martes, 19 de diciembre de 2023

438/ "Las almas huyen para dar canciones"

La madre (biológica) de Ana ha muerto. Yo lo he sentido mucho. Ana es de las pocas personas en quien confío la ambrosía y las toxinas de mi carácter (sin duda alguna). Se llamaba (la madre biológica de Ana) Ana Molina. Nombre y apellido, éstos, unidos para siempre a mi <<biografía no novelada>> por una cuestión que no viene a cuento ahora… Lo que sí viene, aquí y ahora, a cuento son los versos de Antonio Machado que dicen: <<No me pidáis presencia./ Las almas huyen para dar canciones./ Alma es distancia y horizonte: ausencia>> (versos pescados en el caladero de Fernando Sánchez Dragó; concretamente en: <<El camino del corazón>>. Planeta. Barcelona, 2003. Pág., 12).

     Así la vida, así la muerte, Ana: <<Alma es distancia y horizonte: ausencia>>. 

     Por eso creo (por eso intuyo) que vuestra distancia (no vuestra ausencia. Ésta no ha existido, ni existirá, nunca) es Alma. Yo la llamaré (a Ana Molina), a partir de ahora, de este modo sutil: Ana Alma.

     Otro poeta que escribió sobre la <<evanescencia fundamental>> fue Joan Margarit (<<fundamental>> la <<evanescencia>> y <<fundamental>> el poeta); lo hizo respecto de sí mismo; yo lo juzgo aplicable a toda partida eterna de un ser querido… 

     Refiero el poema titulado…


     CONMOVEDORA INDIFERENCIA


     Pensé que me quedaba todavía 

     tiempo para entender la honda razón

     de dejar de existir. Lo comparaba

     con el desinterés, con el olvido,

     con las horas del sueño más profundo,

     pensando en esas casas donde un día vivimos

     y a las que no hemos vuelto nunca.

     Pensaba que lo iba comprendiendo,

     que me iba liberando del enigma.

     Pero estaba muy lejos de saber

     que yo no me libero. Me libera la muerte:

     permite, indiferente,

     que me vaya acercando hasta alguna verdad.

     Inexplicablemente, esto me ha emocionado.


     Ella está evanescida; es decir: liberada. Quédate, Ana, con eso; y tranquila: Sic erat scriptum.

lunes, 4 de diciembre de 2023

437/ Francina y "La espera"

Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados, en su discurso de apertura de la XV Legislatura mencionó a mi añorado (y admirado) Joan Margarit. Varias veces he traído a colación en esta literaria bitácora (a veces, sólo a veces, bitácora con ínfulas filosóficas; excúseme Buda), la obra buena del no menos bueno poeta catalán: Joan Margarit. Pocos contemporáneos suyos (quizá ninguno) escriben tan hondamente como lo hacía él. Su poesía raya en lo portentoso; léase: en lo pragmático. Sí: poesía para la vida cotidiana. 

     Y cómo con un lenguaje sencillo, plástico y musical (también universal, o casi: el castellano aspira a serlo), fue capaz de ridiculizar sin pretenderlo toda la vanguardia de chichinabo que se agazapa tras los adminículos de micrófono y sombrero en lo alto de las tablas de un garito (por así decir: <<macareno>>...) de la noche sevillana.

     (Risas).      

     Cualquier poema de Joan Margarit (léanlos. No se arrepentirán) representa un mundo en sí mismo. Una vida en sí misma. 

     He dicho: Cualquiera. Botón de muestra: 


     LA ESPERA 


     Te están echando en falta tantas cosas.

     Así llenan los días

     instantes hechos de esperar tus manos,

     de echar de menos tus pequeñas manos,

     que cogieron las mías tantas veces.

     Hemos de acostumbramos a tu ausencia.

     Ya ha pasado un verano sin tus ojos

     y el mar también habrá de acostumbrarse.

     Tu calle, aún durante mucho tiempo,

     esperará, delante de tu puerta,

     con paciencia, tus pasos.

     No se cansará nunca de esperar:

     nadie sabe esperar como una calle.

     Y a mí me colma esta voluntad

     de que me toques y de que me mires,

     de que me digas qué hago con mi vida,

     mientras los días van, con lluvia o cielo azul,

     organizando ya la soledad.


     Resuena tanto tanto a Joana…

     Joan, doquiera que estés (¿acaso con Joana?), mi gratitud. Ojalá naciesen más poetas que siguieran tu ejemplo humanista y humanístico. Francina te nombró (sin abuso ideológico; no como sostienen algunos filibusteros de la <<Derechita>> y la <<Derechona>> cobardes en lo político como en lo mediático: qué vergüenza de políticos y de periodistas que les hacen la cama…) y eso la eleva al pedestal de la gente inteligente con un extraordinario sentido literario de la vida. Francina, conjeturo, saboreará la buena literatura… 

     Vaya también para ti, Francina, mi gratitud. 

