jueves, 3 de diciembre de 2015

209/ División del ser

Estoy enfrascado en la lectura de Esos días azules, cuyo subtítulo reza: Memorias de un niño raro (Planeta), de Fernando Sánchez Dragó. En la página 403 me topo con lo que sigue:
     “Todos los bípedos implumes (…) tenemos un cuádruple denominador común (…).
     Somos cuerpo, articulaciones, músculos, materia, entropía, propiedades, anhelo de poder…
     Somos corazón, sentimientos, afectos, apegos, risas, lágrimas, emociones, anhelo de compañía…
     Somos sexo, concupiscencia, libido, energía, origen del mundo, explosión e implosión, anhelo de placer…
     Y somos cabeza, inteligencia, reflexión, lógica, cálculo, memoria, anhelo de saber…”.
     Sienta el autor que a estos cuatro factores habría que añadir un quinto (el de la vocación) para que el hombre llegue a ser persona. Yo no entraré en ese jardín. 
     Nota: Marina niega que exista la vocación. Allá cada cual… 
     Donde sí entro (y entraré a la mínima oportunidad) es en el intrincado laberinto del cuerpo y de la mente. Ciertamente lo es: intrincado. Pero también necesario para sentir uno, a fin de cuentas, que está vivo y aún colea. La disyuntiva entre lo que debo y quiero hacer constituye, a mi juicio, el quid de la existencia de toda criatura. Esto también lo dice Dragó unas cuantas páginas más adelante de la 403. Estoy de acuerdo. No puedo no estarlo. ¿Deber? ¿Querer? Mejor: poder. Debo (o no), quiero (o no. Aunque en este caso dudo sea verdad aquello de “no sé qué quiero” que muchos enuncian como una salmodia), puedo (o no. Otra materia de incertidumbre por mi parte, dado que aquel que piensa “no puedo” suele ser capaz, y si no hace aquello que puede hacer es porque no sabe que es capaz de hacerlo). No tiene cabida en mí la expresión “no puedo”. Y sí una que otra sustituta de ésta. Por ejemplo: “lo intentaré”, “no ha podido ser”, “puede que pueda o no pueda…”. Cualquiera de ellas, menos “no puedo”, que deviene tajante y sin opción a réplica.
     Lo malo es que donde digo digo, digo Diego, y donde digo Diego digo digo: cuerpo, corazón, sexo y cabeza… Se sabe.
     Yo me quedo con el sexo. Y con la cabeza. El corazón me hace sufrir. No lo quiero. El cuerpo… ¡Bah! El cuerpo lo cuido y él me lo agradece. Punto.
     El resto es humo.   

miércoles, 25 de noviembre de 2015

208/ Post enigmático

“–Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?
     –Seguro que es un brazo, señor.
     –¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!
     –Seguro que la llena, señor. ¡Y, sin embargo, es un brazo!
     –Bueno, sea lo que sea no tiene por qué estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!”.
     El diálogo arriba transliterado pertenece a Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll debió ser un tipo inteligente. Hay que serlo para escribir esas líneas. Parecen simples. Y claras. Lo sé. Pero, ¡insinúan más de lo que dicen!
     También son (a mi entender) quijotescas. En ellas comparecen Sancho y don Quijote. 
     ¡Cuántas veces miramos sin ver! ¡Cuántas, vemos lo que no existe!
     Algunos escritores son aficionados a decir entre líneas lo que con éstas no pueden (o no quieren. O no les conviene. O no les da la gana) decir. Yo entre ellos. Disfruto, como un niño, diciendo A donde escribo B y viceversa: escribiendo B donde digo A. 
     Disfruto, digo, garrapateando trampantojos… 
     Permítaseme que, ahora, añada: y escribiéndoles. ¿A quienes? ¡A ellas: mujeres, hembras, féminas de variado pelaje! Pero sin que se aperciban del hecho de que son el acicate de tales textos. Los que sean. Los que toquen. Este de aquí.
     Este de aquí va dirigido a una de ellas. Le digo tanto yo (¡y lo que te rondaré, morena!)... Ve ella tan poco… 
    Creo que seguiré escribiéndole y ella, entretanto, seguirá viendo poco. 
    Ella, en este caso, no es La joven de la perla. Es otra.
    Y, ¿por qué escribirle de este modo? Porque me divierto haciéndolo. Porque el escritor que lo es de verdad vive insinuando e insinuándose a los otros (yo solo a ellas). Suyo es el mérito: enseñan y uno, a veces, aprende. Son, ellas, tan misteriosas. Aluden. Sugieren. Coquetean. Aparecen. Desaparecen. Reaparecen. Vuelven a desaparecer… 
     Juego yo con sus mismas armas. No lo hago aposta. Lo juro. Soy así. Una especie de misterio: esa puerta por que acceden todas las maravillas.
     Vayan estas líneas a ti, mujer oculta, sin pedirte ni exigirte nada a cambio.
    ¿Te desvelaré? ¿Te pillaré en un renuncio? ¿Te desnudaré? Soy, advertida estás, de estirpe guerrera. Conque…
    ¿Conseguiré mostrarte? ¿Lograré revelarte? ¿Podré desenmascararte?
    Incertidumbre.

