miércoles, 8 de enero de 2025

466/ Hastío...

Resulta curioso cómo un mismo autor puede escribir una obra maestra y, a la vez, un auténtico fiasco de la literatura. ¡Que tire la piedra el primero que quede a salvo de tal coyuntura! Es inevitable. La cabeza, la misma; el cuerpo, ídem; la cosmovisión… La cosmovisión puede no ser, ni por asomo, la misma; ni tan siquiera semejante ser. En literatura, dos más dos no necesariamente son cuatro, lo cual aturde y confunde. Un escritor crack, caso de Delibes, no pudo escapar de ese dislate (manufacturar un fiasco literario). Sólo conozco un escritor crack capaz (lo fue) de lograrlo: Jorge Luis Borges. El resto de hombres que han poblado y aún pueblan la Tierra (incluido el verborreico, indigesto y a menudo presuntuoso, Juan Manuel de Prada), no rayan a esa altura artística. Aflojan. Se desinflan. Entran en barrena.

     Delibes publicó El hereje el año 1998. Incursión, ésta, en el terreno comercial de la novela histórica que más le habría valido no ejecutar. La prosa sigue siendo lo que siempre fue: correcta; todavía más: sobresaliente en según qué pasajes. El tema…, el tema, no. El tema aburre al más pintado. La Reforma protestante de Lutero y Calvino, la Contrarreforma de la Iglesia católica, la moral en liza con el instinto… Temas trillados donde los haya. El contexto temporal (s. XV-XVI) intercala palos en la rueda.

     Me pregunto qué razón llevaría a Miguel Delibes a escribir tamaño bodrio literario. Indagar las razones de un escritor consagrado, aspirante eterno al Nobel, para escribir lo que finalmente escribió lo juzgo propio de un lector resentido. No lo haré. 

     Quizá la culpa de todo la tenga El camino...

     Delibes ensayó el Realismo Mágico en El hereje. Le salió malamente. Juzgue el lector de esta bitácora: <<Doña Catalina (…) volvió a experimentar una acumulación de energías en la pelvis, chilló, apretó con todas sus fuerzas mientras la comadre la animaba: así, así y, de pronto, como si fuese un bolaño, un pedazo sanguinolento de carne rosada salió proyectado con fuerza, el doctor retiró la cabeza para evitar el impacto, y la criatura aterrizó sobre la blanca toalla que la comadre sostenía entre sus brazos poco más atrás>> (op.cit. Planeta DeAgostini. Barcelona, 2002. Págs., 63-64).

     Un Delibes desenfocado. Destartalado. Además: a la novela se le ven las costuras.           

miércoles, 18 de diciembre de 2024

465/ ¡Piticlín, piticlín!

Un diario, quién lo duda, es algo personal. Hoy nadie lo escribe. Lo más parecido al diario, quizá, sea el blog. Tampoco atraviesa éste por su mejor coyuntura. Tiempo hubo en que los letraheridos se daban a la confección de diarios como género literario intimista. Cualquiera de ellos, bien manufacturado, posee un potencial extraordinario en lo referente a ofrecer al lector un reflejo fiel de la condición humana más o menos confesable (esa que tratamos de mantener a raya, por si las moscas de Machado, no sea que…); bien manufacturado y, se entiende, sincero (si no sincericida). Lo que habría que hacer, a mi juicio, es lo siguiente: desnudarse y hacerse el haraquiri sin complejos en unas páginas, a priori, escritas para uno mismo y para nadie más. Juan Ramón y Zenobia sabrían de lo que hablo.

     Pues bien: Miguel Delibes escribió, el año 1995, Diario de un jubilado: novela de la superficialidad y el materialismo reinantes en el siglo XX, de cuyos polvos (conjeturo) vienen estos lodos, ay. Ojo: no lo digo por decir; a pies juntillas lo creo. Entre <<hunos>> y otros hemos creado una sociedad mercantilista a la que (casi) sólo le preocupan los charupos; o sea: los fierros; vamos: la hacienda… Vaya: ¡El parné! Todo lo demás queda excluido del listado de fontanas del insomnio (aquello que, indefectiblemente, arrebata el sueño al hombre: money, money…). É, sencillamente, cosí. Hay que deglutir ese abultado bolo. No es fácil.   