     Entretanto (y sin que sirva de precedente) yo seguiré aquí: <<Echando en falta tantas “tantas” cosas>>…

viernes, 17 de noviembre de 2023

436/ Aira o el volteo del mundo

OPINIÓN


Leer a César Aira se me antoja una experiencia inigualable. Lo digo con todo convencimiento. En 2004, por primera vez, leí una obra suya: <<Varamo>>; en 2005, la releí. Desde entonces varios títulos de Aira han ido, de apoco, engrosando las baldas de mi librería. Existe una curiosa particularidad: en cada volumen de Aira se encastillan varios títulos de Aira. Esto siempre (o casi siempre) es así. ¿El motivo? La inmensa mayoría de los textos de este autor se enmarca en el género <<novela corta>> (para el caso que nos atañe: unas ochenta o noventa páginas… A veces más; a veces menos). Al adjetivo <<inigualable>> del principio añadiría yo, ahora, este otro: <<excitante>>. <<Excitante>> sería la palabra justa para designar la cualidad principal de la obra del de Coronel Pringles (Argentina). Al lector, eso sí, tendrá que atraerle la Filosofía. O mejor aún: filosofar. No está claro que César Aira sea un filósofo sino algo parecido y diferente al mismo tiempo: especie de novelista pseudo-filósofo o filósofo pseudo-novelista. Un escritor con todas las letras, desde luego, sí es. 

     Un escritor con todas las letras y, también con todas las letras, un desconocido. <<¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!>> (Juan Ramón dixit). En los tiempos que corren no le auguro a César Aira demasiada venta ni tampoco demasiada <<mano de obra lectora>>. Para leer las novelitas de Aira, en efecto, hay que arremangarse y doblar el espinazo del intelecto con una intensidad rayana en abuso. El lector debe convertirse en un <<currante>> de la búsqueda del sentido textual. El lector aburguesado, acomodado en el sillón <<H>> de la Real Academia de la Holganza (<<¡que me lo den todo hecho!>>), no se hallará a gusto leyendo a César Aira. Éste tiene la inestimable capacidad de hacerle creer (al lector, que tanto presume de ojo literario...) tonto. Además: inmensamente. Pero tranquilícese el lector: esa sensación de <<necedad>> acabará diluyéndosele en sucesivas lecturas del texto (¡correcto!: tendrá que aficionarse a releer y no sólo a leer. Esto si pretende, es claro, desentrañar los mimbres de la literatura de Aira).

     Veamos… 

     Días atrás comencé a leer <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> (refiero el libro, <<Literatura Random House>>, Barcelona, 2015; y también la novela homónima en él encastillada). Y cuál no sería mi sorpresa cuando comprobé que las veinte o treinta primeras páginas se me escapaban de entre las manos como culebrilla de río... No había forma humana (ni divina) de arrancarles el sentido. Pensé: <<No es raro, tratándose de Aira; vuelve a leerlas y, esta vez, amárrate los machos por lo que pueda venir>>. 

     Y así lo hice. 

     La segunda lectura (o primera re-lectura. Tanto monta...) arrojó algo más de luz. Pero siguió siendo insuficiente, ésta, para alumbrar los vericuetos más oscuros e inaccesibles del texto. Pensé: <<Habrá que poseer unos mínimos conocimientos filosóficos para entender plenamente lo que el autor me está queriendo decir>>. Y ahí, justo ahí, radica el quid de la cuestión: pensar tal cosa. Camino, el mentado, que conduce al lector lego en Aira al abandono de la lectura. ¡Craso error! 

     <<De modo que hay que buscar un camino alternativo>>, me dije. <<El literal, obstruido. El figurado, más libre, pero demasiado corto. Resta el académico: gris y, de ordinario, bastante soporífero>>. ¿Cuál camino elegir, entonces, para captar el sentido de los textos de Aira? Respuesta más válida que se me ocurre: todos los mentados y ninguno de ellos. O tanto monta: el sacrosanto (y venerado por este servidor de nadie) camino lúdico. O sea: el del juego. Un juego, quizá, psicológico. 

