, fallida) sobre el Andaluz Universal. Cansa. Y, ¡cómo…!

     Leo (no. Releo) en la introducción (primer párrafo): <<Una biografía, y más si lo es de un gran creador, siempre es un fracaso; y cuanto mejor sea esta, mayor fracaso es. En primer lugar, porque nunca consigue explicar cómo es posible que un hombre, en principio igual a todos los hombres, haya podido crear una obra artística o literaria sin parangón, admirada por toda la humanidad. En segundo lugar, porque mantiene la impostura de que el relato de una serie de hechos más o menos entrelazados explica la existencia vivida por aquel ser humano excepcional. Y en tercer lugar porque, en todo caso, quizá la verdadera biografía, el testimonio de un creador, aquello por lo cual es recordado por encima de otros hombres, es su propia obra. Por lo tanto, en el caso presente, aquellos lectores que quieran conocer verdaderamente a Juan Ramón Jiménez deberían leer sus libros, y es lo que recomiendo que hagan. Si este pequeño fracaso los estimula a ello, habrá cumplido una de sus misiones>>.  

     El lector (el actual; no el de antaño, que quedó fascinado con el libro) no llega en ningún momento a rozar siquiera un pelo de la barba nazarena del poeta. No lo ve, no lo siente, no lo piensa (cree que lo piensa; pero no). Una impresión ésta, igualmente, fallida. Algo se ha roto (¡crack!) y el lector (el actual; no el de antaño, que creyó conocer al poeta) no sabe a ciencia cierta qué es. El resultado dista mucho de ser afable. Entonces aflora, en el interior del lector, la duda. Aflora, en el interior del lector, la angustia de pensar que ha podido extraviar la sensibilidad lectora por el camino de una vida quizá idealizada en exceso. Y vuelve y se revuelve, una y otra vez, sobre el texto leído y sobre sí mismo. Y nada, no halla nada lumínico, ultra-sonoro y estimulante que le permita seguir creyendo en su capacidad de lector de largo recorrido… Algo, sí, se ha roto para siempre.

     Y en esas, cuando todo parece perdido, aflora una mínima esperanza en el corazón malherido del lector. Un haz de luz reflectante que le hace ver la posibilidad de que el libro que lee (que relee) sea malo sin discusión alguna; malo, objetivamente. Sabe que algo así es improbable. No es, por lo demás, imposible. Y, ahí, se aferra a esa posibilidad improbable como un náufrago a su tabla de salvación cuando el mar se levanta de manos y relincha como un caballo cuatralbo (de obcecada testuz) enloquecido por el calor…

     Es llamativo, sí, cómo un libro cambia con el paso de las hojas del calendario.                

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