     Delibes supo ver ese filón narrativo y en apenas 160 páginas creó un universo progresivamente opresivo por mor de una ambición desmedida en diversos ámbitos (el del estatus social, sobre todo; sin obviar el humanísimo hedonismo. Si Epicuro levantara la mocha...) que produce una contrapartida en individuos cobardones; a saber: la guarda y custodia, a capa y espada, de la sacrosanta apariencia. Hay que seguir aparentando, a costa de lo que sea, normalidad; nadando y guardando la ropa uno queda a salvo de la vorágine de sus congéneres. Bien mirado, ésta es una picardía que se enseña en todas partes. Censurable es. 

     Escribió Delibes: <<Al Melecio le conté lo del otro día, en casa de don Tadeo, con don John y don Richard, y él que es un mundo interesante ése, que si en mis apuntaciones acierto a dar una imagen íntima del señor Piera, lo mismo el día de mañana, cuando fallezca, le saco cuartos a mi cuaderno>> (op.cit. Destino. Barcelona, 2003. Pág., 52).

     <<Mi cuaderno>>: diario que escribe el protagonista de la novela y que es, per se, la propia novela. <<El señor Piera>>: personaje secundario, de lujo, de Diario de un jubilado. <<Melecio>>: personaje (por así decir) “terciario” de la novela que nos atañe. El lector podrá apreciar la degradación a que está sujeto el protagonista (por nombre Lorenzo) cuando, escribiendo lo que a todas luces pasa por un conjunto de apuntes íntimos (o Diario personal), piensa a la vez en su (quizá. Pero yo no lo sé…) vil comercialización: la gallina de los huevos de oro del arte (de la literatura. Dado que el protagonista hace, sin tener conciencia plena de ello, eso precisamente: literatura. Él desea vender sus recuerdos y experiencias… ¿Le suena de algo a alguien esto?).

     La vida que vivimos, mal que nos pese, es mercantil. El filón narrativo lo previó Delibes el año 95 del siglo pasado. Sin comentarios… Ay.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

464/ Prefiguración dramática

Hay libros que, llueva o ventee, jamás deberían instalarse en la balda del olvido. Uno de ellos, sin duda, es: Ensayo sobre la lucidez (José Saramago, 2004). Parte de culpa en todo ello arrastra Pilar del Río (traductora de la obra) por su sobresaliente capacidad de trasladar del portugués el texto de marras sin refutar en ningún momento el estilo del autor: lo normal (para mí, cómo no, anormal) habría sido enfocarse en el lenguaje y no tanto (o menos) en el estilo. Pilar, a Dios gracias, sabía muy bien lo que hacía y urbi et orbe ofreció una traducción excelente brotada de la no menos excelente maestría literaria del Nobel luso; o del (según algunos) Nobel noble… Permítaseme que lo exprese así: una oportunidad inigualable de toparse, de lleno, con la literatura más pura que existe y existirá nunca: la ficcional.

     Y cuando la ficción que tenemos entre dedos (o entre sístole y diástole) halla reflejo en la actualidad más brutal por que atravesamos (verbigracia: la DANA) al lector, entonces, le hacen chiribitas los ojos. La novela de Saramago es (será), a pesar de los pesares de todo quisque, actual. ¿Por qué? Porque esta fábula (sí, se trata de una fábula, qué pensabais…) versa sobre la falta de empatía y, por contra, el exceso de crueldad (de maldad) que atesoran los políticos en todo el mundo. Hay que decirlo alto y claro (basta ya de medias tintas): para ser político (o tanto monta: <<Politicastro>>: el político, per se, no existe. Yo no sé si ha existido en algún momento…) hay que tener unas entrañas muy muy sucias. Esta novela da sobrada cuenta de ello de un modo, diría yo, magistral. 

     Descifrándola no he podido por menos que ir trazando paralelismos con una parte de la historia reciente de la política española. Tres hitos dramáticos he hallado entre sus páginas de pan de oro: los políticos (DANA), los Medios de Comunicación de Masas (ideologización perversa), la busca desesperada de un chivo expiatorio (Begoña Gómez).

     Veámoslos por separado:

     Uno. DANA: <<<La mañana era apacible, con mucho sol, lo que sirve para demostrar hasta la saciedad que los castigos de que el cielo fue tan pródiga fuente en el pasado vienen perdiendo fuerza con el andar de los siglos, buenos tiempos aquellos en que por una simple y casual desobediencia de los dictámenes divinos unas cuantas ciudades bíblicas eran fulminadas y arrasadas con todos sus habitantes dentro>> (op.cit. Alfaguara, 2004. Pág., 272). Más esto otro: <<(…) Cometimos un error, Ha dicho cometimos, Sí, cometimos, porque si uno se equivoca y el otro no corrige, el error es de ambos (…)>> (pág., 207). Sobran comentarios.