     Hay que jugar (¡hay que jugar!) con el texto de Aira. Hay que regresar, cuantas veces sean necesarias, a la ilusión del niño lector; a la pasión que el niño lector ponía en todo aquello que emprendía; a la capacidad que tenía el niño lector para dejarse obnubilar por el mundo… 

     El mundo está demasiado cargado de Realismo para dormirse en los laureles y dejar pasar la oportunidad de imaginar y fantasear a troche y moche. <<Las curas milagrosas del doctor Aira>> versa sobre esto (entre otras especies). Acuda al texto y enfréntese a él desprejuiciado y libre quien desee conocer in situ una forma original de hacer literatura. Ojo, he dicho: original. No es, pues, moco de pavo. Y recuérdese: desprejuiciado y libre. La mejor forma, ésta, de leer a César Aira. ¡La mejor!               

martes, 14 de noviembre de 2023

435/ Universalidad en el tiempo

La literatura abunda en correspondencias. Es decir: en semejanzas que, a veces, el lector juzga insólitas; otras veces, sólo curiosas (por casuales). Se engaña quien piense esto último: la casualidad, desde Jung, no existe. Yo, hoy, he sido testigo de una correspondencia generalizada (quiero pensarlo así) durante mi lectura matutina. Ha aparecido ésta, de súbito, en un artículo (o cuento. Sí, más bien cuento) de Rosario de Acuña y Villanueva: <<El mejor recuerdo>>. 

     Yo no conocía a esta escritora. Yo no había leído ninguno de los múltiples textos de esta escritora del XIX (y principios del XX). Llegué a ella (y a su texto) de pura <<ca(u)salidad>>. Después de leer una breve biografía suya recalé en el artículo (en el cuento) mentado y… ¡Oh tempora, oh mores! Duro. Contundente. Denunciante, éste, de una realidad social pavorosa. El lector puede indagarlo aquí: http://www.rosariodeacuna.es/obras/articulos/mejor.htm.

    En el cuerpo de ese artículo (de ese cuento) hallé la correspondencia que refiero. Y la disfruté. Y me regodeé en ella. Y la universalicé en el tiempo… Los dos términos que la conforman son sencillos y aparentemente distantes entre sí: <<libros>> y <<nichos>. La correspondencia es esta: <<(…) Mis ojos recorrieron [dentro del cementerio] la larga galería, o más bien librería, en donde, como si fueran volúmenes preciosos, se ven recopilados tantos y tantos ejemplares de nuestro fragilísimo cuerpo, bajo una encuadernación de jaspe, de alabastro o de granito>>.

     Quién no ha equiparado, alguna vez, ambas imágenes. Quién no ha pensado, alguna vez, que las portadas (o los lomos) de los libros recopilados en las baldas de cualquier librería son similares a las lápidas de los nichos apilados en los muros de cualquier cementerio… ¿Y hay que recordar el título de aquella serie…, <<El cementerio de los libros olvidados>>, de Ruiz Zafón? 

     Borges hablaría de <<desgaste>>… 

     Quizá lo universal, como los clásicos, no se desgaste nunca. Quizá.

viernes, 3 de noviembre de 2023

434/ Oportunidad extraviada (para algunos)

El teatro no estaba lleno. Quizá, por la mitad… 

     <<Esperando a Godot>> (Samuel Beckett, 1953) no convenció a un público acostumbrado a que se lo den todo hecho. Conjeturo; no sé… No le culpo (al público). Yo lo entiendo (al público). Lo engrosé y, como a todos (o a casi todos), tampoco me satisfizo la obra. El elenco (Atalaya) estuvo sobresaliente. Ni un pero que valga en ese sentido. Un solo fallo detecté: uno de los componentes del elenco equivocó el orden de dos palabras de una frase de su parlamento pero, lo digo en su propio descargo, rectificó inmediatamente y la pifia no pasó a mayores. Denotó oficio. Nadie se percató de lo ocurrido. La ovación final del público fue breve. Demasiado. El público, conjeturo, aplaudió (abúlico) a la obra; no al elenco. Único sentido, éste, que hallo a tan vergonzoso hecho.

     La representación tuvo lugar en el <<Teatro de la Villa>> de San José de La Rinconada, el viernes 27 de octubre, a las 20:00 h. Duró noventa minutos aproximadamente. Noventa  aproximados y fugaces minutos. Repito: el trabajo interpretativo del elenco lo juzgo extraordinario. 

    La traducción del texto original, al parecer, corre a cargo de Ana María Moix. Signo éste de suficiente calidad literaria. Suficiente y necesaria. Destacar, además, el trabajo de Rocío Ponce (<<Maquillaje, peluquería y estilismo>>). 

     El elenco era el siguiente: Jerónimo Arenal, Manuel Asensio, Marga Reyes, Aurora Casado y Tomás de los Reyes. Todos hicieron una labor verdaderamente soberbia. Mi gratitud.

     La palabra <<absurdo>> asustará a muchos. Algo habría que hacer para evitar esto.

     El teatro no estaba lleno. Quizá, por la mitad…