viernes, 27 de abril de 2018

281/ De lo postmoderno

¡Cáspita!: los inicios del postmodernismo se sitúan en la tercera década del XVIII. ¿Que no? J. L. Alborg ha escrito: En el Diario de los literatos de España se lee: era imposible usar de paciencia con la turba de escritores que cada día rebajaban más el nivel de la literatura española y que, cuando prometían llevar a cabo alguna obra de investigación, no hacían sino copiar o resumir de mala manera los trabajos extranjeros
    Subrayarlo no es baladí. Con miras, sobre todo, a remarcar esa tendencia del escritor postmoderno a la falta de rigor y (añadido sea sin tapujo) a la insustancialidad. 

viernes, 16 de marzo de 2018

280/ "Niños, Gabriel no vendrá más..."

A Gabriel, pescadito azul, traslúcido

Otro Gabriel (Celaya por apellido) ha escrito:

     Educar es lo mismo
     que poner un motor a una barca...
     Hay que medir, pensar, equilibrar...
     y poner todo en marcha.

     Pero para eso,
     uno tiene que llevar en el alma
     un poco de marino...
     un poco de pirata...
     un poco de poeta...
     y un kilo y medio de paciencia concentrada.

     Pero es consolador soñar,
     mientras uno trabaja,
     que ese barco, ese niño,
     irá muy lejos por el agua.

     Soñar que ese navío
     llevará nuestra carga de palabras
     hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

     Soñar que, cuando un día
     esté durmiendo nuestra propia barca,
     en barcos nuevos seguirá
     nuestra bandera enarbolada.

     Pienso, ahora, en tu maestro o maestra. 
     Las estrofas 3ª y 4ª son para ti, alma blanca, entre almas blancas (con este añadido al verso decimoséptimo: “islas lejanas” del reencuentro con tus papás...).
     Sic erit.   

jueves, 22 de febrero de 2018

279/ "Sucesiva"

Hoy quiero copiar, aquí, uno de los mejores sonetos que he leído nunca: solo comparable a los que escribió José Antonio Muñoz Rojas, en general, y en particular a Rosa. 
     Autor: Gerardo Diego. Título: Sucesiva
     Nada hay como “querer en límites pequeños”.
     Me callo. El soneto... 

     Déjame acariciarte lentamente,
     déjame lentamente comprobarte,
     ver que eres de verdad, un continuarte
     de ti misma a ti misma extensamente.

     Onda tras onda irradian de tu frente
     y mansamente, apenas sin rizarte,
     rompen sus diez espumas al besarte
     de tus pies en la playa adolescente.

     Así te quiero, fluida y sucesiva,
     manantial tú de ti, agua furtiva,
     música para el tacto perezosa.

     Así te quiero, en límites pequeños,
     aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa,
     y tu unidad después, luz de mis sueños.

     ¿Alguien puede decir más con menos palabras (y con tanta belleza)? No ciertamente. 

miércoles, 31 de enero de 2018

278/ La Comedia Nueva

Me ha dado en pensar si la Comedia Nueva de Lope no estará sobrevalorada. Pregunto: ¿qué hizo, para acarrear tanta fama, el avispado dramaturgo con la escena del XVI? Yo no lo sé. Pero yo algo sé. Esto: pasar por la criba de la naturalidad todo el academicismo y, no contento, diseminar el rol de protagonista por un nada desdeñable ramillete de actores y actrices dotados. 
     Ello no bastaba. 
     Igualmente filtró alegrías y penas (propias de la vida-vida) para extraer de ello una materia elástica (maleable) que algunos denominan “ficción realista”. 
     Concluyo ya: ahí es nada.     

domingo, 31 de diciembre de 2017

277/ Habla, poeta

Parece, creo, de recibo despedir 2017 con un pasaje de la Égloga I de Garcilaso. Amor y Navidad casan como desamor y melancolía o reencuentro y júbilo. Lo uno se eterniza. Lo otro se posterga. El resto se olvida: ese malvado al que llaman “amor”. ¿Quién lo trajo a la luz? Más largo que ancho, desde luego, se quedaría el sujeto (¿o debería decir predicado?): un estropicio causó. Siempre lo digo: más vale querer que amar. Más besar y abrazar y acariciar que amar. A los respondones: lo mentado no es amar. El amor trae disgusto. Lo trae aquí: es pasional. Allí, en Oriente, no lo es. Por algo los Magos vienen de Oriente…
     Lo prometido es deuda. La Égloga I (vv. 352-379):

“Tengo una parte aquí de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno se me apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño                   
enternecer me siento que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se hartan.
Sin que de allí se partan,
con sospiros calientes,
más que la llama ardientes,                        
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.                   

Mas luego a la memoria se me ofrece
aquella noche tenebrosa, escura,
que siempre aflige esta ánima mezquina
con la memoria de mi desventura
Verte presente agora me parece.                     
en aquel duro trance de Lucina,
y aquella voz divina,
con cuyo son y acentos
a los airados vientos
pudieras amansar, que agora es muda,               
me parece que oigo, que a la cruda,
inexorable diosa demandabas
en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?”.
     
     La muerte para pies, aniquila rencores acumulados, dice: “¿A qué estás jugando? Perdona y a otra cosa”. Lástima que solo lo diga ella.