domingo, 1 de noviembre de 2015

207/ Haraquiri

El haraquiri es el ritual japonés del suicidio. Forma parte éste del bushido. El bushido es el código ético sumarái. Un corte abdominal de izquierda a derecha con una trayectoria final, vertical, sustentan el primero. Es entonces cuando se produce el desentrañamiento. Desentrañar: averiguar lo oculto. Otra acepción es la que sigue: desapropiarse uno de cuanto posee. Vale. Pero, ¿cómo? Muy sencillo: entregándoselo a otro en señal de esplendidez y de apego. Así la literatura. Ésta conlleva desapropiación y desentrañamiento del escritor que, además, en el decurso de su obra averigua quién es. Él (o ella) muestra los mondongos (léase: las tripas) desembarazadamente. Quiero decir: sin temor a habladurías. Tampoco a malignidades del tipo que sea. Ajeno a la mezquindad, a la frivolidad, a la fealdad. Y sin perjuicio (¡eso nunca!) de su imaginación. Hacer literatura (libre ésta) significa rajarse el abdomen y dejar que broten, a borbotones, las palabras. ¿La nobleza? En el centro. ¿El honor? En el extrarradio. ¿La mirada? En el hoy. ¿Los puños? En el ahora. ¿Los dientes? Apretados. Hacer literatura es enfrentarse, en batalla mortal, a la vida y a uno mismo. 

