Releo Juan Ramón Jiménez. Pasión perfecta, de Rafael Alarcón Sierra (Espasa. Madrid, 2003) y en la página 79 me topo con María Lejárraga. Yo ya tenía noticias del carácter alegre y feminista de María; de su constante empuje humano y humanitario. María era fuerte, obcecada, de fondo bueno (transparente); una inteligencia rápida, profunda, orientada al trabajo ilimitado y a la lealtad a los demás y a sí misma. Gregorio la infravaloró. ¡Qué vaina!
Releo en el libro de Alarcón: <<El día que Isabel Aymar [madre de Zenobia] asistió a una de las conferencias y observó la franca amistad de su hija con Jiménez, quedó un tanto alarmada. La sorpresa se convirtió en desagrado la tarde que acudió en lugar de su hija a una conferencia feminista de María Martínez Sierra [María Lejárraga]: doña Isabel era católica y conservadora, y las radicales ideas sobre la liberación de la mujer que escuchó le escandalizaron>>.
Cómo debieron pesarle (y cómo ella, María, se prestó tanto a ello) esos apellidos ajenos, pues no eran suyos, que siempre debieron quedar subsumidos en el suyo verdadero y único: Lejárraga. María de la O Lejárraga: dramaturga, escritora, conferenciante y todo lo que pueda imaginar el lector de esta bitácora. ¡Qué época mala para la autoría femenina! ¡Qué tiempos malos para la libertad sin ira (…sin ira, libertad)! Sí, cómo debieron pesarle…
Debieron pesarle tanto que llegó un momento en que ya no pudo más y, pues, estalló. Entonces plasmó su nombre en una portada de libro, en la cabecera de uno que otro texto notable (o sobresaliente), en la primera plana de un periódico (o de una revista). ¡Era ella quien escribía los libros! ¡Nadie más que ella! Entérese el mundo literario y el otro: ¡María de la O Lejárraga escribió todos y cada uno de los libros firmados por Gregorio Martínez Sierra (o la inmensa mayoría de éstos)!
Juan Ramón Jiménez le brindó su amistad. (El moguereño lo sabría; no sé si Zenobia llegó a saberlo alguna vez). Juan Ramón compuso varios poemas inspirados en su relación de amistad con María. Ella le correspondió con palabras afectuosas llenas de afinidad y complicidad literarias (y literatas).
Juan Ramón, como no podía ser de otro modo, quedó prendado del ingente regocijo de María de la O Lejárraga García. Justo como le aconteciera, en otro tiempo, con Zenobia Camprubí Aymar. ¿Será, al fin, que el cartero siempre llama dos veces? ¡¿Chi lo sa?!
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