lunes, 19 de julio de 2021

356/ Las máscaras

A mi amiga querida, Agostina Lute, 

sin cuya complicidad y compañía 

yo andaría un poco cojo. 

A riesgo de poder caerme...  


Dar con una novela existencialista de talla sublime no es del todo excepcional. Tampoco, acostumbrado. La caída, de Albert Camus, no deja indiferente ni al más novato en la tarea de leer y comprender novelas existencialistas. El motivo: un discurso humano y humanístico que cualquiera compraría para sí. El lector, aquí, se convierte en narratario. O sea: ese a quien va dirigido el discurso del narrador. Sirva como ejemplo el vuesa merced del Lazarillo de Tormes. No hay libro de Camus que no me rente un reguero de reflexiones humanísticas y un regusto a excelente literatura en el paladar del alma. La caída sembró polémica cuando fue publicada el año 1956. Camus sabía que estaba colocando ante la sociedad europea de posguerra un espejo atiborrado de reflejos que no todos sabrían identificar. Recordadora de El inmoralista, de André Guide, quizá no llegue a extremos de un pensamiento perverso y repugnante pero sí demencial. La psicopatía y el síndrome obsesivo-compulsivo no quedan demasiado lejos del narrador-protagonista. Se afana, este, en auto-analizarse hasta llegar a un cinismo rayano en indolencia. De ahí que sienta una mezcla entre repulsa hacia sí mismo y vanagloria de ser como es. Un caso típico de desequilibrio interior generado por un sentimiento de culpa que, en el fondo, él rechaza. La culpa vuelve vulnerable al poderoso. Los demás no deben saber esto.

     Pero hete aquí que, de golpe y porrazo, cambia de estrategia y pasa a confesarlo todo. Todo lo confiesa al lector. Lo confesado es una descripción de la cara oculta del hombre: su psicología más lunática. El siguiente paso consiste en sustituir el “yo” por el “nosotros”. Y lo hace para recordar a todo quisque que ellos son como él: despreciables. Algo le sobrepone al resto: el conocimiento pleno de la naturaleza humana. Esto le otorga derechos. Por ejemplo: a criticar y juzgar al prójimo. El narrador-protagonista es abogado y un mal día no auxilió a una suicida. Tal vez esto explique semejante mentalidad tóxica y, a la vez, certera. O no. Camus volvió a dar en el clavo de la condición humana. O de una de las condiciones humanas: la manía, tan nuestra, de usar máscaras.

     Léase el siguiente pasaje:

     “(…) Ejerzo mi útil profesión en el Mexico-City. (…) Consiste en primer lugar en practicar la confesión pública lo más frecuentemente posible. Me acuso a mí mismo de arriba abajo. (…) Pero yo no me acuso (…) con grandes golpes de pecho. Yo navego con ligereza, multiplico los matices, las digresiones también, y, en suma, adapto mi discurso a mi oyente y le llevo a que suba la apuesta. Mezclo lo que me concierne a mí con lo relativo a los demás. Tomo rasgos comunes, experiencias que hemos padecido juntos, debilidades que compartimos, el buen tono (…). Con eso fabrico un retrato que es el de todo el mundo y el de nadie en particular. Una máscara, en resumen, bastante parecidas a las de carnaval, a la vez fieles y simplificadas (…). Cuando he terminado el retrato, como esta noche, se lo muestro lamentándome: `¡Ay! ¡Así es como soy!´. La acusación está terminada. Pero, al mismo tiempo, el retrato que presento a mis contemporáneos se convierte en un espejo.

     Cubierto de cenizas, arrancándome lentamente el cabello, con el rostro rasgado por las uñas pero con la mirada penetrante, me alzo frente a la humanidad entera, recapitulando mi vergüenza, sin perder de vista el efecto producido (…). Entonces (…) paso en mi discurso del `yo´ al `nosotros´. Soy como ellos (…). Sin embargo yo tengo una superioridad, la de saberlo, lo cual me otorga el derecho a hablar. Cuanto más me acuso, más derecho tengo a juzgarle. (…) Somos unas extrañas y maderables criaturas, y, por más que reflexionáramos sobre nuestras vidas, no faltarían las ocasiones de asombrarnos y de escandalizarnos a nosotros mismos” (Albert Camus. La caída. Debolsillo. Barcelona, 2021. Págs., 118-119).

     Y, pues, amén.  

jueves, 8 de julio de 2021

355/ "[Melancolía], tú que tienes la luz..."

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.