miércoles, 7 de octubre de 2015

206/ A propósito de la vida

Hoy es un día para celebrar por todo lo alto. ¿Por qué? Porque estoy vivo.
     No, no me ha ocurrido ninguna experiencia cercana a la muerte, qué va. Pero antes de anochecer (mi amiga Ana dixit) hay sol. Yo, hoy, veo el sol. Ayer, no. Ayer veía nubes.
     El caso es que he hecho una ronda por la Red y topado con diez citas célebres, sin desperdicio alguno, sobre la vida. Más abajo las transcribo. Consejo: nadie atribuya total veracidad ni a su autoría ni a su contenido. Con internet nunca se sabe.
     He aquí la decena de sentencias… 
     Abre fuego Gregorio Marañón: “Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar es empezar a morir”. Totalmente de acuerdo. Con existir no basta. La guinda del pastel es la creación. Muere lentamente, yo creo, quien no crea.  
     Segundo arcabuzazo a cuenta y riesgo de T. S. Eliot: “Hacer lo útil, decir lo justo y contemplar lo bello es bastante para una vida de hombre”. Yo añadiría a esta nómina hacer lo inútil. A veces de la inutilidad surge lo bello. Bien digo: lo bello. 
     Tercera detonación a cargo de Henry Van Dyke: “Alégrate de la vida porque ella te da la oportunidad de amar, de trabajar, de jugar y de mirar a las estrellas”. ¿Acaso alguien duda que la vida consista en esto? Yo me apropio el juego y las estrellas. Mirando éstas se trabaja (algo hay en el firmamento que te obliga a subsistir). Y jugando, es claro, se ama. Léase: se coquetea.
     Cuarto accionamiento de gatillo. Dispara Mahatma Gandhi: “Vive como si fueras a morir mañana. Aprende como si fueras a vivir siempre”. Sabia reflexión. Aprender apasionadamente para, de ese modo, no olvidar lo aprendido.
     Quinto ¡pum! por gentileza de John Lennon: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. ¿Consistirá en esto la vida oculta o, como reza el título de una novela de Juan Manuel de Prada, La vida invisible? Oculta (invisible) para muchos. Vale. Desvelada para los que amamos la vida sin remilgos. A veces le damos la espalda (a la vida) creyendo que es el pecho lo que le damos.
     Sexto disparo a manos de, ¡oh, mon dieu!, Horacio: “Piensa que cada día puede ser el último”. ¿Lo copiaría Gandhi? No sé yo hasta qué punto un pensamiento como este puede revolucionar el cotarro vital. Y, ¿no queda la amargura dentro? Y, ¿no deriva de ese pensar arcaico el estrés de hoy?
     Séptimo mandamiento que, por supuesto, estalla. ¿Que quién activa el detonador? Marie Curie: “La vida no merece que uno se preocupe tanto”. Más que nada porque preocuparse no es útil. ¿Alguien tiene algo que reprochar? En este caso, por cierto, lo inútil no es bello.
     Octavo chupinazo lanzado al aire por Bertrand Russell: “Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos”. No doy fe. Yo, además de temer al amor, lo combato. Y un muerto no puede combatir. Y, ¿no es la vida un combate?
     Novena descarga firmada por Antoine de Saint-Exupéry: “Mirad, en la vida no hay soluciones, sino fuerzas en marcha. Es preciso crearlas, y las soluciones vienen”. La vida como proceso. Las soluciones como parte de ese proceso. Solo una parte más. ¿A qué obsesionarse con encontrar la solución a todo? ¿Será, vivir, errar?
     Y décimo chut (en un sentido futbolero. De quien se trata no podría disparar) al aire. Quien arma la pierna no es otra que Teresa de Calcuta: “La vida es un juego; participa en él. La vida es demasiado preciosa; no la destruyas”. Sin comentarios.
     Concluiré este post con una cita mía. Esta de aquí: “Vivir es como bailar un tango con la realidad”.
     P.D.: Lo del tango y la realidad, mal que me pese (ay), creo haberlo leído en alguna parte. Perdóneseme.    

lunes, 5 de octubre de 2015

205/ Silencio, se escribe

Escribir en tanto que escucho música no es algo que haga a menudo. La razón es bien sencilla: adoro la música y, por adorarla, cuando ésta suena no hay nada más en el mundo. Aquí, por una vez, “ella” no es La joven de la perla. Es la mús(ic)a. Y es una musa: Euterpe. 
     Escribo este post en silencio. Muy relajado yo. Muy feliz. Así suelo aporrear, de ordinario, las teclas de mi ordenador. El silencio concentra la atención. Euterpe la dispersa y enajena y acelera el ritmo cardiaco de quien escucha su discurso en papel pautado. Efectos, los traídos a cuento en este capítulo, que procuran perjuicio al escritor. ¿Por qué? Porque engendran pensamientos distorsionados. Si escribiese (alguna vez lo he hecho) escuchando música, seguro estoy, ésta sería instrumental. No letrada. No gusto de pobrerío de ingenio ni de ripios gusto ni gustaré nunca. Es lo que digo: ¿qué canción hay, hoy, cuyos versos sean dignos de ser escuchados (o leídos)? ¡Bah! Ya no se escriben canciones. Nota: alguna excepción hay. La mayoría de ellas (más sus letras), hoy, son bocetos necios que propenden a instaurar en el oyente el afán por un pasatiempo tonto: escuchar mala música. 
     La industria del son (esa arpía mentecata y malandrina. Así la llamaría don Quijote) es como un gorrión, en el nido, a la espera de condumio. El pico abierto de par en par, pensando: ¡a ver cuándo viene mamá gorriona! Esa mamá gorriona somos todos los que abonamos el costo del cedé o de la pieza digital que hayamos adquirido (musical, se entiende). Yo, por si las moscas o los moscardones, seguiré escribiendo en silencio. Y que el sol de las discográficas salga por donde quiera. Renuncio, una y mil veces, a la postmodernidad. O (tanto monta): a la distracción. O (tanto monta aún más): al ruido. Una mente distraída es una mente desaprovechada. Pero no renuncio, en modo alguno, a la música. Que conste en acta. Ojalá nadie malinterprete mis palabras.