     Dos. Medios de Comunicación de Masas: <<Las palabras (…) apuntaban (…) a los periódicos y otros medios de comunicación social por la facilidad con que pasan de los aplausos del capitolio a despeñar desde la roca tarpeya, como si ellos mismos no formaran parte activa en la preparación de los desastres>> (op.cit. Pág., 32-33).

     Tres. Chivo expiatorio: <<(…) Mañana tal vez consigamos llegar a tiempo de evitar que se cometa una injusticia, Se refiere a la mujer del médico, Sí señor director, se pretende, de la manera que sea, hacer de ella el chivo expiatorio de la situación política en que el país se encuentra, Pero eso es un disparate, No me lo diga a mí, dígaselo al Gobierno, dígaselo al ministerio del interior, dígaselo a sus colegas que escriben lo que les ordenan (…)>> (op.cit. Pág., 394-395). 

     Si esto no es actualidad (prefigurada en 2004) que baje Dios y lo vea con sus imponderables ojos. Una vez más (y son, ya, muchas) la intuición poética (o literaria) de Saramago fue pertinente. No cabe, de hecho, mayor pertinencia que la de esta obra maestra del Nobel luso; obra entre la caricatura y el retrato fiel de una realidad ficcionada (pero, a fin de cuentas, real) que grita a voz en cuello al pobrecito lector: <<No te creas nada de lo que airean los políticos. Piensa por ti mismo: acertarás>>. Una continuación (por así decir) de otra obra, asimismo novela, que un servidor de (casi) nadie aún no ha leído: Ensayo sobre la ceguera. Todo se andará…

     José: Mi gratitud.

martes, 12 de noviembre de 2024

463/ Frustración lectora

La primera novela que escribió (o publicó. Lo ignoro) la Matute, a saber: Pequeño teatro, logró hacerse con el Planeta (el galardón, no el <<cuerpo celeste sin luz propia>>, como es lógico). Yo (motivos tendré a porrillos. ¡Eso, ay, quiero pensar!) no he logrado empatizar con ella. La juzgo novela en exceso abstracta, casi fábula, pero fábula oscura y (lo peor de todo) aburridísima. Tanto es así que muy por encima de ella he valorado el prólogo que rubrica yo no sé qué año (¿quizá dos mil uno?) Soledad Puértolas para la edición de BIBLIOTEX S.L. que es la que un servidor de (casi) nadie maneja. ¡Qué esfuerzo lector vano! 

     Sudor y sangre me ha costado leer la novelita de marras. Normalmente, otorgo cuartelillo de treinta o cuarenta paginas al libro que tenga entre manos; al tratarse de uno de apenas ciento sesenta, en buena lógica, resolví (¿desacertadamente?) arribar a puerto. ¡Una y no más, santo Tomás! De ella (hay que ser honesto) he extraído una satisfacción sobresaliente: el descubrimiento de un término maravilloso que hará las delicias de todo buen amante del cuento: `Chiribitil´: <<Desván, rincón o escondrijo bajo y estrecho>>. Sólo por ello ha merecido el esfuerzo (titánico. Créanme…) leer la novelita de la Matute. Luego, dos aciertos más o menos memorables he hallado entre sus páginas. Uno: la complejidad caracterológica de los personajes que las pueblan. No son, los mismos, planos; tampoco, redondos. Menos tendentes me parecen a una redondez compleja que a una complejidad redonda: a veces, no se les ve la curvatura; sólo se intuye. Y dos: el hábil juego discursivo que convierte personajes de pellejo sobre hueso calcinado en marionetas de madera desbastada o sin desbastar. En descargo de la autora diré, ahora, que tenía 17 en su aljaba cuando escribió Pequeño teatro. También he hallado (como de ello deja constancia la prologuista) algún <<reflejo juvenil>> en la prosa de Pequeño teatro. Nada que no supiésemos ya quienes hemos leído textos de Ana María Matute posteriores a éste. Aunque he de subrayar lo siguiente: la prosa desplegada en la mentada novelita no es propia de una adolescente; todo lo contrario (sin obviar los fogonazos juveniles…). No sé por qué no empatizo con la (eso dicen) narrativa excepcional de la Matute. Lo intento (¡Buda sabe que lo intento!); no lo logro. ¿Habré de achacarlo al lenguaje utilizado, de ordinario, en sus libros? ¿O será la carencia de fórmula de continuidad cuando el narrador (o narradora) pasa de lo verosímil a lo inverosímil y viceversa? ¡Habemus, sí, mysterium!  