(Melancolía. Rubén Darío).


Un conflicto existe, creo, entre la información y la esperanza. O tanto monta: entre el poder y la felicidad. Dicho así pudiera parecer exagerado. En modo alguno lo es. La información puede menoscabar la inteligencia emocional. Precisaré y repetiré, ahora, un punto: un exceso de información puede menoscabar la inteligencia emocional. Todo hijo de vecino no está preparado para procesar un número de datos que excede de lo previsible. Y el que sí lo esté que se dé con un canto en los dientes: ese no sabe lo que tiene. Sin rechifle: entre saber demasiado y entristecer no hay un gran trecho. Y si el torrente informativo cae de golpe sobre la tierra reseca del hombre masa, entonces apaga y vámonos, y sécate con el albornoz sin que se te vean las casas colgantes de Cuenca… 

     José Enrique Ruiz Domènec ha escrito: “La sociedad europea se precipita sobre la información, que es tanto como decir en aquellos años sobre el bulo o el rumor, y, si eso no basta, sobre la calumnia, sostén de la mentira; y a la vez confía en el saber médico para que este le libere de las supersticiones y de las enfermedades. Dos líneas de acción paralelas durante cien años, que dan lugar a la gran paradoja del `largo siglo XX´ que sitúo entre la gripe de 1918 y el coronavirus del 2020: el siglo del más importante desarrollo científico de la historia de la humanidad es, al mismo tiempo, el de las mayores atrocidades en política con los totalitarismos, en las relaciones internacionales con las guerras civiles, y en el orden moral con el holocausto” (El día después de las grandes epidemias. De la peste bubónica al coronavirus. Taurus. Barcelona, 2020. Pág., 88).

     Sigue sin satisfacerme la actitud de los Medios y, menos aún, la de los políticos. Los (con hache) hunos inventando datos e informaciones o bien conduciendo a un extremo la semántica del titular de turno. ¡Puag! Los otros, tomando decisiones sin consultar suficientemente a expertos en la materia y saltándose a piola restricciones y recomendaciones porque yo lo valgo. ¡Doble puag!

     ¡Ven, Mafalda, arregla tú el mundo! Pero, ¡¿dónde te has metido, Mafaldita?! Ay. 

lunes, 28 de junio de 2021

354/ Imprevisible aburrimiento

Hasta ahora no había tenido la dicha o la desdicha de leer, en libro, a Enrique Jardiel Poncela. Desdicha, digo, por aquello del imprevisible aburrimiento. Se trata del libro La Tournée de Dios (Blackie Books. Barcelona, 2019). Todo principió bien. Se torció, luego, todo. En este preciso momento todo parece volver a su sino: el interés, la alegría y la risa, a secas. Interés: en el argumento de la novela. Alegría: en el tono. Risa: del alma. Esto del alma va quedando, ya, un punto cursi. Mejor diré: de la inteligencia. Lo que en esta novela mueve a reír no es la anécdota (una cualquiera) sino lo absurdo de la misma. David Trueba asegura que el lector se va a dar de boca con el capricho, el destello y la anarquía, pero no dice cómo. 

     Lo diré yo: bostezando. 

     Hay un diálogo digno de Groucho Marx, cuya literatura expongo a continuación, que salva la novela entera. Es este (pág. 64):

     

     "FEDERICO (cogiéndose al brazo de Perico Espasa y enfilando la calle de Alcalá hacia Cibeles). ¿Qué hay de nuevo por tu periódico?

     –Hoy se le han roto dos teclas a una máquina de escribir.

     –¿Dais la noticia?

     –En primera plana. ¿Y tú? ¿Qué haces ahora?

     –Una novela.

     –¿Buena?

     –Más buena que san Ezequiel.

     –¿San Ezequiel? No conozco la historia de san Ezequiel.

     –Yo tampoco.

     –Pues tienes razón; fue un santo admirable. ¿Y de qué se trata, de una novela “de amor y de placer”?

     –No. De una novela “de dolor y de reúma”. 

     –Me agrada ver que enfocas temas filosóficos. ¿Muy larga?

     –Lo imprescindible: ochocientas páginas.

     –¿Y el asunto tiene tesis?

     –No. Pero el protagonista tiene tisis.

     –Es una compensación importante. ¿Cómo acaba?

     –Con la palabra FIN.

     –¿Y empieza?

     –En la primera página.

     –¿Sabes que ya me va interesando tu novela?

     –Lo creo.

     –Acabaré leyéndola.

     –Es una cosa que no haré yo.