jueves, 31 de octubre de 2024

462/ "Con el corazón en la frente"

Yo no sabía quién era Jorge Fernández Díaz (refiero el escritor argentino, no el político español, obviamente). Agostina Lute me lo descubrió. Nunca podré agradecérselo lo suficiente. Ambos (fieles a nuestro afán de examinar libros conjuntamente) desgranamos Mamá (Alfaguara, 2024) como si de las cuentas de un rosario fraseológico (literario) se tratara.

     Novela inigualable ésta; novela mayor.

     Hacía mucho (muchísimo) que yo no leía literatura de tan alto vuelo (según la perspectiva del escritor) ni de tan altas cotas (según la perspectiva del lector); lo cual, últimamente, no es excepcional. En todos los aspectos, por mínimos que éstos sean, del examen pormenorizado de una novela (forma y fondo genéricos y detalles particulares de ese fondo y forma genéricos) Mamá se sale de la escala.

     Prosa deliciosa ésta; prosa primordial.

     Hay un ritmo equilibrado de la prosa primordial; un equilibrio rítmico, deleitante, de los perfiles de los personajes en la prosa deliciosa; estructura soberbia (bien apuntalada para que no acabe derruyéndose el edificio) de la prosa deliciosa y primordial…

     Un edificio moderno: digno del mejor constructor actual. Y, a la vez, clásico. Un clásico (por así decir) moderno. 

     Valga un botón de muestra (los dos primeros párrafos de la novela):

     <<Mi madre ya no llora con esas cartas. Pero no acierta a recordar cuándo ni dónde las guardó, ni por qué será que prácticamente las da por perdidas. Son las cartas de Mimí. Y vienen de Ingeniero Lartigue, una aldea de treinta casas y cien labriegos, que alguien olvidó en Asturias, muy cerca y muy lejos de León, en un monte escarpado y silencioso que era zona de hambruna en la posguerra.

     La hermana del padre de Mimí había probado suerte en la tierra prometida. Se llamaba Herminia, vivía en la Argentina de Perón, y aconsejaba con vehemencia que sus sobrinos cruzaran el Atlántico y se hicieran la América. Mimí y Jesús fueron elegidos entre siete, con amor y pragmatismo, como una valiente avanzada familiar y como una suerte de último salvataje de la miseria. En 1948 abordaron un buque de bandera incierta y veinte días después desembarcaron en una prosperidad de cartón: Herminia no podía tener hijos y no trabajaba, y su marido era un motorman de tranvía. Los cuatro vivieron veinte años en una sola pieza de cinco por cinco, al final del patio de un inquilinato de Palermo pobre>>.

     Pero Mamá es, también, novela <<social>>. Entiéndase el término. `Social´: Denunciante de una circunstancia (el hambre en la posguerra española. Coyuntural) y de un fenómeno (el machismo de época, la emigración, asimismo de época quizá) que perjudicaban a las personas hasta extremos insospechados y que, ayer como hoy, son susceptibles de murmuración incisiva (feroz). Mamá es, por lo demás, novela emotiva; mucho (en según qué pasajes, incluso, demasiado).

     Y Mamá, al cabo, es novela que se queda en la retina del lector con independencia del recorrido trascendental (vital) que éste tenga; de su sensibilidad intelectual y anímica; de su conocimiento adquirido a lo largo y ancho del mundo (el de Aquí y el de Allá), el cual deja poso en aquellas almas puntiagudas, hechas para el deleite del verbo. Nunca un artefacto literario tan cargado con dinamita de sentimientos puros y humanísimos, como el que ahora y aquí nos convoca, no ha deflagrado al (aunque no menor) mínimo impacto del transponer páginas…

     Obra, repito (o mejor: afirmo con absoluta rotundidad), maestra del escritor y periodista nacido en Palermo (Buenos Aires) el año de la rata: 1960. 

     (Nota: los arrojados a la luz bajo el signo de la rata son individuos sabios y <<familiares>>).

     Jorge: mi gratitud.