     (…)".

     

     No me negarán que el arriba copiado tiene traza de diálogo de besugos, maravillosos, similares a Groucho y Arpo Marx. Lo entablan Federico Orellana y Perico Espasa, ambos periodistas de pro, amigos inseparables ambos. ¿Por qué no continuó Jardiel por esa senda `marxiana´? ¿Quizá para evitar la copia burda? Es posible. Lo cierto es que ese nivel humorístico del absurdo no vuelve a encontrárselo en lector, al menos, hasta la página doscientos sesenta y ocho. Si habrá de encontrárselo más adelante, sinceramente, lo ignoro: aún no he dado el salto a las doscientos sesenta y nueve. 

     Una aclaración: no digo que la novela sea mala (¡Buda me libre!) sino que, a pesar de su construcción buena y de hacer un uso técnicamente correcto del espacio-tiempo y de estar pululada por personajes redondos, cae en anacronismos un punto insoportables hoy. Por ejemplo: el brutal machismo (propio de la época en que fue escrita, 1932). Pero esto es harina de otro post (o no. Veremos). Vaya aquí una píldora (pág. 30): “El individualismo duro y heroico de otros tiempos ha sido sustituido por un colectivismo blando, cómodo, femenino y fácil”.   

     De otra parte la novela viene a parar en actualísima actualidad (pág. 29): “A derecha e izquierda encuentra uno gentes que están a disgusto con su Destino, que desdeñan lo que han logrado, que desean lo que no tienen y que, en el fondo, querrían que nadie tuviese nada.

     Se respira descontento, se vive en plena desadaptación. Todos los nervios están a flor de piel. Se ha arrumbado la amabilidad. Hablar es discutir. Discutir es pegarse. Se opina con el bastón y se razona con la Browning”.

     Exceptuemos de lo actual “la Browning”.

     ¿Habré de ir más allá de la mentada página doscientos sesenta y ocho?…


     Hartazgo.

     O sea, no.

domingo, 16 de mayo de 2021

353/ El Mesías no era esto

El hombre es vaina. Siento ser tan directo (o no). Toda la vida esperando la llegada de un salvador para luego darse de bruces con el uso y abuso de poder. Yo no hablo de la venida de Dios. ¡Líbreseme de ello! Tampoco, de la venida del profeta. Yo hablo de un hombre de mucha carne y poco hueso, con uno que otro cartílago, y atributos divinos y proféticos cuya principal capacidad consistiría en dirigir a la masa hacia su bienestar o su perdición independientemente de permanecer situado en la moralidad o en la inmoralidad o en la amoralidad. ¡Quita! Lo sustancial es la venida del supuesto líder. Es decir: alguien superior al resto de la humanidad, por carácter, por personalidad, por saber hacer. ¡Ptrrr!

     En esto soy contrario al dictamen de los noventayochistas. 

     Veamos… 

     Maeztu: “Sí, es preciso que surja un hombre-idea que sea al mismo tiempo el hombre-voluntad: el hombre omnipotente, mago hipnotizador que agrupe en torno suyo a cuantos anhelamos una vida más grande”.

     Ortega: “Pudo ocurrírsenos acaso, tras de alguna lectura, la sospecha de si habría en nosotros dos de esos grandes hombres que fabrican historia, señeros y adamantinos, más allá del bien y del mal”.

     Pío Baroja: “Para llegar a dar a los hombres una regla común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una ilusión, algo que, aunque sea mentira salida de nosotros mismos, parezca una verdad llegada de fuera”.

     Salaverría: “Todo el turbio ondular del río de la muchedumbre se dirige a un solo fin, que es el crear un hombre cúspide, como César, como Cristo, o como Borgia, bueno o malo, pero siempre alto. Pero toda idea de mejoramiento, de aristocracia, de dominio y perfección requiere un impulso de combate. El hombre es un animal de guerra”.

     Estas pamplinas pueden degenerar y acabar produciendo monstruos…     

     Hitler: “La providencia me ha designado para ser el gran libertador de la humanidad. Yo librero al hombre de la opresión de una razón que quería ser un fin en sí misma; lo libero de una envilecedora quimera que se llama consciencia o moral y de las exigencias de una libertad individual que muy pocos hombres son capaces de soportar”.

     Nota: las citas arriba copiadas han sido extraídas, sin piedad, del libro Biografía de la humanidad (Historia de la evolución de las culturas).

     En resolución: Sumo cuidado con lo que decimos y con lo que escribimos. Los escritores (y algunos periodistas) solemos soltar bastantes lindezas porque nos dejamos influir por el sacrosanto estilo. La forma nos forma y nos conforma. ¡Craso error! Pero, ¡divino error! Cuidado, pues, con ir uno por ahí de intelectual cuando es creativo e imaginativo sin podas ni añadidos. No crean nada de lo que digo sin contrastarlo una miaja. Contrástenlo y, posteriormente, si hallan algo de autenticidad (quiero creer que esto no es improbable) asimílenlo o deséchenlo con libertad.

     Abel Martín tenia razón cuando, según Juan de Mairena, dijo: “Limpiemos nuestra alma de malos humores antes de ejercer funciones críticas”.

     Pues eso.               

viernes, 2 de abril de 2021

352/ La crueldad

Una manera enormemente eficaz que tiene el ser humano de conseguir aquello que se propone es empleando la fuerza. La desembocadura de esta no está lejos de la crueldad. Pocos asfaltos no fueron barrizales. Las criaturas vivientes del fango se ven, a sí mismas, inmaculadas. Sin embargo exhiben un aspecto horrible en según qué contextos (un conflicto armado, un calabozo, un parque solitario a media noche…). Desde la mitra papal hasta el bastón de mando del Emperador, pasando por la retribución del correveidile de turno, han contribuido a la crueldad en algún momento de nuestra evolución. O de nuestra involución. Hoy la vaina es idéntica. La nacionalidad no influiría. Ni la religión. Ni la raza. Ni la condición sexual. Conclusión: el hombre no conoce escrúpulo cuando de emplear la fuerza se trata. Hasta en la época más fructífera, en términos de avance cultural (el Renacimiento), cometió actos repugnantes en nombre de Dios o de yo no sé qué. 

     Hay quien atribuye al papel y al metal la responsabilidad de esos hechos. Algún desarreglo genético (conjeturo) prima. La perversión no entiende de finanzas. Habríamos de “reiniciar” al hombre para librarnos de su fuerza, de su violencia, de su crueldad. Esta sería inducida por la negación más horrible de que el mismo es capaz: la de su propia humanidad. Barrington Moore escribió (rescato la cita de Biografía de la humanidad. Historia de la evolución de las culturas. Ariel): “(…) En términos de sus efectos sobre el sufrimiento humano, lo más significativo (…) fue el proceso global de creación de una aprobación moral de la crueldad. Para ello, es necesario definir al enemigo contaminado como elemento no humano o inhumano (…)”.

     Aprobación moral de la crueldad. Dantesco. Refiere Moore, creo, el infiel. O aquel que no abraza un credo determinado sino otro distinto. Lo cual viene sucediéndose desde que el mundo es mundo y seguirá sucediéndose hasta que el mundo deje de ser mundo. “Los alborotadores franceses de 1572 arrojaban criaturas por las ventanas en medio de explosiones de rabia. En 1942 los soldados alemanes disparaban contra niños a sangre fría”. 

     Javier Rambaud, en el libro arriba citado, ha escrito: “Los ingleses cazaban a los tasmanos como deporte. (…) Robespierre aprobó el Terror para conservar la pureza revolucionaria. (…) En 1560 los calvinistas condenan a Miguel Servet a ser quemado vivo juntamente con sus libros. (…) Hale, en la Europa del Renacimiento, piensa que el trato continuo con la violencia produce insensibilidad. Se mutilaba y descuartizaba a los criminales en público, ante los espectadores excitados. En 1488 los ciudadanos de Brujas aullaban para que el espectáculo se prolongara tanto tiempo como fuera posible. Huizinga cita el caso de los habitantes de Mons, que `compraron un bandido a un precio muy elevado por el placer de verlo descuartizado, ante lo cual el pueblo disfrutó más que si un nuevo cuerpo sano hubiera surgido del muerto´”.

     Todo fundamentalismo (del tipo que este sea) acarrea comportamientos humanos reprobables. He dicho: “humanos". Y no: “inhumanos”. La cara be de la humanidad no es la inhumanidad sino otra humanidad menos afable. Un reverso mitológico. Pregunto: ¿Cuantos seguidores tiene, hoy, Tarantino? ¿Y cuántos la película, de Stanley Kubrick, La naranja mecánica? El hombre sigue regocijándose en la crueldad cuyo valor intrínseco dista mucho de la principal virtud del Budismo: la compasión. Solo cabe reconocerlo y no pasar a otra cosa. É, sencilla y lamentablemente, cosí.